Carta escrita para mí pensando en ellos

Les recomendé navegar por sus cabezas.

Les dije que vaciaran su corazón en un papel en blanco jugando a ser vanguardistas.

Les pedí que buscaran en su interior ese impulso que todos tenemos y que rara vez es escuchado por nuestras manos.

Les aconsejé que abrieran mundos nuevos al pasar las páginas de un libro. Daba igual si era una novela, un poemario, un cuento, un microrrelato o un ensayo… El mundo es infinito. Y nuestra interpretación del mundo se hace más amplia cada vez que exploramos otro mundo, otra página, la ilustración de otra portada.

Cada día me desvivía por motivar esas pequeñas conciencias de futuro, de sueños, de alegría por enfrentarse a la vida; quería, cada día, que experimentaran lo bonito que es hacer lo que a uno le gusta: buscar y encontrar.

Esta noche me he buscado a mí misma y me he encontrado años más tarde con la misma vocación y el mismo empeño por reflejar en sus ojos el amor al arte.

He sido modernista, me he rebelado avanzando en vanguardia, me he creído una poeta que no lleva sombrero y he luchado y sobrevivido a mis pensamientos mientras me paseaba entre las mesas verdes observando la belleza antitética de la caligrafía adolescente.

He sido feliz.

Los últimos días siempre llegan al corazón con un sutil y certero dolor: las despedidas implican decir «adiós» cuando, muchas veces, no te atreves ni a verbalizarlo por miedo a que los vínculos y el amor experimentado durante el proceso pueda desaparecer.

Sin embargo, el aprendizaje pesa más que la pena al mover la mano de izquierda a derecha y en vaivén.

Ya lo dijo Gandalf: «no todas las lágrimas son amargas».

Llorar es sano, purifica el alma y, de algún modo, hace que uno mismo se regenere y pase a través del mar de sus emociones. No es fácil. Pero tampoco es imposible.

Me he quedado con sus sonrisas.

Me he quedado con sus miradas curiosas.

Me he quedado con sus preguntas.

Me he quedado con el misterio encerrado en la acción y efecto de quererlos. Es increíble cómo unos pocos días pueden suponer tanto y tan profundamente.

Me voy.

Ya me he ido.

Aún así, he recogido las florecitas que han dejado para mí después de la siembra. El sol, la lluvia, las palabras y el cariño al pronunciarlas han hecho que las florecitas sean tan bonitas que me es imposible desprenderme de ellas.

Ojalá nunca se marchiten.

Ojalá esas palabras pronunciadas en la penumbra dentro del aula se queden en sus destinatarios hasta que, por fin, consigan lo que se propongan.

Ellos pueden. Sé que pueden. Me lo han demostrado.

Me he ido, pero sigo aquí.

Sigo entre las palabras encadenadas por el aire al hablar.

Sigo adherida al pensamiento de aquellos que todavía no se han podido expresar con libertad.

Sigo batiendo las alas de los cisnes que se siguen preguntando si son capaces de amar porque no saben qué es el amor.

Sigo coloreando de connotaciones positivas los verbos que acompañan cada día al adolescente estudiante porque, sin los colores, la vida parece que se escapa.

Sigo enhebrando el hilo en la aguja o la aguja en el hilo, ¿qué más da? Lo importante es enhebrar y la satisfacción absoluta que se experimenta cuando ves que ya lo has hecho y puedes enfilar los abalorios.

Les dije que la mariposa es un símbolo.

Les dije que los símbolos son maravillosos porque puedes esconderte detrás de ellos, como si fueran una máscara, y solo tú conocer el significado oculto.

Les dije que la poesía es un salvavidas, pero también un arma.

Les dije que el verso clava huellas profundas en la arena al recitarse en voz alta.

Les dije que el silencio es primordial si uno quiere conocerse por dentro.

Les dije muchas cosas.

Una vez, mi profesor de Literatura del siglo XVI recitó unos versos de Antonio Machado versionados: los álamos del amor se convirtieron en sus jóvenes filólogos del alma.

Hoy, yo he querido hacer lo mismo:

«Estudiantes del alma que ayer escuchabais
de esta mujer sus alegres palabras;
estudiantes que seréis mañana palabras
del futuro esperanzado en primavera;
estudiantes del alma cerca del verso
que corre y pasa y desea,
estudiantes de las tierras madrileñas,
¡conmigo vais, mi corazón os lleva!».

La vida da muchas vueltas.

Nuestros caminos volverán a cruzarse.

Hasta entonces (y citando a uno de mis profes) … ¡Salud y más poesía!

El miedo sigue siendo un gigante de piedra cuando se instala, como si fuera una pieza de adorno, en mi habitación; sus ojos siguen perpetrando la dirección de mi mirada y el peso de su cuerpo continúa haciéndose notar sobre mi colchón.

Sigue conmigo, no se ha ido. ¿Sigue guardándome lealtad?

No sabría describir la sensación que me aborda cuando pienso en él. Quizá se encuentre sobre la cuerda floja, entre los extremos del sentimiento del amor y del sentimiento del odio.

Es una palabra de cinco letras que siempre me acompaña: nunca me deja sola. Pero, no puedo evitar sentirme sola.

Ella impide que otras palabras quieran acercarse a mí. Las sinalefas se truncan cuando ella, con su peso, se balancea en ellas. A veces pienso que no es justo. Quiero seguir conociendo y ella acaba rompiendo mi fuerza de voluntad.

Mi caligrafía todavía se mantiene en el término medio entre el pesimismo y el optimismo. ¿Cuándo me hará perderlo? Últimamente, me preocupa esa pregunta.

Los interrogantes siempre han formado parte de nosotros. Sin embargo, hasta hace muy poco no me consternaban a tan gran escala.

Mi obsesión por la temporalidad está creciendo y la palabra de cinco letras aumenta, ella sola, el tamaño de su fuente. ¿Cómo lo hace? Nunca me ha pedido permiso. Nunca he querido que ella me acompañase. ¿Por qué se queda a mi lado? ¿Qué tengo de especial para que sea tan perseverante?

Sigo sin saberlo.

Quizá sea porque yo también soy una palabra de cinco letras. Tal vez.

«Cielo», «falda», «nieve», «reloj»; palabras de cinco letras que aparecen de vez en cuando queriendo despejar la x. A veces olvido que las matemáticas nunca fueron conmigo: siempre me dejaban a mitad de camino antes de llegar al resultado. Ya fuera correcto o no el resultado que yo creyera, me abandonaba sin mirar atrás.

Cuando se trata de curar el corazón, ¿cuál es el resultado más acertado? Esa palabra de cinco letras no me deja verlo. Las sombras desenfocadas siguen acechándome al volver sola a casa. Y, por la noche, sigo sintiendo la angustia de que me siga haciendo coincidir sus pisadas con las mías.

El poder que ejerce sobre mí esa simple palabra es demasiado. Sin embargo, quiero rebelarme.

Poco a poco, lo estoy consiguiendo; pero, persiste.

Es fuerte. Pero, quizá, en algún momento —durante la batalla— yo lo sea más.

Quizá, en algún momento, por fin acabe: quizá pueda darle a la tecla de «borrar» y esas cinco letras que me atormentan desaparezcan y ya no vuelvan.

Conocerme a mí misma, a la larga, acaba siendo un trabajo cuya recompensa es una escalada escarpada hacia el amor propio.

Cuando estaba parada un poco más abajo de la falda de la montaña, sin previo aviso, quise renunciar a ese amor. Las vistas me abrumaban y la altura no me dejaba respirar sin hiperventilar. Las nubes se agolpaban entre ellas envolviendo la montaña en pura niebla espesa: no podía ver nada. Incluso, era incapaz de ver con nitidez a quienes me acompañaban en mi ruta.

Me quedé ahí. Me quedé en ese punto ciego y me acurruqué conmigo misma convirtiéndome en la niña pequeña que mi cuerpo añoraba. Me quedé ahí y lloré. Lloré sin más. Lloré en paz degradando mi corazón a una escala de grises.

Quedándome ahí, creía que estaba bien. Estaba sola, aunque las personas a mi alrededor me acompañaban. Cuando lloraba, lloraba sola y sin vergüenza: la necesidad de humedecer los ojos a causa del ardor previo a la lágrima no es algo por lo que deba sentirme avergonzada.

Todavía no había empezado a conocerme y algo dentro de mí quiso abrir las pestañas. Las cosquillas que ellas me hacían provocaron un pequeño rubor en un latido al azar de mi corazón aparcado en el asfalto. Mis palpitaciones comenzaron a ser un poco más apresuradas y mis piernas, sin previo aviso, cambiaron su postura. Mi cuerpo se estiró, los huesos crujieron al moverse mis articulaciones: ya no estaba dormida.

Tras despertarme en la parte más inferior de la montaña, alcé la vista: pude alcanzar a ver su pico. Tenía mis pies y fui consciente de que podía moverlos: me moví. Avancé con el pie derecho seguido del izquierdo.

Paré otra vez. Paré y observé las vistas que me esperaban justo delante de mí: mis ojos se humedecieron otra vez, pero ya no por el ardor, sino por el aire fresco que me acarició la piel sin avisarme.

Empecé mi escalada el mismo día que conocí a una persona.

Esa persona ya no está en mi vida: quiso irse.

Todavía estoy escalando la montaña de mi amor propio. Creo que he llegado, más o menos, a la mitad: estoy en lo que mis ínfulas poéticas simbolizarían como «vientre», y estoy mojando mis pies en la poza de agua fría procedente del ombligo.

Ahora me estoy centrando en mí. Me estoy tomando mi tiempo en mantener mis pies húmedos en el interior de mi propia frescura. La estoy sintiendo tan profundamente que, por ahora, no quiero moverme. Todavía no quiero levantarme. Quiero seguir apostada en el vientre de esta montaña, notando los «sube y baja» de la vida que estoy experimentando.

Sigue habiendo personas a mi alrededor y también soy capaz de verlas y sonreír sin sentirme forzada a hacerlo. Mi escala de grises ha recuperado los pigmentos del color. Mi cuerpo se siente ligero y ya no percibo obstáculos en mis articulaciones: mis huesos ya no crujen.

Los sabores han adquirido matices nuevos. El regaliz rojo tiene un sabor más intenso cuando lo saboreo pensando en mí. Por fin, la intensidad de su color rojo va a la par con su sabor. Quiero seguir aquí sentada, mojando mis pies y saboreando mi regaliz rojo.

«Todo irá bien»

A veces, la distancia se ve solo en los mapas. Para ella, era solo el hecho de que los cartógrafos dibujaron sus países demasiado lejos el uno del otro.

No quería admitir que, pasado todo este tiempo, la relación que había entre ellos se había consolidado aún más. Pero, a medida que iban pasando los meses, se daba cuenta de que 10179 km de distancia y siete horas de diferencia ya no eran el obstáculo que impedía la certeza.

Como en toda relación, hay días en los que las circunstancias no les permitía hablar. Ambos tenían su vida y no podían dejar de vivirla solo por haberse enamorado a lo lejos. De hecho, eran vidas tan distintas que, en ocasiones, ella se preguntaba si estaba soñando despierta o la situación era real.

Ya llevaban más de un año rezando por verse cara a cara y diciéndose cada día el mantra «todo irá bien».

Desde que decidieron —en muy poco tiempo— estar juntos independientemente de lo que ocurriera en el futuro, sus diferentes vidas encontraron una conexión «cósmica» sin que el mundo lo supiera. Nadie sabía cómo se iba a desarrollar su historia, ni siquiera ellos mismos.

Tenían la fe que su inesperado amor les brindaba a diario y la convicción de que lo que había entre ellos era fuerte.

Para ella, él supuso su curación; para él, ella fue el impulso diario que necesitaba para demostrarse a sí mismo —y al mundo cuando fuera el momento— que no hay nada imposible.

En aquel momento, ambos —podría decirse— eran la salvación del corazón del otro: su reencuentro con el amor tras muchos fracasos y después de tanta tristeza.

Alguno, quizá, pensaría que cuando se revelase su historia —demasiado inverosímil— el resto del mundo caería preso de los cuentos de hadas. Sin embargo, continuaba siendo un milagro poco común: dos personas completamente diferentes, localizadas en dos puntos del mapa totalmente distantes entre sí, poseen la reciprocidad que a mucha gente le falta y que es tan difícil de encontrar hoy en día.

Las contradicciones que les regala la distancia que hay entre sus cuerpos, ciertos días, eran como espinas con las una se pincha el dedo al intentar coger una rosa roja hermosa; alcanzar la perfección dentro de su relación podía ser una actividad tediosa para el alma libre. Al fin y al cabo, las perfecciones solo acaban definiendo el corsé que nos envuelve el pecho a la hora de profesar y reclamar los sentimientos.

La rosa es el símbolo perfecto para esta historia: es pura, es bella, es aromática, visualmente perfecta cuando sus pétalos están en su floración; sin embargo, conservar una rosa y que siga manteniendo estas características es lo realmente complicado. A veces, las espinas acaban doliendo tanto que puede dar miedo intentar acariciar a la rosa con el simple roce a un pétalo. Quien haya tenido una rosa, lo sabe: es el fruto del esfuerzo y del cuidado delicado —y dedicado—.

El corazón, pese a no entender las complicaciones con las que disfrazamos las emociones, sabe que si encuentra una rosa cuya fragancia ha sido dada por sí misma, ésta acaba llamándose «preciosa», ya que la reciprocidad no tiene precio.

Desde este recóndito punto del mapa —donde ella recibió su rosa— se envió la misma rosa, ya sin vida, habiendo abandonado su forma original y adquiriendo una silueta plana y esvelta despojada de su fragancia particular. Esa última vez, la misiva pareció llegar a tiempo.

No han vuelto a crecer rosales en su jardín. Tan solo queda un pequeño capullo de rosa totalmente seco pero que, increíblemente, aún se mantiene en pie alojando su tallo entre las piedras.

Me parezco a mi madre: yo también hablo sola.

Me susurro en voz baja, mientras me consumen las horas.

He tachado el día 26 del calendario. Los domingos suelen escurrirse por las grietas, después de la sobremesa. En mis recuerdos, los domingos siempre han sido días de familia, de carcajadas estridentes y divertidas, sentados alrededor de una mesa; y hoy no es menos, sigue siendo así.

Recuerdo una sobremesa en la que mi abuelo presidía el encuentro: mis primos y yo, la más pequeña, estábamos sentados de manera que se podía distinguir la visión de una escalera sobre nuestras cabezas. Recuerdo a mi tía con una melena larga y castaña oscura. Recuerdo a mi tío muy joven, mirándonos. Éramos pequeños, apenas sabíamos cortar el filete con el cuchillo: todavía tenían que ayudarnos a comer como es debido.

En aquella sobremesa, todos nos reíamos de cada cosa que salía de nuestros labios: cuando somos niños pequeños, tenemos esa gracia que provoca una sonrisa constante. Somos tiernos, cariñosos (algunos, yo no lo era), entrañables y achuchables. Y en este recuerdo en concreto, los tres primos estábamos para comernos, por la dulzura.

Recuerdo a mi abuelo, serio, dejando escapar sin remedio una carcajada que sonó en toda la casa. Fue una carcajada estridente, pero divertida, que nos hizo reír aún más si podíamos. En mi recuerdo no sé de qué va la conversación: no tengo ni idea de si su risa procedía de un comentario que hicimos uno de los pequeños, o de la conversación adulta de los mayores. Solo recuerdo aquella carcajada.

Hoy, durante la sobremesa, he escuchado otra carcajada. Esta vez procedía de mí misma: me estaba riendo, quizá de forma exagerada, por algo que había dicho mi tío, el de la moto; mi carcajada me hizo visualizar a mi abuelo presidiendo la mesa, justo donde estaba sentado mi tío (tienen la misma frente prominente, no es extraño: ambos se parecen), y por un momento me creí que estaba ahí.

Sentí la necesidad de fijar mi mirada en él, de perfilar con mis pupilas el filo de su rostro, de guardar para mí cada detalle, por mínimo que fuera, de su aspecto. Sin embargo, cuanto más fijaba la mirada, más me percataba de que se trataba de mi tío. 

El abuelo ya no está. Quizá mi carcajada le trajo de vuelta en una reminiscencia de lo que un día fue una sobremesa de domingo.

He tachado el día 26 del calendario mientras me consumen las horas, al susurrarme en voz baja.

Yo también hablo sola: me parezco a mi madre.

Todo queda en familia.

Existe una flor que se llama «No me olvides». Es una flor pequeña que tiene los pétalos azules y procede de Nueva Zelanda. Todas las flores tienen su historia y su propio lenguaje.

La leyenda que recoge esta pequeña florecita es muy simbólica y por eso me gusta: dicen que cuando Dios creó el mundo y se puso a dar nombre a las flores, esta florecita pasó desapercibida ante sus ojos (a pesar de haberla creado Él mismo) y cuando se percató de su presencia cayó en la cuenta de que todos los nombres ya habían sido dados. Por lo tanto, esta florecita le pidió a Dios:

— No me olvides.

Entonces, Dios le obsequió con el nombre de «Nomeolvides» haciéndole saber que sería azul como el cielo llevando en su centro tonos de amarillo y rojo. Esta pequeña flor acompañaría a los difuntos en su viaje, y a los vivos en el recuerdo.

Dicen que la flor «nomeolvides» protege del olvido y, sobre todo, permanece: es un símbolo de lealtad y fidelidad.

Otra de sus leyendas nos hace saber que cuando una pareja estaba paseando a las orillas de un río, la mujer vio un grupo de florecitas pequeñas y azules que llamó su atención. El hombre quiso acercarse más y, al no poder alcanzarlas, se lanzó al agua; cuando tuvo la flor azul entre sus manos, se la obsequió a su amada, pero él no pudo salir del agua y murió ahogado tras decirle a su mujer:

— ¡No me olvides!

Debido, posiblemente, a esa pequeña y dramática historia romántica la flor «Nomeolvides» es considerada símbolo del amor verdadero e intenso.

Una cosa curiosa es que encontramos a esta bella florecita en zonas solitarias, por lo que podemos recurrir a interpretarla como símbolo del amor que acontece en silencio, en la clandestinidad.

Lo que más me gusta del símbolo como recurso literario, es que el propio escritor puede darle un significado y el lector que le interpreta, le puede dar otro muy distinto. Esto siempre me ha encantado.

Hoy tengo una «No me olvides» sobre la mesa.

En mi lucha contra el olvido, te recuerdo.

He pasado un tiempo sin acariciar el dorso de mi pluma. Estos últimos días solo la he cogido para escribir frases cotidianas como «comprar carpeta», «misa funeral», «ir a Decathlon»… Las emociones que destilaba la tinta de mi pluma han quedado convertidas en posos de té en el fondo de mi taza.

Estos últimos días no he querido enfrentarme a la tristeza, el anhelo, la añoranza, la desilusión; incluso, he querido ignorar el primer cosquilleo que surge de forma natural cuando dos personas parecen conectar armando sus palabras en el puzle. Estos últimos días me he dejado en el tintero mis verdades: todo aquello que el corazón se desvive por gritar, mis labios y mi mano lo han silenciado.

El miedo es poderoso: hace que una persona no quiera ser valiente, hace que las emociones se acaben convirtiendo en rocas pesadas para el cuerpo, hace que el juicio se nuble y que la mente permanezca a oscuras…

Estos últimos días, mis ojos son los de una niña de 6 años que tiene miedo a las luces apagadas: el corazón palpita más rápido y la respiración se acelera al conducir por carretera no iluminadas. Los faros del coche no son suficientes y las luces largas no consuelan. El nervio se apodera de mis manos provocando la aparición repentina del sudor, hasta que llego a un tramo con luz.

Escribir es ese tramo de carretera con luz: empiezo a reconocerlo todo una vez cojo mi pluma. Escribir acaba siendo un acto de valentía y aceptación: los posos de té en el fondo de la taza acaban adquiriendo una forma que comprendo, y las rocas pesadas para el cuerpo terminan haciéndose cada vez más pequeñas hasta ser, por fin, suave arena de playa.

Escribiendo me enfrento al miedo y dialogo con la tristeza: le pregunto por qué mi corazón todavía no ha sanado. Mantengo conversaciones con el anhelo hasta que acaba diciéndome que soy como todos: quiero a alguien que quiera estar conmigo y me acepte, pero para empezar debo aceptarme yo y quererme a mí misma (para muchas personas esto es lo más difícil).

Escribiendo, la añoranza que me ha estado persiguiendo por fin se para y me toca el hombro por detrás: me susurra que echar de menos y llorar a causa de ello no es algo negativo, al contrario; debo dar gracias por ser capaz de sentir y ser consciente de que siento, porque otras personas no pueden. Echar de menos acaba significando que alguien me ha importado tanto que su ausencia duele. Sin embargo, es un dolor que necesito agradecer precisamente porque he permitido que las personas me importen: no permanezco indiferente y eso es realmente bueno.

Mientras escribo, la desilusión sigue latente aunque la percibo diferente: una puerta se ha cerrado, pero en cualquier momento puede abrirse una ventana (siempre es así).

Escribiendo, vuelvo a sentir ese primer cosquilleo en mi interior. Es parecido al cosquilleo de aquel primer amor pero, al fin y al cabo, diferente. Tal vez, la diferencia está en que ahora no me pongo obstáculos para apreciarlo.

Nunca sabes en qué se pueden llegar a convertir estos cosquilleos y eso es lo que acaba dando miedo: fluir y dejar fluir no es tan fácil. Dejar que la naturaleza siga su curso, tarde el tiempo que tarde, tampoco es fácil porque ahora se quiere todo ya, en este momento.

Cuesta abrirles la puerta a las emociones que todavía no tienen nombre y, cuando lo haces, cuesta mantener la puerta abierta: cuesta mantener la fe en que no te va a hacer daño.

El sufrimiento da miedo y, por mucho que me cueste admitirlo, si no se sabe lo que es sufrir no se puede reconocer la felicidad… y se escapa.

Por eso, no quiero tener miedo.
No quiero sufrir.
No quiero que la felicidad escape.

Escribiendo, una se da cuenta de que empezar una frase con un adverbio que expresa negación es lo que atrae más noes a la vida… al igual que la luna provoca el movimiento de las mareas, los noes traen circunstancias que también comienzan con un «no».

«Quiero sentir». Esta frase es el primer pasito para abrirle la puerta a la fe que hace que te enfrentes al miedo dando zancadas: son saltos únicos que en cada gimnasta son diferentes aunque parezcan iguales.

Sentir y la manera en la que uno siente lo que le rodea es lo que nos diferencia, aunque el mero hecho de ser capaces de sentir es lo que nos hace humanos a todos.

Todo esto resulta paradógico.

Las reacciones a los sentimientos son distintas en cada persona, de ahí que la personalidad sea lo que nos hace extrañamente únicos y especiales; aunque haya aspectos en común, siempre habrá un pequeño matiz que hace tú seas tú.

Hablo en primera persona no para que tú me conozcas, sino para conocerme yo: de esta manera me siento más cercana a mí misma e, inconscientemente consciente, te permito abrir la ventana de mi mundo emocional.

No es algo fácil desnudarse emocionalmente. Parece más fácil quitarse la ropa: es algo que hacemos cada día.

Tampoco es fácil coger la pluma, acariciarla, y escribir: la escritura es un mundo que los que nos atrevemos a escribir exploramos desnudándolo y vistiéndolo con palabras arcaicas, contemporáneas, nuevas… el verbo «crear» se convierte muchas veces en las tapas del libro que despertó tu curiosidad en la adolescencia o en los sueños de «buenas noches» que tenías siendo niño después de leer un cuento y ver sus ilustraciones.

No es nada fácil despertar la curiosidad escribiendo. No es fácil producir dulces sueños tras la palabra escrita. Sin embargo, sigo intentándolo.

Después de un tiempo de letargo, he vuelto a coger mi pluma: la estoy acariciando a la par que dibujo con tranquilidad estas letras disfrutando del proceso.

Después de un tiempo emocionalmente dormido, he vuelto a acariciar mi pluma: dibujando letras con ella me he descubierto a mí misma y me he desnudado con la ropa puesta. Con la única ayuda de mis manos, he dejado que mis pensamientos fluyan.

Después de un tiempo cuidando mi cuerpo, volviendo a quererme, mi interior necesita atención: mi atención.

Ahora que me estoy entendiendo, dar esa zancada que tanto miedo me daba no costará tanto como pensaba.

«Ahora»: ‘en el tiempo actual’.

En ocasiones, necesito pararme a respirar y pensar con claridad.

A veces, sin siquiera esperarlo, todo mi mundo se colapsa y mi mente empieza a arremolinarse en sus pensamientos sin conseguir nada. Cuando esto me ocurre, observo a mi alrededor y respiro profundamente: noto cómo el aire entra en mis pulmones y mi pecho se expande, percibo los sonidos que me rodean y dejo que todo lo que está en el mismo espacio que yo me invada. Durante este proceso, mantengo mis ojos cerrados.

De repente, empiezo a sentir que estoy viva: mis palpitaciones aceleran su ritmo cardíaco y mi respiración, lentamente, se hace notar cada vez un poco más.

Al abrir los ojos, mi sentido de la vista (borroso al principio) se agudiza y enfoca justo lo que tiene delante: las puestas de sol siempre me han cautivado. Me recuerdan que, aunque el día acaba, otro día empezará.

Cuando he llegado a casa, aparte de lidiar con mi dolor de cabeza, he sentido el ímpetu de reorganizar mis estanterías: muchos de mis libros adquiridos (y recién leídos) no tienen su sitio porque otras cosas que debería haber desechado ocupan espacio.

Los objetos acaban siendo como las emociones: si no los organizas y descubres por ti misma el valor que tienen para ti, acaban ocupando un espacio importante que, tal vez, no es el que les corresponde.

Al fin he generado el espacio que mis libros necesitan y el nudo que tenía en el pecho por fin se ha desecho.

Antes de que el día terminase, he abierto la nevera y he sacado una botellita de zumo de naranja que mi madre trajo de Portugal esta mañana. Lo siento por ella, pero estaba sedienta y me lo he bebido.

Mientras tanto, mi app de música reproducía, una a una, todas las canciones que tengo guardadas: la voz de John Park me sigue emocionando, no importa cuántas veces la escuche.

La lengua coreana me ha cautivado desde que la descubrí, y las canciones interpretadas por voces como las de John Park, 10cm, Lee Min Ho, Lee Seung Gi, Lee Mu Jin, J.Don y grupos como N.Flying me hacen soñar despierta. Es raro, pero es cierto.

¿Por qué estoy escribiendo todo esto ahora mismo? Simplemente quería escribir.

He estado reorganizando mi Arca de las palabras y me he dado cuenta de que hay palabras que nunca han visto la luz.

Escribiendo ahora mismo quiero hacer eco de esas palabras que nunca atreví a iluminar con la luz de vuestras pantallas. Hay un documento pretendiendo clasificarse dentro de mi carpeta de Reflexiones que se titula Escritura automática. En él, mi yo de 2020 empieza a divagar sobre los pensamientos y emociones que tendría entonces. No me apetece volver sobre cuestiones que a mi yo de 2023 ya no le conciernen, pero sí hay detalles que me gustaría rescatar.

Algo me impide ver la luz al final del túnel.

¿Por qué estoy escribiendo ahora? La respuesta es sencilla: escribir siempre me ha ayudado a descubrirme a mí misma… Quizá, esta vez, la escritura me revele qué es lo que mantiene a mi cerebro tan inmerso en la oscuridad.

Se llama «escritura automática». Es una técnica inventada por los vanguardistas de la literatura: simplemente te dedicas a escribir lo que pasea por tus pensamientos, puede tener sentido o no. Después, al volver a leer lo que se ha escrito, uno puede «descubrir» aquello que ha estado siempre ahí pero que no ha sido capaz de ver hasta el momento de escribirlo. Funciona. Lo garantizo. Resulta que a mí me ha funcionado muchas veces: quizá porque escribo con metáforas, o porque leerme a mí misma es como intentar salir de un laberinto cuya salida suele estar disfrazada de emociones que no quiero afrontar sola.

¡Oh! ¡Ya han salido las emociones! Sí, estoy emocionada. Quizá porque todo lo que está pasando a mi alrededor me sigue dando miedo. Yo era de las que buscaban la mano de su abuelo cada vez que se asustaba. Ahora él no está. No tengo a nadie que pueda darme la mano cuando me asusto de verdad. ¿Papá? Él es feliz viajando de un país a otro transportando mercancías. ¿Por qué molestarle? Mamá está demasiado ocupada trabajando y sacándonos adelante… y aunque adoro a mi abuela, preocuparla con mis sentimientos es lo último que quiero.

¡Mira qué curioso! Ha sido empezar a escribir sobre mi familia y empezar a derramar lágrimas. El problema que me carcome por dentro debe estar ahí.

Cuando empezó todo este asunto del Coronavirus y las escandalosas cifras de contagios y fallecidos, no podía evitar pensar en que podría ser el final… que podría no volver a ver a mi familia, que podría dejar de sentir los abrazos que tanto necesito cada vez que empiezo a temblar. No dejaba de pensar: «¿y si les pierdo? ¿Y si lo último que he podido decirles no ha sido “te quiero”? ¿Y si no puedo despedirme? O peor aún, ¿y si desaparecen sin que yo me entere?». Ya pasó eso mismo con papá hace quince años. Desapareció sin dejar rastro después del divorcio y resultó que estuvo viviendo en Colombia durante cinco años, se volvió a casar y volvió como si nada comprando mi cariño con dinero (odio que la gente haga eso, el amor no se compra). Sigo teniendo miedo. Me sigue dando miedo despertarme y descubrir que alguien ha desaparecido, que me han dejado sola, o que yo les voy a dejar solos. También me da miedo.

Ahora que he empezado a ver otra vez la luz del sol, no quiero volver al pozo del que me ha costado tanto salir. No quiero volver a experimentar estar meses enteros sin poder escribir una palabra. No quiero volver a sentir que no tengo vida.

Llevo cuarenta y cinco minutos escribiendo mis pensamientos. Esperaba que Morfeo me llevase al mundo de los sueños, y así parece estar siendo. Sin embargo, acabo de empezar otra página, y no me gusta dejar de escribir cuando tengo toda una página en blanco por delante.

Es curioso que cuando te propones escribir porque piensas que debes hacerlo, no puedas. Es lo que me está pasando justo ahora: quiero escribir porque tengo la convicción de que dejar una página en blanco es desperdiciar papel, y me obligo a mí misma a seguir escribiendo… No debe ser bueno. José Hierro dijo una vez que la poesía se escribe cuando ella quiere, y tenía toda la razón: no puedes forzar lo que no sale por sí solo. Él hablaba de poesía, pero creo que se podía aplicar a la escritura en general. No puedes forzar la creatividad, si no, puede acabar convirtiéndose en un lastre.

Rocío, 2020 – 25 años.

Al leerme después de tanto tiempo, me he reorganizado interiormente: mis emociones, últimamente, son un caos que se revuelve cada vez más y soy incapaz de pensar con claridad.

Al observar a mi alrededor, los niños se estaban riendo, sus padres les miraban y conversaban entre ellos dejando sonar en el ambiente de la piscina alguna carcajada. Quizá Dios me puso aquí para ver esto y sentir que sigo estando viva: aún río, aún lloro, aún sueño despierta.

Respiraba profundamente dejando que sus risas inundaran mis oídos y, a la vez, sentía cómo iba percibiendo la brisa cálida haciendo honor a los 33ºC de ese momento. Cuando cerré los ojos, todas sus voces me abrazaron: mi pecho se expandió, las palpitaciones de mi corazón aceleraron su ritmo y mi respiración bailaba con los sonidos que me rodeaban.

En el momento en que mis ojos se abrieron, el sol se estaba poniendo: este día acaba, pero otro día empezará.

Es mucho más fácil empezar a escribir en tiempo pretérito.

Cuando se sabe perfectamente de qué se va escribir, se escribe.

El presente, el tiempo verbal, se caracteriza por la coetaneidad[1] entre las palabras y lo que describen: una relación íntima y explícita entre lo que se escribe y este momento, comúnmente conocido como ahora.

A pesar de que la acción se está llevando a cabo ya, todo buen escritor introduce a sus lectores en el mundo de sus personajes.

Este personaje[2], que vive viajando, tiene al mar encerrado en su mirada: imagina unos ojos bien perfilados con sus pestañas y de un color azul tan intenso que si los miras fijamente, te pierdes en el infinito. Algunas personas cuentan que al mirar sus ojos, se olvidan de lo que están pensando, o simplemente no piensan en nada cuando se dedican a mirar porque lo ven todo a través de sus ojos. Siguiendo al pie de la letra el canon de belleza griego, este personaje es alto y esbelto y guarda cierta simetría en el rostro y en el cuerpo. Las matemáticas le acompañan, no solo en el físico sino, también, en su formación: sabe hacer arañas que andan solas.

Ahora, imagínate a un hombre de más o menos treinta años con expresión adolescente y seria, rubio, ingeniero industrial, que está esperando a alguien en una zona bastante concurrida.

La persona a la que está esperando el joven personaje llega tarde y no puede sino ser comprensivo y aceptar el retraso.

***

Están en su apartamento, charlando (o intentándolo) mientras se beben tranquilamente unas cervezas. Él le cuenta a su interlocutora tantas cosas, que espera que ella, amablemente, siga con la conversación. Su personalidad dominante, su estilo de vida, sus intereses, quizá imponen a su compañera de dialéctica; y él sigue esperando que ella prosiga.

***

Al personaje con el que te vas a encariñar, y al que echarás de menos cuando esta historia termine, le encanta la buena conversación: si es posible que haya connotaciones sexuales en la sintaxis, mejor. Pero como cualquier técnica conversacional es buena, parece conformarse con lo poco que le cuenta su amiga, con la incansable y necesaria ayuda de la cerveza.

Le encanta coger la batuta y dirigir la sinfonía. Le gusta ser consciente de lo que está haciendo, y de que lo está haciendo. Le encanta experimentar en el sentido más amplio del término: cualquier situación que implique a más de dos personas le llama mucho la atención, le mantiene encantado. Por eso busca. Busca nuevas experiencias. Quizá busque algo más, algo que se encuentra abstracto y que, al igual que las cosas innombrables, se convertirá en algo concreto cuando por fin le ponga un nombre a lo que está buscando. Nominavit et fuit, «fui nombrado y existí». Será un proceso lento, puede que doloroso incluso, pero sin duda será intenso y placentero.

Existe una expresión popular que describiría bastante bien a Simón: «siempre va hecho un figurín», va bien vestido y es muy profesional. Además, lleva su pelo rubio perfectamente engominado y colocado de manera muy estricta: si tienes ocasión de coincidir con él, no le toques el pelo, no le gusta nada.

Para salir y disfrutar del aire libre (nada puro y contaminado) de Madrid, se suele poner un abrigo (dentro de las variedades que existen, una de ellas) y llevar las manos en los bolsillos, mientras espera.

***

Ella lleva puesto un antifaz, y se pueden distinguir perfectamente las curvas que forman el contorno desnudo de su cuerpo. Él se dedica a observarla mientras juega con ella: sabe perfectamente cuál es el punto exacto para la excitación femenina, y juega con su secreto; ella lo siente, y lo expresa tal y como lo siente. Son practicantes de una dialéctica distinta, aquí ya no valen las palabras: juegan con los sentidos, y el disfrute del placer.

Podría ser la versión española de Historia de O. Quizá, más adelante, se pueda añadir algún apunte sobre O; por ahora, es una pieza más del puzle de Simón, un nombre más, una varilla más en su amplio abanico de experiencias. La diferencia, quizá, con el resto de varillas es que ésta lleva tatuada la originalidad de un perfil modernista, abierto y flexible de una mujer literata.

«Saltar en la cama» es una expresión que los niños utilizan cuando hablan de sus padres y sus aventuras amorosas. Ellos no saltan. Viven ajenos al tiempo hasta que es necesario tener consciencia de la hora (quizá hacen saltos temporales). Ellos se deslizan, o se quedan inmóviles en el suelo: ella se queda inmóvil, conteniéndose, mientras él se comporta como un buen hedonista y hace que su compañera disfrute tanto como él pueda hacerla disfrutar. Así adquiere placer, así alimenta el morbo.

Sí, este tipo de matices sexuales son los que Simón quiere escuchar en boca de su amiga. Poco a poco. La sintaxis es un mundo oscuro lleno de predicados, de sintagmas verbales y verbos que actúan… Filosofando, quizá la dialéctica de la acción verbal es la que propicia, luego, la dialéctica conversacional: están tumbados en la cama, dialogando (ella más que él), después de haber alcanzado el clímax, comúnmente llamado orgasmo (o para los fans de Aristóteles, catarsis).

Ya es la hora. Ella tiene que irse.

***

Por primera vez ella llega antes de que él la esté esperando. La puerta se abre dejando ver al trasluz la silueta de Simón. Al entrar, la puerta se cierra.

Están hablando. Se percibe una evolución en su reciente amistad, a ella se la ve más suelta y a él más embelesado con su nueva amiga. Al mirarse el tiempo parece correr más rápido. Va a ocurrir algo, tiene que ocurrir algo.

Los nervios están a flor de piel mientras ella espera que él le revele algo, parece ansiosa por saber lo que puede ocurrir.

Siguen hablando y disfrutando del sabor amargo de la cerveza. En esta ocasión no hay tanta distancia entre ellos: ella está cerca de él, al alcance de su mano, a un abrir y cerrar de ojos de sus pensamientos. Él le acaricia el muslo, y ella responde con una sonrisa. La calidez del ambiente les anima, les incita, y siguen aprovechando cada minuto que deja pasar la manecilla del reloj.

Se respira intensidad entre las burbujas de sus bebidas… Están esperando.

***

Ella se levanta y busca algo entre sus cosas: algo azul, de goma, largo y dividido en secciones numeradas. Parece elástico. Le enseña a su amigo lo que puede hacer con eso: se pone un extremo de la goma en un pie, y el otro extremo en el otro pie, hasta que se ve la finalidad de tal cosa. Está sentada en el suelo, con las piernas completamente abiertas, decidida a que su compañero de dialéctica la contemple mientras exhibe su hazaña.

Sigue enseñándole otras posturas que, a la vez que interesantes a la vista, son  bastante sugerentes. Los matices sexuales se encuentran en el aire, y ella lo sabe. Él también lo sabe, pero sigue esperando.

***

Ella se ha puesto un tanga con la forma modernista y rebelde de una mariposa con las alas extendidas. A él le gusta. Ella se acerca para que él pueda contemplarla, y tocarla, y experimentarla tanto como quiera. Eso le encanta. Acaba colocándose a horcajadas sobre su amigo mientras le transmite un mensaje en un susurro. Es una mujer distinta, algo más atrevida… Él observa y sonríe, y emplea sus labios para otro uso de la dialéctica que ya se ha mencionado. Los besos… Ese idioma tan selecto y sensitivo… Ella va gritando en silencio que la bese.

***

No pueden evitarlo, no dejan de mirarse. Se besan, y al besarse se miran, pero con los labios. Se trasladan a la cama en un ir y venir de sensaciones: ella se encuentra tumbada, con sus piernas en posición citológica, a la espera de que él se acerque más y más, y la bese. Siguen siendo labios, aunque distintos. Sigue siendo ella, desinhibida, humana, libre… Sigue siendo la evolución espontánea de sus variedades dialectales, del juego de lascivia entre dos lenguas. Siguen hablando, sin palabras, entre ellos.

Dialéctica en auge.

Ella tiene los ojos cerrados, y él se humedece los dedos en lubricante artificial, de color melocotón, y olor a primavera. Empieza a jugar con sus dedos y el culo de su amiga, y a ella le gusta. Por su expresión, descrita por ella misma como metáfora del placer, le encanta.

Se miran, se preguntan, se sostienen la mirada.

Por fin llega el momento en el que él empieza a follarla, y empieza suave, con delicadeza, hasta que el ritmo acelera junto con la respiración. Ella está encantada de sentirse útil, si ella disfruta, él disfruta. Reciprocidad. Eso le gusta.

Se pone a cuatro patas, y sigue follándola por detrás. Ella no desperdicia el momento de expresar todo el placer que siente.

Dialéctica sensorial, auditiva, gemido a gemido…

El tiempo no se ha detenido, ella se va.

***

Los días pasan y él intenta sorprender a O. ¿Lo logrará?

La oscilación que va y viene en sus conversaciones tiene a O nerviosa, impaciente, ansiosa… Se pasa los días haciendo la cuenta atrás en versos. Vive entre la espada y la pared, entre el deseo y la responsabilidad… Los saltos temporales con Simón son como pequeños oasis de placer en un largo desierto que consume su tiempo.

Está escribiendo. Se percibe el sonido de las teclas bajo sus dedos. ¿Qué estará escribiendo?

De vez en cuando mira el móvil, lo deja, lo vuelve a mirar y lo vuelve a dejar.

Mira el reloj, observa cómo las manecillas se mueven, consumiendo cada vez más tiempo. Se levanta y al levantarse nota que la falda, larga y blanca, se le ha enganchado en las ruedas de la silla… Resopla. Sonríe. Abre su mochila y comprueba que lleva todo lo que necesita. De repente alza la vista hacia la ventana y se queda inmóvil, pensativa, mirando.

Reacciona, coge su L y se va.

***

Pronto se irá. Estos últimos días se ha dedicado a organizarlo todo antes de su viaje… Madrid solo es una parada en su recorrido por la vida, él vive viajando, ¿recuerdas? Prepárate para echarle de menos cuando se vaya, porque las persianas estarán bajadas, y las ventanas, cerradas.

Ella serpentea, con el cuerpo dolorido, en busca de un momento más. Necesita más momentos que complementen su visión de la vida, momentos que enriquezcan su mundo, caótico y oscuro. Si fuera ella, estaría deseando ser un ser fantasmal e invisible para poder observar, a través de su ventana (que siempre ha estado cerrada y oculta) cómo es su día a día… Desearía contemplarle mientras se ducha, y quedarme absorta deleitándome con su cuerpo simétrico irradiando belleza. Desearía ser partícipe de cómo se gana la vida, ¿qué hay en su cabeza? Pero no soy ella, no puedo decidir por ella. Solo soy su conciencia, esa vocecita que elabora el pensamiento que posteriormente se transmite con los labios.

Siempre me ha gustado el juego de la ventana indiscreta, y he querido jugar. Yo, la conciencia, he sido narradora de los hechos que he podido ver a través de los ojos de O. Sí, los ojos son ventanas. No, no son ventanas reales. Sí, son simbólicas. Ya he dicho que O es literata: algo de literatura tenía que haber. Si los ojos son ventanas, los párpados son las persianas… Cuando él se vaya, O cerrará los ojos, bajará las persianas de sus ventanas, y recordará.

Recordará todo lo que ha experimentado con su amigo, recordará sus clases de dialéctica… Se arrepentirá, quizá, de no haber hecho tanto uso de su técnica dialéctica cuando estaban conversando. Y deseará, porque la conozco como si yo fuera ella misma, volver a revivir, momento a momento, escena a escena, cada una de las palabras que salieron de sus labios (los de él)… Echará de menos la comunicación a base de fluidos, sus charlas eróticas de poca sutileza; querrá, sobre todo pronóstico, volver a ver a este amigo que, desde el principio, supuso un misterio.

Hoy sigue siendo un misterio: un misterio que querrá seguir resolviendo y que espera poder resolver cuando vuelva. ¿Encontrará lo que busca? La prolífica y perturbada imaginación de O quiere pensar que aquello que ha experimentado con ella ha sido útil para él… Con el tiempo lo sabremos.

Se han bajado las persianas, y las ventanas están cerradas. No veo nada, pero lo siento: siento el ritmo que marcan las palpitaciones, siento el cosquilleo que acaricia sus entrañas, siento la levedad de esta enumeración de pensamientos, siento cómo arraiga el recuerdo en el proyector de la memoria: sigo sin ver nada, pero siento sus labios besando los míos.

Al cerrar los ojos
lo veo:
veo la oscuridad
necesaria
del antifaz,
veo la levedad
y el espacio atemporal
de este momento…
Al cerrar los ojos
lo siento:
siento la intensidad,
la intensidad recorrida
por tu lengua;
siento el efecto
del beso,
del beso en los labios
que baila al contacto…
Al cerrar los ojos
te veo en el recuerdo,
te siento en el cuerpo;
al cerrar los ojos
sueño al pensar
o pienso al soñar
que quiero una vez más.

Todavía no se ha ido y O recuerda aquel comentario que le soltó acerca de su apego por el idioma de los besos… Recuerda el momento exacto en el que le preguntó si podía hacer una cosa, y no pudiendo ser más predecible, le besó sin siquiera pararse a pensar si estaba fuera de lugar: el beso es un idioma muy personal, íntimo, y para algunas personas llega a ser simbólico. O habla a través de los besos, sigue utilizando los labios, y en cierto sentido sigue siendo una técnica dialéctica.

Hablar besando
es un elemento nuevo
de mi idioma inventado:
un elemento lírico
donde los labios
y la lengua
juegan a ser libres…
Comunicarme contigo,
con cada beso,
es un artificio
de mi lenguaje
(específico y distinto)
de miradas sostenidas
y silencios nerviosos…
¿Jugamos?
En cada beso, una palabra,
y en cada mirada
miles de preguntas
no verbalizadas…
Así es como hablo:
besando.

Y todavía piensa (filosofa) en el próximo encuentro con su amigo, ¿será capaz de hablar un poco más? ¿Habrá evolucionado? ¿Saldrá de su crisálida y extenderá sus pensamientos? Son incógnitas, misterios, que tarde o temprano acabarán resolviéndose solos.

Mírame, Filosofía,
a través de los momentos
(momentos etéreos);
mírame a través del mar
al bucear en mi realidad…
Enséñame dialéctica
mientras yo te enseño
(en primera persona
y desnuda)
lo que quieras…
Enséñame a enseñarte
las variedades dialectales
de mi lengua ensimismada,
enséñame tu idioma:
el de los pensamientos,
que yo te enseñaré,
Filosofía,
la dialéctica de los sentidos.
Así, frente a frente,
lengua a lengua,
nos entenderemos.

***

Esta noche O se ha puesto a escribir y he sido partícipe de su proceso de escritura, le ha escrito otro poema… Esta vez le pide que la salve.

Rescátame,
querido amigo,
del precipicio
(oscuro y vacío)
de los sentidos:
rescátame del tacto
y de su olvido,
rescátame del silencio
que atraviesan mis oídos,
rescátame del gusto
amargo
de la cerveza sin tus halagos,
rescátame de la luz del sol
que atormenta mi vista
y me hace partícipe,
querido amigo,
de tu ausencia;
rescátame de los perfumes
de ciudad madrileña
que pasean por mis napias
atravesando mi olfato
al llegar a Callao.
Rescátame,
llévame.

***

Es de noche. ¿Qué estará haciendo? Quizá esté soñando. Yo sólo sé que O está deseando meterse en su cama, envolverse entre tonos malvas, y volver a sentir el tacto de su piel a través del roce de sus cuerpos. No hablo de sexo. Hablo del imperio de los sentidos, de sentir: de saborear, de contemplar, de escuchar, de acariciar, de inspirar profundamente hasta conseguir quedarte dormido y, entonces, pedirle a Morfeo el privilegio de soñar.

Buenas noches.


[1] Palabra posiblemente inventada.

[2] Expresado así debido a la peculiaridad de sus cualidades.

Las palabras son tan fieles a nosotros, que nos dejan jugar a ser activos en un mundo de dramatización desgarrada.

Lo normal, cuando hablamos, es que las palabras viajen entre los labios (pronunciándose) hasta llegar a los oídos (escuchándonos); lo normal, cuando dialogamos, es que las emociones que estaban escondidas, sin avisar, eclosionen; lo normal, cuando hablamos, es que las palabras nos lleven de la mano, juntos o por separado, al momento en que la acción grita que está aquí.

Somos interlocutores que inventan sus propios diálogos en los soplos de aire frío en este invierno.

Somos intermediarios de aquellas emociones acalladas hace décadas que, quizá, quieran aflorar; quizá la primavera llegue pronto este año, quizá el frío invierno que mantiene mis manos como las aguas del Cantábrico quiera dejar paso a esta primavera… quizá.

«Somos». Es una expresión bonita formada en tiempo presente, haciendo uso de la primera persona del plural (donde «yo» deja su individualidad a un lado y acoge, cariñoso, a un compañero también denominado «yo»).

Somos palabras que se verbalizan cuando nos vemos: es bonito verbalizarse. Los sonidos, antes silenciados, empiezan a escucharse en voz activa. Los efectos de los sonidos empiezan a hacer mella en mis oídos, produciendo más y más curiosidad.

Soy un cúmulo de palabras curiosas que quieren activar, progresivamente, aquella ilusión abandonada.

Soy una palabra concreta, un nombre propio, empezando a sentir la acción.

A veces nos hacemos daño sin saberlo: cuando lo descubrimos, la herida ya es profunda. ¿Podrá sanar?

Quizá el Tempus fugit de la literatura me responda a esa pregunta y, con suerte, Carpe diem me dirá qué hacer.

Todo el mundo tiene heridas que adornan y mortifican su cuerpo. Cada uno de los seres humanos que habitamos esta Tierra tiene sus propias cicatrices, quizá todavía abiertas.

Algunas personas prefieren maquillarlas para que no se vean y sonríen a diario, delante del espejo. Otras personas buscan la marca de sus cicatrices hasta encontrarla y no dejan de mirarla: es atractiva, ya que lo vivido gracias a ella ha supuesto un clímax en la vida. En cambio, hay personas que se ahogan y son incapaces de respirar profundamente con el simple roce de la yema de los dedos sobre la superficie áspera de la cicatriz.

¿En qué grupo me encuentro? A veces, me quedo mirando el espejo, observando el brillo lacrimógeno de mis pupilas. En ocasiones, me veo intentando encontrar el punto exacto en el que estaba mi deseo frustrado. Y, últimamente, con frecuencia y sin darme cuenta, mis manos tiemblan al rozar ciertas partes de mi cuerpo.

No tengo cicatrices. Al menos, no tengo cicatrices visibles, importantes, que me causaran dolor físico. Solo tengo una pequeña marca con forma de sonrisa, si la miras en horizontal, en el dedo meñique de mi mano izquierda (me extirparon un tumor benigno de células gigantes). Y… si miro el gemelo de mi pierna derecha, puedo deducir la forma de un delfín sombreado, resultado de una quemadura muy leve tras acariciar con la piel el tubo de escape de una moto. Pero ya está, no tengo cicatrices. Por fuera, no me han hecho daño, no me he caído, no me he dado golpes con nada.

Mis cicatrices son internas: no se ven. Solo las siento yo, de vez en cuando, al llover repentinamente o al tocar el acorde Sol pulsando las cuerdas de la guitarra de mi madre. Aunque, mirando en perspectiva, solo las siento ciertos días del año: cuando algo o alguien provoca mi desequilibrio emocional, cuando miro fijamente la fotografía que adorna la cabecera de mi cama.

Intento que mi cicatriz interna no me haga perder los estribos. Intento que mis ganas de querer algo demasiado no me convierta en obsesiva. Intento muchas cosas, y todas al mismo tiempo y evitando colapsos y colisiones sentimentales…

No. No funciona.

Mi cicatriz está ahí, la siento, y me dice cada día que necesito aguantar.

Así que…

Érase una vez, una cicatriz que quería que la mirasen: quería dejar de ser un obstáculo para la felicidad, pero no la miraban.

¿Cómo sigue?

Escríbeme. Quizá podamos descubrir si al final alguien se atreve a mirar a la cicatriz y decirle con una sonrisa: estoy aquí, te miro, por fin te entiendo.

3, 2, 1… ¿Empezamos?

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