Carta escrita para mí pensando en ellos

Les recomendé navegar por sus cabezas.

Les dije que vaciaran su corazón en un papel en blanco jugando a ser vanguardistas.

Les pedí que buscaran en su interior ese impulso que todos tenemos y que rara vez es escuchado por nuestras manos.

Les aconsejé que abrieran mundos nuevos al pasar las páginas de un libro. Daba igual si era una novela, un poemario, un cuento, un microrrelato o un ensayo… El mundo es infinito. Y nuestra interpretación del mundo se hace más amplia cada vez que exploramos otro mundo, otra página, la ilustración de otra portada.

Cada día me desvivía por motivar esas pequeñas conciencias de futuro, de sueños, de alegría por enfrentarse a la vida; quería, cada día, que experimentaran lo bonito que es hacer lo que a uno le gusta: buscar y encontrar.

Esta noche me he buscado a mí misma y me he encontrado años más tarde con la misma vocación y el mismo empeño por reflejar en sus ojos el amor al arte.

He sido modernista, me he rebelado avanzando en vanguardia, me he creído una poeta que no lleva sombrero y he luchado y sobrevivido a mis pensamientos mientras me paseaba entre las mesas verdes observando la belleza antitética de la caligrafía adolescente.

He sido feliz.

Los últimos días siempre llegan al corazón con un sutil y certero dolor: las despedidas implican decir «adiós» cuando, muchas veces, no te atreves ni a verbalizarlo por miedo a que los vínculos y el amor experimentado durante el proceso pueda desaparecer.

Sin embargo, el aprendizaje pesa más que la pena al mover la mano de izquierda a derecha y en vaivén.

Ya lo dijo Gandalf: «no todas las lágrimas son amargas».

Llorar es sano, purifica el alma y, de algún modo, hace que uno mismo se regenere y pase a través del mar de sus emociones. No es fácil. Pero tampoco es imposible.

Me he quedado con sus sonrisas.

Me he quedado con sus miradas curiosas.

Me he quedado con sus preguntas.

Me he quedado con el misterio encerrado en la acción y efecto de quererlos. Es increíble cómo unos pocos días pueden suponer tanto y tan profundamente.

Me voy.

Ya me he ido.

Aún así, he recogido las florecitas que han dejado para mí después de la siembra. El sol, la lluvia, las palabras y el cariño al pronunciarlas han hecho que las florecitas sean tan bonitas que me es imposible desprenderme de ellas.

Ojalá nunca se marchiten.

Ojalá esas palabras pronunciadas en la penumbra dentro del aula se queden en sus destinatarios hasta que, por fin, consigan lo que se propongan.

Ellos pueden. Sé que pueden. Me lo han demostrado.

Me he ido, pero sigo aquí.

Sigo entre las palabras encadenadas por el aire al hablar.

Sigo adherida al pensamiento de aquellos que todavía no se han podido expresar con libertad.

Sigo batiendo las alas de los cisnes que se siguen preguntando si son capaces de amar porque no saben qué es el amor.

Sigo coloreando de connotaciones positivas los verbos que acompañan cada día al adolescente estudiante porque, sin los colores, la vida parece que se escapa.

Sigo enhebrando el hilo en la aguja o la aguja en el hilo, ¿qué más da? Lo importante es enhebrar y la satisfacción absoluta que se experimenta cuando ves que ya lo has hecho y puedes enfilar los abalorios.

Les dije que la mariposa es un símbolo.

Les dije que los símbolos son maravillosos porque puedes esconderte detrás de ellos, como si fueran una máscara, y solo tú conocer el significado oculto.

Les dije que la poesía es un salvavidas, pero también un arma.

Les dije que el verso clava huellas profundas en la arena al recitarse en voz alta.

Les dije que el silencio es primordial si uno quiere conocerse por dentro.

Les dije muchas cosas.

Una vez, mi profesor de Literatura del siglo XVI recitó unos versos de Antonio Machado versionados: los álamos del amor se convirtieron en sus jóvenes filólogos del alma.

Hoy, yo he querido hacer lo mismo:

«Estudiantes del alma que ayer escuchabais
de esta mujer sus alegres palabras;
estudiantes que seréis mañana palabras
del futuro esperanzado en primavera;
estudiantes del alma cerca del verso
que corre y pasa y desea,
estudiantes de las tierras madrileñas,
¡conmigo vais, mi corazón os lleva!».

La vida da muchas vueltas.

Nuestros caminos volverán a cruzarse.

Hasta entonces (y citando a uno de mis profes) … ¡Salud y más poesía!

Hace dos meses que no escribo: el silencio ha arraigado en mis manos, al igual que el frío arrecia en las grietas de mi cuerpo.

Quizá, los menesteres y las responsabilidades han clavado la señal de Stop en mi suelo y mi cuerpo, tan obediente, ha parado delante de ella. Quizá los sentimientos siguen contradiciéndose aquí dentro y el silencio prefiere acallar el impulso y sosegar la emoción… Quizá.

Como fuere, hace dos meses que no escribo. Otra vez ha llegado la temporada del estío: mis hojas siguen cayendo, movidas a cámara lenta, a causa del viento que me arrastra. Otra vez, el barbecho ha hecho mella en mis tierras, dejándome baldía y con mis sendas muy lejos de estar abiertas.

El silencio, tal vez, esté desarraigándose y las musas se estén apoderando de mis manos: puede ser que el impulso adormilado se esté despertando. Ya se ha ido.

Los versos han vuelto a circular por mi torrente sanguíneo haciéndole llegar oxígeno a este descarriado corazón. Sin embargo, sus latidos siguen siendo lentos, pausados, marcando un ritmo flojo difícil de seguir sin metrónomo.

Esta noche escarchada, los versos han querido volver a acariciarme las manos: las palabras han rozado las yemas de mis dedos igual que tú sobrevolabas aquella pluma sobre la punta de mi nariz. Aquel cosquilleo retorna a veces para recordarme que, sin estar conmigo, aún estás.

Probablemente te hayas convertido en mi paradoja: aún eres mi problema sin resolver y quizá siga quedándome aquí, vestida de verde —navideña y lorquiana— dejando mis mejillas sonrojadas a la intemperie para mirarte a los ojos desde abajo. El cielo sigue estando alto. ¿Cuándo creceré? Desde allí, ¿qué seré? Probablemente sea una luciérnaga —mi vela encendida— queriendo alcanzarte pretendiendo ser brillante.

Aún sigo vestida. Mi cuerpo sigue cubierto de tonalidades verdes, apresurándose hacia ti: el tiempo corre —mi cuerpo también— y el verde sigue aquí.

Sigo queriendo escapar hacia donde la humareda de los abrazos que nos dimos siga latente.

Sigo queriendo ilusionarme con volar bajo el manto verde de la primavera pese a que el invierno me mantiene prisionera arremolinando mis esfuerzos con sus aires gélidos.

A lo mejor es que sigo dormida y el sueño me atrapa al igual que me sigo quedando absorta observando las vacilaciones de una llama.

Le he quitado la protección malva a mi teclado. He vuelto a sentir el tacto de mis teclas pulsando las letras necesarias para que puedas leer lo que mi alocado corazón, pese a las intervenciones de mi cabeza, quiere que escriba.

Es curioso, a los escritores nos pasa a veces: cuando nos abruma la inspiración no podemos dejar de escribir. Pero, sin ella nos sentimos —tal vez— un poco indefensos. Perdón por el plural de cortesía: usar siempre el «yo», en ocasiones, termina siendo algo cargante.

Cuando empecé a escribir este texto que estáis leyendo, pretendía expresar en pensamientos fugaces mi experiencia durante un viaje. Quería que cada fragmento de vivencia tuviera la forma rápida y fluida que adquieren las corrientes de agua de los ríos. Quería que cada aportación de esas experiencias tuviera vida.

Sin embargo, cada vez me alejaba más de mi objetivo: al distanciarme de mí misma utilizando el pronombre «ella» no era nada fácil recoger esa vida en mis palabras —porque no estaba siendo yo misma, sino la intención de una escritora— y la inspiración primaria que me impulsó a querer compartir la emoción que viví pasó a un segundo plano.

No obstante, todas estas palabras que leerás a continuación —si quieres saber cómo acaba esta aventura— siguen siendo pequeños rastros de esas corrientes fluviales: ellas me mantuvieron a salvo durante siete días y me reconfortaron cuando mi corazón necesitaba la calidez de un abrazo.

Os dejo con Ella. Esta chica es una persona que pasa desapercibida. A priori no causa sensación: va a lo suyo, hace lo que tiene que hacer —a veces, también lo que quiere hacer— y se refugia en el papel y el bolígrafo. Vive tranquila y últimamente le gusta más su trabajo: los vínculos que se han creado entre Ella y las personas de su entorno laboral hacen que se sienta a gusto y que el trabajo no sea pesado. Pasa las estaciones del año haciendo lo que le gusta y se siente satisfecha cuando los demás también lo están. Vive con su familia y vive encantada. Cada una hace su vida dentro de esa unidad familiar, pero se ríen y comparten su felicidad. Y, a veces, también se van de viaje.

Su hermana y su tío se habían ido de viaje con su abuela hacía unos meses. Ahora, le tocaba a Ella irse de viaje con la matriarca. Ya estaba todo preparado: la documentación de la naviera, los billetes de avión, el seguro del viaje, la gestión de la asistencia en el aeropuerto; todo estaba zanjado. Solo faltaba que Ella se tranquilizara y empezase sus vacaciones.

Metió su cuaderno y su estuche de bolígrafos en la mochila y se cercioró de que no se dejaba nada importante.  Cogió la maleta amarilla y echó a andar. Al llegar a casa de su abuela, pensó dos veces en todo lo que tenía que llevar: el bastón, la mochilita, el pastillero; todo estaba a buen recaudo.

Al despedirse de su hermana en el aeropuerto, con su abuela ya acompañada por la asistencia y Ella misma, emprendieron su viaje.

Quizá hay sorpresas que la vida te prepara cuyas reacciones a ellas te someten a una emoción nueva. Tal vez existen momentos en los que te ves en un escenario totalmente diferente y lo que te queda es la capacidad de poder adaptarte.

Ocurrieron muchas cosas en aquel viaje. Ella, simplemente, aceptó lo que aconteció con el corazón agradecido.

***

Se encontraban a bordo de un pequeño barco de tan solo dos puentes y cuatro anclas. Se podía sentir el recogimiento familiar dentro de su tripulación: ellas mismas se sintieron parte de aquella pequeña familia.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaban de una actividad en la que solo fuesen ellas dos, y un crucero fluvial era algo que todavía no había hecho ninguna. Hacer algo por primera vez para las dos era una idea preciosa para ellas que acogieron con los brazos abiertos.

Su abuela decía continuamente que la lengua —el idioma— es una barrera infranqueable: cuando uno no puede entenderse con las personas que le rodean al hablar, se siente desprotegido o impotente porque no sabes cómo comunicarte para que te comprendan.

Ese viaje supuso un alto en aquel pensamiento: la lengua no es el único medio para entenderse con el mundo. La sonrisa, los gestos, las miradas, el trato interpersonal, son aspectos que dominamos todos y que podemos emplear para complementar esa barrera infranqueable del idioma. Es verdad que, si esa frontera no existiera (como nos cuentan de Babel), nuestra comprensión de lo que nos rodea sería mucho más fácil. Sin embargo, la dificultad aparece cuando necesitas evolucionar y crecer. Tal vez se pueda entender este viaje como un camino hacia ese crecimiento.

Se encontraban sobre las aguas del río. Al principio, parecían aisladas del resto. Aún así, el tiempo se encargó de que su estancia sobre aquellas aguas resultara apacible y única. Aquella familia de tripulantes hizo lo posible para que ellas se encontrasen a gusto y relajadas.

Con ello, se dejaron llevar por la corriente hacia el destino inexplorado.

***

Se despertó al amanecer y miró por el ventanal del camarote: la vista del sol saliendo de su escondite e iluminando suavemente las aguas y el verdor, era emocionante. Notaba cómo algo se arremolinaba en su interior, quizá fuesen mariposas revoloteando al descubrir la luz naciente en el horizonte.

De repente, un pensamiento fugaz interrumpió su despertar. Preguntas como «¿qué hacemos hoy?» siempre acababan merodeando por su cabeza hasta captar su atención. Pese a que nunca fue muy amiga de los acontecimientos planificados, esta vez se dejó llevar por los planes preparados.

***

Las descripciones, la realidad, el cómo… no son aspectos que le preocupen; le gusta más la espontaneidad, el ser consciente del fluir de las emociones en el momento presente, el sentir. Quizá en eso discrepaban. Su abuela disfrutaba más de la parte objetiva de la vida, disfrutaba de describir las cosas tal y como eran en vez de sentir el aire azotando el rostro. Sin embargo, a pesar de tener reacciones tan dispares, se complementaban y conseguían que la travesía resultase completa: la objetividad de la abuela se compenetraba con la visión poética de Ella.

Las emociones acababan mezclándose entre ellas hasta que parecían muchos colores uniéndose para crear un pigmento nuevo. Con ese nuevo color, Ella podía ver un mundo más amplio que no sabía que existía en su interior.

***

La realidad y el romance parecían fusionarse al ver chocar las aguas entre sí. Sus ojos quedaron absortos en aquella escena: las corrientes de agua que formaba la estela del barco eran tan hipnóticas que resultaba difícil apartar la vista de ellas.

Una voz masculina y atenta se escuchaba por megafonía haciendo que la sesión de hipnosis terminase.

Recorrió los pasillos tapizados de rojo observando las obras de arte expuestas en las paredes. El detalle de las pinceladas, la viveza de los colores, hicieron que ella misma se sintiera en un mundo aparte donde todo parecía ser posible.

Enseguida llegó a un gran salón en cuyo centro se encontraba una pequeña pista de baile. Se imaginó tantas escenas en su cabeza en ese momento, que olvidó por completo por qué estaba allí. De repente, una sombra apareció atravesándola y quedándose inmóvil. Una respiración suave se dejó caer sobre su nuca produciendo un leve cosquilleo. Al principio, no supo cómo reaccionar. No obstante, poco a poco, fue reconociendo la forma de aquella sombra que alargaba la suya propia: era uno de los tripulantes, un hombre bastante alto, delgado y alemán.

Se estaba haciendo tarde. Todos los pasajeros habían sido reunidos en el gran salón para informarse del itinerario que se seguiría al día siguiente.

Él hablaba. Ella escuchaba, evadiéndose, en otro idioma.

***

Fue una noche intensa. Su voz resonaba en su cabeza al cerrar los ojos. Recordaba los matices de la pronunciación de aquella lengua. Los reconocía.

Su cuerpo se había amoldado a la cama envolvente y al edredón. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la visión nocturna y era capaz de distinguir la luz que emanaba del cielo. Era de noche y, aún así, la luminosidad que embriagaba el camarote era similar a las primeras luces que se esparcen de madrugada. Estaba claro que era otro país, otra ciudad, otro cielo.

Se quedó dormida sintiendo cómo el movimiento del agua mecía su cuerpo, escuchando aquella voz.

***

Si los cuerpos pudieran deshacerse
en las palabras que nos quedan por decir,
si los momentos que desperdiciamos
permanecieran para expresarnos…
qué fácil sería recuperarte
por primera vez.

Si mi cuerpo gritara
moviéndose sin palabras,
si mi cuerpo hablara
sin necesidad de los labios…
qué fácil sería tenerte
por primera vez.

Seguirte a escondidas
con la voz apagada
con un cuerpo envuelto
en dulces llamas
aún sería posible.

Perseguirte de momento
a momento,
escapándome,
con una antorcha en la mano
para la velada a oscuras
aún sería posible.

Si mi cuerpo pudiera deshacerse
en cada palabra que no he dicho,
si mis momentos contigo
aún permanecieran…
qué fácil sería conocerte
por vez primera.

Sus sentidos se dejaban llevar por la experiencia.

Coger el bolígrafo, acariciar su forma, abrir el cuaderno, pasar las páginas, disponerse a escribir.

El conjunto de esas acciones se llevaba a cabo de manera casi rutinaria en el puente del sol. Cada momento era diferente, aunque la actividad fuese la misma.

Ella sentía. Ella escribía.

***

Stralsund, Rügen, Üsedom, la costa del Mar Báltico, las vistas hacia el río Oder, las impresionantes ruinas del pequeño kloster de Eldena, la ciudad polaca de Szczecin… son lugares que se pueden ver perfectamente en los mapas. Sin embargo, Ella no esperaba poder verlos con sus propios ojos y, mucho menos, sentirlos. Tenía una imaginación poderosa que muchas veces le pasaba factura: sus experiencias imaginarias distaban mucho de sus vivencias reales. En este viaje se dio cuenta: estaba, realmente, en Alemania; se había bañado, realmente, en el Mar Báltico; había podido observar con sus ojos los parajes impresionantes que su pintor romántico favorito había pintado en sus obras… Ella había estado allí realmente.

Los momentos imaginarios se diluían dejándose llevar por la corriente. Las situaciones se abrían en dos bifurcaciones delante de ella: la realidad en la que viajaba con su abuela estaba latente, pero su imaginación marcaba su poderío transportándola a los lugares en los que se había sentido libre; todos aquellos lugares respondían al eco de la voz que había estado escuchando a diario durante el viaje.

Los días pasaron demasiado rápido. Tanto, que le era difícil digerir tantos momentos, tanta emoción compartida. Si echarían de menos algo, sería la comida —decía su abuela— y los amaneceres nada más despertar.

El agua es poderosa y vital. En todos los escenarios románticos aparece: ríos, cascadas, el mar, la lluvia, la tempestad; Ella imaginaba constantemente y el agua era testigo de sus ensoñaciones: el beso que no aconteció, las miradas reiteradas, las traducciones, la música que se escapaba por el altavoz antes del mediodía, la sensación de que ser la única pasajera joven iba a resultar algo especial, la vista del cielo nocturno bañado con el brillo de algunas estrellas… Sí. El agua es poderosa. Ella se sentía viva.

La última noche su abuela estaba cansada y quiso quedarse en el camarote. Habían visto Berlín bajo la lluvia, habían admirado su arquitectura y se sentía satisfecha.

Ella subió sola al gran salón vestida de gala, pidió otro vino rosado en el bar y se sentó observando al resto de pasajeros. Al ser la última noche, era noche de baile; Ella se preguntaba si iba a poder bailar el valse, ya que su abuela había preferido descansar —habría sido bonito bailar con ella y romper los moldes—. Pudo bailar varias canciones, incluida La macarena, hasta que le llegó el turno al famoso valse. Ella iba a sentarse a beber otra vez de su copa de vino cuando aquel personaje alemán le ofreció sus manos.

Todavía no es capaz de distinguir si el valse que bailaron en la pista de baile del gran salón era parte de la realidad que les envolvía o era producto de su imaginación. Aún se lo pregunta.

***

A veces te pierdes. No sabes cómo reaccionar ante un acontecimiento. Te carcome la duda, la incertidumbre, también las expectativas por algo que quizá no acabe de fluir. Pero, ¿quién puede saber a ciencia cierta acerca del futuro? Algunos lo pueden intuir e intentan predecirlo. Otros, se acobardan ante lo que ven o lo que esperan que sea y no es. Y otros sucumben ante lo que no ha sido y ya no lo intentan.

«Seguir la corriente» es una expresión que se usa mucho a día de hoy:

— No te preocupes, sigue la corriente. Saldrá bien.

Así, en estilo directo, me gustaría decírselo a Ella.

Ahora mismo viene a mi cabeza la imagen de un río: las corrientes de agua fluyen igualmente cuando hay rocas en medio de ellas. Pasan delicadamente y con fuerza sobre ellas, a su lado o por debajo y en ocasiones acaban erosionándolas. Las personas podemos ser como las corrientes de agua: podemos pasar delicadamente cerca de los obstáculos que nos encontramos en nuestro día a día y poder sentirnos con fuerza para superarlos. No. «Superar» no es el verbo correcto: «avanzar». Cuando el cauce del río es suficiente, las corrientes fluyen y el curso del agua avanza.

— Querida persona que escribe, puedes avanzar: tienes las palabras, tienes la pasión y también tienes el corazón para poder fluir con todo ello.

El miedo sigue siendo un gigante de piedra cuando se instala, como si fuera una pieza de adorno, en mi habitación; sus ojos siguen perpetrando la dirección de mi mirada y el peso de su cuerpo continúa haciéndose notar sobre mi colchón.

Sigue conmigo, no se ha ido. ¿Sigue guardándome lealtad?

No sabría describir la sensación que me aborda cuando pienso en él. Quizá se encuentre sobre la cuerda floja, entre los extremos del sentimiento del amor y del sentimiento del odio.

Es una palabra de cinco letras que siempre me acompaña: nunca me deja sola. Pero, no puedo evitar sentirme sola.

Ella impide que otras palabras quieran acercarse a mí. Las sinalefas se truncan cuando ella, con su peso, se balancea en ellas. A veces pienso que no es justo. Quiero seguir conociendo y ella acaba rompiendo mi fuerza de voluntad.

Mi caligrafía todavía se mantiene en el término medio entre el pesimismo y el optimismo. ¿Cuándo me hará perderlo? Últimamente, me preocupa esa pregunta.

Los interrogantes siempre han formado parte de nosotros. Sin embargo, hasta hace muy poco no me consternaban a tan gran escala.

Mi obsesión por la temporalidad está creciendo y la palabra de cinco letras aumenta, ella sola, el tamaño de su fuente. ¿Cómo lo hace? Nunca me ha pedido permiso. Nunca he querido que ella me acompañase. ¿Por qué se queda a mi lado? ¿Qué tengo de especial para que sea tan perseverante?

Sigo sin saberlo.

Quizá sea porque yo también soy una palabra de cinco letras. Tal vez.

«Cielo», «falda», «nieve», «reloj»; palabras de cinco letras que aparecen de vez en cuando queriendo despejar la x. A veces olvido que las matemáticas nunca fueron conmigo: siempre me dejaban a mitad de camino antes de llegar al resultado. Ya fuera correcto o no el resultado que yo creyera, me abandonaba sin mirar atrás.

Cuando se trata de curar el corazón, ¿cuál es el resultado más acertado? Esa palabra de cinco letras no me deja verlo. Las sombras desenfocadas siguen acechándome al volver sola a casa. Y, por la noche, sigo sintiendo la angustia de que me siga haciendo coincidir sus pisadas con las mías.

El poder que ejerce sobre mí esa simple palabra es demasiado. Sin embargo, quiero rebelarme.

Poco a poco, lo estoy consiguiendo; pero, persiste.

Es fuerte. Pero, quizá, en algún momento —durante la batalla— yo lo sea más.

Quizá, en algún momento, por fin acabe: quizá pueda darle a la tecla de «borrar» y esas cinco letras que me atormentan desaparezcan y ya no vuelvan.

Presentía que el silencio iba consumiendo lo poco que quedaba de su mente.

Las ilusiones que fueron creadas por su imbatible obsesión resultaron realmente dañinas para su autoestima. Poco a poco, iba perdiéndose a sí misma.

Las reuniones sociales ya no satisfacían su ego: ya no se sentía importante.

Se veía a sí misma, rodeada de gente, tan sola… El sonido de las teclas del piano ya no generaba la felicidad que estaba acostumbrada a sentir al tocarlas.

Tantas cosas habían cambiado… Su situación, las emociones, su círculo social; todo parecía extraño y ella misma se consideraba una forastera.

Su casa, tan acogedora y familiar, despertaba sensaciones intrusivas que descolocaban la poca cordura que sostenía su día a día.

Se estaba derrumbando. Se derrumbaba a medida que pasaban los días. Las horas se acababan haciendo infinitas bajo los escombros de su propia ilusión. Sentía que ya no quedaba nada. Solo ruinas (…)

— ¿Qué le habrá pasado para que desarrolle tal estado mental? — se preguntaba mientras leía.

De repente, empezó a sentir curiosidad por el personaje. De alguna manera que no alcanzaba a saber, se sentía íntimamente identificado con las palabras que estaba leyendo. Casi podría decirse que estaba leyéndose a sí mismo.

Sin embargo, la vida de Raisa era totalmente diferente a lo que él podría estar imaginando.

— Ojalá pudiera meterme en las páginas del manuscrito y hablar con ella — se decía.

Ese era un deseo atrevido para un lector nobel.

Hacía muy poco tiempo que había adquirido la pasión por la lectura. Siempre había estado absorbido por la acción devastadora de las pantallas y los videojuegos.

Ahora, las ampollas de sus dedos impedían que pudiera seguir jugando.

Aburrido y sin ganas de nada, quiso rebuscar entre los efectos personales de su abuela mientras ella seguía, todavía, fuera de casa. Entre sus cosas, encontró un cuaderno viejo cuyas páginas, amarillentas, estaban repletas de palabras manuscritas. Jamás había visto una letra más bonita. Su vista quedó prendada de aquellas formas tan armónicas entre palabra y palabra. Se había enamorado de la caligrafía que tanta inquina le había producido en su niñez.

Debido a ese amor recién nacido, buscó la primera página del cuaderno y comenzó su torpe lectura.

Leer era una actividad que nunca había considerado digna para pasar el tiempo. Aún así, ahí estaba él: leyendo.

Quizá lo que leía no resultó interesante al comienzo: eran pensamientos distantes y mal cohesionados. Pero la letra… aquella letra plasmada en esas páginas amarillentas a causa del tiempo que habían pasado encerradas en el baúl, era digna de ser admirada.

No sabía si se trataba de una historia, de un diario, de simples palabras inconexas… pero no podía evitar seguir leyendo.

Me llamo Raisa.

Ahora mismo, estoy escribiendo una historia: la historia de una persona muy cercana a mí. Ella vive a mi lado. Siempre comemos juntas. Andamos juntas. Cocinamos juntas. Lavamos la ropa juntas. Lo hacemos todo juntas.

El desierto no es un lugar para estar sola. Siempre es necesario tener a alguien cerca.

Ella y yo estamos cerca (…)

— ¿Quién es ella? —se preguntaba él, profundizando en su lectura.

Le gustaba no saber nada e ir descubriendo, poco a poco, el entramado de aquella historia. La manera en que estaba escrita, la voz que leía constantemente en su interior, le recordaba a su abuela.

— ¿Sería ella?

Sabía muy poco acerca de su abuela: era una mujer extranjera en este país que se había valido por sí misma durante años hasta encontrar a su abuelo, un hombre que, por lo visto, la quiso más que a nada en este mundo. Se enfrentaron a muchas críticas de la sociedad de entonces cuando decidieron estar juntos y formar una familia. Aparte de esto, no sabía nada más. ¿De dónde era? Nunca quiso hablar de sus raíces. ¿Tenía más familia? Nunca mencionó a nadie más que a su marido. Estaba empezando a tener muchas preguntas que sabía que no iban a tener ninguna respuesta.

— Puede que sea pura ficción, pero dicen que siempre hay algo de realidad. Quizá descubra algo sobre la abuela si sigo leyendo — se dijo a sí mismo al pasar la página del cuaderno.

Tras haber pasado la página, se quedó atónito al ver que resultó ser una página en blanco. No había ningún rastro de la maravillosa caligrafía que le había cautivado. Solo era una página más del cuaderno, lisa, amarillenta, sin palabras, sin nada.

— ¿De verdad? Por una vez que me gustaría seguir leyendo y, ¿no puedo hacerlo? Esto parece una broma.

Cerró el cuaderno y lo dejó caer en el baúl donde lo había encontrado.

***

Tras varios días, no dejaba de pensar en ello: se había obsesionado con Raisa y lo poco que había descubierto. A veces parecía que la veía: después de noches enteras soñando con ella, al abrir los ojos le parecía ver una imagen borrosa de una mujer. Empezó a creer que se podría estar volviendo loco. De repente, se acordó de Don Quijote. ¿Podría estar pasándole como a él? Pero aquel personaje se pasaba la vida leyendo novelas de caballerías mientras que él solo había leído cuatro o cinco páginas de un cuaderno. No podía compararse de ninguna manera. No podía ser.

— Despierta…

— ¡Despierta!

Abrió los ojos, sobresaltado. Miró a su alrededor. Seguía estando solo.

— ¿Abuela? — gritó con la intención de que su voz traspasara las paredes de su habitación.

No hubo respuesta. Su abuela no estaba en casa.

— ¿Quién…? — empezó a preguntarse mientras seguía mirando a su alrededor.

Cerró los ojos. Estaba realmente cansado porque no había podido conciliar el sueño en condiciones desde hace algunas noches. Quiso seguir durmiendo.

Mientras intentaba dormir profundamente, un gemido le hizo consciente de su situación: se sentía excitado. Seguía con los ojos cerrados queriendo dormir, pero no podía evitar sentirse más excitado, al punto de que se escapó otro gemido. El rubor se instalaba en sus mejillas, su cuerpo se endurecía; claramente era él quien gemía, pero no sabía por qué estaba tan excitado.

Concentrándose en conciliar el sueño, sintió una ráfaga de aire fresco acariciando su abdomen: sus pezones se habían endurecido tanto que sintió la necesidad de pellizcárselos para aliviarse.

— ¿Qué…? ¿Qué está pasando?

Otra vez, entreabrió los ojos y le pareció ver a la misma mujer.

Era una visión borrosa que desaparecía al abrir los ojos del todo.

Cuando quiso darse cuenta, descubrió que había tenido un orgasmo y su semen estaba esparcido por su entrepierna.

Se sentía raro. No entendía nada. ¿Había tenido una erección nocturna?

Se limpió, se aseó y fue corriendo al baúl. Sacó el cuaderno de donde lo había dejado caer días atrás y volvió a abrirlo por aquella página.

La sorpresa hizo que dejara caer el cuaderno abierto al suelo.

Aquella página ya no estaba en blanco: la caligrafía, objeto de su deseo, había vuelto más bonita que nunca.

(…) Después de aquel día, quise abandonarlo todo. Ella ya no estaba y yo me sentía vacía. Ella era parte de mí y me la habían arrancado. ¿A dónde se la han llevado? Me invadieron, me la arrancaron del pecho; ya no hay nada.

Ahora estoy en otro país.

No sé cómo he acabado aquí. Solo sé que estuve andando mucho tiempo y casi muero de sed… quizá también estaba enferma… pero no sé quién me cuidó.

Cuando volví en mí y supe con certeza que ella ya no estaba conmigo, quise morir.

Iba a tirarme por un puente cuando unos brazos me rodearon (…)

— ¿Ya no hay más? ¿Cómo continúa? — se preguntaba, ansioso de saber.

Cerró los ojos. Los abrió otra vez. Revisó el cuaderno una vez más: todo había desaparecido.

Raisa, su caligrafía, todo; ya no estaba.

Conocerme a mí misma, a la larga, acaba siendo un trabajo cuya recompensa es una escalada escarpada hacia el amor propio.

Cuando estaba parada un poco más abajo de la falda de la montaña, sin previo aviso, quise renunciar a ese amor. Las vistas me abrumaban y la altura no me dejaba respirar sin hiperventilar. Las nubes se agolpaban entre ellas envolviendo la montaña en pura niebla espesa: no podía ver nada. Incluso, era incapaz de ver con nitidez a quienes me acompañaban en mi ruta.

Me quedé ahí. Me quedé en ese punto ciego y me acurruqué conmigo misma convirtiéndome en la niña pequeña que mi cuerpo añoraba. Me quedé ahí y lloré. Lloré sin más. Lloré en paz degradando mi corazón a una escala de grises.

Quedándome ahí, creía que estaba bien. Estaba sola, aunque las personas a mi alrededor me acompañaban. Cuando lloraba, lloraba sola y sin vergüenza: la necesidad de humedecer los ojos a causa del ardor previo a la lágrima no es algo por lo que deba sentirme avergonzada.

Todavía no había empezado a conocerme y algo dentro de mí quiso abrir las pestañas. Las cosquillas que ellas me hacían provocaron un pequeño rubor en un latido al azar de mi corazón aparcado en el asfalto. Mis palpitaciones comenzaron a ser un poco más apresuradas y mis piernas, sin previo aviso, cambiaron su postura. Mi cuerpo se estiró, los huesos crujieron al moverse mis articulaciones: ya no estaba dormida.

Tras despertarme en la parte más inferior de la montaña, alcé la vista: pude alcanzar a ver su pico. Tenía mis pies y fui consciente de que podía moverlos: me moví. Avancé con el pie derecho seguido del izquierdo.

Paré otra vez. Paré y observé las vistas que me esperaban justo delante de mí: mis ojos se humedecieron otra vez, pero ya no por el ardor, sino por el aire fresco que me acarició la piel sin avisarme.

Empecé mi escalada el mismo día que conocí a una persona.

Esa persona ya no está en mi vida: quiso irse.

Todavía estoy escalando la montaña de mi amor propio. Creo que he llegado, más o menos, a la mitad: estoy en lo que mis ínfulas poéticas simbolizarían como «vientre», y estoy mojando mis pies en la poza de agua fría procedente del ombligo.

Ahora me estoy centrando en mí. Me estoy tomando mi tiempo en mantener mis pies húmedos en el interior de mi propia frescura. La estoy sintiendo tan profundamente que, por ahora, no quiero moverme. Todavía no quiero levantarme. Quiero seguir apostada en el vientre de esta montaña, notando los «sube y baja» de la vida que estoy experimentando.

Sigue habiendo personas a mi alrededor y también soy capaz de verlas y sonreír sin sentirme forzada a hacerlo. Mi escala de grises ha recuperado los pigmentos del color. Mi cuerpo se siente ligero y ya no percibo obstáculos en mis articulaciones: mis huesos ya no crujen.

Los sabores han adquirido matices nuevos. El regaliz rojo tiene un sabor más intenso cuando lo saboreo pensando en mí. Por fin, la intensidad de su color rojo va a la par con su sabor. Quiero seguir aquí sentada, mojando mis pies y saboreando mi regaliz rojo.

«Todo irá bien»

A veces, la distancia se ve solo en los mapas. Para ella, era solo el hecho de que los cartógrafos dibujaron sus países demasiado lejos el uno del otro.

No quería admitir que, pasado todo este tiempo, la relación que había entre ellos se había consolidado aún más. Pero, a medida que iban pasando los meses, se daba cuenta de que 10179 km de distancia y siete horas de diferencia ya no eran el obstáculo que impedía la certeza.

Como en toda relación, hay días en los que las circunstancias no les permitía hablar. Ambos tenían su vida y no podían dejar de vivirla solo por haberse enamorado a lo lejos. De hecho, eran vidas tan distintas que, en ocasiones, ella se preguntaba si estaba soñando despierta o la situación era real.

Ya llevaban más de un año rezando por verse cara a cara y diciéndose cada día el mantra «todo irá bien».

Desde que decidieron —en muy poco tiempo— estar juntos independientemente de lo que ocurriera en el futuro, sus diferentes vidas encontraron una conexión «cósmica» sin que el mundo lo supiera. Nadie sabía cómo se iba a desarrollar su historia, ni siquiera ellos mismos.

Tenían la fe que su inesperado amor les brindaba a diario y la convicción de que lo que había entre ellos era fuerte.

Para ella, él supuso su curación; para él, ella fue el impulso diario que necesitaba para demostrarse a sí mismo —y al mundo cuando fuera el momento— que no hay nada imposible.

En aquel momento, ambos —podría decirse— eran la salvación del corazón del otro: su reencuentro con el amor tras muchos fracasos y después de tanta tristeza.

Alguno, quizá, pensaría que cuando se revelase su historia —demasiado inverosímil— el resto del mundo caería preso de los cuentos de hadas. Sin embargo, continuaba siendo un milagro poco común: dos personas completamente diferentes, localizadas en dos puntos del mapa totalmente distantes entre sí, poseen la reciprocidad que a mucha gente le falta y que es tan difícil de encontrar hoy en día.

Las contradicciones que les regala la distancia que hay entre sus cuerpos, ciertos días, eran como espinas con las una se pincha el dedo al intentar coger una rosa roja hermosa; alcanzar la perfección dentro de su relación podía ser una actividad tediosa para el alma libre. Al fin y al cabo, las perfecciones solo acaban definiendo el corsé que nos envuelve el pecho a la hora de profesar y reclamar los sentimientos.

La rosa es el símbolo perfecto para esta historia: es pura, es bella, es aromática, visualmente perfecta cuando sus pétalos están en su floración; sin embargo, conservar una rosa y que siga manteniendo estas características es lo realmente complicado. A veces, las espinas acaban doliendo tanto que puede dar miedo intentar acariciar a la rosa con el simple roce a un pétalo. Quien haya tenido una rosa, lo sabe: es el fruto del esfuerzo y del cuidado delicado —y dedicado—.

El corazón, pese a no entender las complicaciones con las que disfrazamos las emociones, sabe que si encuentra una rosa cuya fragancia ha sido dada por sí misma, ésta acaba llamándose «preciosa», ya que la reciprocidad no tiene precio.

Desde este recóndito punto del mapa —donde ella recibió su rosa— se envió la misma rosa, ya sin vida, habiendo abandonado su forma original y adquiriendo una silueta plana y esvelta despojada de su fragancia particular. Esa última vez, la misiva pareció llegar a tiempo.

No han vuelto a crecer rosales en su jardín. Tan solo queda un pequeño capullo de rosa totalmente seco pero que, increíblemente, aún se mantiene en pie alojando su tallo entre las piedras.

Me parezco a mi madre: yo también hablo sola.

Me susurro en voz baja, mientras me consumen las horas.

He tachado el día 26 del calendario. Los domingos suelen escurrirse por las grietas, después de la sobremesa. En mis recuerdos, los domingos siempre han sido días de familia, de carcajadas estridentes y divertidas, sentados alrededor de una mesa; y hoy no es menos, sigue siendo así.

Recuerdo una sobremesa en la que mi abuelo presidía el encuentro: mis primos y yo, la más pequeña, estábamos sentados de manera que se podía distinguir la visión de una escalera sobre nuestras cabezas. Recuerdo a mi tía con una melena larga y castaña oscura. Recuerdo a mi tío muy joven, mirándonos. Éramos pequeños, apenas sabíamos cortar el filete con el cuchillo: todavía tenían que ayudarnos a comer como es debido.

En aquella sobremesa, todos nos reíamos de cada cosa que salía de nuestros labios: cuando somos niños pequeños, tenemos esa gracia que provoca una sonrisa constante. Somos tiernos, cariñosos (algunos, yo no lo era), entrañables y achuchables. Y en este recuerdo en concreto, los tres primos estábamos para comernos, por la dulzura.

Recuerdo a mi abuelo, serio, dejando escapar sin remedio una carcajada que sonó en toda la casa. Fue una carcajada estridente, pero divertida, que nos hizo reír aún más si podíamos. En mi recuerdo no sé de qué va la conversación: no tengo ni idea de si su risa procedía de un comentario que hicimos uno de los pequeños, o de la conversación adulta de los mayores. Solo recuerdo aquella carcajada.

Hoy, durante la sobremesa, he escuchado otra carcajada. Esta vez procedía de mí misma: me estaba riendo, quizá de forma exagerada, por algo que había dicho mi tío, el de la moto; mi carcajada me hizo visualizar a mi abuelo presidiendo la mesa, justo donde estaba sentado mi tío (tienen la misma frente prominente, no es extraño: ambos se parecen), y por un momento me creí que estaba ahí.

Sentí la necesidad de fijar mi mirada en él, de perfilar con mis pupilas el filo de su rostro, de guardar para mí cada detalle, por mínimo que fuera, de su aspecto. Sin embargo, cuanto más fijaba la mirada, más me percataba de que se trataba de mi tío. 

El abuelo ya no está. Quizá mi carcajada le trajo de vuelta en una reminiscencia de lo que un día fue una sobremesa de domingo.

He tachado el día 26 del calendario mientras me consumen las horas, al susurrarme en voz baja.

Yo también hablo sola: me parezco a mi madre.

Todo queda en familia.

Existe una flor que se llama «No me olvides». Es una flor pequeña que tiene los pétalos azules y procede de Nueva Zelanda. Todas las flores tienen su historia y su propio lenguaje.

La leyenda que recoge esta pequeña florecita es muy simbólica y por eso me gusta: dicen que cuando Dios creó el mundo y se puso a dar nombre a las flores, esta florecita pasó desapercibida ante sus ojos (a pesar de haberla creado Él mismo) y cuando se percató de su presencia cayó en la cuenta de que todos los nombres ya habían sido dados. Por lo tanto, esta florecita le pidió a Dios:

— No me olvides.

Entonces, Dios le obsequió con el nombre de «Nomeolvides» haciéndole saber que sería azul como el cielo llevando en su centro tonos de amarillo y rojo. Esta pequeña flor acompañaría a los difuntos en su viaje, y a los vivos en el recuerdo.

Dicen que la flor «nomeolvides» protege del olvido y, sobre todo, permanece: es un símbolo de lealtad y fidelidad.

Otra de sus leyendas nos hace saber que cuando una pareja estaba paseando a las orillas de un río, la mujer vio un grupo de florecitas pequeñas y azules que llamó su atención. El hombre quiso acercarse más y, al no poder alcanzarlas, se lanzó al agua; cuando tuvo la flor azul entre sus manos, se la obsequió a su amada, pero él no pudo salir del agua y murió ahogado tras decirle a su mujer:

— ¡No me olvides!

Debido, posiblemente, a esa pequeña y dramática historia romántica la flor «Nomeolvides» es considerada símbolo del amor verdadero e intenso.

Una cosa curiosa es que encontramos a esta bella florecita en zonas solitarias, por lo que podemos recurrir a interpretarla como símbolo del amor que acontece en silencio, en la clandestinidad.

Lo que más me gusta del símbolo como recurso literario, es que el propio escritor puede darle un significado y el lector que le interpreta, le puede dar otro muy distinto. Esto siempre me ha encantado.

Hoy tengo una «No me olvides» sobre la mesa.

En mi lucha contra el olvido, te recuerdo.

Era una noche de invierno extrañamente cálida.

Sus ojos iban adquiriendo el color del cielo estrellado; sin embargo, sus estrellas brillaban apagadas. Su rostro adsorbía, poco a poco, la oscuridad que emanaba del silencio de la habitación. La sensación de soledad crecía paulatinamente mientras su deseo de quedarse encerrado en su zona de confort se apoderaba aún más de su cuerpo. Aunque quisiera recobrar las fuerzas de moverse y desplazarse a otra esquina de su habitación, resultaba inviable. Su cuerpo no se movía.

La luz opaca que desprendía la lámpara alumbraba poco y su aspiración de imaginarse más allá de esas cuatro paredes acabó desapareciendo de su mapa de ambiciones.

De repente, ya no era él mismo.

Las chiribitas que recorrían sus ojos se desvanecieron cuando todo acabó. Las pocas ilusiones que le hacían ser persona se esfumaron. Solo quedaba la amargura restante.

Todo acabó. Su vida, que ya de por sí significaba poco para él, ya no importaba. Le daba igual si vivía o moría. Aquel instante supuso su fin: lo que había creado, lo que había conseguido a lo largo de los años esforzándose por no volver a caer… se convirtió en cenizas de la noche a la mañana.

El trabajo de toda una vida, la felicidad compartida, los sueños cumplidos; todo se convirtió en polvo que el viento arrastró aquella mañana.

Con su desaparición, llegó la apatía, la congoja, la rabia, la desesperanza.

En ese momento, en esa noche de invierno con su calidez anómala, era todo o nada.

Aventurarse otra vez a subirse a la montaña rusa de las emociones ya no le impactaba: no había respuesta motora en su cuerpo, ni tampoco respuesta emocional a aquel estímulo.

Quizá es que realmente ya no quedaba nada de vida en su interior. Quizá simplemente se trataba de pasar el resto de los días hasta su muerte superviviendo al desencanto: el resultado de su experiencia era, en ese momento, vivir sin vivir.

No hacer nada. No actuar. No sentir.

— Te recuerdo.

— ¿Qué recuerdas?

— A ti.

— Nunca nos hemos visto.

— Yo sí te he visto. Yo te conozco.

— No creo.

— Hemos sido mucho más de lo que somos ahora.

— Nunca hemos sido nada.

— Te equivocas.

¿Se equivocaba? Esa corta afirmación, de la nada, hizo que aparecieran interrogantes que hacía tiempo que no se planteaba. Como si de magia extraña se tratase, estaba haciéndose preguntas en su interior, buscando en sus rincones alguna respuesta válida.

¿Estaría volviendo a sentir aquello que hace tiempo despertaba en él la curiosidad?

Él, de la noche a la mañana, estaba volviendo a dudar.

Entonces recordó: la duda le hizo descubrir, y descubrir le hizo querer crear.

Aún en la apatía, recordó. Era un paso hacia volver a sentir: lo que vuelve a pasar por el corazón suele despertar aquello que queda dormido, que creemos desaparecido y, en realidad, permanece latente.

— ¿Qué estás haciendo?

— Recordarte.

— ¿Qué estás haciendo ahora?

— Intento hacerte recordar.

— ¿Recordar qué?

— Recordar lo que fuiste. Fuimos.

¿Fueron algo?

Su ensimismamiento le había hecho creer que estaba solo en su habitación, que no había nada, que hablaba consigo mismo como muchas otras veces.

Recobró la consciencia sobre sí mismo y miró a su alrededor: noche, invierno, lámpara encendida, estrellas queriendo asomarse por la ventana, su cuerpo, otro cuerpo, la cama, su habitación, el techo.

Todavía estaban tumbados en la cama que había sido partícipe de su encuentro momentáneo.

La noche todavía se cernía sobre sus cuerpos desnudos. Aquella calidez envolvía el ambiente pese a la fría expresión de su rostro. La inmovilidad que impedía que su cuerpo hiciera algún movimiento seguía controlando sus impulsos. Aquel acto había supuesto ya demasiado esfuerzo para él: quería dormir.

Cerró los ojos. Todo volvió a ser negro: la luz opaca de la lámpara se hacía más tenue con las persianas bajadas. Parecía que sus pestañas querían revelarse contra él, ya que notaba cómo rozaban levemente sus pómulos, cosquilleando.

Abrió los ojos. Ella seguía observándole. Su miraba penetraba en sus ojos. Pudo ver, a través de ella, la intensidad con la que ella le miraba. Esa calidez que ya había presentido al caer la noche, abandonaba su ambigüedad para hacerse notar aún más: el calor incrementaba su temperatura corporal. Los latidos de su corazón casi inerte comenzaron a acelerarse. Su respiración se entrecortaba a medida que ella fijaba su mirada en él.

— ¿Qué fuimos?

— Nosotros. Fuimos nosotros.

— ¿Cómo?

— Así.

Ella se acercaba despacio, desplazándose de un lado a otro de la cama. Extendió su mano hacia su pecho todavía resplandeciente por el sudor que aún quedaba. Apoyó la palma justo encima de su corazón.

— ¿Lo notas?

— ¿Qué?

— Tus latidos.

— Que el corazón late no es una novedad.

— Tus latidos se aceleran.

— ¿Y qué?

— Ellos me recuerdan.

La incertidumbre y la duda se colaban en él, como las gotas de lluvia caen sobre la roca, marcándola.

Seguía sin saber de qué conocía a esta persona. Le daba rabia no acordarse de haberla visto antes.

A medida que experimentaba esa rabia repentina, se iba dando cuenta de que había sentido algo. Estaba convencido de que no volvería a sentir nada desde que todo acabó.

La imagen de las llamas creciendo delante de él apareció en el mismo momento en que él quiso extender su mano y acariciar la melena larga y ondulada de su interlocutora. Ya no había nada que acariciar. Se había desvanecido con la humareda de las llamas.

Recordó. Ella desapareció aquella noche: una noche de invierno en la que una sensación de calidez le abrigaba mientras dormía. Él pensaba que era ella, que sus cuerpos estaban entrelazados y por eso el calor recorría su cuerpo. Pero no. Ella no estaba en la cama esa noche. Las llamas sí.

Abrir los ojos se convirtió, de la noche a la mañana, en su pesadilla particular: ella desaparecida, las llamas consumiendo su hogar, esa sensación cálida destruyendo todo.

Incorporándose, se sentó en la cama y vislumbró ante él los primeros rayos de luz del día.

— Ya es por la mañana.

La cama estaba totalmente deshecha. Él se encontraba bañado en sudor, jadeando. Una mañana más, solo estaba él.

Volvió a tumbarse golpeando el colchón con el peso muerto de su cuerpo.

— He vuelto a soñarte.

Observaba el color gris perla del techo. Pensaba. Recordaba.

— ¿Quizá estaba olvidándote? ¿Por qué vuelves a desvanecerte al despertarme?

Cerró los ojos.

Su imagen está ahí, delante de él, flotando en medio de la oscuridad. Otra vez esa sensación de extraña calidez.

Abrió los ojos.

— Incendio.

Igual que la palabra salió verbalizada de sus labios, las llamas empezaron a envolver su cuerpo crepitando. El ardor y el dolor consecuente era todo lo que podía sentir en ese momento. Sin embargo, entre el crepitar de su cuerpo al contacto con las llamas pudo vislumbrarla a ella.

Él se aferraba a su imagen borrosa a pesar del dolor, a pesar de la ardiente sensación de estar consumiéndose y haciéndose cada vez más pequeño.

— Ya está. Estoy contigo. Estamos juntos.

Las cenizas descansaban en la urna.

Mientras, sus allegados sollozaban su pérdida.

— No volvió a ser el mismo desde que ella se fue. Ahora, por lo menos, está con ella.

— ¿Colocamos la urna junto a la de ella?

— Sí. Después, ordenaré que hagan una placa en la que se lea lo que siempre decían los dos: «Recordar es volver a pasar por el corazón de quienes nos conocen».

— ¿Qué significa?

— Significa que recordarles nos hará volver a sentir.

— Siempre fueron personas con un profundo entendimiento… Ojalá todo el sufrimiento acabe aquí.

Cerrando el columbario, se despidieron.

Tremendo contraste entre el crepitar del fuego en su comienzo y la paz de la ceniza.

José Luis Coll.

He pasado un tiempo sin acariciar el dorso de mi pluma. Estos últimos días solo la he cogido para escribir frases cotidianas como «comprar carpeta», «misa funeral», «ir a Decathlon»… Las emociones que destilaba la tinta de mi pluma han quedado convertidas en posos de té en el fondo de mi taza.

Estos últimos días no he querido enfrentarme a la tristeza, el anhelo, la añoranza, la desilusión; incluso, he querido ignorar el primer cosquilleo que surge de forma natural cuando dos personas parecen conectar armando sus palabras en el puzle. Estos últimos días me he dejado en el tintero mis verdades: todo aquello que el corazón se desvive por gritar, mis labios y mi mano lo han silenciado.

El miedo es poderoso: hace que una persona no quiera ser valiente, hace que las emociones se acaben convirtiendo en rocas pesadas para el cuerpo, hace que el juicio se nuble y que la mente permanezca a oscuras…

Estos últimos días, mis ojos son los de una niña de 6 años que tiene miedo a las luces apagadas: el corazón palpita más rápido y la respiración se acelera al conducir por carretera no iluminadas. Los faros del coche no son suficientes y las luces largas no consuelan. El nervio se apodera de mis manos provocando la aparición repentina del sudor, hasta que llego a un tramo con luz.

Escribir es ese tramo de carretera con luz: empiezo a reconocerlo todo una vez cojo mi pluma. Escribir acaba siendo un acto de valentía y aceptación: los posos de té en el fondo de la taza acaban adquiriendo una forma que comprendo, y las rocas pesadas para el cuerpo terminan haciéndose cada vez más pequeñas hasta ser, por fin, suave arena de playa.

Escribiendo me enfrento al miedo y dialogo con la tristeza: le pregunto por qué mi corazón todavía no ha sanado. Mantengo conversaciones con el anhelo hasta que acaba diciéndome que soy como todos: quiero a alguien que quiera estar conmigo y me acepte, pero para empezar debo aceptarme yo y quererme a mí misma (para muchas personas esto es lo más difícil).

Escribiendo, la añoranza que me ha estado persiguiendo por fin se para y me toca el hombro por detrás: me susurra que echar de menos y llorar a causa de ello no es algo negativo, al contrario; debo dar gracias por ser capaz de sentir y ser consciente de que siento, porque otras personas no pueden. Echar de menos acaba significando que alguien me ha importado tanto que su ausencia duele. Sin embargo, es un dolor que necesito agradecer precisamente porque he permitido que las personas me importen: no permanezco indiferente y eso es realmente bueno.

Mientras escribo, la desilusión sigue latente aunque la percibo diferente: una puerta se ha cerrado, pero en cualquier momento puede abrirse una ventana (siempre es así).

Escribiendo, vuelvo a sentir ese primer cosquilleo en mi interior. Es parecido al cosquilleo de aquel primer amor pero, al fin y al cabo, diferente. Tal vez, la diferencia está en que ahora no me pongo obstáculos para apreciarlo.

Nunca sabes en qué se pueden llegar a convertir estos cosquilleos y eso es lo que acaba dando miedo: fluir y dejar fluir no es tan fácil. Dejar que la naturaleza siga su curso, tarde el tiempo que tarde, tampoco es fácil porque ahora se quiere todo ya, en este momento.

Cuesta abrirles la puerta a las emociones que todavía no tienen nombre y, cuando lo haces, cuesta mantener la puerta abierta: cuesta mantener la fe en que no te va a hacer daño.

El sufrimiento da miedo y, por mucho que me cueste admitirlo, si no se sabe lo que es sufrir no se puede reconocer la felicidad… y se escapa.

Por eso, no quiero tener miedo.
No quiero sufrir.
No quiero que la felicidad escape.

Escribiendo, una se da cuenta de que empezar una frase con un adverbio que expresa negación es lo que atrae más noes a la vida… al igual que la luna provoca el movimiento de las mareas, los noes traen circunstancias que también comienzan con un «no».

«Quiero sentir». Esta frase es el primer pasito para abrirle la puerta a la fe que hace que te enfrentes al miedo dando zancadas: son saltos únicos que en cada gimnasta son diferentes aunque parezcan iguales.

Sentir y la manera en la que uno siente lo que le rodea es lo que nos diferencia, aunque el mero hecho de ser capaces de sentir es lo que nos hace humanos a todos.

Todo esto resulta paradógico.

Las reacciones a los sentimientos son distintas en cada persona, de ahí que la personalidad sea lo que nos hace extrañamente únicos y especiales; aunque haya aspectos en común, siempre habrá un pequeño matiz que hace tú seas tú.

Hablo en primera persona no para que tú me conozcas, sino para conocerme yo: de esta manera me siento más cercana a mí misma e, inconscientemente consciente, te permito abrir la ventana de mi mundo emocional.

No es algo fácil desnudarse emocionalmente. Parece más fácil quitarse la ropa: es algo que hacemos cada día.

Tampoco es fácil coger la pluma, acariciarla, y escribir: la escritura es un mundo que los que nos atrevemos a escribir exploramos desnudándolo y vistiéndolo con palabras arcaicas, contemporáneas, nuevas… el verbo «crear» se convierte muchas veces en las tapas del libro que despertó tu curiosidad en la adolescencia o en los sueños de «buenas noches» que tenías siendo niño después de leer un cuento y ver sus ilustraciones.

No es nada fácil despertar la curiosidad escribiendo. No es fácil producir dulces sueños tras la palabra escrita. Sin embargo, sigo intentándolo.

Después de un tiempo de letargo, he vuelto a coger mi pluma: la estoy acariciando a la par que dibujo con tranquilidad estas letras disfrutando del proceso.

Después de un tiempo emocionalmente dormido, he vuelto a acariciar mi pluma: dibujando letras con ella me he descubierto a mí misma y me he desnudado con la ropa puesta. Con la única ayuda de mis manos, he dejado que mis pensamientos fluyan.

Después de un tiempo cuidando mi cuerpo, volviendo a quererme, mi interior necesita atención: mi atención.

Ahora que me estoy entendiendo, dar esa zancada que tanto miedo me daba no costará tanto como pensaba.

«Ahora»: ‘en el tiempo actual’.