Carta escrita para mí pensando en ellos

Les recomendé navegar por sus cabezas.

Les dije que vaciaran su corazón en un papel en blanco jugando a ser vanguardistas.

Les pedí que buscaran en su interior ese impulso que todos tenemos y que rara vez es escuchado por nuestras manos.

Les aconsejé que abrieran mundos nuevos al pasar las páginas de un libro. Daba igual si era una novela, un poemario, un cuento, un microrrelato o un ensayo… El mundo es infinito. Y nuestra interpretación del mundo se hace más amplia cada vez que exploramos otro mundo, otra página, la ilustración de otra portada.

Cada día me desvivía por motivar esas pequeñas conciencias de futuro, de sueños, de alegría por enfrentarse a la vida; quería, cada día, que experimentaran lo bonito que es hacer lo que a uno le gusta: buscar y encontrar.

Esta noche me he buscado a mí misma y me he encontrado años más tarde con la misma vocación y el mismo empeño por reflejar en sus ojos el amor al arte.

He sido modernista, me he rebelado avanzando en vanguardia, me he creído una poeta que no lleva sombrero y he luchado y sobrevivido a mis pensamientos mientras me paseaba entre las mesas verdes observando la belleza antitética de la caligrafía adolescente.

He sido feliz.

Los últimos días siempre llegan al corazón con un sutil y certero dolor: las despedidas implican decir «adiós» cuando, muchas veces, no te atreves ni a verbalizarlo por miedo a que los vínculos y el amor experimentado durante el proceso pueda desaparecer.

Sin embargo, el aprendizaje pesa más que la pena al mover la mano de izquierda a derecha y en vaivén.

Ya lo dijo Gandalf: «no todas las lágrimas son amargas».

Llorar es sano, purifica el alma y, de algún modo, hace que uno mismo se regenere y pase a través del mar de sus emociones. No es fácil. Pero tampoco es imposible.

Me he quedado con sus sonrisas.

Me he quedado con sus miradas curiosas.

Me he quedado con sus preguntas.

Me he quedado con el misterio encerrado en la acción y efecto de quererlos. Es increíble cómo unos pocos días pueden suponer tanto y tan profundamente.

Me voy.

Ya me he ido.

Aún así, he recogido las florecitas que han dejado para mí después de la siembra. El sol, la lluvia, las palabras y el cariño al pronunciarlas han hecho que las florecitas sean tan bonitas que me es imposible desprenderme de ellas.

Ojalá nunca se marchiten.

Ojalá esas palabras pronunciadas en la penumbra dentro del aula se queden en sus destinatarios hasta que, por fin, consigan lo que se propongan.

Ellos pueden. Sé que pueden. Me lo han demostrado.

Me he ido, pero sigo aquí.

Sigo entre las palabras encadenadas por el aire al hablar.

Sigo adherida al pensamiento de aquellos que todavía no se han podido expresar con libertad.

Sigo batiendo las alas de los cisnes que se siguen preguntando si son capaces de amar porque no saben qué es el amor.

Sigo coloreando de connotaciones positivas los verbos que acompañan cada día al adolescente estudiante porque, sin los colores, la vida parece que se escapa.

Sigo enhebrando el hilo en la aguja o la aguja en el hilo, ¿qué más da? Lo importante es enhebrar y la satisfacción absoluta que se experimenta cuando ves que ya lo has hecho y puedes enfilar los abalorios.

Les dije que la mariposa es un símbolo.

Les dije que los símbolos son maravillosos porque puedes esconderte detrás de ellos, como si fueran una máscara, y solo tú conocer el significado oculto.

Les dije que la poesía es un salvavidas, pero también un arma.

Les dije que el verso clava huellas profundas en la arena al recitarse en voz alta.

Les dije que el silencio es primordial si uno quiere conocerse por dentro.

Les dije muchas cosas.

Una vez, mi profesor de Literatura del siglo XVI recitó unos versos de Antonio Machado versionados: los álamos del amor se convirtieron en sus jóvenes filólogos del alma.

Hoy, yo he querido hacer lo mismo:

«Estudiantes del alma que ayer escuchabais
de esta mujer sus alegres palabras;
estudiantes que seréis mañana palabras
del futuro esperanzado en primavera;
estudiantes del alma cerca del verso
que corre y pasa y desea,
estudiantes de las tierras madrileñas,
¡conmigo vais, mi corazón os lleva!».

La vida da muchas vueltas.

Nuestros caminos volverán a cruzarse.

Hasta entonces (y citando a uno de mis profes) … ¡Salud y más poesía!

Le he quitado la protección malva a mi teclado. He vuelto a sentir el tacto de mis teclas pulsando las letras necesarias para que puedas leer lo que mi alocado corazón, pese a las intervenciones de mi cabeza, quiere que escriba.

Es curioso, a los escritores nos pasa a veces: cuando nos abruma la inspiración no podemos dejar de escribir. Pero, sin ella nos sentimos —tal vez— un poco indefensos. Perdón por el plural de cortesía: usar siempre el «yo», en ocasiones, termina siendo algo cargante.

Cuando empecé a escribir este texto que estáis leyendo, pretendía expresar en pensamientos fugaces mi experiencia durante un viaje. Quería que cada fragmento de vivencia tuviera la forma rápida y fluida que adquieren las corrientes de agua de los ríos. Quería que cada aportación de esas experiencias tuviera vida.

Sin embargo, cada vez me alejaba más de mi objetivo: al distanciarme de mí misma utilizando el pronombre «ella» no era nada fácil recoger esa vida en mis palabras —porque no estaba siendo yo misma, sino la intención de una escritora— y la inspiración primaria que me impulsó a querer compartir la emoción que viví pasó a un segundo plano.

No obstante, todas estas palabras que leerás a continuación —si quieres saber cómo acaba esta aventura— siguen siendo pequeños rastros de esas corrientes fluviales: ellas me mantuvieron a salvo durante siete días y me reconfortaron cuando mi corazón necesitaba la calidez de un abrazo.

Os dejo con Ella. Esta chica es una persona que pasa desapercibida. A priori no causa sensación: va a lo suyo, hace lo que tiene que hacer —a veces, también lo que quiere hacer— y se refugia en el papel y el bolígrafo. Vive tranquila y últimamente le gusta más su trabajo: los vínculos que se han creado entre Ella y las personas de su entorno laboral hacen que se sienta a gusto y que el trabajo no sea pesado. Pasa las estaciones del año haciendo lo que le gusta y se siente satisfecha cuando los demás también lo están. Vive con su familia y vive encantada. Cada una hace su vida dentro de esa unidad familiar, pero se ríen y comparten su felicidad. Y, a veces, también se van de viaje.

Su hermana y su tío se habían ido de viaje con su abuela hacía unos meses. Ahora, le tocaba a Ella irse de viaje con la matriarca. Ya estaba todo preparado: la documentación de la naviera, los billetes de avión, el seguro del viaje, la gestión de la asistencia en el aeropuerto; todo estaba zanjado. Solo faltaba que Ella se tranquilizara y empezase sus vacaciones.

Metió su cuaderno y su estuche de bolígrafos en la mochila y se cercioró de que no se dejaba nada importante.  Cogió la maleta amarilla y echó a andar. Al llegar a casa de su abuela, pensó dos veces en todo lo que tenía que llevar: el bastón, la mochilita, el pastillero; todo estaba a buen recaudo.

Al despedirse de su hermana en el aeropuerto, con su abuela ya acompañada por la asistencia y Ella misma, emprendieron su viaje.

Quizá hay sorpresas que la vida te prepara cuyas reacciones a ellas te someten a una emoción nueva. Tal vez existen momentos en los que te ves en un escenario totalmente diferente y lo que te queda es la capacidad de poder adaptarte.

Ocurrieron muchas cosas en aquel viaje. Ella, simplemente, aceptó lo que aconteció con el corazón agradecido.

***

Se encontraban a bordo de un pequeño barco de tan solo dos puentes y cuatro anclas. Se podía sentir el recogimiento familiar dentro de su tripulación: ellas mismas se sintieron parte de aquella pequeña familia.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaban de una actividad en la que solo fuesen ellas dos, y un crucero fluvial era algo que todavía no había hecho ninguna. Hacer algo por primera vez para las dos era una idea preciosa para ellas que acogieron con los brazos abiertos.

Su abuela decía continuamente que la lengua —el idioma— es una barrera infranqueable: cuando uno no puede entenderse con las personas que le rodean al hablar, se siente desprotegido o impotente porque no sabes cómo comunicarte para que te comprendan.

Ese viaje supuso un alto en aquel pensamiento: la lengua no es el único medio para entenderse con el mundo. La sonrisa, los gestos, las miradas, el trato interpersonal, son aspectos que dominamos todos y que podemos emplear para complementar esa barrera infranqueable del idioma. Es verdad que, si esa frontera no existiera (como nos cuentan de Babel), nuestra comprensión de lo que nos rodea sería mucho más fácil. Sin embargo, la dificultad aparece cuando necesitas evolucionar y crecer. Tal vez se pueda entender este viaje como un camino hacia ese crecimiento.

Se encontraban sobre las aguas del río. Al principio, parecían aisladas del resto. Aún así, el tiempo se encargó de que su estancia sobre aquellas aguas resultara apacible y única. Aquella familia de tripulantes hizo lo posible para que ellas se encontrasen a gusto y relajadas.

Con ello, se dejaron llevar por la corriente hacia el destino inexplorado.

***

Se despertó al amanecer y miró por el ventanal del camarote: la vista del sol saliendo de su escondite e iluminando suavemente las aguas y el verdor, era emocionante. Notaba cómo algo se arremolinaba en su interior, quizá fuesen mariposas revoloteando al descubrir la luz naciente en el horizonte.

De repente, un pensamiento fugaz interrumpió su despertar. Preguntas como «¿qué hacemos hoy?» siempre acababan merodeando por su cabeza hasta captar su atención. Pese a que nunca fue muy amiga de los acontecimientos planificados, esta vez se dejó llevar por los planes preparados.

***

Las descripciones, la realidad, el cómo… no son aspectos que le preocupen; le gusta más la espontaneidad, el ser consciente del fluir de las emociones en el momento presente, el sentir. Quizá en eso discrepaban. Su abuela disfrutaba más de la parte objetiva de la vida, disfrutaba de describir las cosas tal y como eran en vez de sentir el aire azotando el rostro. Sin embargo, a pesar de tener reacciones tan dispares, se complementaban y conseguían que la travesía resultase completa: la objetividad de la abuela se compenetraba con la visión poética de Ella.

Las emociones acababan mezclándose entre ellas hasta que parecían muchos colores uniéndose para crear un pigmento nuevo. Con ese nuevo color, Ella podía ver un mundo más amplio que no sabía que existía en su interior.

***

La realidad y el romance parecían fusionarse al ver chocar las aguas entre sí. Sus ojos quedaron absortos en aquella escena: las corrientes de agua que formaba la estela del barco eran tan hipnóticas que resultaba difícil apartar la vista de ellas.

Una voz masculina y atenta se escuchaba por megafonía haciendo que la sesión de hipnosis terminase.

Recorrió los pasillos tapizados de rojo observando las obras de arte expuestas en las paredes. El detalle de las pinceladas, la viveza de los colores, hicieron que ella misma se sintiera en un mundo aparte donde todo parecía ser posible.

Enseguida llegó a un gran salón en cuyo centro se encontraba una pequeña pista de baile. Se imaginó tantas escenas en su cabeza en ese momento, que olvidó por completo por qué estaba allí. De repente, una sombra apareció atravesándola y quedándose inmóvil. Una respiración suave se dejó caer sobre su nuca produciendo un leve cosquilleo. Al principio, no supo cómo reaccionar. No obstante, poco a poco, fue reconociendo la forma de aquella sombra que alargaba la suya propia: era uno de los tripulantes, un hombre bastante alto, delgado y alemán.

Se estaba haciendo tarde. Todos los pasajeros habían sido reunidos en el gran salón para informarse del itinerario que se seguiría al día siguiente.

Él hablaba. Ella escuchaba, evadiéndose, en otro idioma.

***

Fue una noche intensa. Su voz resonaba en su cabeza al cerrar los ojos. Recordaba los matices de la pronunciación de aquella lengua. Los reconocía.

Su cuerpo se había amoldado a la cama envolvente y al edredón. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la visión nocturna y era capaz de distinguir la luz que emanaba del cielo. Era de noche y, aún así, la luminosidad que embriagaba el camarote era similar a las primeras luces que se esparcen de madrugada. Estaba claro que era otro país, otra ciudad, otro cielo.

Se quedó dormida sintiendo cómo el movimiento del agua mecía su cuerpo, escuchando aquella voz.

***

Si los cuerpos pudieran deshacerse
en las palabras que nos quedan por decir,
si los momentos que desperdiciamos
permanecieran para expresarnos…
qué fácil sería recuperarte
por primera vez.

Si mi cuerpo gritara
moviéndose sin palabras,
si mi cuerpo hablara
sin necesidad de los labios…
qué fácil sería tenerte
por primera vez.

Seguirte a escondidas
con la voz apagada
con un cuerpo envuelto
en dulces llamas
aún sería posible.

Perseguirte de momento
a momento,
escapándome,
con una antorcha en la mano
para la velada a oscuras
aún sería posible.

Si mi cuerpo pudiera deshacerse
en cada palabra que no he dicho,
si mis momentos contigo
aún permanecieran…
qué fácil sería conocerte
por vez primera.

Sus sentidos se dejaban llevar por la experiencia.

Coger el bolígrafo, acariciar su forma, abrir el cuaderno, pasar las páginas, disponerse a escribir.

El conjunto de esas acciones se llevaba a cabo de manera casi rutinaria en el puente del sol. Cada momento era diferente, aunque la actividad fuese la misma.

Ella sentía. Ella escribía.

***

Stralsund, Rügen, Üsedom, la costa del Mar Báltico, las vistas hacia el río Oder, las impresionantes ruinas del pequeño kloster de Eldena, la ciudad polaca de Szczecin… son lugares que se pueden ver perfectamente en los mapas. Sin embargo, Ella no esperaba poder verlos con sus propios ojos y, mucho menos, sentirlos. Tenía una imaginación poderosa que muchas veces le pasaba factura: sus experiencias imaginarias distaban mucho de sus vivencias reales. En este viaje se dio cuenta: estaba, realmente, en Alemania; se había bañado, realmente, en el Mar Báltico; había podido observar con sus ojos los parajes impresionantes que su pintor romántico favorito había pintado en sus obras… Ella había estado allí realmente.

Los momentos imaginarios se diluían dejándose llevar por la corriente. Las situaciones se abrían en dos bifurcaciones delante de ella: la realidad en la que viajaba con su abuela estaba latente, pero su imaginación marcaba su poderío transportándola a los lugares en los que se había sentido libre; todos aquellos lugares respondían al eco de la voz que había estado escuchando a diario durante el viaje.

Los días pasaron demasiado rápido. Tanto, que le era difícil digerir tantos momentos, tanta emoción compartida. Si echarían de menos algo, sería la comida —decía su abuela— y los amaneceres nada más despertar.

El agua es poderosa y vital. En todos los escenarios románticos aparece: ríos, cascadas, el mar, la lluvia, la tempestad; Ella imaginaba constantemente y el agua era testigo de sus ensoñaciones: el beso que no aconteció, las miradas reiteradas, las traducciones, la música que se escapaba por el altavoz antes del mediodía, la sensación de que ser la única pasajera joven iba a resultar algo especial, la vista del cielo nocturno bañado con el brillo de algunas estrellas… Sí. El agua es poderosa. Ella se sentía viva.

La última noche su abuela estaba cansada y quiso quedarse en el camarote. Habían visto Berlín bajo la lluvia, habían admirado su arquitectura y se sentía satisfecha.

Ella subió sola al gran salón vestida de gala, pidió otro vino rosado en el bar y se sentó observando al resto de pasajeros. Al ser la última noche, era noche de baile; Ella se preguntaba si iba a poder bailar el valse, ya que su abuela había preferido descansar —habría sido bonito bailar con ella y romper los moldes—. Pudo bailar varias canciones, incluida La macarena, hasta que le llegó el turno al famoso valse. Ella iba a sentarse a beber otra vez de su copa de vino cuando aquel personaje alemán le ofreció sus manos.

Todavía no es capaz de distinguir si el valse que bailaron en la pista de baile del gran salón era parte de la realidad que les envolvía o era producto de su imaginación. Aún se lo pregunta.

***

A veces te pierdes. No sabes cómo reaccionar ante un acontecimiento. Te carcome la duda, la incertidumbre, también las expectativas por algo que quizá no acabe de fluir. Pero, ¿quién puede saber a ciencia cierta acerca del futuro? Algunos lo pueden intuir e intentan predecirlo. Otros, se acobardan ante lo que ven o lo que esperan que sea y no es. Y otros sucumben ante lo que no ha sido y ya no lo intentan.

«Seguir la corriente» es una expresión que se usa mucho a día de hoy:

— No te preocupes, sigue la corriente. Saldrá bien.

Así, en estilo directo, me gustaría decírselo a Ella.

Ahora mismo viene a mi cabeza la imagen de un río: las corrientes de agua fluyen igualmente cuando hay rocas en medio de ellas. Pasan delicadamente y con fuerza sobre ellas, a su lado o por debajo y en ocasiones acaban erosionándolas. Las personas podemos ser como las corrientes de agua: podemos pasar delicadamente cerca de los obstáculos que nos encontramos en nuestro día a día y poder sentirnos con fuerza para superarlos. No. «Superar» no es el verbo correcto: «avanzar». Cuando el cauce del río es suficiente, las corrientes fluyen y el curso del agua avanza.

— Querida persona que escribe, puedes avanzar: tienes las palabras, tienes la pasión y también tienes el corazón para poder fluir con todo ello.

El miedo sigue siendo un gigante de piedra cuando se instala, como si fuera una pieza de adorno, en mi habitación; sus ojos siguen perpetrando la dirección de mi mirada y el peso de su cuerpo continúa haciéndose notar sobre mi colchón.

Sigue conmigo, no se ha ido. ¿Sigue guardándome lealtad?

No sabría describir la sensación que me aborda cuando pienso en él. Quizá se encuentre sobre la cuerda floja, entre los extremos del sentimiento del amor y del sentimiento del odio.

Es una palabra de cinco letras que siempre me acompaña: nunca me deja sola. Pero, no puedo evitar sentirme sola.

Ella impide que otras palabras quieran acercarse a mí. Las sinalefas se truncan cuando ella, con su peso, se balancea en ellas. A veces pienso que no es justo. Quiero seguir conociendo y ella acaba rompiendo mi fuerza de voluntad.

Mi caligrafía todavía se mantiene en el término medio entre el pesimismo y el optimismo. ¿Cuándo me hará perderlo? Últimamente, me preocupa esa pregunta.

Los interrogantes siempre han formado parte de nosotros. Sin embargo, hasta hace muy poco no me consternaban a tan gran escala.

Mi obsesión por la temporalidad está creciendo y la palabra de cinco letras aumenta, ella sola, el tamaño de su fuente. ¿Cómo lo hace? Nunca me ha pedido permiso. Nunca he querido que ella me acompañase. ¿Por qué se queda a mi lado? ¿Qué tengo de especial para que sea tan perseverante?

Sigo sin saberlo.

Quizá sea porque yo también soy una palabra de cinco letras. Tal vez.

«Cielo», «falda», «nieve», «reloj»; palabras de cinco letras que aparecen de vez en cuando queriendo despejar la x. A veces olvido que las matemáticas nunca fueron conmigo: siempre me dejaban a mitad de camino antes de llegar al resultado. Ya fuera correcto o no el resultado que yo creyera, me abandonaba sin mirar atrás.

Cuando se trata de curar el corazón, ¿cuál es el resultado más acertado? Esa palabra de cinco letras no me deja verlo. Las sombras desenfocadas siguen acechándome al volver sola a casa. Y, por la noche, sigo sintiendo la angustia de que me siga haciendo coincidir sus pisadas con las mías.

El poder que ejerce sobre mí esa simple palabra es demasiado. Sin embargo, quiero rebelarme.

Poco a poco, lo estoy consiguiendo; pero, persiste.

Es fuerte. Pero, quizá, en algún momento —durante la batalla— yo lo sea más.

Quizá, en algún momento, por fin acabe: quizá pueda darle a la tecla de «borrar» y esas cinco letras que me atormentan desaparezcan y ya no vuelvan.

Conocerme a mí misma, a la larga, acaba siendo un trabajo cuya recompensa es una escalada escarpada hacia el amor propio.

Cuando estaba parada un poco más abajo de la falda de la montaña, sin previo aviso, quise renunciar a ese amor. Las vistas me abrumaban y la altura no me dejaba respirar sin hiperventilar. Las nubes se agolpaban entre ellas envolviendo la montaña en pura niebla espesa: no podía ver nada. Incluso, era incapaz de ver con nitidez a quienes me acompañaban en mi ruta.

Me quedé ahí. Me quedé en ese punto ciego y me acurruqué conmigo misma convirtiéndome en la niña pequeña que mi cuerpo añoraba. Me quedé ahí y lloré. Lloré sin más. Lloré en paz degradando mi corazón a una escala de grises.

Quedándome ahí, creía que estaba bien. Estaba sola, aunque las personas a mi alrededor me acompañaban. Cuando lloraba, lloraba sola y sin vergüenza: la necesidad de humedecer los ojos a causa del ardor previo a la lágrima no es algo por lo que deba sentirme avergonzada.

Todavía no había empezado a conocerme y algo dentro de mí quiso abrir las pestañas. Las cosquillas que ellas me hacían provocaron un pequeño rubor en un latido al azar de mi corazón aparcado en el asfalto. Mis palpitaciones comenzaron a ser un poco más apresuradas y mis piernas, sin previo aviso, cambiaron su postura. Mi cuerpo se estiró, los huesos crujieron al moverse mis articulaciones: ya no estaba dormida.

Tras despertarme en la parte más inferior de la montaña, alcé la vista: pude alcanzar a ver su pico. Tenía mis pies y fui consciente de que podía moverlos: me moví. Avancé con el pie derecho seguido del izquierdo.

Paré otra vez. Paré y observé las vistas que me esperaban justo delante de mí: mis ojos se humedecieron otra vez, pero ya no por el ardor, sino por el aire fresco que me acarició la piel sin avisarme.

Empecé mi escalada el mismo día que conocí a una persona.

Esa persona ya no está en mi vida: quiso irse.

Todavía estoy escalando la montaña de mi amor propio. Creo que he llegado, más o menos, a la mitad: estoy en lo que mis ínfulas poéticas simbolizarían como «vientre», y estoy mojando mis pies en la poza de agua fría procedente del ombligo.

Ahora me estoy centrando en mí. Me estoy tomando mi tiempo en mantener mis pies húmedos en el interior de mi propia frescura. La estoy sintiendo tan profundamente que, por ahora, no quiero moverme. Todavía no quiero levantarme. Quiero seguir apostada en el vientre de esta montaña, notando los «sube y baja» de la vida que estoy experimentando.

Sigue habiendo personas a mi alrededor y también soy capaz de verlas y sonreír sin sentirme forzada a hacerlo. Mi escala de grises ha recuperado los pigmentos del color. Mi cuerpo se siente ligero y ya no percibo obstáculos en mis articulaciones: mis huesos ya no crujen.

Los sabores han adquirido matices nuevos. El regaliz rojo tiene un sabor más intenso cuando lo saboreo pensando en mí. Por fin, la intensidad de su color rojo va a la par con su sabor. Quiero seguir aquí sentada, mojando mis pies y saboreando mi regaliz rojo.

«Todo irá bien»

A veces, la distancia se ve solo en los mapas. Para ella, era solo el hecho de que los cartógrafos dibujaron sus países demasiado lejos el uno del otro.

No quería admitir que, pasado todo este tiempo, la relación que había entre ellos se había consolidado aún más. Pero, a medida que iban pasando los meses, se daba cuenta de que 10179 km de distancia y siete horas de diferencia ya no eran el obstáculo que impedía la certeza.

Como en toda relación, hay días en los que las circunstancias no les permitía hablar. Ambos tenían su vida y no podían dejar de vivirla solo por haberse enamorado a lo lejos. De hecho, eran vidas tan distintas que, en ocasiones, ella se preguntaba si estaba soñando despierta o la situación era real.

Ya llevaban más de un año rezando por verse cara a cara y diciéndose cada día el mantra «todo irá bien».

Desde que decidieron —en muy poco tiempo— estar juntos independientemente de lo que ocurriera en el futuro, sus diferentes vidas encontraron una conexión «cósmica» sin que el mundo lo supiera. Nadie sabía cómo se iba a desarrollar su historia, ni siquiera ellos mismos.

Tenían la fe que su inesperado amor les brindaba a diario y la convicción de que lo que había entre ellos era fuerte.

Para ella, él supuso su curación; para él, ella fue el impulso diario que necesitaba para demostrarse a sí mismo —y al mundo cuando fuera el momento— que no hay nada imposible.

En aquel momento, ambos —podría decirse— eran la salvación del corazón del otro: su reencuentro con el amor tras muchos fracasos y después de tanta tristeza.

Alguno, quizá, pensaría que cuando se revelase su historia —demasiado inverosímil— el resto del mundo caería preso de los cuentos de hadas. Sin embargo, continuaba siendo un milagro poco común: dos personas completamente diferentes, localizadas en dos puntos del mapa totalmente distantes entre sí, poseen la reciprocidad que a mucha gente le falta y que es tan difícil de encontrar hoy en día.

Las contradicciones que les regala la distancia que hay entre sus cuerpos, ciertos días, eran como espinas con las una se pincha el dedo al intentar coger una rosa roja hermosa; alcanzar la perfección dentro de su relación podía ser una actividad tediosa para el alma libre. Al fin y al cabo, las perfecciones solo acaban definiendo el corsé que nos envuelve el pecho a la hora de profesar y reclamar los sentimientos.

La rosa es el símbolo perfecto para esta historia: es pura, es bella, es aromática, visualmente perfecta cuando sus pétalos están en su floración; sin embargo, conservar una rosa y que siga manteniendo estas características es lo realmente complicado. A veces, las espinas acaban doliendo tanto que puede dar miedo intentar acariciar a la rosa con el simple roce a un pétalo. Quien haya tenido una rosa, lo sabe: es el fruto del esfuerzo y del cuidado delicado —y dedicado—.

El corazón, pese a no entender las complicaciones con las que disfrazamos las emociones, sabe que si encuentra una rosa cuya fragancia ha sido dada por sí misma, ésta acaba llamándose «preciosa», ya que la reciprocidad no tiene precio.

Desde este recóndito punto del mapa —donde ella recibió su rosa— se envió la misma rosa, ya sin vida, habiendo abandonado su forma original y adquiriendo una silueta plana y esvelta despojada de su fragancia particular. Esa última vez, la misiva pareció llegar a tiempo.

No han vuelto a crecer rosales en su jardín. Tan solo queda un pequeño capullo de rosa totalmente seco pero que, increíblemente, aún se mantiene en pie alojando su tallo entre las piedras.

Me parezco a mi madre: yo también hablo sola.

Me susurro en voz baja, mientras me consumen las horas.

He tachado el día 26 del calendario. Los domingos suelen escurrirse por las grietas, después de la sobremesa. En mis recuerdos, los domingos siempre han sido días de familia, de carcajadas estridentes y divertidas, sentados alrededor de una mesa; y hoy no es menos, sigue siendo así.

Recuerdo una sobremesa en la que mi abuelo presidía el encuentro: mis primos y yo, la más pequeña, estábamos sentados de manera que se podía distinguir la visión de una escalera sobre nuestras cabezas. Recuerdo a mi tía con una melena larga y castaña oscura. Recuerdo a mi tío muy joven, mirándonos. Éramos pequeños, apenas sabíamos cortar el filete con el cuchillo: todavía tenían que ayudarnos a comer como es debido.

En aquella sobremesa, todos nos reíamos de cada cosa que salía de nuestros labios: cuando somos niños pequeños, tenemos esa gracia que provoca una sonrisa constante. Somos tiernos, cariñosos (algunos, yo no lo era), entrañables y achuchables. Y en este recuerdo en concreto, los tres primos estábamos para comernos, por la dulzura.

Recuerdo a mi abuelo, serio, dejando escapar sin remedio una carcajada que sonó en toda la casa. Fue una carcajada estridente, pero divertida, que nos hizo reír aún más si podíamos. En mi recuerdo no sé de qué va la conversación: no tengo ni idea de si su risa procedía de un comentario que hicimos uno de los pequeños, o de la conversación adulta de los mayores. Solo recuerdo aquella carcajada.

Hoy, durante la sobremesa, he escuchado otra carcajada. Esta vez procedía de mí misma: me estaba riendo, quizá de forma exagerada, por algo que había dicho mi tío, el de la moto; mi carcajada me hizo visualizar a mi abuelo presidiendo la mesa, justo donde estaba sentado mi tío (tienen la misma frente prominente, no es extraño: ambos se parecen), y por un momento me creí que estaba ahí.

Sentí la necesidad de fijar mi mirada en él, de perfilar con mis pupilas el filo de su rostro, de guardar para mí cada detalle, por mínimo que fuera, de su aspecto. Sin embargo, cuanto más fijaba la mirada, más me percataba de que se trataba de mi tío. 

El abuelo ya no está. Quizá mi carcajada le trajo de vuelta en una reminiscencia de lo que un día fue una sobremesa de domingo.

He tachado el día 26 del calendario mientras me consumen las horas, al susurrarme en voz baja.

Yo también hablo sola: me parezco a mi madre.

Todo queda en familia.

Existe una flor que se llama «No me olvides». Es una flor pequeña que tiene los pétalos azules y procede de Nueva Zelanda. Todas las flores tienen su historia y su propio lenguaje.

La leyenda que recoge esta pequeña florecita es muy simbólica y por eso me gusta: dicen que cuando Dios creó el mundo y se puso a dar nombre a las flores, esta florecita pasó desapercibida ante sus ojos (a pesar de haberla creado Él mismo) y cuando se percató de su presencia cayó en la cuenta de que todos los nombres ya habían sido dados. Por lo tanto, esta florecita le pidió a Dios:

— No me olvides.

Entonces, Dios le obsequió con el nombre de «Nomeolvides» haciéndole saber que sería azul como el cielo llevando en su centro tonos de amarillo y rojo. Esta pequeña flor acompañaría a los difuntos en su viaje, y a los vivos en el recuerdo.

Dicen que la flor «nomeolvides» protege del olvido y, sobre todo, permanece: es un símbolo de lealtad y fidelidad.

Otra de sus leyendas nos hace saber que cuando una pareja estaba paseando a las orillas de un río, la mujer vio un grupo de florecitas pequeñas y azules que llamó su atención. El hombre quiso acercarse más y, al no poder alcanzarlas, se lanzó al agua; cuando tuvo la flor azul entre sus manos, se la obsequió a su amada, pero él no pudo salir del agua y murió ahogado tras decirle a su mujer:

— ¡No me olvides!

Debido, posiblemente, a esa pequeña y dramática historia romántica la flor «Nomeolvides» es considerada símbolo del amor verdadero e intenso.

Una cosa curiosa es que encontramos a esta bella florecita en zonas solitarias, por lo que podemos recurrir a interpretarla como símbolo del amor que acontece en silencio, en la clandestinidad.

Lo que más me gusta del símbolo como recurso literario, es que el propio escritor puede darle un significado y el lector que le interpreta, le puede dar otro muy distinto. Esto siempre me ha encantado.

Hoy tengo una «No me olvides» sobre la mesa.

En mi lucha contra el olvido, te recuerdo.

Era una noche de invierno extrañamente cálida.

Sus ojos iban adquiriendo el color del cielo estrellado; sin embargo, sus estrellas brillaban apagadas. Su rostro adsorbía, poco a poco, la oscuridad que emanaba del silencio de la habitación. La sensación de soledad crecía paulatinamente mientras su deseo de quedarse encerrado en su zona de confort se apoderaba aún más de su cuerpo. Aunque quisiera recobrar las fuerzas de moverse y desplazarse a otra esquina de su habitación, resultaba inviable. Su cuerpo no se movía.

La luz opaca que desprendía la lámpara alumbraba poco y su aspiración de imaginarse más allá de esas cuatro paredes acabó desapareciendo de su mapa de ambiciones.

De repente, ya no era él mismo.

Las chiribitas que recorrían sus ojos se desvanecieron cuando todo acabó. Las pocas ilusiones que le hacían ser persona se esfumaron. Solo quedaba la amargura restante.

Todo acabó. Su vida, que ya de por sí significaba poco para él, ya no importaba. Le daba igual si vivía o moría. Aquel instante supuso su fin: lo que había creado, lo que había conseguido a lo largo de los años esforzándose por no volver a caer… se convirtió en cenizas de la noche a la mañana.

El trabajo de toda una vida, la felicidad compartida, los sueños cumplidos; todo se convirtió en polvo que el viento arrastró aquella mañana.

Con su desaparición, llegó la apatía, la congoja, la rabia, la desesperanza.

En ese momento, en esa noche de invierno con su calidez anómala, era todo o nada.

Aventurarse otra vez a subirse a la montaña rusa de las emociones ya no le impactaba: no había respuesta motora en su cuerpo, ni tampoco respuesta emocional a aquel estímulo.

Quizá es que realmente ya no quedaba nada de vida en su interior. Quizá simplemente se trataba de pasar el resto de los días hasta su muerte superviviendo al desencanto: el resultado de su experiencia era, en ese momento, vivir sin vivir.

No hacer nada. No actuar. No sentir.

— Te recuerdo.

— ¿Qué recuerdas?

— A ti.

— Nunca nos hemos visto.

— Yo sí te he visto. Yo te conozco.

— No creo.

— Hemos sido mucho más de lo que somos ahora.

— Nunca hemos sido nada.

— Te equivocas.

¿Se equivocaba? Esa corta afirmación, de la nada, hizo que aparecieran interrogantes que hacía tiempo que no se planteaba. Como si de magia extraña se tratase, estaba haciéndose preguntas en su interior, buscando en sus rincones alguna respuesta válida.

¿Estaría volviendo a sentir aquello que hace tiempo despertaba en él la curiosidad?

Él, de la noche a la mañana, estaba volviendo a dudar.

Entonces recordó: la duda le hizo descubrir, y descubrir le hizo querer crear.

Aún en la apatía, recordó. Era un paso hacia volver a sentir: lo que vuelve a pasar por el corazón suele despertar aquello que queda dormido, que creemos desaparecido y, en realidad, permanece latente.

— ¿Qué estás haciendo?

— Recordarte.

— ¿Qué estás haciendo ahora?

— Intento hacerte recordar.

— ¿Recordar qué?

— Recordar lo que fuiste. Fuimos.

¿Fueron algo?

Su ensimismamiento le había hecho creer que estaba solo en su habitación, que no había nada, que hablaba consigo mismo como muchas otras veces.

Recobró la consciencia sobre sí mismo y miró a su alrededor: noche, invierno, lámpara encendida, estrellas queriendo asomarse por la ventana, su cuerpo, otro cuerpo, la cama, su habitación, el techo.

Todavía estaban tumbados en la cama que había sido partícipe de su encuentro momentáneo.

La noche todavía se cernía sobre sus cuerpos desnudos. Aquella calidez envolvía el ambiente pese a la fría expresión de su rostro. La inmovilidad que impedía que su cuerpo hiciera algún movimiento seguía controlando sus impulsos. Aquel acto había supuesto ya demasiado esfuerzo para él: quería dormir.

Cerró los ojos. Todo volvió a ser negro: la luz opaca de la lámpara se hacía más tenue con las persianas bajadas. Parecía que sus pestañas querían revelarse contra él, ya que notaba cómo rozaban levemente sus pómulos, cosquilleando.

Abrió los ojos. Ella seguía observándole. Su miraba penetraba en sus ojos. Pudo ver, a través de ella, la intensidad con la que ella le miraba. Esa calidez que ya había presentido al caer la noche, abandonaba su ambigüedad para hacerse notar aún más: el calor incrementaba su temperatura corporal. Los latidos de su corazón casi inerte comenzaron a acelerarse. Su respiración se entrecortaba a medida que ella fijaba su mirada en él.

— ¿Qué fuimos?

— Nosotros. Fuimos nosotros.

— ¿Cómo?

— Así.

Ella se acercaba despacio, desplazándose de un lado a otro de la cama. Extendió su mano hacia su pecho todavía resplandeciente por el sudor que aún quedaba. Apoyó la palma justo encima de su corazón.

— ¿Lo notas?

— ¿Qué?

— Tus latidos.

— Que el corazón late no es una novedad.

— Tus latidos se aceleran.

— ¿Y qué?

— Ellos me recuerdan.

La incertidumbre y la duda se colaban en él, como las gotas de lluvia caen sobre la roca, marcándola.

Seguía sin saber de qué conocía a esta persona. Le daba rabia no acordarse de haberla visto antes.

A medida que experimentaba esa rabia repentina, se iba dando cuenta de que había sentido algo. Estaba convencido de que no volvería a sentir nada desde que todo acabó.

La imagen de las llamas creciendo delante de él apareció en el mismo momento en que él quiso extender su mano y acariciar la melena larga y ondulada de su interlocutora. Ya no había nada que acariciar. Se había desvanecido con la humareda de las llamas.

Recordó. Ella desapareció aquella noche: una noche de invierno en la que una sensación de calidez le abrigaba mientras dormía. Él pensaba que era ella, que sus cuerpos estaban entrelazados y por eso el calor recorría su cuerpo. Pero no. Ella no estaba en la cama esa noche. Las llamas sí.

Abrir los ojos se convirtió, de la noche a la mañana, en su pesadilla particular: ella desaparecida, las llamas consumiendo su hogar, esa sensación cálida destruyendo todo.

Incorporándose, se sentó en la cama y vislumbró ante él los primeros rayos de luz del día.

— Ya es por la mañana.

La cama estaba totalmente deshecha. Él se encontraba bañado en sudor, jadeando. Una mañana más, solo estaba él.

Volvió a tumbarse golpeando el colchón con el peso muerto de su cuerpo.

— He vuelto a soñarte.

Observaba el color gris perla del techo. Pensaba. Recordaba.

— ¿Quizá estaba olvidándote? ¿Por qué vuelves a desvanecerte al despertarme?

Cerró los ojos.

Su imagen está ahí, delante de él, flotando en medio de la oscuridad. Otra vez esa sensación de extraña calidez.

Abrió los ojos.

— Incendio.

Igual que la palabra salió verbalizada de sus labios, las llamas empezaron a envolver su cuerpo crepitando. El ardor y el dolor consecuente era todo lo que podía sentir en ese momento. Sin embargo, entre el crepitar de su cuerpo al contacto con las llamas pudo vislumbrarla a ella.

Él se aferraba a su imagen borrosa a pesar del dolor, a pesar de la ardiente sensación de estar consumiéndose y haciéndose cada vez más pequeño.

— Ya está. Estoy contigo. Estamos juntos.

Las cenizas descansaban en la urna.

Mientras, sus allegados sollozaban su pérdida.

— No volvió a ser el mismo desde que ella se fue. Ahora, por lo menos, está con ella.

— ¿Colocamos la urna junto a la de ella?

— Sí. Después, ordenaré que hagan una placa en la que se lea lo que siempre decían los dos: «Recordar es volver a pasar por el corazón de quienes nos conocen».

— ¿Qué significa?

— Significa que recordarles nos hará volver a sentir.

— Siempre fueron personas con un profundo entendimiento… Ojalá todo el sufrimiento acabe aquí.

Cerrando el columbario, se despidieron.

Tremendo contraste entre el crepitar del fuego en su comienzo y la paz de la ceniza.

José Luis Coll.

En ocasiones, necesito pararme a respirar y pensar con claridad.

A veces, sin siquiera esperarlo, todo mi mundo se colapsa y mi mente empieza a arremolinarse en sus pensamientos sin conseguir nada. Cuando esto me ocurre, observo a mi alrededor y respiro profundamente: noto cómo el aire entra en mis pulmones y mi pecho se expande, percibo los sonidos que me rodean y dejo que todo lo que está en el mismo espacio que yo me invada. Durante este proceso, mantengo mis ojos cerrados.

De repente, empiezo a sentir que estoy viva: mis palpitaciones aceleran su ritmo cardíaco y mi respiración, lentamente, se hace notar cada vez un poco más.

Al abrir los ojos, mi sentido de la vista (borroso al principio) se agudiza y enfoca justo lo que tiene delante: las puestas de sol siempre me han cautivado. Me recuerdan que, aunque el día acaba, otro día empezará.

Cuando he llegado a casa, aparte de lidiar con mi dolor de cabeza, he sentido el ímpetu de reorganizar mis estanterías: muchos de mis libros adquiridos (y recién leídos) no tienen su sitio porque otras cosas que debería haber desechado ocupan espacio.

Los objetos acaban siendo como las emociones: si no los organizas y descubres por ti misma el valor que tienen para ti, acaban ocupando un espacio importante que, tal vez, no es el que les corresponde.

Al fin he generado el espacio que mis libros necesitan y el nudo que tenía en el pecho por fin se ha desecho.

Antes de que el día terminase, he abierto la nevera y he sacado una botellita de zumo de naranja que mi madre trajo de Portugal esta mañana. Lo siento por ella, pero estaba sedienta y me lo he bebido.

Mientras tanto, mi app de música reproducía, una a una, todas las canciones que tengo guardadas: la voz de John Park me sigue emocionando, no importa cuántas veces la escuche.

La lengua coreana me ha cautivado desde que la descubrí, y las canciones interpretadas por voces como las de John Park, 10cm, Lee Min Ho, Lee Seung Gi, Lee Mu Jin, J.Don y grupos como N.Flying me hacen soñar despierta. Es raro, pero es cierto.

¿Por qué estoy escribiendo todo esto ahora mismo? Simplemente quería escribir.

He estado reorganizando mi Arca de las palabras y me he dado cuenta de que hay palabras que nunca han visto la luz.

Escribiendo ahora mismo quiero hacer eco de esas palabras que nunca atreví a iluminar con la luz de vuestras pantallas. Hay un documento pretendiendo clasificarse dentro de mi carpeta de Reflexiones que se titula Escritura automática. En él, mi yo de 2020 empieza a divagar sobre los pensamientos y emociones que tendría entonces. No me apetece volver sobre cuestiones que a mi yo de 2023 ya no le conciernen, pero sí hay detalles que me gustaría rescatar.

Algo me impide ver la luz al final del túnel.

¿Por qué estoy escribiendo ahora? La respuesta es sencilla: escribir siempre me ha ayudado a descubrirme a mí misma… Quizá, esta vez, la escritura me revele qué es lo que mantiene a mi cerebro tan inmerso en la oscuridad.

Se llama «escritura automática». Es una técnica inventada por los vanguardistas de la literatura: simplemente te dedicas a escribir lo que pasea por tus pensamientos, puede tener sentido o no. Después, al volver a leer lo que se ha escrito, uno puede «descubrir» aquello que ha estado siempre ahí pero que no ha sido capaz de ver hasta el momento de escribirlo. Funciona. Lo garantizo. Resulta que a mí me ha funcionado muchas veces: quizá porque escribo con metáforas, o porque leerme a mí misma es como intentar salir de un laberinto cuya salida suele estar disfrazada de emociones que no quiero afrontar sola.

¡Oh! ¡Ya han salido las emociones! Sí, estoy emocionada. Quizá porque todo lo que está pasando a mi alrededor me sigue dando miedo. Yo era de las que buscaban la mano de su abuelo cada vez que se asustaba. Ahora él no está. No tengo a nadie que pueda darme la mano cuando me asusto de verdad. ¿Papá? Él es feliz viajando de un país a otro transportando mercancías. ¿Por qué molestarle? Mamá está demasiado ocupada trabajando y sacándonos adelante… y aunque adoro a mi abuela, preocuparla con mis sentimientos es lo último que quiero.

¡Mira qué curioso! Ha sido empezar a escribir sobre mi familia y empezar a derramar lágrimas. El problema que me carcome por dentro debe estar ahí.

Cuando empezó todo este asunto del Coronavirus y las escandalosas cifras de contagios y fallecidos, no podía evitar pensar en que podría ser el final… que podría no volver a ver a mi familia, que podría dejar de sentir los abrazos que tanto necesito cada vez que empiezo a temblar. No dejaba de pensar: «¿y si les pierdo? ¿Y si lo último que he podido decirles no ha sido “te quiero”? ¿Y si no puedo despedirme? O peor aún, ¿y si desaparecen sin que yo me entere?». Ya pasó eso mismo con papá hace quince años. Desapareció sin dejar rastro después del divorcio y resultó que estuvo viviendo en Colombia durante cinco años, se volvió a casar y volvió como si nada comprando mi cariño con dinero (odio que la gente haga eso, el amor no se compra). Sigo teniendo miedo. Me sigue dando miedo despertarme y descubrir que alguien ha desaparecido, que me han dejado sola, o que yo les voy a dejar solos. También me da miedo.

Ahora que he empezado a ver otra vez la luz del sol, no quiero volver al pozo del que me ha costado tanto salir. No quiero volver a experimentar estar meses enteros sin poder escribir una palabra. No quiero volver a sentir que no tengo vida.

Llevo cuarenta y cinco minutos escribiendo mis pensamientos. Esperaba que Morfeo me llevase al mundo de los sueños, y así parece estar siendo. Sin embargo, acabo de empezar otra página, y no me gusta dejar de escribir cuando tengo toda una página en blanco por delante.

Es curioso que cuando te propones escribir porque piensas que debes hacerlo, no puedas. Es lo que me está pasando justo ahora: quiero escribir porque tengo la convicción de que dejar una página en blanco es desperdiciar papel, y me obligo a mí misma a seguir escribiendo… No debe ser bueno. José Hierro dijo una vez que la poesía se escribe cuando ella quiere, y tenía toda la razón: no puedes forzar lo que no sale por sí solo. Él hablaba de poesía, pero creo que se podía aplicar a la escritura en general. No puedes forzar la creatividad, si no, puede acabar convirtiéndose en un lastre.

Rocío, 2020 – 25 años.

Al leerme después de tanto tiempo, me he reorganizado interiormente: mis emociones, últimamente, son un caos que se revuelve cada vez más y soy incapaz de pensar con claridad.

Al observar a mi alrededor, los niños se estaban riendo, sus padres les miraban y conversaban entre ellos dejando sonar en el ambiente de la piscina alguna carcajada. Quizá Dios me puso aquí para ver esto y sentir que sigo estando viva: aún río, aún lloro, aún sueño despierta.

Respiraba profundamente dejando que sus risas inundaran mis oídos y, a la vez, sentía cómo iba percibiendo la brisa cálida haciendo honor a los 33ºC de ese momento. Cuando cerré los ojos, todas sus voces me abrazaron: mi pecho se expandió, las palpitaciones de mi corazón aceleraron su ritmo y mi respiración bailaba con los sonidos que me rodeaban.

En el momento en que mis ojos se abrieron, el sol se estaba poniendo: este día acaba, pero otro día empezará.

Es mucho más fácil empezar a escribir en tiempo pretérito.

Cuando se sabe perfectamente de qué se va escribir, se escribe.

El presente, el tiempo verbal, se caracteriza por la coetaneidad[1] entre las palabras y lo que describen: una relación íntima y explícita entre lo que se escribe y este momento, comúnmente conocido como ahora.

A pesar de que la acción se está llevando a cabo ya, todo buen escritor introduce a sus lectores en el mundo de sus personajes.

Este personaje[2], que vive viajando, tiene al mar encerrado en su mirada: imagina unos ojos bien perfilados con sus pestañas y de un color azul tan intenso que si los miras fijamente, te pierdes en el infinito. Algunas personas cuentan que al mirar sus ojos, se olvidan de lo que están pensando, o simplemente no piensan en nada cuando se dedican a mirar porque lo ven todo a través de sus ojos. Siguiendo al pie de la letra el canon de belleza griego, este personaje es alto y esbelto y guarda cierta simetría en el rostro y en el cuerpo. Las matemáticas le acompañan, no solo en el físico sino, también, en su formación: sabe hacer arañas que andan solas.

Ahora, imagínate a un hombre de más o menos treinta años con expresión adolescente y seria, rubio, ingeniero industrial, que está esperando a alguien en una zona bastante concurrida.

La persona a la que está esperando el joven personaje llega tarde y no puede sino ser comprensivo y aceptar el retraso.

***

Están en su apartamento, charlando (o intentándolo) mientras se beben tranquilamente unas cervezas. Él le cuenta a su interlocutora tantas cosas, que espera que ella, amablemente, siga con la conversación. Su personalidad dominante, su estilo de vida, sus intereses, quizá imponen a su compañera de dialéctica; y él sigue esperando que ella prosiga.

***

Al personaje con el que te vas a encariñar, y al que echarás de menos cuando esta historia termine, le encanta la buena conversación: si es posible que haya connotaciones sexuales en la sintaxis, mejor. Pero como cualquier técnica conversacional es buena, parece conformarse con lo poco que le cuenta su amiga, con la incansable y necesaria ayuda de la cerveza.

Le encanta coger la batuta y dirigir la sinfonía. Le gusta ser consciente de lo que está haciendo, y de que lo está haciendo. Le encanta experimentar en el sentido más amplio del término: cualquier situación que implique a más de dos personas le llama mucho la atención, le mantiene encantado. Por eso busca. Busca nuevas experiencias. Quizá busque algo más, algo que se encuentra abstracto y que, al igual que las cosas innombrables, se convertirá en algo concreto cuando por fin le ponga un nombre a lo que está buscando. Nominavit et fuit, «fui nombrado y existí». Será un proceso lento, puede que doloroso incluso, pero sin duda será intenso y placentero.

Existe una expresión popular que describiría bastante bien a Simón: «siempre va hecho un figurín», va bien vestido y es muy profesional. Además, lleva su pelo rubio perfectamente engominado y colocado de manera muy estricta: si tienes ocasión de coincidir con él, no le toques el pelo, no le gusta nada.

Para salir y disfrutar del aire libre (nada puro y contaminado) de Madrid, se suele poner un abrigo (dentro de las variedades que existen, una de ellas) y llevar las manos en los bolsillos, mientras espera.

***

Ella lleva puesto un antifaz, y se pueden distinguir perfectamente las curvas que forman el contorno desnudo de su cuerpo. Él se dedica a observarla mientras juega con ella: sabe perfectamente cuál es el punto exacto para la excitación femenina, y juega con su secreto; ella lo siente, y lo expresa tal y como lo siente. Son practicantes de una dialéctica distinta, aquí ya no valen las palabras: juegan con los sentidos, y el disfrute del placer.

Podría ser la versión española de Historia de O. Quizá, más adelante, se pueda añadir algún apunte sobre O; por ahora, es una pieza más del puzle de Simón, un nombre más, una varilla más en su amplio abanico de experiencias. La diferencia, quizá, con el resto de varillas es que ésta lleva tatuada la originalidad de un perfil modernista, abierto y flexible de una mujer literata.

«Saltar en la cama» es una expresión que los niños utilizan cuando hablan de sus padres y sus aventuras amorosas. Ellos no saltan. Viven ajenos al tiempo hasta que es necesario tener consciencia de la hora (quizá hacen saltos temporales). Ellos se deslizan, o se quedan inmóviles en el suelo: ella se queda inmóvil, conteniéndose, mientras él se comporta como un buen hedonista y hace que su compañera disfrute tanto como él pueda hacerla disfrutar. Así adquiere placer, así alimenta el morbo.

Sí, este tipo de matices sexuales son los que Simón quiere escuchar en boca de su amiga. Poco a poco. La sintaxis es un mundo oscuro lleno de predicados, de sintagmas verbales y verbos que actúan… Filosofando, quizá la dialéctica de la acción verbal es la que propicia, luego, la dialéctica conversacional: están tumbados en la cama, dialogando (ella más que él), después de haber alcanzado el clímax, comúnmente llamado orgasmo (o para los fans de Aristóteles, catarsis).

Ya es la hora. Ella tiene que irse.

***

Por primera vez ella llega antes de que él la esté esperando. La puerta se abre dejando ver al trasluz la silueta de Simón. Al entrar, la puerta se cierra.

Están hablando. Se percibe una evolución en su reciente amistad, a ella se la ve más suelta y a él más embelesado con su nueva amiga. Al mirarse el tiempo parece correr más rápido. Va a ocurrir algo, tiene que ocurrir algo.

Los nervios están a flor de piel mientras ella espera que él le revele algo, parece ansiosa por saber lo que puede ocurrir.

Siguen hablando y disfrutando del sabor amargo de la cerveza. En esta ocasión no hay tanta distancia entre ellos: ella está cerca de él, al alcance de su mano, a un abrir y cerrar de ojos de sus pensamientos. Él le acaricia el muslo, y ella responde con una sonrisa. La calidez del ambiente les anima, les incita, y siguen aprovechando cada minuto que deja pasar la manecilla del reloj.

Se respira intensidad entre las burbujas de sus bebidas… Están esperando.

***

Ella se levanta y busca algo entre sus cosas: algo azul, de goma, largo y dividido en secciones numeradas. Parece elástico. Le enseña a su amigo lo que puede hacer con eso: se pone un extremo de la goma en un pie, y el otro extremo en el otro pie, hasta que se ve la finalidad de tal cosa. Está sentada en el suelo, con las piernas completamente abiertas, decidida a que su compañero de dialéctica la contemple mientras exhibe su hazaña.

Sigue enseñándole otras posturas que, a la vez que interesantes a la vista, son  bastante sugerentes. Los matices sexuales se encuentran en el aire, y ella lo sabe. Él también lo sabe, pero sigue esperando.

***

Ella se ha puesto un tanga con la forma modernista y rebelde de una mariposa con las alas extendidas. A él le gusta. Ella se acerca para que él pueda contemplarla, y tocarla, y experimentarla tanto como quiera. Eso le encanta. Acaba colocándose a horcajadas sobre su amigo mientras le transmite un mensaje en un susurro. Es una mujer distinta, algo más atrevida… Él observa y sonríe, y emplea sus labios para otro uso de la dialéctica que ya se ha mencionado. Los besos… Ese idioma tan selecto y sensitivo… Ella va gritando en silencio que la bese.

***

No pueden evitarlo, no dejan de mirarse. Se besan, y al besarse se miran, pero con los labios. Se trasladan a la cama en un ir y venir de sensaciones: ella se encuentra tumbada, con sus piernas en posición citológica, a la espera de que él se acerque más y más, y la bese. Siguen siendo labios, aunque distintos. Sigue siendo ella, desinhibida, humana, libre… Sigue siendo la evolución espontánea de sus variedades dialectales, del juego de lascivia entre dos lenguas. Siguen hablando, sin palabras, entre ellos.

Dialéctica en auge.

Ella tiene los ojos cerrados, y él se humedece los dedos en lubricante artificial, de color melocotón, y olor a primavera. Empieza a jugar con sus dedos y el culo de su amiga, y a ella le gusta. Por su expresión, descrita por ella misma como metáfora del placer, le encanta.

Se miran, se preguntan, se sostienen la mirada.

Por fin llega el momento en el que él empieza a follarla, y empieza suave, con delicadeza, hasta que el ritmo acelera junto con la respiración. Ella está encantada de sentirse útil, si ella disfruta, él disfruta. Reciprocidad. Eso le gusta.

Se pone a cuatro patas, y sigue follándola por detrás. Ella no desperdicia el momento de expresar todo el placer que siente.

Dialéctica sensorial, auditiva, gemido a gemido…

El tiempo no se ha detenido, ella se va.

***

Los días pasan y él intenta sorprender a O. ¿Lo logrará?

La oscilación que va y viene en sus conversaciones tiene a O nerviosa, impaciente, ansiosa… Se pasa los días haciendo la cuenta atrás en versos. Vive entre la espada y la pared, entre el deseo y la responsabilidad… Los saltos temporales con Simón son como pequeños oasis de placer en un largo desierto que consume su tiempo.

Está escribiendo. Se percibe el sonido de las teclas bajo sus dedos. ¿Qué estará escribiendo?

De vez en cuando mira el móvil, lo deja, lo vuelve a mirar y lo vuelve a dejar.

Mira el reloj, observa cómo las manecillas se mueven, consumiendo cada vez más tiempo. Se levanta y al levantarse nota que la falda, larga y blanca, se le ha enganchado en las ruedas de la silla… Resopla. Sonríe. Abre su mochila y comprueba que lleva todo lo que necesita. De repente alza la vista hacia la ventana y se queda inmóvil, pensativa, mirando.

Reacciona, coge su L y se va.

***

Pronto se irá. Estos últimos días se ha dedicado a organizarlo todo antes de su viaje… Madrid solo es una parada en su recorrido por la vida, él vive viajando, ¿recuerdas? Prepárate para echarle de menos cuando se vaya, porque las persianas estarán bajadas, y las ventanas, cerradas.

Ella serpentea, con el cuerpo dolorido, en busca de un momento más. Necesita más momentos que complementen su visión de la vida, momentos que enriquezcan su mundo, caótico y oscuro. Si fuera ella, estaría deseando ser un ser fantasmal e invisible para poder observar, a través de su ventana (que siempre ha estado cerrada y oculta) cómo es su día a día… Desearía contemplarle mientras se ducha, y quedarme absorta deleitándome con su cuerpo simétrico irradiando belleza. Desearía ser partícipe de cómo se gana la vida, ¿qué hay en su cabeza? Pero no soy ella, no puedo decidir por ella. Solo soy su conciencia, esa vocecita que elabora el pensamiento que posteriormente se transmite con los labios.

Siempre me ha gustado el juego de la ventana indiscreta, y he querido jugar. Yo, la conciencia, he sido narradora de los hechos que he podido ver a través de los ojos de O. Sí, los ojos son ventanas. No, no son ventanas reales. Sí, son simbólicas. Ya he dicho que O es literata: algo de literatura tenía que haber. Si los ojos son ventanas, los párpados son las persianas… Cuando él se vaya, O cerrará los ojos, bajará las persianas de sus ventanas, y recordará.

Recordará todo lo que ha experimentado con su amigo, recordará sus clases de dialéctica… Se arrepentirá, quizá, de no haber hecho tanto uso de su técnica dialéctica cuando estaban conversando. Y deseará, porque la conozco como si yo fuera ella misma, volver a revivir, momento a momento, escena a escena, cada una de las palabras que salieron de sus labios (los de él)… Echará de menos la comunicación a base de fluidos, sus charlas eróticas de poca sutileza; querrá, sobre todo pronóstico, volver a ver a este amigo que, desde el principio, supuso un misterio.

Hoy sigue siendo un misterio: un misterio que querrá seguir resolviendo y que espera poder resolver cuando vuelva. ¿Encontrará lo que busca? La prolífica y perturbada imaginación de O quiere pensar que aquello que ha experimentado con ella ha sido útil para él… Con el tiempo lo sabremos.

Se han bajado las persianas, y las ventanas están cerradas. No veo nada, pero lo siento: siento el ritmo que marcan las palpitaciones, siento el cosquilleo que acaricia sus entrañas, siento la levedad de esta enumeración de pensamientos, siento cómo arraiga el recuerdo en el proyector de la memoria: sigo sin ver nada, pero siento sus labios besando los míos.

Al cerrar los ojos
lo veo:
veo la oscuridad
necesaria
del antifaz,
veo la levedad
y el espacio atemporal
de este momento…
Al cerrar los ojos
lo siento:
siento la intensidad,
la intensidad recorrida
por tu lengua;
siento el efecto
del beso,
del beso en los labios
que baila al contacto…
Al cerrar los ojos
te veo en el recuerdo,
te siento en el cuerpo;
al cerrar los ojos
sueño al pensar
o pienso al soñar
que quiero una vez más.

Todavía no se ha ido y O recuerda aquel comentario que le soltó acerca de su apego por el idioma de los besos… Recuerda el momento exacto en el que le preguntó si podía hacer una cosa, y no pudiendo ser más predecible, le besó sin siquiera pararse a pensar si estaba fuera de lugar: el beso es un idioma muy personal, íntimo, y para algunas personas llega a ser simbólico. O habla a través de los besos, sigue utilizando los labios, y en cierto sentido sigue siendo una técnica dialéctica.

Hablar besando
es un elemento nuevo
de mi idioma inventado:
un elemento lírico
donde los labios
y la lengua
juegan a ser libres…
Comunicarme contigo,
con cada beso,
es un artificio
de mi lenguaje
(específico y distinto)
de miradas sostenidas
y silencios nerviosos…
¿Jugamos?
En cada beso, una palabra,
y en cada mirada
miles de preguntas
no verbalizadas…
Así es como hablo:
besando.

Y todavía piensa (filosofa) en el próximo encuentro con su amigo, ¿será capaz de hablar un poco más? ¿Habrá evolucionado? ¿Saldrá de su crisálida y extenderá sus pensamientos? Son incógnitas, misterios, que tarde o temprano acabarán resolviéndose solos.

Mírame, Filosofía,
a través de los momentos
(momentos etéreos);
mírame a través del mar
al bucear en mi realidad…
Enséñame dialéctica
mientras yo te enseño
(en primera persona
y desnuda)
lo que quieras…
Enséñame a enseñarte
las variedades dialectales
de mi lengua ensimismada,
enséñame tu idioma:
el de los pensamientos,
que yo te enseñaré,
Filosofía,
la dialéctica de los sentidos.
Así, frente a frente,
lengua a lengua,
nos entenderemos.

***

Esta noche O se ha puesto a escribir y he sido partícipe de su proceso de escritura, le ha escrito otro poema… Esta vez le pide que la salve.

Rescátame,
querido amigo,
del precipicio
(oscuro y vacío)
de los sentidos:
rescátame del tacto
y de su olvido,
rescátame del silencio
que atraviesan mis oídos,
rescátame del gusto
amargo
de la cerveza sin tus halagos,
rescátame de la luz del sol
que atormenta mi vista
y me hace partícipe,
querido amigo,
de tu ausencia;
rescátame de los perfumes
de ciudad madrileña
que pasean por mis napias
atravesando mi olfato
al llegar a Callao.
Rescátame,
llévame.

***

Es de noche. ¿Qué estará haciendo? Quizá esté soñando. Yo sólo sé que O está deseando meterse en su cama, envolverse entre tonos malvas, y volver a sentir el tacto de su piel a través del roce de sus cuerpos. No hablo de sexo. Hablo del imperio de los sentidos, de sentir: de saborear, de contemplar, de escuchar, de acariciar, de inspirar profundamente hasta conseguir quedarte dormido y, entonces, pedirle a Morfeo el privilegio de soñar.

Buenas noches.


[1] Palabra posiblemente inventada.

[2] Expresado así debido a la peculiaridad de sus cualidades.

Diario de una melancólica Pierrot

Pierrot.
Dibujo de Federico García Lorca (Buenos Aires, 1934).

Muchas veces intento llorar y no puedo. Mis lagrimales están tan encariñados con sus lágrimas, que no quieren dejarlas ir. A mi corazón le pasa lo mismo que a mis lagrimales: no quiere dejar escapar a las emociones… Los sentimientos se quedan haciendo piña en el músculo, palpitando al unísono.

¿Qué ha pasado? ―me preguntaréis―, y os lo diré: un amigo se ha marchado, y no es el hecho de que se haya marchado lo que me tiene en vilo… Es el arrepentimiento de no haber actuado cuando pude haberlo hecho. Él me insistió en ello. Pasarán tres largos meses antes de que pueda volver a verle, y todas esas cosas que me habría gustado hacer, y no he hecho, se quedarán en el tintero hasta entonces. Me da rabia. Me da mucha rabia ser consciente de mi lentitud, de ser una rezagada, una mujer de efecto retardado. Estoy harta. Se ha ido. Tengo el corazón en un puño, no de tristeza, sino de rabia. Tengo una mano metafórica sujetando el músculo cardíaco, que se dispone a ahogarlo lentamente, solo para castigarlo.

«¿Por qué callé aquel día» y «¿por qué no lloré yo?» son dos versos de Bécquer que se han quedado grabados a fuego lento, y en carne viva. Sin embargo, no escarmiento. Mi corazón decide desplegar sus alas en el último momento, cuando quizá es demasiado tarde.

El mar de sus ojos me ha penetrado tan profundamente el alma que, sin pretenderlo, ha ocasionado una erosión… una cicatriz sangrante que desea convertirse en tatuaje: una cicatriz tatuada e imperecedera como símbolo de esa rabia que se expande.

Pensamos igual, congeniamos, nos gustamos… ¿Cuál es el problema? El tiempo es el problema. El tiempo acaba siendo juez y verdugo de los acontecimientos: todo lo que ha acontecido, todo lo que hemos vivido juntos, será juzgado por el tiempo, a medida que pase (esos tres meses de distancia espacio-temporal); ¿quién sabe qué ocurrirá en tres meses? ¿Quién sabe si dentro de tres meses seguiremos bajo el hechizo del encanto?

De verdad, intento llorar, pero las lágrimas no quieren abandonar las pupilas: prefieren hacerlas brillar. Llorar es un acto de liberación: en el fondo, no quiero liberarme, no me siento merecedora de tal liberación.

En seis actos, pudimos conocernos profundamente y guardar en el archivo memorístico de nuestra cabeza cada momento, cada escena, cada aliento tras cada beso. Ha sido una obra de seis actos. Me siguen pareciendo pocos… Quizá más actos habrían acabado por saturar nuestra base de datos. Quizá el tiempo estaba medido desde un principio para ser tan escaso y dejarme con ganas de más.

Quiero pensar que me encuentro bajo el hechizo del encanto, y que tarde o temprano se me pasará este enmarañado de hilos del pensamiento. ¿Le ocurrirá lo mismo? ¿Seré tan importante para él como para que se haga esta misma pregunta? Es un misterio. Él es un misterio.

Tengo tantas ganas de hablar con él. Tengo tantas ganas de saber. Saber qué pensamientos se dedican a pasear por su cabeza, saber si de verdad está planteándose hacer una araña que anda sola. Saber si alguna vez pensará en contarme cualquier cosa.

No puedo evitar pensar en que puede ocurrir lo mismo que ocurrió con Samuel: se fue diciendo que por supuesto que quería seguir en contacto, hasta que pasados unos meses se volvió distante, hasta perder el contacto por completo. Nuestra amistad se acabó el mismo día que se fue de Madrid. Eso que dicen acerca de que unas experiencias influyen en el proceso de otras, es verdad. Aquella experiencia está influyendo en mi modo de ver el mundo. A pesar de que sus nombres empiezan por S, no tiene por qué ocurrir lo mismo. ¿No?

Sigo intentando llorar, en el fondo necesito liberarme de la culpa que me ahoga. Maldito silencio. Me quito las gafas para intentarlo. Me dijo que le gusta más mi cara sin las gafas. Pues a mí me encantan sus gafas. Está, incluso más atractivo con ellas. Hay tantos gustos como colores en el mundo.

A veces creo que el afán de querer saberlo todo, de querer controlarlo todo, es más bien una desventaja…

Por fin estoy llorando. Necesitaba releer nuestras conversaciones, palpar sus palabras con mis ojos… Darme cuenta de que, aunque haya sido solo un entretenimiento para él, a mí me parece honesto y sincero.

Voy a llorar. Lo necesito. No por tristeza, sino por rabia.

Tal vez, haber abierto mi alma de par en par en el pasado ha sido lo que me ha hecho contener mis pensamientos esta vez. Tal vez por miedo, o por precaución… Llámalo X. El caso es que tenía el temor de que, al final, acabara haciéndome daño.

Como he dicho, el tiempo juzgará y optará, bien por separarnos del todo, o bien por mantener el encanto. Científicamente, el hecho de que el encanto pudiera mantenerse… es poco probable. El poder de las hormonas y las sustancias, según mi hermana.

Hubo una época en la que quise tornar en piedra: ni sentir, ni padecer. No funcionó. Todo lo que no quise sentir, todo lo que no padecí en su momento, me pasó factura después. Fue una factura muy larga, cuyo número de lágrimas se ahogó en ellas. Por eso ahora, siento y padezco, porque es necesario experimentar a través de los sentidos, y padecer los sentimientos. Lo necesitas para madurar, para evolucionar. Necesitas los sentidos, y los sentimientos, para ser tú mismo. Soy de esas personas que prefieren decir lo que sienten, pese a pasarlo mal después.

¿Qué narices estoy haciendo? ¿A quién le importa cómo pienso? En teoría, él me dijo que le interesaba saber qué pienso… Ahora me da miedo hacerle saber mis pensamientos. ¿Y si empiezo a agobiarle? ¿Y si…? Este tipo de preguntas no me gustan nada. Cartas para Julieta me enseñó que cuestionarse la vida de esa forma, es perder el tiempo. Yo no quiero perder el tiempo, quiero aprovecharlo.

Acostumbrada al mensaje instantáneo y a las respuestas rápidas, no tengo la paciencia suficiente como para esperar el tiempo que haga falta, hasta que vuelva a contactar con esta servidora (nunca mejor dicho).

Locuras aparte, estoy más calmada. El hecho de escribir sobre lo que pienso, siento y padezco, me ayuda a liberarme de la vida encorsetada socialmente.

Este amigo se ha cruzado en mi camino, y ha marcado bien su huella. Ni el mar encerrado en sus ojos podría borrarla. ¿Es posible que haya empezado a quererle? Veo un jardín inmenso delante de mí, con colores imposibles y flores que no existen. Eso tiene que significar algo.

Echo de menos pequeños detalles, como que se levante a servirme otra cerveza al darse cuenta de que la mía ya se ha acabado. Siempre acaban echándose de menos las últimas veces que se ha hecho algo: yo echo de menos todas y cada una de las veces que nos hemos encontrado.

Hoy se ha ido, y ya echo de menos nuestros encuentros (por el hecho de que se ha ido). No quiero pensar en el día de mañana…

Mañana será mañana. Las persianas están bajadas, y las ventanas, cerradas. No pretendas ver lo que no puedes ver.

Estoy nerviosa, tengo un pálpito. Va a ocurrir algo (siempre ocurre algo), pero va a ocurrir algo que va a cambiar mi vida. Siempre he sido un poco profeta, mis sueños se cumplen… y mis pálpitos acaban teniendo sentido al paso del tiempo. Otra vez el tiempo…

Quiero escaparme de esta vida, reencarnarme en una mariposilla y poder tocar su nariz en un arrebato de locura. No, no quiero morir. Pero mi imaginación vuela tanto como una mariposa cuando estrena sus alas.

«Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma», en mi caso, ese algo no ha muerto, pero está en coma.

He vuelto a leer nuestra conversación, me ha gustado volver a revivir el momento en que nos conocimos, la incertidumbre que me embargaba entonces, y la ilusión de vivir algo nuevo.

Un traguito de vodka azul, con sabor a piruleta y mucho alcohol.

A dormir.

***

Han pasado tres meses desde que se fue. La última vez que tuvimos una conversación más o menos larga fue, quizá, hace mes y medio… ¿El encanto se ha desvanecido? No lo sé. Pero hace muchísimo tiempo desde la última vez que me llamó «pequeña».

El día 25 de junio defendí mi TFM. Cada miembro del Tribunal me hizo saber que le había encantado y que había disfrutado leyéndolo. El Presidente del Tribunal me dijo que, particularmente, le había enamorado una frase concreta: «Otro objetivo sería el conseguir que la poesía fuese esa dama desnuda, accesible, e inspiradora que se pasea por los pasillos de instituto con el fin de mostrarse cercana». También me dijo que al ser él profesor de Biología, le había encantado la metáfora del símbolo como médula espinal, en cuanto al mensaje que transmite la composición poética. Me dieron la enhorabuena y me dijeron que se notaba que soy una persona creativa, que tengo una íntima relación con la poesía y, sobre todo, me dijeron que fuese valiente a la hora de elaborar presentaciones de PowerPoint (un profesor del Máster me dijo que recargaba u ornamentaba mucho las presentaciones, y por eso me decanté por hacer la presentación de la defensa más austera y simple… craso error).

Esto, más que un relato, se ha convertido en una narración diaria con saltos en el tiempo y melancolía. Queda bastante acertado denominarlo como “Diario de una melancólica Pierrot” (no puedo dejar a un lado mis ínfulas literarias).

Se acaba la batería, el calor arrecia, mi mono por patinar se acentúa, pero la pereza sigue latente en este cuerpo… Cuerpo que sigue recordando a mi amigo ausente.

Bon voyage.