Le he quitado la protección malva a mi teclado. He vuelto a sentir el tacto de mis teclas pulsando las letras necesarias para que puedas leer lo que mi alocado corazón, pese a las intervenciones de mi cabeza, quiere que escriba.

Es curioso, a los escritores nos pasa a veces: cuando nos abruma la inspiración no podemos dejar de escribir. Pero, sin ella nos sentimos —tal vez— un poco indefensos. Perdón por el plural de cortesía: usar siempre el «yo», en ocasiones, termina siendo algo cargante.

Cuando empecé a escribir este texto que estáis leyendo, pretendía expresar en pensamientos fugaces mi experiencia durante un viaje. Quería que cada fragmento de vivencia tuviera la forma rápida y fluida que adquieren las corrientes de agua de los ríos. Quería que cada aportación de esas experiencias tuviera vida.

Sin embargo, cada vez me alejaba más de mi objetivo: al distanciarme de mí misma utilizando el pronombre «ella» no era nada fácil recoger esa vida en mis palabras —porque no estaba siendo yo misma, sino la intención de una escritora— y la inspiración primaria que me impulsó a querer compartir la emoción que viví pasó a un segundo plano.

No obstante, todas estas palabras que leerás a continuación —si quieres saber cómo acaba esta aventura— siguen siendo pequeños rastros de esas corrientes fluviales: ellas me mantuvieron a salvo durante siete días y me reconfortaron cuando mi corazón necesitaba la calidez de un abrazo.

Os dejo con Ella. Esta chica es una persona que pasa desapercibida. A priori no causa sensación: va a lo suyo, hace lo que tiene que hacer —a veces, también lo que quiere hacer— y se refugia en el papel y el bolígrafo. Vive tranquila y últimamente le gusta más su trabajo: los vínculos que se han creado entre Ella y las personas de su entorno laboral hacen que se sienta a gusto y que el trabajo no sea pesado. Pasa las estaciones del año haciendo lo que le gusta y se siente satisfecha cuando los demás también lo están. Vive con su familia y vive encantada. Cada una hace su vida dentro de esa unidad familiar, pero se ríen y comparten su felicidad. Y, a veces, también se van de viaje.

Su hermana y su tío se habían ido de viaje con su abuela hacía unos meses. Ahora, le tocaba a Ella irse de viaje con la matriarca. Ya estaba todo preparado: la documentación de la naviera, los billetes de avión, el seguro del viaje, la gestión de la asistencia en el aeropuerto; todo estaba zanjado. Solo faltaba que Ella se tranquilizara y empezase sus vacaciones.

Metió su cuaderno y su estuche de bolígrafos en la mochila y se cercioró de que no se dejaba nada importante.  Cogió la maleta amarilla y echó a andar. Al llegar a casa de su abuela, pensó dos veces en todo lo que tenía que llevar: el bastón, la mochilita, el pastillero; todo estaba a buen recaudo.

Al despedirse de su hermana en el aeropuerto, con su abuela ya acompañada por la asistencia y Ella misma, emprendieron su viaje.

Quizá hay sorpresas que la vida te prepara cuyas reacciones a ellas te someten a una emoción nueva. Tal vez existen momentos en los que te ves en un escenario totalmente diferente y lo que te queda es la capacidad de poder adaptarte.

Ocurrieron muchas cosas en aquel viaje. Ella, simplemente, aceptó lo que aconteció con el corazón agradecido.

***

Se encontraban a bordo de un pequeño barco de tan solo dos puentes y cuatro anclas. Se podía sentir el recogimiento familiar dentro de su tripulación: ellas mismas se sintieron parte de aquella pequeña familia.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaban de una actividad en la que solo fuesen ellas dos, y un crucero fluvial era algo que todavía no había hecho ninguna. Hacer algo por primera vez para las dos era una idea preciosa para ellas que acogieron con los brazos abiertos.

Su abuela decía continuamente que la lengua —el idioma— es una barrera infranqueable: cuando uno no puede entenderse con las personas que le rodean al hablar, se siente desprotegido o impotente porque no sabes cómo comunicarte para que te comprendan.

Ese viaje supuso un alto en aquel pensamiento: la lengua no es el único medio para entenderse con el mundo. La sonrisa, los gestos, las miradas, el trato interpersonal, son aspectos que dominamos todos y que podemos emplear para complementar esa barrera infranqueable del idioma. Es verdad que, si esa frontera no existiera (como nos cuentan de Babel), nuestra comprensión de lo que nos rodea sería mucho más fácil. Sin embargo, la dificultad aparece cuando necesitas evolucionar y crecer. Tal vez se pueda entender este viaje como un camino hacia ese crecimiento.

Se encontraban sobre las aguas del río. Al principio, parecían aisladas del resto. Aún así, el tiempo se encargó de que su estancia sobre aquellas aguas resultara apacible y única. Aquella familia de tripulantes hizo lo posible para que ellas se encontrasen a gusto y relajadas.

Con ello, se dejaron llevar por la corriente hacia el destino inexplorado.

***

Se despertó al amanecer y miró por el ventanal del camarote: la vista del sol saliendo de su escondite e iluminando suavemente las aguas y el verdor, era emocionante. Notaba cómo algo se arremolinaba en su interior, quizá fuesen mariposas revoloteando al descubrir la luz naciente en el horizonte.

De repente, un pensamiento fugaz interrumpió su despertar. Preguntas como «¿qué hacemos hoy?» siempre acababan merodeando por su cabeza hasta captar su atención. Pese a que nunca fue muy amiga de los acontecimientos planificados, esta vez se dejó llevar por los planes preparados.

***

Las descripciones, la realidad, el cómo… no son aspectos que le preocupen; le gusta más la espontaneidad, el ser consciente del fluir de las emociones en el momento presente, el sentir. Quizá en eso discrepaban. Su abuela disfrutaba más de la parte objetiva de la vida, disfrutaba de describir las cosas tal y como eran en vez de sentir el aire azotando el rostro. Sin embargo, a pesar de tener reacciones tan dispares, se complementaban y conseguían que la travesía resultase completa: la objetividad de la abuela se compenetraba con la visión poética de Ella.

Las emociones acababan mezclándose entre ellas hasta que parecían muchos colores uniéndose para crear un pigmento nuevo. Con ese nuevo color, Ella podía ver un mundo más amplio que no sabía que existía en su interior.

***

La realidad y el romance parecían fusionarse al ver chocar las aguas entre sí. Sus ojos quedaron absortos en aquella escena: las corrientes de agua que formaba la estela del barco eran tan hipnóticas que resultaba difícil apartar la vista de ellas.

Una voz masculina y atenta se escuchaba por megafonía haciendo que la sesión de hipnosis terminase.

Recorrió los pasillos tapizados de rojo observando las obras de arte expuestas en las paredes. El detalle de las pinceladas, la viveza de los colores, hicieron que ella misma se sintiera en un mundo aparte donde todo parecía ser posible.

Enseguida llegó a un gran salón en cuyo centro se encontraba una pequeña pista de baile. Se imaginó tantas escenas en su cabeza en ese momento, que olvidó por completo por qué estaba allí. De repente, una sombra apareció atravesándola y quedándose inmóvil. Una respiración suave se dejó caer sobre su nuca produciendo un leve cosquilleo. Al principio, no supo cómo reaccionar. No obstante, poco a poco, fue reconociendo la forma de aquella sombra que alargaba la suya propia: era uno de los tripulantes, un hombre bastante alto, delgado y alemán.

Se estaba haciendo tarde. Todos los pasajeros habían sido reunidos en el gran salón para informarse del itinerario que se seguiría al día siguiente.

Él hablaba. Ella escuchaba, evadiéndose, en otro idioma.

***

Fue una noche intensa. Su voz resonaba en su cabeza al cerrar los ojos. Recordaba los matices de la pronunciación de aquella lengua. Los reconocía.

Su cuerpo se había amoldado a la cama envolvente y al edredón. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la visión nocturna y era capaz de distinguir la luz que emanaba del cielo. Era de noche y, aún así, la luminosidad que embriagaba el camarote era similar a las primeras luces que se esparcen de madrugada. Estaba claro que era otro país, otra ciudad, otro cielo.

Se quedó dormida sintiendo cómo el movimiento del agua mecía su cuerpo, escuchando aquella voz.

***

Si los cuerpos pudieran deshacerse
en las palabras que nos quedan por decir,
si los momentos que desperdiciamos
permanecieran para expresarnos…
qué fácil sería recuperarte
por primera vez.

Si mi cuerpo gritara
moviéndose sin palabras,
si mi cuerpo hablara
sin necesidad de los labios…
qué fácil sería tenerte
por primera vez.

Seguirte a escondidas
con la voz apagada
con un cuerpo envuelto
en dulces llamas
aún sería posible.

Perseguirte de momento
a momento,
escapándome,
con una antorcha en la mano
para la velada a oscuras
aún sería posible.

Si mi cuerpo pudiera deshacerse
en cada palabra que no he dicho,
si mis momentos contigo
aún permanecieran…
qué fácil sería conocerte
por vez primera.

Sus sentidos se dejaban llevar por la experiencia.

Coger el bolígrafo, acariciar su forma, abrir el cuaderno, pasar las páginas, disponerse a escribir.

El conjunto de esas acciones se llevaba a cabo de manera casi rutinaria en el puente del sol. Cada momento era diferente, aunque la actividad fuese la misma.

Ella sentía. Ella escribía.

***

Stralsund, Rügen, Üsedom, la costa del Mar Báltico, las vistas hacia el río Oder, las impresionantes ruinas del pequeño kloster de Eldena, la ciudad polaca de Szczecin… son lugares que se pueden ver perfectamente en los mapas. Sin embargo, Ella no esperaba poder verlos con sus propios ojos y, mucho menos, sentirlos. Tenía una imaginación poderosa que muchas veces le pasaba factura: sus experiencias imaginarias distaban mucho de sus vivencias reales. En este viaje se dio cuenta: estaba, realmente, en Alemania; se había bañado, realmente, en el Mar Báltico; había podido observar con sus ojos los parajes impresionantes que su pintor romántico favorito había pintado en sus obras… Ella había estado allí realmente.

Los momentos imaginarios se diluían dejándose llevar por la corriente. Las situaciones se abrían en dos bifurcaciones delante de ella: la realidad en la que viajaba con su abuela estaba latente, pero su imaginación marcaba su poderío transportándola a los lugares en los que se había sentido libre; todos aquellos lugares respondían al eco de la voz que había estado escuchando a diario durante el viaje.

Los días pasaron demasiado rápido. Tanto, que le era difícil digerir tantos momentos, tanta emoción compartida. Si echarían de menos algo, sería la comida —decía su abuela— y los amaneceres nada más despertar.

El agua es poderosa y vital. En todos los escenarios románticos aparece: ríos, cascadas, el mar, la lluvia, la tempestad; Ella imaginaba constantemente y el agua era testigo de sus ensoñaciones: el beso que no aconteció, las miradas reiteradas, las traducciones, la música que se escapaba por el altavoz antes del mediodía, la sensación de que ser la única pasajera joven iba a resultar algo especial, la vista del cielo nocturno bañado con el brillo de algunas estrellas… Sí. El agua es poderosa. Ella se sentía viva.

La última noche su abuela estaba cansada y quiso quedarse en el camarote. Habían visto Berlín bajo la lluvia, habían admirado su arquitectura y se sentía satisfecha.

Ella subió sola al gran salón vestida de gala, pidió otro vino rosado en el bar y se sentó observando al resto de pasajeros. Al ser la última noche, era noche de baile; Ella se preguntaba si iba a poder bailar el valse, ya que su abuela había preferido descansar —habría sido bonito bailar con ella y romper los moldes—. Pudo bailar varias canciones, incluida La macarena, hasta que le llegó el turno al famoso valse. Ella iba a sentarse a beber otra vez de su copa de vino cuando aquel personaje alemán le ofreció sus manos.

Todavía no es capaz de distinguir si el valse que bailaron en la pista de baile del gran salón era parte de la realidad que les envolvía o era producto de su imaginación. Aún se lo pregunta.

***

A veces te pierdes. No sabes cómo reaccionar ante un acontecimiento. Te carcome la duda, la incertidumbre, también las expectativas por algo que quizá no acabe de fluir. Pero, ¿quién puede saber a ciencia cierta acerca del futuro? Algunos lo pueden intuir e intentan predecirlo. Otros, se acobardan ante lo que ven o lo que esperan que sea y no es. Y otros sucumben ante lo que no ha sido y ya no lo intentan.

«Seguir la corriente» es una expresión que se usa mucho a día de hoy:

— No te preocupes, sigue la corriente. Saldrá bien.

Así, en estilo directo, me gustaría decírselo a Ella.

Ahora mismo viene a mi cabeza la imagen de un río: las corrientes de agua fluyen igualmente cuando hay rocas en medio de ellas. Pasan delicadamente y con fuerza sobre ellas, a su lado o por debajo y en ocasiones acaban erosionándolas. Las personas podemos ser como las corrientes de agua: podemos pasar delicadamente cerca de los obstáculos que nos encontramos en nuestro día a día y poder sentirnos con fuerza para superarlos. No. «Superar» no es el verbo correcto: «avanzar». Cuando el cauce del río es suficiente, las corrientes fluyen y el curso del agua avanza.

— Querida persona que escribe, puedes avanzar: tienes las palabras, tienes la pasión y también tienes el corazón para poder fluir con todo ello.

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