El diccionario panhispánico de dudas dice que «hórror vacui» es una locución latina que significa literalmente ‘horror al vacío’.

Mientras estaba estudiando 2º de Bachillerato, una de las asignaturas optativas que elegí fue Historia del Arte porque me gusta el arte (en todas sus formas). Las explicaciones de la profesora que impartía esa asignatura no me llegaban con mucha claridad y, por dentro, acababa desilusionándome y decepcionándome al mismo tiempo: era una emoción bipartita. Por un lado, me desilusionaba la poca pasión que percibía en las explicaciones y, por otro lado, me decepcionaba de mí misma porque a lo mejor era yo la que no tenía suficiente base para comprender lo que la profesora explicaba.

Cuando estudiamos la arquitectura y los estilos por los que pasaba, el concepto de «hórror vacui» quedó tatuado en mí con tantos colores que aún duele: aunque en el campo del arte se use este concepto para hacer referencia a la tendencia de llenar todos los espacios de elementos decorativos, acabé dándome cuenta de que yo misma termino llenando todos los espacios vacíos de mi vida con todo tipo de elementos, y muchos de ellos ni siquiera funcionarían como glaseado de un pastel o luces navideñas…

Creo que reconocer y comprender este concepto cuando estaba en clase leyendo el libro de Historia del Arte, encendió la luz de una habitación inexplorada de mí misma.

Por fin entendí que me daba miedo estar sola.

Siempre mantuve mi habitación llena de cosas: libros, estatuitas, fotografías y diplomas, dibujos; todo tipo de cosas decorativas que impidieran que viera huecos libres en las paredes o los muebles. Cuando recibía visitas, algunos se sentían abrumados porque las cosas parecían venirse encima, y otros decían que resultaba acogedor ver vida en las paredes y perderte en ellas… Este segundo punto de vista era con el que más me identificaba.

También entendí que el «hórror vacui» hacía que no dejara de escribir hasta llegar al final de las páginas: no me gustaba ver tanto blanco en el papel cuando quedaba tan poco para terminarlas. Aún me sigue pasando: no me gusta dejar espacios en blanco cuando estoy escribiendo y me pone nerviosa el interlineado cuando escribo en un documento Word.

Es como si el «hórror vacui» dominara gran parte de mi vida pero, en el fondo, es por el miedo: miedo a la simplicidad, miedo a verme sola entre paredes lisas porque estoy acostumbrada al gotelé.

Revelación

— ¿Has oído que las situaciones se describen solas?

— He oído que los momentos importantes se escapan delante de nuestros ojos. Cuando nos damos cuenta, ya no se pueden retroceder los segundos para corregirnos.

— Entonces, ¿por qué quiero retrasar el reloj?

— Quizá sientas ese impulso que sentimos todos de arreglar lo que se ha roto. Se supone que todo debería poder remediarse, como cuando se nos agujerean los pantalones y mamá les pone parches… Pero sabes que los parches no duran, se acaban descosiendo y ves la realidad: el agujero sigue ahí.

— Quiero volver.

— ¿Por qué?

— No lo sé. Es lo que conozco. Lo que he conocido toda nuestra vida. Sería hipócrita si te dijera que lo acepto y me fuera por esa puerta.

— Entonces vuelve. Pero quizá te encuentres con otra decoración: habrá cambiado el color de las cortinas, los azulejos pintados ya no estarán, y los caramelos se habrán agotado. Aún así, ¿quieres volver? Todo será distinto.

— Sé que ya no somos niños. Sé que ese tiempo pasó. Sé que será distinto. Ya no quiero retroceder el tiempo, quiero ver cómo es ahora. Cuando lo vea, podré sentirlo y tal vez pueda pasar la página en la que estoy ahora y seguir leyendo.

— Es un libro, lo que tienes que hacer es seguir leyendo. Tienes que ver qué ocurre al final sin dejar atrás los capítulos tristes. Las situaciones van cambiando. Sabes que no es un libro normal.

— ¿Qué quieres decir?

— Ya lo sabes. Ya me conoces.

— Solo sé que lo has escrito. Las situaciones no se describen solas, decidiste describirlas así. ¿Realmente es como lo cuentas? Leer tus sentimientos sin haber tenido conciencia de ellos siendo yo protagonista, ¿no es un poco cruel? Es como si me estuvieras…

— ¿Qué?

— Condicionando.

— No te pido nada a cambio de leerme. Solo léeme.

— Te estoy leyendo.

— Me estás mirando.

— Al mirarte, leo la expresión de tus ojos. Los ojos no pueden mentir, lo reflejan todo: me reflejan a mí.

— Sigue leyendo.

— No me hace falta. Estás delante de mí ahora. Este libro no va a cambiar lo que estoy sintiendo ahora.

— Y, ¿qué sientes?

— La realidad.

— ¿Ha cambiado?

— Sí, ahora es más real.

— ¿Antes no?

— Antes no era consciente de lo que había cambiado. Necesitaba verlo. Necesitaba ver tus ojos.

— Y, ¿qué ves?

— A mí.

Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama.

San Agustín.

En una página marcada con una cita de Paul Géraldy, una pequeña estudiante universitaria del grado de Español: lengua y literatura (Filología hispánica para los verdaderos amantes) escribió una vez:

«Reflejo»

Hace tiempo que no te miro
y escondo la ilusión entre los brazos,
veía en ti el futuro de un sueño
más allá de mi ambición de poseerlo…
Me miraba en ti, me sonreía:
de verdad creía que podía ser real.
Perfilaba siluetas en el vaho de tu cristal
mientras soñaba despierta con fantasmas.
Dejé de mirarte, dejé de buscar,
dejé abandonado el deseo de continuar.
Eras la manifestación corpórea de mis dudas,
la sensación del miedo palpable…
Hace tiempo que no te miro
e ignoro que soy mi propio testigo:
veo mi verdad, espejo, tras tu cristal.

Era una página marcada por una circunstancia en un pequeño cuaderno para escribir grandes emociones.

Esta noche he querido mirarme al espejo, y a través de sus páginas me he encontrado.

Quizá estaba perdida.

El más difícil no es el primer beso sino el último.

Paul Géraldy.

Durante toda mi vida me has enseñado a gestionar mis emociones. Me decías que cuando me sintiera abatida, escribiera. Me decías que esos destellos fugaces que pasan ante nuestros ojos y nos cambian el humor y la perspectiva, pasan porque tienen que dejar su estela en el corazón. Me decías que el corazón es un órgano que debe aprender a aceptar los acontecimientos que lo alteran: cuando los latidos del corazón se aceleran, cuando el ritmo del corazón cambia la entonación de la respiración… cuando ocurre, necesita adaptarse y para ello, debe aceptar que está experimentando ciertos estímulos.

Sin embargo, cuando el corazón vive en constante cambio y el mismo estímulo altera el ritmo cardíaco y la entonación al respirar se hace más entrecortada… ¿Qué se hace?

Me has enseñado a diferenciar la ilusión del sueño. Me costaba encontrar la distinción entre soñar con los ojos cerrados e imaginar, estando despierta, mis propias escenas. Me enseñaste a encontrar la matriz que hace que ambas acciones tomen caminos distintos, pero también el momento en el que se encuentran y parecen fusionarse.

«Que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son». Segismundo lo sabía bien. Me lo enseñaste. Pero… sigo confundiendo los pequeños detalles con estímulos que provocan que mis ritmos cambien. Sigo asociando las mismas imágenes a emociones dispares. ¿Por qué?

Profesora, ¿qué hago ahora?

— Escribe. Escribe para entenderte. Si escribes y no te entiendes, sigue escribiendo. Te lo digo en estilo directo: escribe.

26 de marzo, 2022.
Madrid.

Mis emociones se están descontrolando.

Todos tenemos una parte masculina y una parte femenina dentro de nosotros, y el corazón es el órgano que las junta y las hace una sola.

Supongo que la gracia que antes bañaba mis manos, ha ido desapareciendo poco a poco, con la incertidumbre de descubrir si por fin iba a atreverme o no.

Hace mucho tiempo que intento conocerme a mí misma: conocer los impulsos de mi órgano cardíaco, aparte del evidente latido necesario para poder vivir. Mi corazón es uno de los personajes que envolverán esta historia llena de preguntas sin respuesta, a las cuales bautizaremos como la sagrada congregación de las Hermanas Retóricas. A este personaje que marcará la alegoría del corazón, le llamaremos Miocardio (por hacer un guiño a sus funciones biológicas).

Bien, ¿por dónde íbamos? Ah, sí: conocer los impulsos de Miocardio. Para llevar a cabo esta épica y sanguinaria hazaña previa a las fiestas de Navidad, es necesario retroceder un poco en el pretérito imperfecto y poneros al corriente de lo que ocurría entonces.

Estábamos en un pueblo de Huesca, perdiéndonos por las calles y los senderos de montaña rodeados del Bosque mágico de las Hadas, cuando de repente Miocardio sintió un impulso acelerado en sus ventrículos. Fue un impulso extraño. Aquí, la expresión «me dio un vuelco el corazón», sería bastante acertada.

Éramos cuatro en aquel momento. Vamos a ver si somos capaces de jugar con las palabras y presentaros de una vez a estos cuatro: Ibkar y Quío. Estos van a ser los nombres elegidos para referirnos a los cuatro susodichos. Ibkar engloba a una pareja que no se encuentra todos los días (una pareja fuera de lo corriente, que se admira, se quiere, se comunica, se escucha, se hiere y se perdona). Quío, en cambio, encierra a dos personas desconocidas entre ellas que, últimamente, están descubriendo cosas. Una de las personas que se esconde en Quío, tiene a su pareja a kilómetros de distancia y guarda el deseo de encontrar respuesta en las Hermanas Retóricas.

Ibkar y Quío estaban memorizando ubicaciones dentro del pueblo, y lo hacían bajo los efectos de ciertas sustancias prohibidas. Miocardio no hacía más que experimentar nuevas sensaciones, consecuencia de los efectos de las sustancias en cuestión; pero cierta ocasión le sirvió de precedente para creer que podría ser por otra cosa muy distinta. Aquí empezaron sus problemas. Ibkar iba por su cuenta, delante de Quío, hablando consigo mismo y debatiendo, riéndose y abrazándose. Quío, sin embargo, iba reinventando palabras y maquinando locuras psicodélicas que, a medida que avanzaba la noche, se acabaron convirtiendo en una sucesión de secuencias poéticas en otro documento de Word. Mientras Ibkar iba adelantándose, y Quío caminaba al unísono y zigzagueando, Miocardio empezó a sentir. Vamos a dejarlo ahí.

Esa misma noche, Ibkar estaba en la litera de arriba, y Quío en la de abajo. Habían juntado las camas para que la parejita pudiera dormir plácida y románticamente. Las dos personas que integraban Quío se miraban mientras los de arriba ya dormían. La parte femenina se quedó dormida enseguida. De repente, Miocardio se aceleró de tal manera que no pudo evitar despertarse, coger el móvil y empezar a escribir versos sin ton ni son. Y durante todo ese proceso, no dejaba de mirar a su compañero de al lado, que afortunadamente estaba frente con frente a su mirada.
Todo se volvió laberíntico, como si las emociones estuvieran expresadas bajo la codificación de los jeroglíficos antiguos. Miocardio seguía creyendo que aquel impulso que sintió, fue causado por la parte masculina de Quío. No podía dejar de mirar a esa parte de la ecuación. Cerraba los ojos, pero enseguida volvía a desvelarse y volvía a sentir la necesidad de escribir.

A la mañana siguiente, aunque todo parecía verse con más luminiscencia, la parte femenina de Quío estaba más inquieta y acelerada que nunca: buscaba con la mirada los labios de su compañero, deseaba con ardor poder rozarle… pero estaba de espaldas a ella y Miocardio no tuvo más remedio que seguir soñando.
Salió al jardín e hizo un calentamiento lento y completo mientras esperaba, ilusa de ella, que su parte masculina saliera a su encuentro. Sin embargo, se quedó dormida en el césped, abierta de piernas. Miocardio seguía sintiendo acelerones en sus ventrículos… Empezó a dialogar consigo mismo intentando llegar a las Hermanas Retóricas en busca de respuestas. Pero fue imposible.

Para poder acceder a sus ansiadas respuestas, las Hermanas Retóricas le dieron tiempo de contemplación y meditación, además de una lista con sus nombres:

¿Por qué me siento así?

¿Por qué no quiero hablar con él?

¿Por qué creo que necesito estar a su lado?

¿Sigo enamorada?

¿Estoy enamorándome otra vez?

Así, con esta lista, Miocardio se puso a meditar, a pensar consigo mismo y a discernir cuáles podrían ser las posibles respuestas.

Hemos creído oportuno guardar la ambigüedad y no ser muy precisos en cuanto a los nombres de las Hermanas Retóricas, ya que el misterio es uno de los ingredientes principales de esta historia.

Podemos deducir, en base a todo lo narrado hasta ahora, que Miocardio se debate entre su ya estipulado amor, y un posible amor en ciernes que no se sabe cómo ha surgido ni si va a alguna parte.

Quizá se trate solo de una transferencia emocional de una parte masculina a una parte femenina y, en consecuencia, la parte femenina se ha quedado invalidada temporalmente.

O puede que simplemente sea una fuerte e irresistible atracción sexual que hay que evitar.

No es una situación agradable para su pareja, pero Miocardio da saltos dentro del pecho cuando la parte masculina de Quío anda cerca. Todo lo que compone esa parte hace vibrar a la otra… El tono de su voz, sus movimientos, sus ojos, su melena y su barba a la misma altura… Pero, sobre todo, su forma de ser con los demás. Eso último revoluciona los esquemas de Miocardio.

Desde que volvieron de ese viaje, Miocardio ha estado evitando a toda costa el contacto visual y virtual con Quío masculino… Quizá por respeto a su pareja, o por miedo al futuro. No fue nada fácil para su parte femenina ignorar los impulsos de Miocardio y decelerar las sensaciones que producen la presencia de Quío masculino.

No resulta muy objetivo narrar una historia en la que los propios personajes son emociones, sensaciones, impulsos, y partes escindidas de distintas personalidades. Pero acaba siendo irremediable la necesidad de hacerlo. Esto es exactamente lo que ocurre y el porqué de esta tonta historia sin pies ni cabeza.

Miocardio lleva un tiempo sintiendo que todo se ha acabado, que no hay vuelta de hoja, que la historia que comenzó hace dos años y tres meses de forma mágica, ha llegado a su inevitable final. Lo lleva pensando mucho tiempo. Sin embargo, no es capaz de poner punto y final a esa relación… quizá por el tiempo que ha pasado, por los momentos inolvidables, por los recuerdos de las buenas sensaciones… No lo sabe. Pero no quiere terminar. Miocardio se encuentra en un momento de indecisión, entre la espada (apuntando directamente hacia él) y la pared. No sabe cómo ha llegado hasta ese punto. Tampoco quiere saberlo. Solo sabe que no sabe lo que está sintiendo, no tiene ni la más remota idea de si es amor lo que sigue recorriendo sus impulsos ventriculares (hacia su pareja), o es simplemente cariño (un cariño infinito que jamás va a desaparecer pero que, por desgracia, ha dejado de ser amor). Cree que ha traicionado ese amor que posiblemente ya no sienta… pero, por otro lado, no se puede evitar dejar de sentir… o dejar de estar enamorado. Esas cosas acaban pasando.

Las Hermanas Retóricas siguen taladrando las sinapsis de la parte racional de Miocardio… Él ya no puede más.

Junio, 2019

Hubo un momento. Un momento único. El momento en que se abrieron mis alas por primera vez.

Le pregunté:

— ¿Te puedo querer para siempre?

Me contestó:

— Puedes quererme eternamente.

Desde ese momento, el tapiz y cada poro de mi piel, fuimos inseparables. Hasta que llegó el momento de la despedida.

Mi cuerpo empezaba a sentirse como si los años pasaran demasiado rápido: mis empeines, al estirarse, ya no podían tocar (ni siquiera rozar) la suavidad del tapiz; mis rodillas, que siempre tuvieron el problema de ser hiperlaxas hasta casi partirse hundiéndose hacia dentro, no hacían otra cosa que doblarse para respirar del dolor; mi abdomen, siempre apretado, dejó de esforzarse por mantenerse en forma; mi espalda, mi fiel amiga y compañera desde los dos años, se fue desprendiendo poco a poco de la magia que aportaba a mi cuerpo… Dejó de arquearse a su antojo y empezó a mostrarse perezosa al público, ya no me obedecía. Dolía. Mis brazos, que han sido siempre una prolongación de mí misma, dejaron de ayudarme a conseguir mis objetivos. Mi cuello, muchas veces escondido, empezó a imitar al cisne negro hasta llamar mi atención:

— Se han ido, pero yo sigo aquí. Sal al tapiz. Disfruta. Haz el amor, como siempre. Seguirán aplaudiéndote.

Salí al tapiz, intenté disfrutar, quise hacer el amor, como siempre; aplaudieron. Sin embargo, mis oídos notaban el descenso de los aplausos. Ellos también lo supieron. Ya no era igual. La magia que desprendía al arquearme y saltar y girar en el tapiz, con tanta seguridad, se convirtió en nubarrones de dudas y preguntas como «¿qué viene ahora?», «¿los pasos rítmicos?», «¿el riesgo de la paloma lanzando la pelota?»… Creo que ese fue el principio del fin.

Mi cuerpo se designó a sí mismo en rebeldía, y aunque yo quisiera (por activa y por pasiva y con voces distintas cada vez) ejercitarlo y trabajar, y concentrarme en esforzarme para llegar, al menos, a las diez primeras posiciones… Jamás lo volví a conseguir.
Era una señal. Fue su propia señal. La señal que mi propio cuerpo me enviaba, como un mensaje de SOS, comunicándome su decisión de retirarse de la competición. Yo no quise hacerle caso. Aguanté el
dolor unos años más… Era más llevadero, porque compartía mi carga individual con otros cuerpos; ya no era solo mi cuerpo el que trataba de destacar, un poco, ante el tapiz… éramos cinco cuerpos, coordinados, con el mismo objetivo.
La carga era más ligera, pero mi deseo no disminuyó. Amaba tanto el tapiz que me arriesgué otra vez. Mi cuello, simulando al cisne negro, me lo sugirió. Le hice caso.

— Vuelve. ¿Quién te lo impide? Satisface tu propio deseo. Acaríciale. Vuela. Sigue abriendo tus alas cuando saltes. Experimenta. Ejercita la memoria de tu cuerpo. Recuérdale lo que se siente al ser amante.

Le hice caso. Me entregué por completo al deseo de acariciarle. Abrí mis alas, y volé. Experimenté la satisfacción de no darme por vencida. Le recordé a mi cuerpo lo bonito que es ser fiel a uno mismo, lo bonito que es seguir al corazón, lo bonito que es ser su amante.
Hacer el amor ya no era maltratar mi cuerpo por una medalla más. Hacer el amor se convirtió en un mantra: «Te quiero. Lo siento. Perdóname. Gracias». Me decía estas cuatro frases cada minuto previo a la competición. Hacía el amor, seguía deseando, pero mi cuerpo era lo primero: la medalla dejó de ser importante (mi ego no lo encajó demasiado bien y se enfadó por la decisión que tomó mi valiente corazón).

Fueron años similares al sabor del algodón de azúcar: dulces, se deshicieron poco a poco en mi boca; dejaron mis labios acaramelados, pegajosos, con ganas de más.
Me decía a mí misma, y a mi cuerpo, que aún quedaba algodón en el palo… cuando, en realidad, ya se había acabado.

Mi cuerpo siempre ha sido mío. Poéticamente, solía expresar que el tapiz era mi dueño ya que, según la normativa, mi cuerpo debía tocar cada esquina del tapiz, además de la parte central, durante mi ejercicio; en cada esquina era capaz de sentir un orgasmo emocional al protagonizar mi propia historia de amor: un amor a primer tacto.

— Aún puedes sentir el orgasmo. Aún quedan emociones por conquistar. Aún queda la música: ella siempre te ha acompañado. Aún queda ese minuto de silencio previo que tu cerebro necesita para concentrarte. Aún queda el último baile, la última emoción: la más épica. Aún queda tu repicar de campanas en la Iglesia, y aún allí, a punto de decir «Sí, quiero», el deseo te seguirá.

No podía dejar de escuchar al cisne negro de mi cuello… No podía. Sentía la necesidad de seguir estando ahí. Estaba ahí: ahogada en mi propia necesidad de seguir. En este punto de nuestra relación,
lloraba cada vez más. Ya no era capaz de apreciar la reciprocidad entre mi cuerpo y su amante. Esa reciprocidad, esa armonía que lo mantenía todo en equilibrio, se desvaneció de la noche a la mañana… Sin previo aviso. Sin decir «adiós». Sin el último beso. Sin guardarme el último baile. Sin mostrarme la última emoción. Mi historia de amor nunca será una historia épica: quizá pueda ser una elegía, como las que se cantan al llorar a un ser querido.

Ese fue el final del principio. Mi historia de amor apenas duró unos años… Mi cuerpo, antes rebelándose, ahora se mantenía nostálgico porque no encontraba consuelo en su búsqueda de emociones épicas.

— ¿Quizá ya no me quiere? — me decía a mí misma.

Mi cuerpo y yo nos fuimos acostumbrando a su ausencia… No es que ya no estuviera. Mis responsabilidades no me permitían seguir yendo a su encuentro.

Crack.

Al escuchar ese extraño sonido como si algo se rompiera en mil pedazos, en mi interior, el miedo empezó a controlarme. Mi espalda, que ya dolía, tuvo que hacer frente a una lesión casi permanente…

— Es el fin — me decía a mí misma.

Busqué ayuda. Quería volver. Quería desear. Quería hacer el amor. Experimentar. Volar. Sentir mis orgasmos emocionales en cada esquina. Quería revivir mi historia de amor a primer tacto, otra vez.

Me ayudaron. Me salvaron. Casi volví.

A pocos días de poder sucumbir a mi propio deseo, la pandemia asoló mi mundo. Ya no era posible volver. Todo cerró sus puertas: el gimnasio, los colegios, las bibliotecas, incluso la calle… Muchísimos corazones dejaron de latir a la vez. Miles de vidas se vieron aisladas, solas, vacías… Sin vida.

El deseo seguía ahí, latente. Sin embargo yo no era capaz de verlo. Mi cuerpo dejó de sentir… los orgasmos, tanto físicos como emocionales, se convirtieron en un vago recuerdo en muy poco tiempo.

La primavera, la exaltación de la juventud, la estación de las flores y la lluvia, el momento del erotismo enamorado… tuvo que mantenerse en cuarentena. Distancia de seguridad. Mascarillas e imposibilidad de rozar otros labios que no sean los tuyos propios. Los amantes dejaron de ser amantes físicos para convertirse en amantes virtuales. Algunos se vieron obligados a dejar de llamarse «amantes» porque el propio amor que les unió en un principio desapareció.

Mi cuerpo seguía siendo mío. Estaba aislada. Estaba vacía. No tenía vida (más bien no era consciente de que yo seguía viva y debía luchar por salir del pozo en el que estaba metida). Aunque mi cuerpo seguía siendo mío, dejé de alimentarle de deseo. Dejé de acariciarme. Dejé de darme besos. Dejé de cuidarme. Dejé a mi propio cuerpo encerrado tras la puerta de la soledad.

No sé cómo. Pero el milagro vino a mí. Me salvó. Empecé a darme cuenta de la injusticia que había cometido contra mi cuerpo: le había abandonado. Me había abandonado a mí misma.

Volví a escuchar la voz de mi cuello de cisne negro, el cisne enamorado del deseo, de la pasión, de la aventura, del Romanticismo transformado en Modernismo bajo la pluma de Manuel Machado.

Mi cuerpo volvió a sentir el deseo de probarse a sí mismo. Mi espalda quiso arquearse de nuevo. Mis empeines luchaban solos por tocar otra vez el suelo. Mis brazos, por fin, vuelven a ser una prolongación de mi cuerpo ayudándome a alcanzar mi sueño.


Ya no hay tapiz, quizá ya no sea una historia de amor a primer tacto. Quizá, hoy, sea una historia de amor a secas: una historia de amor en la que mi cuerpo, mi corazón, mi cerebro, se aman a sí mismos y entre ellos.

Es mi historia de amor particular. Una historia que evoluciona con el tiempo, que va añadiendo capítulos a su argumento. Una historia que ya ha empezado a describir otros personajes. Una historia que ya ha empezado a hablar de ti, de mí, de todos; con una voz distinta… una historia transformada en secreto cuyos protagonistas siguen siendo amantes de carne y hueso, sin tapiz, pero con vida propia.


— ¿Habrá más momentos únicos?— me pregunto mientras mi mejilla acaricia el dorso de mis punteras.

El sentimiento que me embriaga ahora, mientras escribo estas últimas líneas, es similar a lo que se siente cuando terminas de leer un libro que te ha encantado y que te ha dejado sin palabras. Si tengo que describirlo, diría que es una sensación de plenitud porque has leído, por fin, el último capítulo (aunque en el fondo no querías llegar al final, porque te encantaba); te sientes enriquecida porque has asimilado todo lo que has leído y, además, lo has disfrutado; y te sientes triste, porque aunque has sido feliz, sigue siendo una despedida.

Una lagrimita se desliza hacia abajo mientras pronuncio:

— Te quiero. Lo siento. Perdóname. Gracias.