A veces nos hacemos daño sin saberlo: cuando lo descubrimos, la herida ya es profunda. ¿Podrá sanar?

Quizá el Tempus fugit de la literatura me responda a esa pregunta y, con suerte, Carpe diem me dirá qué hacer.

Todo el mundo tiene heridas que adornan y mortifican su cuerpo. Cada uno de los seres humanos que habitamos esta Tierra tiene sus propias cicatrices, quizá todavía abiertas.

Algunas personas prefieren maquillarlas para que no se vean y sonríen a diario, delante del espejo. Otras personas buscan la marca de sus cicatrices hasta encontrarla y no dejan de mirarla: es atractiva, ya que lo vivido gracias a ella ha supuesto un clímax en la vida. En cambio, hay personas que se ahogan y son incapaces de respirar profundamente con el simple roce de la yema de los dedos sobre la superficie áspera de la cicatriz.

¿En qué grupo me encuentro? A veces, me quedo mirando el espejo, observando el brillo lacrimógeno de mis pupilas. En ocasiones, me veo intentando encontrar el punto exacto en el que estaba mi deseo frustrado. Y, últimamente, con frecuencia y sin darme cuenta, mis manos tiemblan al rozar ciertas partes de mi cuerpo.

No tengo cicatrices. Al menos, no tengo cicatrices visibles, importantes, que me causaran dolor físico. Solo tengo una pequeña marca con forma de sonrisa, si la miras en horizontal, en el dedo meñique de mi mano izquierda (me extirparon un tumor benigno de células gigantes). Y… si miro el gemelo de mi pierna derecha, puedo deducir la forma de un delfín sombreado, resultado de una quemadura muy leve tras acariciar con la piel el tubo de escape de una moto. Pero ya está, no tengo cicatrices. Por fuera, no me han hecho daño, no me he caído, no me he dado golpes con nada.

Mis cicatrices son internas: no se ven. Solo las siento yo, de vez en cuando, al llover repentinamente o al tocar el acorde Sol pulsando las cuerdas de la guitarra de mi madre. Aunque, mirando en perspectiva, solo las siento ciertos días del año: cuando algo o alguien provoca mi desequilibrio emocional, cuando miro fijamente la fotografía que adorna la cabecera de mi cama.

Intento que mi cicatriz interna no me haga perder los estribos. Intento que mis ganas de querer algo demasiado no me convierta en obsesiva. Intento muchas cosas, y todas al mismo tiempo y evitando colapsos y colisiones sentimentales…

No. No funciona.

Mi cicatriz está ahí, la siento, y me dice cada día que necesito aguantar.

Así que…

Érase una vez, una cicatriz que quería que la mirasen: quería dejar de ser un obstáculo para la felicidad, pero no la miraban.

¿Cómo sigue?

Escríbeme. Quizá podamos descubrir si al final alguien se atreve a mirar a la cicatriz y decirle con una sonrisa: estoy aquí, te miro, por fin te entiendo.

3, 2, 1… ¿Empezamos?

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El diccionario panhispánico de dudas dice que «hórror vacui» es una locución latina que significa literalmente ‘horror al vacío’.

Mientras estaba estudiando 2º de Bachillerato, una de las asignaturas optativas que elegí fue Historia del Arte porque me gusta el arte (en todas sus formas). Las explicaciones de la profesora que impartía esa asignatura no me llegaban con mucha claridad y, por dentro, acababa desilusionándome y decepcionándome al mismo tiempo: era una emoción bipartita. Por un lado, me desilusionaba la poca pasión que percibía en las explicaciones y, por otro lado, me decepcionaba de mí misma porque a lo mejor era yo la que no tenía suficiente base para comprender lo que la profesora explicaba.

Cuando estudiamos la arquitectura y los estilos por los que pasaba, el concepto de «hórror vacui» quedó tatuado en mí con tantos colores que aún duele: aunque en el campo del arte se use este concepto para hacer referencia a la tendencia de llenar todos los espacios de elementos decorativos, acabé dándome cuenta de que yo misma termino llenando todos los espacios vacíos de mi vida con todo tipo de elementos, y muchos de ellos ni siquiera funcionarían como glaseado de un pastel o luces navideñas…

Creo que reconocer y comprender este concepto cuando estaba en clase leyendo el libro de Historia del Arte, encendió la luz de una habitación inexplorada de mí misma.

Por fin entendí que me daba miedo estar sola.

Siempre mantuve mi habitación llena de cosas: libros, estatuitas, fotografías y diplomas, dibujos; todo tipo de cosas decorativas que impidieran que viera huecos libres en las paredes o los muebles. Cuando recibía visitas, algunos se sentían abrumados porque las cosas parecían venirse encima, y otros decían que resultaba acogedor ver vida en las paredes y perderte en ellas… Este segundo punto de vista era con el que más me identificaba.

También entendí que el «hórror vacui» hacía que no dejara de escribir hasta llegar al final de las páginas: no me gustaba ver tanto blanco en el papel cuando quedaba tan poco para terminarlas. Aún me sigue pasando: no me gusta dejar espacios en blanco cuando estoy escribiendo y me pone nerviosa el interlineado cuando escribo en un documento Word.

Es como si el «hórror vacui» dominara gran parte de mi vida pero, en el fondo, es por el miedo: miedo a la simplicidad, miedo a verme sola entre paredes lisas porque estoy acostumbrada al gotelé.

Al despertar cada mañana me encuentro tacto a tacto con una sensación que no me deja abandonar mi cama para empezar a vivir mi día a día otra vez.

Es una sensación caracterizada por ser suave, delicada, y abrumadora en ocasiones.

Mientras mis ojos están cerrados, mi piel entra en contacto con esta sensación embaucadora y sutil. Sigue siendo una sensación cálida, pese a la frescura que impregna mi cuerpo la primera vez.

Me atrevería a decir, sin siquiera pensarlo dos veces, que esta es la sensación que me ayuda a conciliar el sueño cuando mis pensamientos no quieren mantenerse quietos. Quizá es la sensación que me proporciona la tranquilidad mental que me falta durante las horas de sol.

Sigue siendo una sensación efímera que desaparece por las mañanas, al despertar.

Despierto y mis extremidades empiezan a ser conscientes, otra vez, de la comodidad que destila esta sensación noctámbula. Quizá la nocturnidad, que siempre me ha mantenido despierta porque (no sé el motivo) me siento más viva, es la que impulsa mi adicción a esta sensación: llegan las horas de la albada y no quiero que desaparezca.

«No despiertes.
La cama sigue abrigando el calor
y las sábanas limpias siguen intactas.
Por las esquinas de la ventana
llega el amanecer,
con su color de sol de entretiempo
y su forma de esfera.

No despiertes sin pensar fugazmente
que la vida de noche nos ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
acercándose, ruidos de motor
bajo la ventana…
Amanece.

No despiertes».

Despierto y mi sentido de la vista sigue nublado por las legañas que todavía no me he limpiado.

Despierto y mis manos siguen abrazadas a mi cuerpo agarrando con fuerza la levedad de mis sábanas.

Despierto y los silencios empiezan a desvanecerse con las conversaciones que mantienen mis periquitos.

Despierto y me doy cuenta de que el sabor a sueño se ha quedado suspendido en mis papilas gustativas, al tragar por primera vez esta mañana.

Despierto y el olor a café recién hecho se pasea por mis napias haciéndome saber que no puedo demorar más la vuelta a la vida.

Despierto y solo quiero no despertar, porque siento una sensación envolvente que hace que mi cuerpo entero quiera seguir estremeciéndose en el interior de mi cama, hecha de sábanas y un colchón…

Sábanas suaves, delicadas, cálidas, sutiles, que se dedican a mantenerme impactada por el color de su tacto: un color que va a caballo entre la calidez de los días de invierno y el frío de las flores bañadas en rocío al llegar el alba.

Sábanas. Sensación. No quiero despertar. Sábanas.

Mis sábanas.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho el amanecer.

Fragmento de «Albada», Jaime Gil de Biedma.

Llega un momento en que ciertas preguntas te acechan con la única intención de confundirte.

Es entonces cuando empiezas a cuestionar tu propio pensamiento crítico: ¿cómo es que no supe verlo? ¿De verdad es así?

Todos los principios adquieren esa tonalidad rosa que denominamos «pastel». La suavidad, el tacto, la delicadeza, forman parte del proceso de empezar algo nuevo. Sin embargo, hay principios que se saltan esa parte del proceso y alcanzan en un abrir y cerrar de ojos el tono intenso del rojo. La suavidad es afilada, el tacto es caliente y la delicadeza va descontrolándose a medida que van pasando las horas, desde que comienza ese proceso.

No todos los principios son principios: algunas veces se carece de un comienzo y uno se encuentra «in media res» protagonizando su propia historia.

— Cerré los ojos y, al abrirlos, una sábana de seda roja me tapaba la vista—, así se descubrió a sí misma en el centro de su cama, pensando.

La sorpresa es un recurso imprescindible para pintar de intensidad cualquier momento, y sus ojos reflejaban el titubeo de un matiz sorprendente a través de su mirada. Podía encontrar la incertidumbre en cada esquina de su habitación, y vislumbraba la necesidad de dejarse llevar cada vez que se asomaba por su ventana.

— Es el mismo cielo, es la misma luna, quizá es la misma estrella, pero, ¿dónde está el suelo?— se preguntaba una y otra vez mientras seguía pensando.

El rojo ya no era el mismo que apreció cuando abrió los ojos, la intensidad y la tonalidad del color habían cambiado ligeramente hasta convertirse en un rojo más oscuro. Quizá se podría denominar «rojo sangre».

Miraba su sangre, tan solo una gota, en la punta de su dedo índice. El cuchillo seguía sobre la mesa.

— ¿Quizá debo hacer el corte más profundo?— se preguntaba, pensando en el temblor de su mano y lo nervioso que parecía estar su corazón.

La sangre estaba ahí. Se suponía que ese sería el principio, pero ese comienzo ya se había desarrollado en algo mucho más profundo sin darse cuenta. En pocos segundos habían pasado casi dos años y la tonalidad intensa del rojo seguía intensificándose a diario.

— Sigue siendo una sábana de seda roja. Ahora su intensidad es casi cegadora.

Esas preguntas que pretenden enredar los pensamientos en confusiones, se quedan colapsadas en los pigmentos del color rojo. El pensamiento crítico, la voz de la razón que se cuestiona a sí misma, se queda muda ante la respuesta que ofrece el corazón.

— ¿Qué es lo que ves?

Su percepción sigue siendo la misma. Sus ojos no han dejado de ver la intensidad.

— ¿Qué es lo que sientes?

— Lo siento.

La tinta del bolígrafo rojo sigue fluyendo a pesar de los años. Sigue escribiendo el mismo nombre, la misma canción, el mismo sentimiento, la misma letra. Sigue quedando tinta. Sigue escribiendo.

— Lo siento así.

— ¿Qué sientes?

— Siento.

Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente.

Séneca.