En ocasiones, necesito pararme a respirar y pensar con claridad.

A veces, sin siquiera esperarlo, todo mi mundo se colapsa y mi mente empieza a arremolinarse en sus pensamientos sin conseguir nada. Cuando esto me ocurre, observo a mi alrededor y respiro profundamente: noto cómo el aire entra en mis pulmones y mi pecho se expande, percibo los sonidos que me rodean y dejo que todo lo que está en el mismo espacio que yo me invada. Durante este proceso, mantengo mis ojos cerrados.

De repente, empiezo a sentir que estoy viva: mis palpitaciones aceleran su ritmo cardíaco y mi respiración, lentamente, se hace notar cada vez un poco más.

Al abrir los ojos, mi sentido de la vista (borroso al principio) se agudiza y enfoca justo lo que tiene delante: las puestas de sol siempre me han cautivado. Me recuerdan que, aunque el día acaba, otro día empezará.

Cuando he llegado a casa, aparte de lidiar con mi dolor de cabeza, he sentido el ímpetu de reorganizar mis estanterías: muchos de mis libros adquiridos (y recién leídos) no tienen su sitio porque otras cosas que debería haber desechado ocupan espacio.

Los objetos acaban siendo como las emociones: si no los organizas y descubres por ti misma el valor que tienen para ti, acaban ocupando un espacio importante que, tal vez, no es el que les corresponde.

Al fin he generado el espacio que mis libros necesitan y el nudo que tenía en el pecho por fin se ha desecho.

Antes de que el día terminase, he abierto la nevera y he sacado una botellita de zumo de naranja que mi madre trajo de Portugal esta mañana. Lo siento por ella, pero estaba sedienta y me lo he bebido.

Mientras tanto, mi app de música reproducía, una a una, todas las canciones que tengo guardadas: la voz de John Park me sigue emocionando, no importa cuántas veces la escuche.

La lengua coreana me ha cautivado desde que la descubrí, y las canciones interpretadas por voces como las de John Park, 10cm, Lee Min Ho, Lee Seung Gi, Lee Mu Jin, J.Don y grupos como N.Flying me hacen soñar despierta. Es raro, pero es cierto.

¿Por qué estoy escribiendo todo esto ahora mismo? Simplemente quería escribir.

He estado reorganizando mi Arca de las palabras y me he dado cuenta de que hay palabras que nunca han visto la luz.

Escribiendo ahora mismo quiero hacer eco de esas palabras que nunca atreví a iluminar con la luz de vuestras pantallas. Hay un documento pretendiendo clasificarse dentro de mi carpeta de Reflexiones que se titula Escritura automática. En él, mi yo de 2020 empieza a divagar sobre los pensamientos y emociones que tendría entonces. No me apetece volver sobre cuestiones que a mi yo de 2023 ya no le conciernen, pero sí hay detalles que me gustaría rescatar.

Algo me impide ver la luz al final del túnel.

¿Por qué estoy escribiendo ahora? La respuesta es sencilla: escribir siempre me ha ayudado a descubrirme a mí misma… Quizá, esta vez, la escritura me revele qué es lo que mantiene a mi cerebro tan inmerso en la oscuridad.

Se llama «escritura automática». Es una técnica inventada por los vanguardistas de la literatura: simplemente te dedicas a escribir lo que pasea por tus pensamientos, puede tener sentido o no. Después, al volver a leer lo que se ha escrito, uno puede «descubrir» aquello que ha estado siempre ahí pero que no ha sido capaz de ver hasta el momento de escribirlo. Funciona. Lo garantizo. Resulta que a mí me ha funcionado muchas veces: quizá porque escribo con metáforas, o porque leerme a mí misma es como intentar salir de un laberinto cuya salida suele estar disfrazada de emociones que no quiero afrontar sola.

¡Oh! ¡Ya han salido las emociones! Sí, estoy emocionada. Quizá porque todo lo que está pasando a mi alrededor me sigue dando miedo. Yo era de las que buscaban la mano de su abuelo cada vez que se asustaba. Ahora él no está. No tengo a nadie que pueda darme la mano cuando me asusto de verdad. ¿Papá? Él es feliz viajando de un país a otro transportando mercancías. ¿Por qué molestarle? Mamá está demasiado ocupada trabajando y sacándonos adelante… y aunque adoro a mi abuela, preocuparla con mis sentimientos es lo último que quiero.

¡Mira qué curioso! Ha sido empezar a escribir sobre mi familia y empezar a derramar lágrimas. El problema que me carcome por dentro debe estar ahí.

Cuando empezó todo este asunto del Coronavirus y las escandalosas cifras de contagios y fallecidos, no podía evitar pensar en que podría ser el final… que podría no volver a ver a mi familia, que podría dejar de sentir los abrazos que tanto necesito cada vez que empiezo a temblar. No dejaba de pensar: «¿y si les pierdo? ¿Y si lo último que he podido decirles no ha sido “te quiero”? ¿Y si no puedo despedirme? O peor aún, ¿y si desaparecen sin que yo me entere?». Ya pasó eso mismo con papá hace quince años. Desapareció sin dejar rastro después del divorcio y resultó que estuvo viviendo en Colombia durante cinco años, se volvió a casar y volvió como si nada comprando mi cariño con dinero (odio que la gente haga eso, el amor no se compra). Sigo teniendo miedo. Me sigue dando miedo despertarme y descubrir que alguien ha desaparecido, que me han dejado sola, o que yo les voy a dejar solos. También me da miedo.

Ahora que he empezado a ver otra vez la luz del sol, no quiero volver al pozo del que me ha costado tanto salir. No quiero volver a experimentar estar meses enteros sin poder escribir una palabra. No quiero volver a sentir que no tengo vida.

Llevo cuarenta y cinco minutos escribiendo mis pensamientos. Esperaba que Morfeo me llevase al mundo de los sueños, y así parece estar siendo. Sin embargo, acabo de empezar otra página, y no me gusta dejar de escribir cuando tengo toda una página en blanco por delante.

Es curioso que cuando te propones escribir porque piensas que debes hacerlo, no puedas. Es lo que me está pasando justo ahora: quiero escribir porque tengo la convicción de que dejar una página en blanco es desperdiciar papel, y me obligo a mí misma a seguir escribiendo… No debe ser bueno. José Hierro dijo una vez que la poesía se escribe cuando ella quiere, y tenía toda la razón: no puedes forzar lo que no sale por sí solo. Él hablaba de poesía, pero creo que se podía aplicar a la escritura en general. No puedes forzar la creatividad, si no, puede acabar convirtiéndose en un lastre.

Rocío, 2020 – 25 años.

Al leerme después de tanto tiempo, me he reorganizado interiormente: mis emociones, últimamente, son un caos que se revuelve cada vez más y soy incapaz de pensar con claridad.

Al observar a mi alrededor, los niños se estaban riendo, sus padres les miraban y conversaban entre ellos dejando sonar en el ambiente de la piscina alguna carcajada. Quizá Dios me puso aquí para ver esto y sentir que sigo estando viva: aún río, aún lloro, aún sueño despierta.

Respiraba profundamente dejando que sus risas inundaran mis oídos y, a la vez, sentía cómo iba percibiendo la brisa cálida haciendo honor a los 33ºC de ese momento. Cuando cerré los ojos, todas sus voces me abrazaron: mi pecho se expandió, las palpitaciones de mi corazón aceleraron su ritmo y mi respiración bailaba con los sonidos que me rodeaban.

En el momento en que mis ojos se abrieron, el sol se estaba poniendo: este día acaba, pero otro día empezará.

Es mucho más fácil empezar a escribir en tiempo pretérito.

Cuando se sabe perfectamente de qué se va escribir, se escribe.

El presente, el tiempo verbal, se caracteriza por la coetaneidad[1] entre las palabras y lo que describen: una relación íntima y explícita entre lo que se escribe y este momento, comúnmente conocido como ahora.

A pesar de que la acción se está llevando a cabo ya, todo buen escritor introduce a sus lectores en el mundo de sus personajes.

Este personaje[2], que vive viajando, tiene al mar encerrado en su mirada: imagina unos ojos bien perfilados con sus pestañas y de un color azul tan intenso que si los miras fijamente, te pierdes en el infinito. Algunas personas cuentan que al mirar sus ojos, se olvidan de lo que están pensando, o simplemente no piensan en nada cuando se dedican a mirar porque lo ven todo a través de sus ojos. Siguiendo al pie de la letra el canon de belleza griego, este personaje es alto y esbelto y guarda cierta simetría en el rostro y en el cuerpo. Las matemáticas le acompañan, no solo en el físico sino, también, en su formación: sabe hacer arañas que andan solas.

Ahora, imagínate a un hombre de más o menos treinta años con expresión adolescente y seria, rubio, ingeniero industrial, que está esperando a alguien en una zona bastante concurrida.

La persona a la que está esperando el joven personaje llega tarde y no puede sino ser comprensivo y aceptar el retraso.

***

Están en su apartamento, charlando (o intentándolo) mientras se beben tranquilamente unas cervezas. Él le cuenta a su interlocutora tantas cosas, que espera que ella, amablemente, siga con la conversación. Su personalidad dominante, su estilo de vida, sus intereses, quizá imponen a su compañera de dialéctica; y él sigue esperando que ella prosiga.

***

Al personaje con el que te vas a encariñar, y al que echarás de menos cuando esta historia termine, le encanta la buena conversación: si es posible que haya connotaciones sexuales en la sintaxis, mejor. Pero como cualquier técnica conversacional es buena, parece conformarse con lo poco que le cuenta su amiga, con la incansable y necesaria ayuda de la cerveza.

Le encanta coger la batuta y dirigir la sinfonía. Le gusta ser consciente de lo que está haciendo, y de que lo está haciendo. Le encanta experimentar en el sentido más amplio del término: cualquier situación que implique a más de dos personas le llama mucho la atención, le mantiene encantado. Por eso busca. Busca nuevas experiencias. Quizá busque algo más, algo que se encuentra abstracto y que, al igual que las cosas innombrables, se convertirá en algo concreto cuando por fin le ponga un nombre a lo que está buscando. Nominavit et fuit, «fui nombrado y existí». Será un proceso lento, puede que doloroso incluso, pero sin duda será intenso y placentero.

Existe una expresión popular que describiría bastante bien a Simón: «siempre va hecho un figurín», va bien vestido y es muy profesional. Además, lleva su pelo rubio perfectamente engominado y colocado de manera muy estricta: si tienes ocasión de coincidir con él, no le toques el pelo, no le gusta nada.

Para salir y disfrutar del aire libre (nada puro y contaminado) de Madrid, se suele poner un abrigo (dentro de las variedades que existen, una de ellas) y llevar las manos en los bolsillos, mientras espera.

***

Ella lleva puesto un antifaz, y se pueden distinguir perfectamente las curvas que forman el contorno desnudo de su cuerpo. Él se dedica a observarla mientras juega con ella: sabe perfectamente cuál es el punto exacto para la excitación femenina, y juega con su secreto; ella lo siente, y lo expresa tal y como lo siente. Son practicantes de una dialéctica distinta, aquí ya no valen las palabras: juegan con los sentidos, y el disfrute del placer.

Podría ser la versión española de Historia de O. Quizá, más adelante, se pueda añadir algún apunte sobre O; por ahora, es una pieza más del puzle de Simón, un nombre más, una varilla más en su amplio abanico de experiencias. La diferencia, quizá, con el resto de varillas es que ésta lleva tatuada la originalidad de un perfil modernista, abierto y flexible de una mujer literata.

«Saltar en la cama» es una expresión que los niños utilizan cuando hablan de sus padres y sus aventuras amorosas. Ellos no saltan. Viven ajenos al tiempo hasta que es necesario tener consciencia de la hora (quizá hacen saltos temporales). Ellos se deslizan, o se quedan inmóviles en el suelo: ella se queda inmóvil, conteniéndose, mientras él se comporta como un buen hedonista y hace que su compañera disfrute tanto como él pueda hacerla disfrutar. Así adquiere placer, así alimenta el morbo.

Sí, este tipo de matices sexuales son los que Simón quiere escuchar en boca de su amiga. Poco a poco. La sintaxis es un mundo oscuro lleno de predicados, de sintagmas verbales y verbos que actúan… Filosofando, quizá la dialéctica de la acción verbal es la que propicia, luego, la dialéctica conversacional: están tumbados en la cama, dialogando (ella más que él), después de haber alcanzado el clímax, comúnmente llamado orgasmo (o para los fans de Aristóteles, catarsis).

Ya es la hora. Ella tiene que irse.

***

Por primera vez ella llega antes de que él la esté esperando. La puerta se abre dejando ver al trasluz la silueta de Simón. Al entrar, la puerta se cierra.

Están hablando. Se percibe una evolución en su reciente amistad, a ella se la ve más suelta y a él más embelesado con su nueva amiga. Al mirarse el tiempo parece correr más rápido. Va a ocurrir algo, tiene que ocurrir algo.

Los nervios están a flor de piel mientras ella espera que él le revele algo, parece ansiosa por saber lo que puede ocurrir.

Siguen hablando y disfrutando del sabor amargo de la cerveza. En esta ocasión no hay tanta distancia entre ellos: ella está cerca de él, al alcance de su mano, a un abrir y cerrar de ojos de sus pensamientos. Él le acaricia el muslo, y ella responde con una sonrisa. La calidez del ambiente les anima, les incita, y siguen aprovechando cada minuto que deja pasar la manecilla del reloj.

Se respira intensidad entre las burbujas de sus bebidas… Están esperando.

***

Ella se levanta y busca algo entre sus cosas: algo azul, de goma, largo y dividido en secciones numeradas. Parece elástico. Le enseña a su amigo lo que puede hacer con eso: se pone un extremo de la goma en un pie, y el otro extremo en el otro pie, hasta que se ve la finalidad de tal cosa. Está sentada en el suelo, con las piernas completamente abiertas, decidida a que su compañero de dialéctica la contemple mientras exhibe su hazaña.

Sigue enseñándole otras posturas que, a la vez que interesantes a la vista, son  bastante sugerentes. Los matices sexuales se encuentran en el aire, y ella lo sabe. Él también lo sabe, pero sigue esperando.

***

Ella se ha puesto un tanga con la forma modernista y rebelde de una mariposa con las alas extendidas. A él le gusta. Ella se acerca para que él pueda contemplarla, y tocarla, y experimentarla tanto como quiera. Eso le encanta. Acaba colocándose a horcajadas sobre su amigo mientras le transmite un mensaje en un susurro. Es una mujer distinta, algo más atrevida… Él observa y sonríe, y emplea sus labios para otro uso de la dialéctica que ya se ha mencionado. Los besos… Ese idioma tan selecto y sensitivo… Ella va gritando en silencio que la bese.

***

No pueden evitarlo, no dejan de mirarse. Se besan, y al besarse se miran, pero con los labios. Se trasladan a la cama en un ir y venir de sensaciones: ella se encuentra tumbada, con sus piernas en posición citológica, a la espera de que él se acerque más y más, y la bese. Siguen siendo labios, aunque distintos. Sigue siendo ella, desinhibida, humana, libre… Sigue siendo la evolución espontánea de sus variedades dialectales, del juego de lascivia entre dos lenguas. Siguen hablando, sin palabras, entre ellos.

Dialéctica en auge.

Ella tiene los ojos cerrados, y él se humedece los dedos en lubricante artificial, de color melocotón, y olor a primavera. Empieza a jugar con sus dedos y el culo de su amiga, y a ella le gusta. Por su expresión, descrita por ella misma como metáfora del placer, le encanta.

Se miran, se preguntan, se sostienen la mirada.

Por fin llega el momento en el que él empieza a follarla, y empieza suave, con delicadeza, hasta que el ritmo acelera junto con la respiración. Ella está encantada de sentirse útil, si ella disfruta, él disfruta. Reciprocidad. Eso le gusta.

Se pone a cuatro patas, y sigue follándola por detrás. Ella no desperdicia el momento de expresar todo el placer que siente.

Dialéctica sensorial, auditiva, gemido a gemido…

El tiempo no se ha detenido, ella se va.

***

Los días pasan y él intenta sorprender a O. ¿Lo logrará?

La oscilación que va y viene en sus conversaciones tiene a O nerviosa, impaciente, ansiosa… Se pasa los días haciendo la cuenta atrás en versos. Vive entre la espada y la pared, entre el deseo y la responsabilidad… Los saltos temporales con Simón son como pequeños oasis de placer en un largo desierto que consume su tiempo.

Está escribiendo. Se percibe el sonido de las teclas bajo sus dedos. ¿Qué estará escribiendo?

De vez en cuando mira el móvil, lo deja, lo vuelve a mirar y lo vuelve a dejar.

Mira el reloj, observa cómo las manecillas se mueven, consumiendo cada vez más tiempo. Se levanta y al levantarse nota que la falda, larga y blanca, se le ha enganchado en las ruedas de la silla… Resopla. Sonríe. Abre su mochila y comprueba que lleva todo lo que necesita. De repente alza la vista hacia la ventana y se queda inmóvil, pensativa, mirando.

Reacciona, coge su L y se va.

***

Pronto se irá. Estos últimos días se ha dedicado a organizarlo todo antes de su viaje… Madrid solo es una parada en su recorrido por la vida, él vive viajando, ¿recuerdas? Prepárate para echarle de menos cuando se vaya, porque las persianas estarán bajadas, y las ventanas, cerradas.

Ella serpentea, con el cuerpo dolorido, en busca de un momento más. Necesita más momentos que complementen su visión de la vida, momentos que enriquezcan su mundo, caótico y oscuro. Si fuera ella, estaría deseando ser un ser fantasmal e invisible para poder observar, a través de su ventana (que siempre ha estado cerrada y oculta) cómo es su día a día… Desearía contemplarle mientras se ducha, y quedarme absorta deleitándome con su cuerpo simétrico irradiando belleza. Desearía ser partícipe de cómo se gana la vida, ¿qué hay en su cabeza? Pero no soy ella, no puedo decidir por ella. Solo soy su conciencia, esa vocecita que elabora el pensamiento que posteriormente se transmite con los labios.

Siempre me ha gustado el juego de la ventana indiscreta, y he querido jugar. Yo, la conciencia, he sido narradora de los hechos que he podido ver a través de los ojos de O. Sí, los ojos son ventanas. No, no son ventanas reales. Sí, son simbólicas. Ya he dicho que O es literata: algo de literatura tenía que haber. Si los ojos son ventanas, los párpados son las persianas… Cuando él se vaya, O cerrará los ojos, bajará las persianas de sus ventanas, y recordará.

Recordará todo lo que ha experimentado con su amigo, recordará sus clases de dialéctica… Se arrepentirá, quizá, de no haber hecho tanto uso de su técnica dialéctica cuando estaban conversando. Y deseará, porque la conozco como si yo fuera ella misma, volver a revivir, momento a momento, escena a escena, cada una de las palabras que salieron de sus labios (los de él)… Echará de menos la comunicación a base de fluidos, sus charlas eróticas de poca sutileza; querrá, sobre todo pronóstico, volver a ver a este amigo que, desde el principio, supuso un misterio.

Hoy sigue siendo un misterio: un misterio que querrá seguir resolviendo y que espera poder resolver cuando vuelva. ¿Encontrará lo que busca? La prolífica y perturbada imaginación de O quiere pensar que aquello que ha experimentado con ella ha sido útil para él… Con el tiempo lo sabremos.

Se han bajado las persianas, y las ventanas están cerradas. No veo nada, pero lo siento: siento el ritmo que marcan las palpitaciones, siento el cosquilleo que acaricia sus entrañas, siento la levedad de esta enumeración de pensamientos, siento cómo arraiga el recuerdo en el proyector de la memoria: sigo sin ver nada, pero siento sus labios besando los míos.

Al cerrar los ojos
lo veo:
veo la oscuridad
necesaria
del antifaz,
veo la levedad
y el espacio atemporal
de este momento…
Al cerrar los ojos
lo siento:
siento la intensidad,
la intensidad recorrida
por tu lengua;
siento el efecto
del beso,
del beso en los labios
que baila al contacto…
Al cerrar los ojos
te veo en el recuerdo,
te siento en el cuerpo;
al cerrar los ojos
sueño al pensar
o pienso al soñar
que quiero una vez más.

Todavía no se ha ido y O recuerda aquel comentario que le soltó acerca de su apego por el idioma de los besos… Recuerda el momento exacto en el que le preguntó si podía hacer una cosa, y no pudiendo ser más predecible, le besó sin siquiera pararse a pensar si estaba fuera de lugar: el beso es un idioma muy personal, íntimo, y para algunas personas llega a ser simbólico. O habla a través de los besos, sigue utilizando los labios, y en cierto sentido sigue siendo una técnica dialéctica.

Hablar besando
es un elemento nuevo
de mi idioma inventado:
un elemento lírico
donde los labios
y la lengua
juegan a ser libres…
Comunicarme contigo,
con cada beso,
es un artificio
de mi lenguaje
(específico y distinto)
de miradas sostenidas
y silencios nerviosos…
¿Jugamos?
En cada beso, una palabra,
y en cada mirada
miles de preguntas
no verbalizadas…
Así es como hablo:
besando.

Y todavía piensa (filosofa) en el próximo encuentro con su amigo, ¿será capaz de hablar un poco más? ¿Habrá evolucionado? ¿Saldrá de su crisálida y extenderá sus pensamientos? Son incógnitas, misterios, que tarde o temprano acabarán resolviéndose solos.

Mírame, Filosofía,
a través de los momentos
(momentos etéreos);
mírame a través del mar
al bucear en mi realidad…
Enséñame dialéctica
mientras yo te enseño
(en primera persona
y desnuda)
lo que quieras…
Enséñame a enseñarte
las variedades dialectales
de mi lengua ensimismada,
enséñame tu idioma:
el de los pensamientos,
que yo te enseñaré,
Filosofía,
la dialéctica de los sentidos.
Así, frente a frente,
lengua a lengua,
nos entenderemos.

***

Esta noche O se ha puesto a escribir y he sido partícipe de su proceso de escritura, le ha escrito otro poema… Esta vez le pide que la salve.

Rescátame,
querido amigo,
del precipicio
(oscuro y vacío)
de los sentidos:
rescátame del tacto
y de su olvido,
rescátame del silencio
que atraviesan mis oídos,
rescátame del gusto
amargo
de la cerveza sin tus halagos,
rescátame de la luz del sol
que atormenta mi vista
y me hace partícipe,
querido amigo,
de tu ausencia;
rescátame de los perfumes
de ciudad madrileña
que pasean por mis napias
atravesando mi olfato
al llegar a Callao.
Rescátame,
llévame.

***

Es de noche. ¿Qué estará haciendo? Quizá esté soñando. Yo sólo sé que O está deseando meterse en su cama, envolverse entre tonos malvas, y volver a sentir el tacto de su piel a través del roce de sus cuerpos. No hablo de sexo. Hablo del imperio de los sentidos, de sentir: de saborear, de contemplar, de escuchar, de acariciar, de inspirar profundamente hasta conseguir quedarte dormido y, entonces, pedirle a Morfeo el privilegio de soñar.

Buenas noches.


[1] Palabra posiblemente inventada.

[2] Expresado así debido a la peculiaridad de sus cualidades.

Fotografía adquirida gracias a Iván Cerdán Bermúdez.
Piano y trompeta: Producciones Arteum, Misty (dúo).
Voz: Rocío G. Soldevila.

Me he mirado al espejo:
mi pelo mojado
mojaba aún más
mis hombros,
mis ojos pronunciaban
callados los gritos
latiendo, descompasados,
en mi pecho;
mis labios se miraban
mirándose a través
del espejo:
esta soy yo.

El espejo, hoy, me ha mirado:
 mi pelo seguía mojado,
mis ojos aún callan,
mis labios observan.

Al mirarme en el espejo,
atravesando los silencios,
me he reconocido:
mi voz ha vuelto
recogiéndose en mis labios,
la nitidez ha regresado
revelándose a mis ojos,
la calidez ha retornado
abrazándose a mi pelo mojado. Esta soy yo:
destapo mi pluma creyendo,
aún, en la magia de los momentos;
escribo palabras, uniéndolas,
sin pensar que podrían estar juntas;
esta soy yo,
parada frente a vosotros,
dejando escapar
la voz que un día
mantuve callada;
esta soy yo,
temblando,
dejando que la poesía
(el amor de mi vida)
por fin hable.

Violín: Lindsey Stirling interpretando «Between Twilight».
Voz: Rocío G. Soldevila.

Quiero recordar lo que es ser yo
contigo, porque contigo soy yo.
Quiero recordarme estando contigo
porque me gusto más contigo.
Quizá sea locura intrínseca
de literata escribiente,
pero contigo yo misma me deseaba.
Por eso, quiero recordar
lo que es ser yo contigo:
contigo he crecido,
he sentido que soy distinta
mientras me miras:
soy más humana,
soy más sincera,
soy más…

¿Por qué ahora soy menos?
¿Por qué las palabras significan menos?
¿Por qué ayer era yo?
¿Por qué ahora ya no soy?

Quiero recordar contigo
aquello que fuimos:
sinceros mientras nos reímos.

Quiero recordar contigo
lo que dijimos:
seríamos simples amigos.

Quiero recordar contigo
que soy mejor contigo:
me gusta cuando te miro.

Me gusta cuando te miro
porque al mirarte
me miro yo:
contigo soy más yo.

Érase una vez, una niña pequeña que adoraba a su abuelo.

Desde que nació, ella ha sido la niña de sus ojos: al mirarse mutuamente, una estrella emprendió su vida en el cosmos y, desde entonces, mirarse bastaba para saber qué ocurría.

Eran una pareja de lo más particular: él la acompañaba a montar a caballo en sus rodillas, ella le peinaba con un peine sin apenas tener pelo en la cabeza. Quien les conocía, sabía que eran almas gemelas: sus miradas estaban hechas de conversaciones que no necesitaban verbalizarse, y los abrazos pasaron a ser su lenguaje personal.

Un día, la niña estaba columpiándose en el parque. Cada vez se columpiaba más y más alto. Su abuelo la observaba, tranquilo, aliviado de que el miedo a las alturas no la detuviese de seguir columpiándose.

Ese día la niña se cayó al suelo.

— Abuelito, me he caído. ¿Me das la mano? — dijo la niña.

— Apoya tus manitas en el suelo y utiliza la fuerza con la que te columpiabas para ayudarte a levantarte — dijo su abuelo.

Entonces, sin entenderle, la niña rompió a llorar. Las lágrimas bañaban su rostro y se disponía a restregarse los ojos con sus manitas cuando, repentinamente, su mirada se cruzó con los ojos de su abuelo.

— Mi niña, en la vida te caerás muchas veces y yo no estaré siempre para darte mi mano y ayudarte. Quiero que te levantes solita.

— ¿Me voy a caer más? No quiero. Caerse duele mucho. Mira, tengo sangre — dijo la niña señalándose la rodilla.

El abuelo miró a su nieta dulcemente y le acarició las mejillas empapadas de lágrimas. Le dio la mano, la ayudó a levantarse y ambos se dirigieron a casa.

***

Al año siguiente, la niña se estaba columpiando en el mismo parque.

Esta vez, estaba ella sola. Su abuelo había fallecido de repente, pero ella aún no lo sabía. Para ella, su abuelo había ido de viaje y no se sabía cuándo iba a poder regresar.

La niña se columpiaba cada vez más alto y, mirando al cielo, recordaba a su abuelo mirando cómo se columpiaba.

Sin darse cuenta, las manos le sudaban y al intentar agarrarse mejor de las cadenas del columpio, se cayó.

En el suelo, con las rodillas cubiertas de tierra y a punto de empezar a llorar, el sol cegó sus ojos. De repente, todo era oscuro, no veía nada. Al abrir los ojos, vislumbró de forma borrosa el rostro de su abuelo.

— Mi niña, ya no estoy contigo, no puedes coger mi mano. Pero cuando sientas cómo el aire te mueve el pelo, seré yo acariciándote las mejillas. Cuando sientas que el sol te calienta, seré yo deseándote un buen día al despertar. Cuando sientas el frío de las gotas de lluvia, seré yo diciéndote que no pasa nada por estar triste: hay que pasar por la tristeza para poder llegar a la felicidad. Mi niña, estaré contigo en cada momento en que conozcas una emoción nueva: seré yo quien esté contigo, aquí — dijo señalando el corazón de la niña.

La niña volvió a cerrar los ojos restregándose las lágrimas y, al abrirlos, su abuelo ya no estaba. Había desaparecido.

***

La niña tiene 27 años, ya no es una niña. Sin embargo, aún llora cuando se cae.

— Abuelito, me he caído. ¿Me ayudas a levantarme? — expresó al aire mientras sus lágrimas brotaban.

Saliendo del coche, sintió cómo el aire pasaba por ella en forma de ráfaga: su pelo empezó a arremolinarse y a volar delante de sus ojos.

Mientras iba andando desde el coche a su casa, sintió la calidez del sol y, aunque estaba triste, sus mejillas recuperaron el color.

Al girar la llave metida en la cerradura, escuchó las corrientes de agua de un grifo abierto.

Entonces lo supo, su abuelo estaba con ella. Ella estaba triste y él apareció con el ambiente para recordarle que se va a caer más veces, que llorará otra vez, pero que a pesar de todo, él está con ella: sintiendo con ella.

***

La vida continúa, a pesar de las caídas.

Violín: «Your eyes tell» (BTS) interpretada por Daniel Jang (https://danieljangofficial.com/).
Voz: Rocío G. Soldevila.

Desde que naciste,
estoy contigo.

Ese cuerpecito diminuto
regalándome la alegría infinita
ha ido cambiando
siguiendo la estela
del paso del tiempo.

Poco a poco,
año tras año,
la infinita alegría
se trasladaba, viva,
de momento a momento;
nuestras miradas cómplices
hacían de esa alegría
nuestro profundo secreto:
tú y yo, mi niña,
somos felices
despertando la alegría
al cruzar nuestras miradas.

Desde que naciste
estoy contigo:
cada paso que das,
cada lágrima que dejas escapar,
cada sonrisa que tus labios dibujan,
cada momento que vives
con la alegría que nos define;
desde que naciste,
estoy aquí.

Soy tu madrina:
esa mano firme que sujetas
al adentrarte en la vida.

Desde que naciste
mi mano, segura, está aquí.

Cuando te caigas,
mi mano te ayudará:
podrás levantarte solita.

Cuando te sientas triste,
cuando sientas que no te entienden,
mi mano estará para acariciarte
y yo, sonriéndote, te escucharé.

Desde que naciste
ha sido así.

Estaré aquí
siempre que tú quieras
que yo esté.

Estaré aquí
aunque creas que sola puedes
y no me necesites.
Estaré aquí.

Hoy, ahora,
escribiéndote,
recitándote,
queriéndote,
estoy aquí.

Siempre,
estoy aquí.

Orquídea morada:
‘justicia’, ‘prudencia’, ‘sabiduría’.
Respeto y admiración a las mujeres que me rodean:
vosotras me hicisteis creer en mí misma, me disteis seguridad, me dejasteis soñar e intentar mirar más allá.

Encontrarme vacía entre silencios de corchea y baladas de Metallica es un hábito que quiero dejar. Por extraño que parezca, hay personas que, aun estando rodeadas de gente, se sienten solas… y vacías.

Alicia se siente así.

Alicia es el nombre de mi… ¿podría ser mi alma? O… ¿mi conciencia? Esa vocecita que resuena en mi interior y entabla conversaciones conmigo cada segundo del día: Alicia es la precursora de mis pensamientos, el inicio de mis razonamientos… Puedes imaginarte a los cinco muñequitos de colores que nos mostró Walt Disney en Inside Out, o recordar esas voces en off que se escuchan mientras los personajes están pensando o contándonos sus historias, dentro de sus películas. Esa es Alicia: la voz en off que cuenta mi historia y piensa conmigo y, quizá, también, mi alter ego disfrutando del País de las Maravillas. Prácticamente se puede decir que ambas vivimos allí.

¿Por dónde iba…?

Alicia se siente así. Últimamente desaparece a la hora de pensar, se escabulle entre los silencios de corchea y apenas llega a escuchar los primeros acordes de “Nothing else matters”.

Ahora mismo no sé dónde está Alicia. Probablemente se haya escapado al País de las Maravillas y esté empequeñeciendo para pasar por la puerta. No lo sé, me cuesta pensar sin ella, e imaginar es incluso más complicado, porque imagino sin filtros: lo imagino todo, y llega a dolerme tanto la cabeza que acabo derrotada por mis ensoñaciones.

Quizá su desaparición sea una señal de que debo dejar de pensar, de que su ausencia sea, tal vez, una especie de liberación de la obligación implícita de razonar y verlo todo desde la lógica y el sentido común. Quizá se haya ido al País de las Maravillas para decirme sin palabras que debería mirarlo todo desde su aspecto más maravilloso.

Pensaré en ello.

Ah, no. Espera. La cosa está en no pensar, sino en dejarse llevar por el mundo de lo maravilloso: ese mundo ya está aquí, escondido, y a la vez totalmente visible para aquellos que aprecian un segundo antes que una hora, un instante antes que un gran momento, un poema de un par de versos antes que una novela histórica entera. El mundo de lo maravilloso está aquí, ante mis ojos: si no lo veo es porque no quiero o no estoy lista para abandonar del todo la cordura ilustrada… pero, ¿sabes qué? Lo veo. Me lo estás enseñando.

Estoy lista. Eso es lo que me dice Alicia: estoy lista para ser solo Rocío, solo yo.

Sí. Soy Rocío. Alicia no está, pero estoy yo: no me da miedo mi desnudez, no me da miedo mostrar quién soy. Soy feliz siendo quien soy  y no cambiaría nada, aunque las escenas shakespeareanas me quieran decir lo contrario en mi cabeza… mi corazón es el que escribe el guion.

¿Qué es lo siguiente? Disfrutar de lo feliz que soy siendo Rocío.

Las palabras son tan fieles a nosotros, que nos dejan jugar a ser activos en un mundo de dramatización desgarrada.

Lo normal, cuando hablamos, es que las palabras viajen entre los labios (pronunciándose) hasta llegar a los oídos (escuchándonos); lo normal, cuando dialogamos, es que las emociones que estaban escondidas, sin avisar, eclosionen; lo normal, cuando hablamos, es que las palabras nos lleven de la mano, juntos o por separado, al momento en que la acción grita que está aquí.

Somos interlocutores que inventan sus propios diálogos en los soplos de aire frío en este invierno.

Somos intermediarios de aquellas emociones acalladas hace décadas que, quizá, quieran aflorar; quizá la primavera llegue pronto este año, quizá el frío invierno que mantiene mis manos como las aguas del Cantábrico quiera dejar paso a esta primavera… quizá.

«Somos». Es una expresión bonita formada en tiempo presente, haciendo uso de la primera persona del plural (donde «yo» deja su individualidad a un lado y acoge, cariñoso, a un compañero también denominado «yo»).

Somos palabras que se verbalizan cuando nos vemos: es bonito verbalizarse. Los sonidos, antes silenciados, empiezan a escucharse en voz activa. Los efectos de los sonidos empiezan a hacer mella en mis oídos, produciendo más y más curiosidad.

Soy un cúmulo de palabras curiosas que quieren activar, progresivamente, aquella ilusión abandonada.

Soy una palabra concreta, un nombre propio, empezando a sentir la acción.

Guitarra: Valse française, de Mario Castelnuovo-Tedesco, interpretada por Eva Gómez Soldevila.
Voz: Rocío G. Soldevila

Aparece como los primeros rayos
de sol, despejada, con valentía:
aparece con fuerza, cada mañana,
ignorando qué pasará.

Aparece con su fe, constante,
y me relata su día
entre miradas sostenidas;
aparece consigo misma,
entusiasmada y viviendo:
lucha, día tras día,
para ver su felicidad, sin miedo.

Ella aparece segura
delante de mí
al comenzar mis mañanas,
aparece para abrazarme
al ver mis horas de vacío;
ella sigue apareciendo,
por mí, por ti, diciendo:
«estoy aquí».

Ella viene a nosotras:
aparece siempre,
sintiendo el arraigo, impactante,
de los vientos repentinos;
ella aparece incluso si duele:
incluso cuando su cuerpo,
rebelde, dice que no puede.
Ella siempre aparece.

Aparece para ti, para mí,
en silencio y a voces
pregonando cuánto quiere amar:
ella, valiente, reza
y abre sus alas
abrazándote con ellas.

Lo siento.
Soy privilegiada.
Ella aparece todos los días:
mis mañanas son calientes
porque ella ahueca sus alas,
en casa;
mis tardes son divertidas
porque ella me contagia,
risueña, su risa;
mis noches son especiales
porque sé que en sus sueños
vuelve a abrazarme,
valiente, con sus alas.

Lo siento, Poesía.
Mi madre me dio la vida:
necesito que ella sepa,
con certeza,
que ella es la esperanza
que permanece;
necesito que ella sepa,
sin dudarlo,
que ella es la luz, cálida,
que siempre aparece.

Sigo cuestionándome si el tiempo tiene cuentas pendientes conmigo. Después de casi dos horas sentada, aquí en Plaza de España, tomando el sol mientras espero… empiezo a pensar que mis malas acciones me están haciendo pagar.

Aún sabiendo que lo más probable es que me vaya a casa sin conocerle, aún así: sigo manteniendo el último resto de esperanza rota que queda dentro de la caja.

Quizá es mi culpa: yo decidí abrirla, yo empecé la primera conversación, empecé a escribir y empecé a ilusionarme. Fui yo.

No sé qué hacer con el tiempo que me queda: la música dejará de sonar pronto y el hambre y la esperanza (todavía) que me carcomen me están haciendo perder la paciencia.

Mi calma se va con los minutos que siguen pasando. El tiempo no para y mi compromiso sigue ausente.

¿Me voy? ¿Espero? ¿Me levanto?

Sigo escribiendo: quizá, si escribo, la llama seguirá encendida y, con ella, la esperanza se reconstruya.

Espero. Escribo. Espero.

El pequeño tintero ha explotado dentro de mi pluma estilográfica: los destellos morados que producía la superficie lisa y brillante de mi pluma se han visto opacos gracias a la tinta desbordada del tintero. La R, grabada con estilo y especial cariño en la superficie de esta pluma, se ha bañado en azul intenso de repente. Las gotas que sobresalen de la pluma van cayendo, poco a poco, hasta llegar al asfalto: se quedan ahí, y se extienden una talla más de su diámetro.

Mi pluma estilográfica, con la que escribo a diario, ha dejado su huella en Plaza de España antes de que mi calma acabara desvaneciéndose del todo. Al menos, gracias a mi cabezonería por esperar algo que jamás llegaría, se ha producido que una pequeña parte de mi rutina se quedara tatuada en el asfalto, justo en frente del Hotel Riu Plaza.

El tiempo seguirá pasando y las gotas de tinta quizá se acaben desvaneciendo y desapareciendo, finalmente, del asfalto; pero la poesía que escribí allí sentada, inspirada por las circunstancias y la calidez que mi piel recibía del sol, quedará latente en mis páginas.

Me quedo con la poesía recién escrita en la desesperanza.

Me quedo con la tinta desbordada cayendo de mi pluma.

Me quedo conmigo: con mi esperanza rota, reconstruyéndose.