Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad.

Vladimir Nabokov.

ALEA IACTA EST

Mi sangre corría entre sus dedos. Me miraba fijamente mientras su puñal aún seguía clavado en mi estómago. Todo había salido según lo planeado: nos miramos y no hizo falta palabra alguna para saber que era el «adiós» definitivo.

Me da rabia admitir, a unos segundos de morir, que me he visto obligada a llegar a este extremo… Normalmente, una chica de mi edad se preocuparía más por estar guapa, saber combinar la ropa, pintarse bien las uñas, ser coqueta y gustar a los demás. A mí eso no me preocupaba en absoluto, ya lo tenía todo… hasta que me lo arrancaron de las manos.

Se llamaba Vladimir Vasíliev y solo yo podía llamarle Vova. Recuerdo que me contó que sus abuelos le llamaban así cuando aún no se habían visto obligados a deshacerse de él. Para él era especialmente doloroso recordar aquella época y cuando nos conocimos me imploró que no le preguntara más sobre su pasado, no lo soportaba. Al principio no podía evitar gastar bromas acerca del diminutivo de su nombre, se me hacía raro llamarle así sabiendo que en España adquiere otro significado. Me acostumbré tan rápido a tenerle siempre a mi lado que cuando no podíamos vernos me costaba respirar… Me enamoré de este ruso a pasos agigantados aún sabiendo que este amor no podría durar debido a las circunstancias. Él tendría que irse en un futuro más cercano que lejano y yo me quedaría sola, otra vez.

Los acontecimientos dieron un giro de 180 º cuando una furgoneta negra blindada con los cristales tintados paró a nuestro lado y nos secuestró.

Y aquí estoy… perdiendo sangre y sintiendo el cuerpo cada vez más frío, en una estancia oscura y húmeda en algún lugar de la helada Rusia. ¿Por qué estoy perdiendo sangre? Muy fácil. Al parecer, morir es la única forma de salir de aquí. Vova ha trazado un plan. Mientras nuestros secuestradores creían que estábamos sedados, en realidad hablábamos de las historias de niños secuestrados que le contaban cuando Vova era pequeño. Esas historias encierran muchos detalles que nos pueden venir de perlas para salir de este infierno congelado. El primer detalle es que si te secuestran por ser de una familia importante y adinerada, lo más probable es que tus secuestradores quieran pedir un rescate, por lo que te mantienen con vida para poder conseguirlo. Teniendo esto en cuenta, Vova decidió que lo mejor era hacerles creer que no podrían conseguir ningún rescate si estábamos muertos. Así que, aprovechando la noche y la oscuridad, recurrió a sus antiguas mañas para hacerse con un puñal. Llegado el momento, se clavó a sí mismo el puñal y, manchado con su sangre, me lo puso en las manos.

Siempre he sido débil y quitarme la vida no ha entrado nunca en mis planes. Le pedí que fuera él quien sesgara mi aliento. Lo hizo. Me iré a la tumba recordando cómo me besaba con fuerza mientras me apuñalaba en el estómago.

Ya es por la mañana. No viene nadie a ver qué hacemos. Normalmente, a eso de las diez de la mañana aparece un tío con pasamontañas y forrado del todo diciendo cualquier cosa en ruso que solo Vova puede entender. Hoy no viene nadie. Me estoy quedando sin fuerzas… Apenas puedo respirar. Vova está tumbado a mi lado. Ha perdido mucha más sangre que yo y probablemente ya esté muerto. Oigo pasos, se acerca alguien. Noto cómo intentan abrir la puerta… Trato de girar la cabeza para mirarle una última vez: entre sus labios y los míos se puede saborear cómo nuestra sangre se mezcla en el trozo de suelo que nos separa.

Me quedo inmóvil.

Silencio.

Oscuridad.

Frío.

DICTUM, FACTUM

Siento.

Siento la suavidad de la brisa acariciándome la cara. Puede ser que mis sentidos me engañen después de tantos días sin saber siquiera si iba a volver a ver la luz del sol. Intento con todas mis fuerzas abrir los ojos, pero me cuesta demasiado. Lo sigo intentando, tengo la sensación de que la luz va a cegarme en cuanto abra los ojos… Siento el calor de una mano agarrando con fuerza la mía. Siento cómo alguien respira cerca mí. Eso me da el valor suficiente para abrir los ojos de una vez, pero me cuesta mantenerlos abiertos. Veo una forma borrosa sobre mí, un rostro de cabellos oscuros… Le reconozco. Es Vova.

¿Cómo estamos vivos? La persona que entró por la puerta aquella mañana era Natasha Vasílieva, hermana de Vova y una espía internacional que trabaja, la mayoría de las veces, por su cuenta.

Natasha es de esas hermanas que no hacen más que adorarte, pero de lejos. Jamás he visto una belleza similar. Sin duda es la mujer más hermosa que he tenido el placer de conocer. Vova nunca me había hablado de su hermana.

Estamos en un barco, un acorazado, en medio del océano (vete a saber cuál) y sin un rumbo definido. De repente noto cómo un escalofrío me recorre el nacimiento de la espalda hasta erizar los abuelillos de la nuca… El viento arrecia, y empieza a caer la noche. Vova me coge de la mano y me conduce dentro del barco, hacia uno de los camerinos principales.

Se hace noche cerrada y no puedo evitar abrazarle.

Silencio.

Calor.

Sexo.

Sueño.

VERITAS OMNIA VINCIT

La fuerza del oleaje sacude el acorazado cada vez con más vehemencia y nosotros dormimos abrazados, ajenos al resto del barco, disfrutando del tacto que producen nuestros cuerpos entrelazados.

Oigo su respiración palpitar en mi pecho, su cabeza está apoyada sobre mis senos, sus piernas se cruzan con las mías bajo las mantas, y nuestras mentes se elevan libres. No hay sensación más placentera que aquella que te produce la felicidad plena. Así era estar con él: felicidad plena.

El vaivén despierta a Vova. Siempre ha tenido un sueño muy ligero: necesita dormir totalmente a oscuras para poder conciliar el sueño y, sobre todo, necesita silencio… y en un barco en mitad del océano puede que no se oigan voces, pero se oye el repicar de las olas contra la chapa del barco. Además del ruido que produce el mar, se oye un tintinear de llaves cerca del camerino donde estamos.

Me indica mediante señas con las manos que permanezca en silencio mientras él inspecciona el pasillo… No hay nadie. Sin embargo, las llaves continúan tintineando. Alguien llama a la puerta. Es Natasha.

Siempre ha habido cierta hostilidad entre Vova y su hermana, pero esta mañana se palpa en el ambiente que algo no va nada bien. Los hermanos se miran con inquina, como si de pronto se hubieran convertido en enemigos mortales. Finalmente Natasha se marcha y Vova me cuenta lo que ha venido a decirle: estamos llegando a la costa de Noruega (hemos bordeado Rusia por el norte).

Después de varios minutos en silencio, Vova me confiesa que tiene la sensación de que su hermana está detrás del secuestro, cree que ella es capaz de eso y de mucho más si hay dinero de por medio.

Mientras Vova está de pie frente al espejo del baño del camerino, yo me levanto de la cama y me acerco a él por detrás, desnuda. Le abrazo de la manera más sensual que mis manos pueden llegar a interpretar. Él se gira hacia mí. Me agarra muy fuerte. Me besa. Me vuelve a besar. Noto cómo el calor del momento corre por mis venas revolucionando el ritmo de mi respiración. Estoy excitada. Él está excitado. Le beso como si la vida me fuera en ello, necesitaba que su mente dejara de divagar en ideas conspiratorias y que me poseyera. Necesito poseerle. Siento tal atracción hacia él que soy incapaz de contener mis impulsos: la pasión acompañada de la brusquedad se manifiestan al llegar a la cama tropezándonos con el poco espacio. Hoy soy una fiera que no conoce la civilización, y la cama es mi alijo. Vova es mi experimento. Yo soy su ingrediente secreto.

Hemos hecho el amor, hemos follado, como si hoy fuese nuestro último día juntos.

Nos quedamos dormidos bañados en sudor.

ROSA, ROSAE

El temporal parecía que amainaba cuando pisamos el puerto en la costa de Noruega.

Al desembarcar, Vova y su hermana se miraban de manera cómplice en busca de una razón por la cual el puerto estaba vacío: no había ni un alma en los muelles.

Aquí estamos, en la otra punta del mundo. La herida causada por el apuñalamiento desesperado de hace dos noches me arde, y el aire frío hiela mis napias… Nunca he respirado un aire tan puro, ni tan congelado. Noto pequeñas estalactitas en las pestañas y las distingo perfectamente al levantar la vista.

Vova me lleva de la mano por un camino que conduce al pequeño pueblecito que se ve a lo lejos. La nieve cubre las montañas junto a un disfraz de distintos tonos de verde. Puedo distinguir florecillas blancas a los lados del camino, pequeñas flores silvestres y salvajes.

Un olor a pan recién horneado pasea por mis fosas nasales a la vez que yo paseo con mi chico ruso. Las tripas empiezan a hacerse presentes rugiendo como fieras antes de atrapar a su presa. Le aprieto la mano a Vova en señal de mi hambre voraz, para detenernos.

Tenemos una casita de cuento de hadas delante de nosotros despidiendo por la chimenea un olor especial. Igual es debido a mi estómago hambriento, pero juraría que ese olor me es familiar.

Vova llamó a la puerta con la sana intención de pedir permiso para hacerle una visita al cuarto de baño y comer algo. El cansancio le daba un aspecto amigable, nadie se atrevería a decir que no a esa carita con ojitos de cordero degollado. El hombre que nos abrió la puerta me resultaba conocido, y era extraño porque nunca antes he estado en Noruega (más bien nunca he salido de España). Nos dejó entrar en la casita de ensueño muy amablemente, pudimos asearnos, comer un poco y descansar frente al fuego de la chimenea. El desconocido no dejaba de mirar fijamente a Natasha y ella parecía cada vez más inquieta. Vova y yo nos mirábamos pensando que podría haber algo entre ellos…

Otra vez, ese olor tan particular vuelve a cautivarme y decido seguirlo. Me veo arrastrada hacia un pequeño jardín en la parte trasera de la casa debido al olor de las rosas. Ese olor me resultaba tan familiar porque fue lo último que sentí antes de que nos secuestraran. Uno de los hombres enmascarados olía especialmente diferente al resto y era esta particular fragancia.

El extraño dueño de la casa me sorprendió inspirando el aroma de sus flores, y me sobresalté. Me sentí acorralada. Vova me miró. Al intentar dirigirse a Natasha, ésta estaba apuntándonos con un arma blanca. Todo era una trampa.

Seguimos secuestrados.

NATASHA VASÍLIEVA

Vova siempre ha descrito a su hermana como una persona interesada, pero preciosa. De esto último no había ninguna duda.

En los últimos días he experimentado cómo mi cuerpo, rebelde, se sentía atraído por su elegante y esbelta figura. Nunca me había sentido atraída por las mujeres, y esta era una de esas primeras veces. Seguimos en casa del desconocido de las rosas.

Una noche (llevamos aquí alrededor de tres días), Natasha se me acercó sigilosamente y me puso la mano en la boca para que no gritara. Me obligó a levantarme y me condujo a una de las habitaciones del piso de arriba de la casa. La habitación se veía solamente iluminada por la luz de las velas.

Natasha me empujó hasta la cama y me ató las manos al cabecero, una a cada lado. Me separó las piernas y me ató los tobillos al pie de la cama. Me vendó los ojos con sus bragas. Sentí cómo cogía algo de la mesa, era un utensilio que hacía ruiditos metálicos. De repente noté que me cortaba la ropa: primero la camisa, después el sujetador, y acto seguido los pantalones. Me dejó las bragas puestas. Sentí cómo sus manos, frías, acariciaban mi piel. Se paseaban por mi cuello provocándome escalofríos por todo el cuerpo. Me acariciaba los senos, bordeando su forma. Me pellizcaba los pezones de una manera tan sensual que no pude evitar excitarme hasta el punto de humedecerme. Tenía una mordaza en la boca, no podía hacer nada más que dejarme llevar. Empezó a besarme y a lamer mis pezones… Bajaba por el esternón hasta llegar al nacimiento del bajo vientre. Con sus manos, especialmente frías, rasgó la tela de mis bragas hasta destrozarlas. Siguió paseando su lengua por mi ombligo y yo sentía ese placer previo antes de llegar al orgasmo. Estaba atada, no podía moverme. Pero tampoco quería moverme. Estaba experimentando algo nuevo que quería seguir saboreando. Natasha seguía besándome, me besaba el clítoris y me daba pequeños mordisquitos. De repente dejé de sentir nada. Había parado. Súbitamente, noto que me introduce algo: tiene una consistencia firme pero a la vez es algo blando. Toca fondo en mis paredes vaginales. Cada vez me penetra más fuerte y más rápido, a la vez que Natasha me muerde los pechos.

Sigo atada.

Desde arriba caen sobre mí pequeñas gotas de cera caliente. Siento que la piel me arde, pero es un calor tan sutil y placentero que no me importa seguir sintiéndolo.

Sigo sintiendo que me penetran, pero ahora me veo obligada a arquear la espalda porque está poniendo algo debajo de mí. Estoy atada, y totalmente arqueada. Todo mi cuerpo se va endureciendo. De mi orificio vaginal caen chorros de líquido, mientras siento que Natasha introduce algo esférico en mi ano.

Duele. Pero es un dolor que ansío seguir sintiendo. Noto que me pone pinzas en los pezones. Siento tres tipos de dolores distintos que al mezclarse me llevan lejos.

Estoy perdiendo la consciencia. El placer me está superando. No me quedan fuerzas para seguir aguantando.

Siento.

Deseo.

Me desmayo.

Abro los ojos.

La estancia está a oscuras y no distingo nada, ni siquiera sombras. Noto la presencia de alguien a mi lado. Con mi mano derecha intento palpar y descubrir quién es. Al notar el tacto de mis dedos, se da la vuelta y extiende sus brazos hasta rodearme con ellos y abrazarme. Conozco esos brazos, es Vova.

Quizá mi encuentro fortuito con Natasha solo ha sido producto de mi imaginación. Quizá mi subconsciente ha hecho de las suyas y solo ha sido un sueño más. Quizá.

NUDITAS

Es mi turno para ir al cuarto de baño. Tengo que ducharme, lavarme la cabeza, hacer por ser un poco femenina.

Estoy en ropa interior delante del espejo cuando oigo pasos a través de la puerta. Alguien se ha parado delante de ella. Cojo rápidamente una de las toallas destinadas a mi uso y dejo que quien sea llame.

El picaporte de la puerta está girando lentamente, como si no se quisiera hacer ruido bajo ningún concepto.

Vova apareció en un instante al abrirse la puerta. Estaba tan desnudo o más que yo. Fue verle y sentir todo mi cuerpo convulsionar de deseo. Hacía muchísimo que no nos dábamos una ducha juntos. Poco a poco se va acercando a mí, hasta tocarnos prácticamente con los torsos. Él acerca sus manos al cierre de mi sujetador e intenta desabrocharlo con sutileza. Noto cómo se cae al suelo. Vova va acariciándome la cintura hasta llegar a la parte superior de las bragas. Lentamente, va deslizando sus dedos hasta dejar mi culo totalmente al aire. La desnudez nos embriagaba… Estábamos solo nosotros. Vova y yo, como antaño.

Empezamos a besarnos tan apasionadamente que casi me hace una herida en el labio al morderme.

Me abraza.

Le abrazo.

Reciprocidad.

Abro el grifo y dejo correr el agua hasta conseguir la temperatura perfecta. Nos metemos en la ducha y, empapados, hacemos el amor. Desnudos, mojados, entrelazados… Los diez minutos estaban a punto de expirar. Un estruendo sacudió toda la casa. De repente vimos caer todos los frascos de colonia, y los muebles se tambaleaban sobre sí mismos. Vova creía posible que pudiera ser un terremoto.

Enseguida salimos de la ducha y nos vestimos. Al abrir la puerta del cuarto de baño nos encontramos a Natasha inconsciente bajo los escombros, y al hombre misterioso muerto en el suelo, muy cerca de mi hermosa cuñada.

Los temblores parecían haber cesado. Éramos libres.

PROFUGIO

La tierra temblaba bajo nuestros pies, pero no podía pensar en quedarme esperando a que ésta dejara de moverse. El destino nos había abierto una ventana de escape y no iba a desaprovecharla. Vova, sin embargo, contemplaba a su hermana inconsciente y no podía reprocharle el que soltara de repente una lagrimita.

Algo delante de nosotros nos detuvo en la huida. Era una montaña inmensa situada un poco más allá del pueblo que estábamos dejando atrás. No podíamos seguir hacia delante. Atravesaríamos el bosque nevado. Vova iba marcando el camino delante de mí. La niebla se cernía sobre nosotros impidiéndonos ver absolutamente nada. De pronto Vova se detiene y yo me detengo detrás de él.

Al preguntarle qué ocurría me miró fijamente con un rostro pálido y los ojos ensangrentados. Le cogí de la mano y le llevé conmigo a un claro que se vislumbraba a lo lejos.

Nos sentamos.

Le miré bien, parecía cansado. Hice que apoyara su cabeza en mis muslos para que pudiera dormir y descansar. Yo me quedé despierta y alerta.

El mundo parecía empezar a girar otra vez cuando Vova abrió los ojos.

Mis manos se están quedando sin sensibilidad, apenas puedo sostener el bolígrafo. Han pasado escasamente diez horas desde que estamos a la intemperie. Siento cómo la hipotermia avanza en mi interior. Vova me abraza, no se despega de mí. Él está acostumbrado a este frío invernal y eso me ayuda a luchar.

Los momentos desesperados requieren medidas desesperadas, y pensar en Vova completamente desnudo e imaginarme cómo me penetra, y la fuerza que emplea para ello, me excita y me ayuda a mantener mi cuerpo caliente. El sexo, ahora mismo, me vendría realmente bien: sentir cómo sus manos, grandes, agarran mis senos con vehemencia; sentir cómo sus labios envuelven los míos camuflando pequeños mordiscos en la lengua, ser consciente de lo dura que se le pone la polla cuando le mordisqueo los pezones…

Sí. El sexo sería una bonita forma de combatir el frío y escapar de esta eterna pesadilla de novela negra.

EXCITO, EXCITAS, EXCITARE

Me desperté bajo una superficie blanca, en una cama blandita y caliente, y arropada con el edredón nórdico que me ha salvado la vida.

Por lo visto mi cuerpo no pudo aguantar más el frío y me desmayé. Vova, tras un largo día cargando conmigo, consiguió llevarme al hospital más cercano.

Ahora me llamo Irina Petrova. Vova creyó conveniente no decir nuestros verdaderos nombres por si hay recompensa por nuestras cabezas. Cuando desperté de mi casi muerte por hipotermia, Vova estaba a mi lado, abrazándome: me abrazaba tan fuerte que casi me costaba respirar. Cuando se pone nervioso le cuesta controlar su fuerza. Me susurró algo en ruso al oído, pero no le entendí. Le besé la mano. Le agarré como si fuera mi peluche particular. Vova volvió a estrecharme entre sus brazos. Sentía su torso calentándome la espalda, y sentía cómo su pene se endurecía entre mis nalgas. No cambiaría por nada estos momentos: tengo un novio ruso e insaciable sexualmente. Está hecho a mi medida.

Me pregunto si este tipo de comentarios serán demasiado explícitos para escribirlos en un diario…

Mi excitación provocó que me humedeciera hasta el punto de mojar las sábanas. Me encontraba desnuda prácticamente. Sentí un dolor suave pero fuerte a la vez, en mi interior. El sexo anal nunca había sido santo de mi devoción, pero con Vova toda mi vida sexual cambió de forma radical. Con él me sentía capaz de probarlo todo… y todo lo que probaba me gustaba. Sabe cómo hacerme sentir mujer. Sabe excitarme lo justo y dejarme totalmente satisfecha con muy poco, y sabe darme amor y placer en la misma medida.

Con Vova, el sexo duro es un viaje de ida y vuelta al Paraíso en el que lo experimento todo. Este era un viaje al Paraíso, y ojalá fuera solo de ida. Hoy quería que me poseyera y no me soltara nunca. Quería ser suya. Ya soy suya, pero quería sentirme suya sexualmente.

Filosofando, diría que esta es la forma que tengo de sentirme protegida.

Lo siento.

Lo quiero. Quiero que siga penetrándome, una y otra vez, hasta que no me queden fuerzas.

Orgasmo.

Dulces sueños.

EPÍLOGO

Así acababa el diario de Sofía Méndez.

Él se preguntaba si su historia, tan llena de secretismo, era cierta. Su madre nunca le había hablado de ese gran amor ruso, y nunca conoció a su padre.

Se preguntaba si Vladimir era en realidad esa figura paterna que tanto había deseado conocer y tantas veces había implorado ver en casa por Navidad. Se preguntaba si su hermana gemela se llamaba Irina por haber sido ese el nombre en clave de su madre en su aventura con aquel hombre. Y, sobre todo, se preguntaba si él mismo se llamaba Vladimir en memoria a aquellos sucesos.

Era 24 de diciembre de 2021, y todo estaba predispuesto a la cena de Nochebuena con toda la familia de su madre. Antes de que llegaran todos, bajó hasta la cocina y le enseñó a su madre el diario que había encontrado en el desván. Ella adquirió un pálido semblante al verlo, y se sentó. Pidió a su hijo que se sentara con ella y empezó a contar su historia: todo comenzó siendo una ilusión hace veinte años, una ilusión en la que un joven de origen ruso cautivó su corazón. Con él la vida era peligrosa, siempre estaba en el punto de mira y cada segundo que pasaba podría haber sido el último. Ese fue el motivo por el que Vladimir Vasilièv, muy a su pesar, decidió separarse de su familia. No obstante, dijo una última cosa antes de irse: «volveré a vosotros, sois mi hogar, sois mi Navidad».

Cuando su madre acabó de contar su historia, todo se convirtió en silencio. Hasta que un sonido agudo y breve sacudió la estancia. Había sonado el timbre.

Abrió la puerta.

Lo que ocurrió después ya es otra historia.

Estaba tumbada boca abajo, sintiendo cómo el aire penetraba mis pulmones, y cómo una mano, fría y áspera, me tocaba. Acariciaba la fina línea que marca la columna vertebral de mi espalda mientras yo cerraba los ojos cada vez con más fuerza, esperando que desapareciera. Pero no desaparecía. Algo me invadía por dentro… Asco, repelús, miedo, pavor, pánico, impotencia. Era una mano huesuda, esquelética, que se paseaba libremente por mi cuerpo sin mi consentimiento. Quería moverme, gritar, escapar… Pero me sentía paralizada, sin poder siquiera respirar. Un ruido seco me hizo notar que mis cadenas caían al suelo, ya era hora de darme la vuelta. Aborrecía esta parte… Para no ver su rostro cadavérico y enfermizo cerraba los ojos con tanta fuerza que acababan doliéndome, y al abrirlos notaba pintitas blancas y rosas tintineando en la oscuridad. Me imaginaba que estaba flotando en el universo, cuando en realidad me encontraba encadenada de pies y manos sobre un colchón mugriento deseando dejar de existir.
Solo me tocaba… Me agarraba, me clavaba las uñas en los pezones llenos de yagas, me azotaba con sus asquerosas manos… No veía el día en que esa pesadilla terminara. Lo mejor de la sesión llegaba cuando la celda se quedaba a oscuras… Podía abrir los ojos y seguir sin ver nada, podía descansar aunque me siguiera azotando. Una ya se acostumbra al dolor… Mi cuerpo ya no es un cuerpo, no es nada. Había noches que llegaba a dormir profundamente aún notando sus mordiscos.


No era esto lo que me esperaba cuando le conocí. Era un hombre admirado por todos y compasivo con los demás. No logro entender en qué momento de su vida se pudo retorcer su psique. Como psiquiatra podía imaginar cualquier situación… Pero no esto. Recuerdo que la primera vez que vino a mi consulta me habló de su mujer, de cómo se enamoraron y cuánto la quería. Me habló de sentimientos que no podían corresponder a un psicópata como el que me encerró aquí. Me decía que su padre abusaba constantemente de él y de su hermana, y que su madre se suicidó por no poder enfrentar la situación. Pero él era feliz, había encontrado el amor. Un amor por el que se mueven montañas si es preciso. Ella no las movió, y él tuvo su primer episodio psicótico. Accidentalmente asesinó a su mujer, quedándole así la más dolorosa de las secuelas: la pérdida. Accedí a hacer la terapia en su casa, ya que era un espacio cómodo para él y dentro de su zona de confort. Craso error. Una vez entré, no pude salir.


Me resistía, no quería doblegarme, pero no pude luchar contra la morfina. Cuando me quise dar cuenta estaba tan drogada que no podía distinguir un barrote de un brazo. Fue duro imaginar que me azotaba con barras de metal. Pasaban las horas, y el efecto de la morfina se desvaneció, igual que se desvanece el polvo al soplar. Sentí el dolor, la angustia de ver que estaba metida en una caja, y la confusión al no tener ni idea de lo que había ocurrido. ¿Había sido otra de mis noches locas? ¿Había dado con el pervertido de turno en la discoteca? No. Nada de eso. Estaba sepultada en seis tablones mal montados. Dolor. Todo mi cuerpo desprendía dolor. No podía respirar. Hiperventilaba. La sensación de angustia y de impotencia se apoderó de mí hasta el punto de perder la consciencia.


Volví a despertar, desnuda y en posición fetal, sobre un suelo frío, de piedra, y gris. Mis articulaciones estaban magulladas, y tenía hematomas en muñecas y tobillos. Descubrí un dolor agudo y latente en el vientre y en la pelvis. El miedo me invadió y la hiperventilación se convirtió en una reacción automática. Intentaba reconstruir mis recuerdos, pero eran inconexos entre sí, y no tenían sentido. Quise relamerme el labio y producir saliva, y noté un corte y sabor a sangre. Intenté llevarme las manos a la cara, pero levantar los brazos dolía demasiado… Aún así, conseguí palpar mis mejillas, mis ojos, mi frente, mi pelo… y volví a quedarme dormida.


Silencio.


– Vamos a empezar la terapia – escuché. Era una voz tétrica, inquietante.


Me cubrió el rostro con un trozo de tela negra, ató mis manos a mis piernas haciendo de mi cuerpo una cuna, arqueando mi espalda. Me abrió las piernas, empezó a tocarme. Metía sus dedos delgados en mi culo, y en mi vagina, al mismo tiempo que tiraba de las cuerdas hacia arriba y me levantaba del suelo.
Me sentía tan cansada, el cuerpo me pesaba tanto que ya no me importaba dejarme caer. Así acabaría todo.


– Mi mujer era una santa, ¿sabe? Ella se desnudaba lentamente para mí, y se ofrecía a mí, sumisa. Quería que la dominara. Éramos felices.


Ahora entiendo muchas cosas.


Grité de dolor, y me estremecí, cuando sentí que me tiraba de los pezones con algo. No podía soportar tanto dolor acumulado. Grité cuanto pude.


– Así es la terapia. Para volver a ser feliz, tiene que completarla. ¿No fue lo que me dijo usted?


Me desvanecí.


Después de días, noches, y más días, y más noches, me acostumbré a la terapia. Llegué a creer que la necesitaba y me impacientaba que no me torturara. Era el pan que nunca podía faltarme, y el agua que me satisfacía. Lo deseaba.
Pasaban los años y desarrollé un claro síndrome de Estocolmo. Todo lo que ansiaba era que él estuviera a mi lado, le suplicaba que hiciéramos terapia. Y me encantaba verle sonreír, aunque me repugnaran sus dientes amarillos casi putrefactos.


Un día, recuerdo que faltó a la sesión matinal, y pensaba – no pasa nada, vendrá–. Pasaban las horas y tampoco apareció a la sesión vespertina… Ese día tocaba reproducir una de las escenas de la novela Justine (decía que Sade era su inspiración). Empecé a impacientarme, y se me aceleraba el corazón hasta el punto de querer salir del pecho. Llegó la noche y no apareció para penetrarme…


Días después me llegó un hedor insoportable, que se filtraba por el conducto de ventilación que llegaba de arriba. Había muerto y su olor a putrefacto impregnaba toda la casa.
Los vecinos no tardaron en darse cuenta y llamaron a la policía. Me encontraron encadenada, lacrimógena, desnutrida y desnuda…


El resto de la historia ya es de dominio público.

Él.

Enero, 2017.

Era un escandaloso día de invierno. Las gotas de agua que lagrimeaban las nubes del cielo rompían estrepitosas contra el cristal de su ventana. Él suspiraba al verlas caer y recordaba aquel baile bajo la lluvia el día que la conoció. Ella era un bucle de complicaciones pero, aún así, su corazón decidió amarla desde la primera noche en que sus manos se rozaron y sintió esa chispa que el mundo describe con el nombre de ese sentimiento tan complejo pero, a la vez, tan simple: amor.

Ella.

Mayo, 2015.

Ya está. Todo había terminado. Sus ojos resplandecían al verse cubiertos de pequeñas lágrimas, y su rostro palidecía a medida que caían. Él se había ido. No pudo despedirse, y ya no volvería. En su interior notaba cómo la ira y la tristeza se mezclaban dando lugar a una emoción nueva que jamás había sentido. Lloraba y gritaba al cielo su nombre, le reprochaba el habérselo llevado tan pronto. Arrugaba viejas páginas escritas de su puño y letra, eran cartas que él le escribió… las rompió todas. Se dijo a sí misma que no volvería a enamorarse. No quería volver a sentir cómo es experimentar la felicidad si él no estaba para experimentarla con ella. Decidió construir un muro alrededor de su corazón para no volver a sentir. Todo había terminado para ella.

Él.

Julio, 2016.

Leía viejos poemas de poetas malditos mientras sentía la corteza del árbol sobre el que estaba apoyado clavándose en su espalda. Estaba absorto en aquellos versos, y fantaseaba con sentirse como su autor que, habiendo perdido en el amor, escribió: «Tendremos lechos llenos de ligeros olores, / divanes tan hondos como tumbas, / y en los estantes flores insólitas, / abiertas para nosotros bajo cielos más bellos. // Empleando a porfía sus últimos ardores, / nuestros corazones serán dos grandes antorchas, / que reflejarán sus dobles luces / en estos espejos gemelos que son nuestros dos espíritus. // Una tarde hecha de rosa y de místico azul, / intercambiaremos un único relámpago, / como un largo suspiro colmado de adioses; // y más tarde un Ángel, entreabriendo las puertas, / vendrá a reanimar, fiel y gozoso, / los espejos turbios y las llamas muertas». “La muerte de los amantes” era un trágico título que le parecía atractivo para aquel poema. En aquel momento sintió simpatía por el malditísimo Baudelaire. Él seguía leyendo y profundizaba cada verso cuando una ráfaga de aire provocó que un escalofrío recorriera su nuca. Levantó la vista del poemario y su mundo empezó a girar en torno a ella. Estaba a unos pocos metros de él y no podía saber con certeza si ella le había visto pero, para él, ella tenía en su poder el motor de su existencia. Los latidos de su corazón se aceleraban a medida que ella se acercaba paseando.
Paseaba sola, con los brazos cruzados sobre el pecho y cabizbaja. Era una imagen coloreada de amarillo pálido cuyos más profundos pensamientos divagaban en el cosmos. Al fin levantó la cabeza buscando algo, o a alguien. Él deseaba con todas sus fuerzas que ella le mirara.

Ella.

Julio, 2016.

Paseaba por el parque mirando al suelo. Pensaba en cuántas veces había soñado con que aquel día no hubiera sucedido. Ahora estarían paseando juntos, de la mano, como hacían siempre a esas horas. Pensaba cuán lejos encontraba aquellos días. Ya había pasado más de un año pero acostumbrarse a estar sin él era un proceso que no aceptaba. Seguía paseando e imaginando que él estaba a su lado, hablando con ella y contándole sus extrañas ensoñaciones diurnas, e imaginaba que ella misma bromeaba diciéndole que el venerado Freud no aprobaría dichas ensoñaciones. Ella levantó la cabeza y quiso buscarle a su lado. No vio nada. Creyó que estaba enloqueciendo, que tantas pastillas estaban pasándole factura. Su psiquiatra seguía insistiendo en que tomara la medicación, pero ella deseaba dejarlo. Una ráfaga de aire provocó que se abrazara aún más con sus brazos, y alzó la mirada al frente. Le pareció verle. Entrecerró los ojos y forzó la vista con el objetivo de reconocerle, pero no era él. Ese hombre leía un libro apoyado en un árbol. Él jamás se sentaba en el césped a leer, no aguantaba que se le ensuciaran los pantalones. Sin embargo, se parecían.

Él.

Julio, 2016.

Sus ojos colisionaron con la trayectoria de su mirada. Por fin, ella se había percatado de que él no le quitaba los ojos de encima. Desnudaba cada centímetro de su esbelta figura con su truculenta imaginación: había encontrado lo que había buscado fervientemente durante años, la había encontrado a ella. Su piel era un remanso de paz aterciopelada con el color claro de las arenas mediterráneas. Volvió a sentir cómo esa sensación que tanto echaba de menos se apoderaba de su mente. Los engranajes de su cerebro comenzaron a maquinar el cómo interceptarla y así garantizar el éxito de su misión.

Ella.

Enero, 2017.

Llovía a mares y era incapaz de no pensar en todo lo ocurrido. ¿Cómo había podido confiar en él? ¿Cómo había dejado que ese… ser… entrara en su vida? Su mirada inofensiva caló en sus entrañas el día en que coincidió con él en aquel parque. No soportaba la idea de recordar lo que sintió entonces: un hormigueo extraño en las manos, palpitaciones intermitentes en las sienes y el deseo irrefrenable de acercarse aún sintiendo miedo hacia lo desconocido. Oh, sí, él era lo desconocido, sin duda. Su rostro inspiraba confianza, su mirada era penetrante, como el deseo que sentía ella de tocarle. Sí, aquella sensación era una completa desconocida para ella, y no tenía ni idea hasta qué punto.

Él.

Julio, 2016.

Debía acercarse más ella, tenía que insinuarse, cautivarla, enamorarla… su vida dependía de ello. La atracción era insufriblemente intensa, y sus ojos… sus ojos le encerraron. Quería sentir cómo su sangre, llena de deliciosos glóbulos rojos, teñirían su cuerpo. Lo deseaba. Era preciso contener un poco más sus intenciones, era de vital importancia no adelantarse. El fracaso no era una opción. Esperaría.

Ella.

Julio, 2016

Quiso seguir andando, ignorando el incesante deseo sexual que atormentaba a su cuerpo desde que sus miradas se cruzaron hace unos segundos. Casi se sentía obligada, subyugada, a acercarse al autor de tal herejía. No podía. No debía. Estaba convencida que el satisfacer ese deseo era caer en la tentación que lamentaría el resto de su vida. Sería infiel a sus sentimientos, y a ella misma. Sin embargo, no podía renunciar a la oportunidad de acariciar su piel, o rozar con la yema de los dedos el dorso de su mano. Poco a poco fue acercándose, y notaba cómo sus hormonas revolucionaban sus sentidos, agudizándolos. Era adrenalina. El corazón latía con fuerza y cada vez más rápido. Por fin llegó a él. Mantuvo su mirada, le desnudaba. Era lo que ansiaba, verle desnudo, acariciarle, devorarle. Se sentía impura al ser propietaria de tales deseos improcedentes.

Él.

Julio, 2016.

Por fin la tenía delante. Su plan había surtido efecto, ella no había podido resistirse al deseo. Ese deseo que nos ciega y por el cual acaba llegando la desgracia. Tenía a su muñeca, tal y como esperaba, delante de él, mirándole. Él la observada y se percató de que se estaba relamiendo el labio, prueba concluyente de que lo que ella sentía era su libido por las nubes. Lo había conseguido.

Ella.

Julio, 2016.

Él se levantó y se puso delante. Sus labios casi rozaban los suyos y ella deseaba moverse y aferrarse a ese momento. Sentía cómo él la acercaba más y más, hasta ser prácticamente una fusión de sensaciones encontradas. Se sentía viva. Había despertado. Él cogió su mano y se la puso en el pecho: su corazón latía vivaz. Ella cogió su mano e hizo lo mismo. Dos corazones latiendo al unísono, y cada vez con más fuerza y más sentido. Notó cómo su pene casi penetraba en ella, aumentando la intensidad de sus deseos, y quería más.

Él.

Julio, 2016.

Quería estrangularla, convertirla en uno más de sus trofeos, pero antes era imperativo seguir el ritual. La condujo hacia El Lugar, ella no le soltaba y él no quería arriesgarse a que se arrepintiera de seguirle. Cuando llegaron cerró la puerta con llave, y todo estaba a oscuras. La empujó hacia la pared de enfrente. Empezó a embestirla con fuerza, y a ella le gustaba. No gritaba. No lloraba. Era perfecta. Penetró su cuerpo una y otra vez por todos sus orificios. Estaba siguiendo el ritual, y todo iba según tenía previsto.

Ella.

Enero, 2017.

Después de la primera noche con él no fue capaz de abandonarle. Él intentó acabar con su vida para sobrevivir, pero no pudo. Se echó atrás en el último momento. Ella estaba desfallecida, y él estaba pálido y frío como la muerte. Entonces no lo comprendía, pero incluso ahora, después de meses sin verle entiende su forma de ser: matar le mantiene con vida, y el ver la sangre correr le excita, por eso realizar el acto sexual es imprescindible en su ritual. Aquella noche hubo una diferencia con todas las demás, y la diferencia era ella. A pesar de sus ardides, ella no podía permitir que muriera. Se cortó las venas y se acostó sobre su pecho poniendo sus muñecas en sus labios.

Él.

Julio, 2016.

Todavía estaba consciente pero ya sin fuerzas cuando ella quiso sacrificar su vida por mantenerle con vida. Saboreó su sangre y sintió menguar los latidos de su corazón. Seguían siendo dos corazones latiendo al unísono. Sus vidas se apagaban, y comenzó a llover. La lluvia caía estrepitosa sobre la tierra en El Lugar sin techo. Él rozó sus manos siendo consciente de que es la primera vez que la toca sinceramente. Empezó a sentirse con la fuerza suficiente para levantarse y levantarla a ella. Ambos estaban de pie, en el centro de la estancia, mirando hacia arriba y viendo caer gotas de agua idénticas. Se miraron y comenzaron a bailar.

Ella.

Enero, 2017.

Entonces no lo sabía, pero estaba claro que su psicopatía le controlaba. Sin embargo, había algo en su forma de tocarla que la hacía querer estar con él. Se retroalimentaban el uno al otro. Una vez fusionada la sangre, nada podría romper el vínculo que se había forjado. Ella, después de tanto tiempo, puede saber ahora en el presente lo que él está pensando, sintiendo y maquinando. Aquella noche fue el escenario de una ciencia llamada «alquimia», y su alquimista fue el deseo.

Él.

Julio, 2016.

Nunca había experimentado aquella emoción que le embargaba, y nunca, bajo ningún concepto, había estrechado lazos bailando con ninguna de sus víctimas. Nunca había sentido nada parecido a lo que estaba sintiendo: no sabía lo que era querer a nadie, y mucho menos amar. Sin embargo, ahí estaba, bailando sin saber bailar y mirándola fijamente después de haber follado como bellacos y casi morir. No había sido capaz de continuar con el ritual. Estaba perdido. Su mente divagaba en planes de futuro y su cerebro había dejado de maquinar monstruosidades. Por un momento podría decirse que esta historia trata, simplemente, de un chico normal que conoce a una chica normal y que se enamora de ella después de una noche salvaje de sexo desenfrenado y normal. La palabra clave era «normal».

Ella.

Julio, 2016.

Se sentía colapsada. Hasta hace unas horas estaba convencida de que el mundo había terminado para ella, de que no había nada que el caprichoso destino quisiera regalarle. Y ahí estaba, experimentando emociones con un completo desconocido. Sintiéndose impulsada a cortarse las venas para que él viviera. No era un vampiro, los vampiros no existen. Era un ser humano, un amante excepcional, un hombre que por su comportamiento jamás ha sabido tratar a una mujer con delicadeza. El sexo había sido brutal por definición, la había embestido una y otra vez hasta casi dejarla inconsciente. Y justo en el momento en que ella desfallecía, él cogió un cuchillo ceremonial. Ella no podía reaccionar ni siquiera moviéndose, no podía soltar gemido alguno, estaba exhausta… Él alzó el cuchillo sobre ella mientras aún seguía penetrándola. Se disponía a asesinarla cuando, de repente, paró. No pudo hacerlo. Ella notó un destello en su mirada, una lágrima resbalando por su mejilla. Tiró el cuchillo, y se dejó caer. Su rostro tornó pálido y de pronto sus constantes vitales menguaron. Empezó a estar frío al tacto. Acariciarle era como palpar el mármol blanco de Carrara. Le oyó balbucear… Balbuceaba palabras inconexas, sinsentidos… Intentaba decir «sangre» una y otra vez. Ella cogió el cuchillo, se cortó las venas y puso su muñeca en sus labios, muy quieta. No era un vampiro, pero necesitaba la sangre. Él cobró la consciencia, la saboreó y apartó su muñeca. La ayudó a levantarse. Empezaron a bailar.

Él.

En el presente.

Seguía sintiendo lo mismo que experimentó aquella noche, la misma emoción inundaba su ser. Pero había una diferencia: no necesitaba matar, no deseaba matar, y no ansiaba saborear la sangre para seguir viviendo. Ya tenía su sangre dentro de sí. Están conectados. Ahora se siente como Baudelaire. Siente que la ama. Por primera vez en su vida siente el deseo y la necesidad de cuidar a una persona. Algo en su cerebro se lo había impedido siempre. Él se consideraba el recipiente y ella, con su fragancia y el sabor de su piel, era el ingrediente que faltaba en su interior. Aquella noche, el deseo hizo su papel y los mezcló: hizo del continente el contenido, ya no había límites entre él y ella. Los dos, hoy, son uno. Alquimia.

Él. Ella.

Ahora.

Cada uno vive su vida por separado, ella con sus complicaciones y él con su psicopatía casi desaparecida. Ambos se sirvieron para seguir adelante, para pasar página. Sin embargo, nunca se olvidarán porque en lo más profundo de sí mismos está la esencia del otro: ese deseo que les impulsó a unirse aquella noche. Nunca dejarán de sentir ese amor que les envolvió, ni la locura que les acaeció entonces. Él aprendió a amar, y ella entendió que la muerte solo es una parte más de la vida, una parte que tarde o temprano hay que experimentar y que hasta entonces hay que aprovechar cada brizna de amor que el caprichoso destino te da.

Con él experimentó un amor diferente, un amor apasionado y loco por el que se derrama sangre si es preciso.

Con ella vivió de verdad.

Micro «Jam» de relatos durante la cuarentena, 18 de abril de 2020

Quienes formábamos parte de ello, sabemos que estos relatos (los que escribí yo y también los que escribieron otros) son una manifestación de la lucha interna que se llevaba a cabo en cada uno de nosotros. Llevábamos alrededor de un mes encerrados en casa, saliendo a la calle únicamente para lo imprescindible. Miedo, incertidumbre, frustración… todas estas palabras se enzarzaban en el corazón. Para ponerle remedio, un grupo de amigos aprovechó la tecnología de hoy para reunirse y evadirse de la realidad que estaban viviendo.

Me sentí realmente agradecida cuando este grupo de amigos me invitó a unirme a sus aventuras sobre el papel. Gracias a esas pocas horas, recordé lo que era escribir (llevaba mucho tiempo sin poder hacerlo) y salí del ensimismamiento que conllevan las cuatro paredes de mi habitación.

A continuación podréis leer los relatos con los que me aventuré en esa reunión virtual un día de cuarentena. Son relatos breves, sencillos, de los que solamente destaco el privilegio de haber podido escribirlos porque, a pesar de ser simples, me hicieron sentir… o pude sentir escribiendo.

Erotismo

Este primer relato quería que estuviera clasificado dentro de la temática erótica, lo cual me excitó y encantó a partes iguales. Aparte de tener una temática concreta, tenía que incorporar cierta frase importante (seleccionada por mí. de una lista de diez frases más o menos): «sintiendo una caricia tierna por su espalda».

Vivía sola y gastaba sus energías en recordar… Recordaba, con su álbum sobre su regazo, las manos de su marido acariciándole el pelo. Recordaba la suavidad de las yemas de sus dedos desenredando los nudos de su cabello, y casi sentía el tacto en su piel al recordar cómo solía seguir acariciándole detrás de las orejas hasta llegar al final de su cuello…
En su ensueño, oyó los latidos de su corazón, que aceleraban a medida que recordaba. No era capaz de aminorar el ritmo de su respiración y apenas podía contener el aliento cuando un haz de luz atravesó la trayectoria de su mirada ensimismada. En ese momento, notaba cómo su pecho palpitaba sin remedio, y sintió, de repente, una brisa gélida rozándole el dorso de la mano. Al sentirlo, se congeló su respiración hasta apenas poder soltar un hilo de aliento… Su corazón se entumeció y empezó a notar que una mano lo estrujaba sin piedad, al mismo tiempo que apreció un leve cosquilleo abriéndose paso en sus entrañas… Era un cosquilleo que le resultaba conocido. Se concentró en ese cosquilleo tanto como pudo, y vio, como en una ensoñación diurna, una silueta difusa acercarse hacia ella. Se acercaba lentamente, prolongando la ansiedad y la profundidad del cosquilleo, que bajaba a mayor velocidad hacia su vientre.
No sabía si era ella la que empezaba a volverse loca del dolor de haber perdido a su marido, o si la vista le fallaba y alguien, realmente, se acercaba a ella como bestia que acecha a su presa.
— ¿La locura se hereda? — se preguntaba a sí misma con su voz quebrada por el silencio…
Seguía viendo aquella silueta borrosa, apenas perceptible, acercándose. Sus manos comenzaron a temblar de manera espontánea y, rápidamente, entrelazó los dedos. Quería evitar estar nerviosa, pero le fue incapaz. Seguía notando el frío, como si estuviese sumergida en agua helada… Cada vez era más difícil respirar con normalidad, y el cosquilleo parecía que se hacía más prominente.
Sintió, sin haberse percatado, una firme sensación, reacción al tacto, que paralizó por completo sus sentidos. Parecía estar congelada, inmóvil, ajena…
— Siénteme… — alcanzó a escuchar en un susurro.
Pensó que realmente estaba loca, porque no veía nada. Todo estaba en penumbra, no notaba que hubiese nadie a su alrededor… pero oyó el eco de un susurro.
— Siénteme… — esta vez parecía una voz definida que le susurraba al oído mientras algo, que parecían ser yemas de los dedos, acariciaba levemente su muslo derecho.
Empezó a imaginarse que su marido estaba seduciéndola, y le gustaba. El frío ya no era frío, y esa mano que estrujaba su corazón solo era producto de la angustia al recordar que él ya no estaba.
— No estoy loca — se decía a sí misma, — no está aquí…—.
Sin embargo, pese a saber que era su propia imaginación, seguía sintiendo el tacto de unas yemas de los dedos acariciando su piel sensible. Seguía sintiendo que las manos de su marido planeaban llevarla, una vez más, a aquel lugar.
Sintiendo una caricia tierna por su espalda, recordó que su marido nunca fue capaz de hacerla sentir como se estaba sintiendo. Se sentía excitada, y a la vez la abordaba el miedo.
— ¿Me estás sintiendo…? —.

Diario

Este segundo relato incorpora la frase «ahora los límites de mi mundo se dibujaban» y no recuerdo exactamente en qué temática está clasificado. Tal vez me podáis ayudar al leerlo.

Ayer fue 16 de abril. Mi cumpleaños había sido siempre un día que esperaba con impaciencia. Sin embargo, este año, no esperaba nada. Mis ilusiones se habían desvanecido, como se desvanece el silencio cuando se oye un susurro.
Si hago memoria, puedo recordar que un año me regalaron una pluma estilográfica preciosa, de color violeta, con la letra inicial de mi nombre grabada en ella. Ese año no pude ser más feliz porque me regalaron lo que más deseaba. Esa pluma fue el instrumento con el que activaba, a conciencia, mi vía de escape. Gracias a ella podía escribir cualquier cosa, y me salía una letra preciosa. Empezó a interesarme la caligrafía y me esforzaba por conseguir que mi letra resultase aún más bonita.
Pasaban los años y yo seguía escribiendo: dejaba fluir mis pensamientos sobre el papel hasta que se acababa la tinta y tenía que rellenar la pluma.
Un día, sin previo aviso, esa preciosa pluma que recuerdo con cariño, dejó de escribir… Ya no había más tinta.
Aunque seguía escribiendo con bolígrafos BIC, no olvidé lo que me hacía sentir mi pluma violeta… y la dibujé. Dibujé mi pluma con un lápiz roto que encontré en el fondo de un cajón.
A partir de ese momento, empecé a buscar los límites de mi propia imaginación dibujando con aquel lápiz roto.
Dibujé muchas cosas a lo largo de los días: dibujé paisajes, dibujé rostros irreconocibles, dibujé desnudos (muy elaborados, he de decir), dibujé mis propios orgasmos… Pero era incapaz de dibujar mis recuerdos.
Me decían que el mundo era un lugar peligroso, que atesorar mis recuerdos era una táctica de defensa contra la tristeza… Quise atesorarlos dibujando: iba a titular mi obra Recuerdos a lápiz. Pero no fui capaz.
Yo era la que dibujaba aquello que me rodeaba, pero ahora los límites de mi mundo se dibujaban solos: para mí, ahora sigue siendo el pasado el que rige mis movimientos… Pese a no poder dibujar mis recuerdos, son ellos los que dibujan mi memoria.
Mi mundo se expande al imaginarme dibujando mis recuerdos… ya no hay límites: aquella pluma estilográfica color violeta sigue aquí, pero ya no me impide escribir. Y es que escribir es dibujar, y dibujar es escribir… Si no lo entiendes, no te preocupes, es así.

Fatalidad

El título de este relato responde también, en cierto modo, a la temática en la que estaría clasificado. En este caso, la frase que elegí que estuviera presente es: «después de aquellos meses, solo imaginaba una manera de recuperar el tiempo perdido».

La brújula se detuvo antes de señalar su destino, y para él eso era un mal presagio… El avistamiento de una bandada de buitres justo antes del parón solo era un indicativo de que la situación era drástica desde el comienzo. No supo manejarlo cuando empezó, y ahora no sabe salir del laberinto en el que se ha metido sin darse cuenta.
Todos le señalan, no hay un lugar para él en estas circunstancias, y nadie sabe cuándo acabará la pesadilla… Pero no se va a rendir. Recuperará lo que es suyo e irá donde pueda encontrarla.
Han pasado meses desde entonces, y después de aquellos meses, solo imaginaba una manera de recuperar el tiempo perdido: tenía que encontrar esa maldita brújula. Quizá se quedó extraviada en el siglo XVIII, o se le cayó del bolsillo al atravesar el espacio-tiempo… Debe encontrarla, para encontrarla a ella.
No sabe lo que es la paciencia, y eso solo le conduce a una perdición tras otra. Tendrá que volver al siglo XVIII, a donde empezó todo, y revivir, otra vez, su tragedia personal. Quiso salvarla de su destino, y en vez de eso… acabó llevándose el final de su vida a algún lugar entre la Ilustración y la actualidad.
¿Y si ya ha dejado de existir? ¿Y si él ha contribuido a que, finalmente, acabase cumpliendo su destino? Su promesa le impide perdonarse a sí mismo. Tiene que encontrarla aunque el mismo hecho de hacerlo acabe siendo su fin.
— Si supiera que estoy justo aquí… — se decía a sí misma viéndole sufrir, —si supiera que sigo en el plano existencial… pero, ¿cómo decírselo? No me ve, ni me oye… Necesito demostrarle que sigo aquí. Es mi existencia, pero también es la suya. Tiene que saberlo—.
Estaba sentado en su escritorio repasando una y otra vez los pasos que siguió para sacar a Liria del plano existencial, pero no lograba descubrir en qué momento del proceso falló su plan… Mientras, ella se desvivía por lograr pasar una simple página con la mano, pero sin éxito. Quizá, si se concentraba en su fuerza para provocar una brizna de aire, podría conseguir soplar la esquina de la hoja…
En su ensimismamiento, el agente K revivía una y otra vez la última vez que la vio. En ese momento, pareció sentir una brisa suave acariciándole el rostro, y vio cómo se pasaba la página del cuaderno.
De repente, notó caer sobre él una gota de agua. Al tocarse, se dio cuenta de que no era agua, sino sangre. El corazón empezó a latir de forma agitada, podía sentirla… pero, ¿dónde está? Aún no tenía la respuesta.
Al bajar la vista a su cuaderno vio una palabra escrita en rojo: «existo». Al leerla, empezó a notar algo extraño en su bolsillo. Metió la mano y, al tacto, descubrió que era su brújula, aún parada, lo que estaba notando.
Al sentir una leve sensación de esperanza, un grito desolador encogió su corazón: la palabra escrita en rojo es ahora una gota de sangre esparcida por el papel, y la brújula que había despertado su angustiada alma, es ahora una nube de polvo disipándose en el espacio.
K dejó de ser K al dejar de existir ella… Solo es un agente sin rostro, sin identidad, cuyas lágrimas riegan el espacio-tiempo haciendo florecer los lirios que tanto le gustaban a ella.
Ella dejó de ser una pregunta sin respuesta al darle una última esperanza antes de desaparecer del plano existencial… Ahora es una gota de sangre con forma de K en un rostro sin identidad… Ya no la recuerda, no sabe por qué llora, pero ella está con él. Es su destino.

La micro «jam» de relatos habría terminado aquí, pero disfrutábamos tanto que se decidió improvisar un cuarto y último relato con el que cerrar nuestra aventura por escrito. Además, añadimos una dificultad más: incorporar dos frases, y todos los escritores en ciernes tenían que utilizarlas en sus relatos. Las frases son: «ya no soy la misma» y «escribir es dibujar, y dibujar es escribir».

Improvisado

Lo único que puedo comentar aquí es que las palabras fueron haciéndose amigas mientras yo conducía: realmente estaba conduciendo (iba a recoger a mi madre del trabajo) mientras el relato se escribía solo en mi cabeza.

Paré el coche donde me paraba normalmente para esperar a mamá, y escribí:

Voy conduciendo, y pensando… La carretera es similar a un desierto delimitado por las dunas que van y vienen por el viento… Cuando me acerco a la primera glorieta, veo dos coches de policía parados, con las luces azules y brillantes encendidas… El corazón se me acelera, al igual que el coche sin darme cuenta. Reduzco poco a poco, estoy en segunda… Afortunadamente no hay ningún policía dentro de los coches, ni fuera… Así que, no es necesario detenerme. Respiro. El último policía que me detuvo, casi se lleva mi alma con él al decirme que una chica tan joven como yo no debería salir de noche con la que está cayendo…
Sigo conduciendo. Entre mis canciones, empieza a sonar «Way back into love», y empiezo otra vez a pensar… La imagen nihilista de mi novio se me aparece mentalmente.
Sigo conduciendo…
Llego a la salida 13, y circulo por el tramo de carretera más oscuro de mi trayecto, en curva casi cerrada. Al mirar por el retrovisor frontal, vislumbro un fogonazo a lo lejos, casi como si fuera el flasazo de un relámpago… Pero sin trueno.
Sigo conduciendo, y salgo por el ramal alcanzando la velocidad de 120. Sigue estando todo en penumbra, y las luces cortas no son suficientes para poder ver con nitidez la carretera. Aunque ya no soy la misma que se asustaba cada vez que pasaba por un tramo sin luz, sigo asustándome. El miedo es un enemigo del que sigo sin poder librarme.
Sigo conduciendo, y mis pensamientos dibujan entre ellos la imagen de mi cuadro familiar… Las sonrisas de mis niños me hacen disfrutar de mi viaje en coche… Y de repente, pienso en que no puedo escribir mientras conduzco, es imposible.
Aún así, recordé lo que leí hace un rato en la micro jam de relatos: escribir es dibujar, y dibujar es escribir… Así que, dibujo mentalmente este relato de mi viaje por carretera cuyo destino es recoger a mi madre del trabajo.
Acaba de entrar en el coche, y me mete prisa para llegar a casa.
Creo que… La misión está cumplida, y el relato concluido.
Arranco.
Sigo conduciendo.

Ahora sí. Esa aventura con la escritura concluyó, pero las emociones que se movieron al leer y escuchar nuestros propios relatos siguen latentes incluso un año después.

Las palabras son poderosas.


Todos tenemos una parte masculina y una parte femenina dentro de nosotros, y el corazón es el órgano que las junta y las hace una sola.

Supongo que la gracia que antes bañaba mis manos, ha ido desapareciendo poco a poco, con la incertidumbre de descubrir si por fin iba a atreverme o no.

Hace mucho tiempo que intento conocerme a mí misma: conocer los impulsos de mi órgano cardíaco, aparte del evidente latido necesario para poder vivir. Mi corazón es uno de los personajes que envolverán esta historia llena de preguntas sin respuesta, a las cuales bautizaremos como la sagrada congregación de las Hermanas Retóricas. A este personaje que marcará la alegoría del corazón, le llamaremos Miocardio (por hacer un guiño a sus funciones biológicas).

Bien, ¿por dónde íbamos? Ah, sí: conocer los impulsos de Miocardio. Para llevar a cabo esta épica y sanguinaria hazaña previa a las fiestas de Navidad, es necesario retroceder un poco en el pretérito imperfecto y poneros al corriente de lo que ocurría entonces.

Estábamos en un pueblo de Huesca, perdiéndonos por las calles y los senderos de montaña rodeados del Bosque mágico de las Hadas, cuando de repente Miocardio sintió un impulso acelerado en sus ventrículos. Fue un impulso extraño. Aquí, la expresión «me dio un vuelco el corazón», sería bastante acertada.

Éramos cuatro en aquel momento. Vamos a ver si somos capaces de jugar con las palabras y presentaros de una vez a estos cuatro: Ibkar y Quío. Estos van a ser los nombres elegidos para referirnos a los cuatro susodichos. Ibkar engloba a una pareja que no se encuentra todos los días (una pareja fuera de lo corriente, que se admira, se quiere, se comunica, se escucha, se hiere y se perdona). Quío, en cambio, encierra a dos personas desconocidas entre ellas que, últimamente, están descubriendo cosas. Una de las personas que se esconde en Quío, tiene a su pareja a kilómetros de distancia y guarda el deseo de encontrar respuesta en las Hermanas Retóricas.

Ibkar y Quío estaban memorizando ubicaciones dentro del pueblo, y lo hacían bajo los efectos de ciertas sustancias prohibidas. Miocardio no hacía más que experimentar nuevas sensaciones, consecuencia de los efectos de las sustancias en cuestión; pero cierta ocasión le sirvió de precedente para creer que podría ser por otra cosa muy distinta. Aquí empezaron sus problemas. Ibkar iba por su cuenta, delante de Quío, hablando consigo mismo y debatiendo, riéndose y abrazándose. Quío, sin embargo, iba reinventando palabras y maquinando locuras psicodélicas que, a medida que avanzaba la noche, se acabaron convirtiendo en una sucesión de secuencias poéticas en otro documento de Word. Mientras Ibkar iba adelantándose, y Quío caminaba al unísono y zigzagueando, Miocardio empezó a sentir. Vamos a dejarlo ahí.

Esa misma noche, Ibkar estaba en la litera de arriba, y Quío en la de abajo. Habían juntado las camas para que la parejita pudiera dormir plácida y románticamente. Las dos personas que integraban Quío se miraban mientras los de arriba ya dormían. La parte femenina se quedó dormida enseguida. De repente, Miocardio se aceleró de tal manera que no pudo evitar despertarse, coger el móvil y empezar a escribir versos sin ton ni son. Y durante todo ese proceso, no dejaba de mirar a su compañero de al lado, que afortunadamente estaba frente con frente a su mirada.
Todo se volvió laberíntico, como si las emociones estuvieran expresadas bajo la codificación de los jeroglíficos antiguos. Miocardio seguía creyendo que aquel impulso que sintió, fue causado por la parte masculina de Quío. No podía dejar de mirar a esa parte de la ecuación. Cerraba los ojos, pero enseguida volvía a desvelarse y volvía a sentir la necesidad de escribir.

A la mañana siguiente, aunque todo parecía verse con más luminiscencia, la parte femenina de Quío estaba más inquieta y acelerada que nunca: buscaba con la mirada los labios de su compañero, deseaba con ardor poder rozarle… pero estaba de espaldas a ella y Miocardio no tuvo más remedio que seguir soñando.
Salió al jardín e hizo un calentamiento lento y completo mientras esperaba, ilusa de ella, que su parte masculina saliera a su encuentro. Sin embargo, se quedó dormida en el césped, abierta de piernas. Miocardio seguía sintiendo acelerones en sus ventrículos… Empezó a dialogar consigo mismo intentando llegar a las Hermanas Retóricas en busca de respuestas. Pero fue imposible.

Para poder acceder a sus ansiadas respuestas, las Hermanas Retóricas le dieron tiempo de contemplación y meditación, además de una lista con sus nombres:

¿Por qué me siento así?

¿Por qué no quiero hablar con él?

¿Por qué creo que necesito estar a su lado?

¿Sigo enamorada?

¿Estoy enamorándome otra vez?

Así, con esta lista, Miocardio se puso a meditar, a pensar consigo mismo y a discernir cuáles podrían ser las posibles respuestas.

Hemos creído oportuno guardar la ambigüedad y no ser muy precisos en cuanto a los nombres de las Hermanas Retóricas, ya que el misterio es uno de los ingredientes principales de esta historia.

Podemos deducir, en base a todo lo narrado hasta ahora, que Miocardio se debate entre su ya estipulado amor, y un posible amor en ciernes que no se sabe cómo ha surgido ni si va a alguna parte.

Quizá se trate solo de una transferencia emocional de una parte masculina a una parte femenina y, en consecuencia, la parte femenina se ha quedado invalidada temporalmente.

O puede que simplemente sea una fuerte e irresistible atracción sexual que hay que evitar.

No es una situación agradable para su pareja, pero Miocardio da saltos dentro del pecho cuando la parte masculina de Quío anda cerca. Todo lo que compone esa parte hace vibrar a la otra… El tono de su voz, sus movimientos, sus ojos, su melena y su barba a la misma altura… Pero, sobre todo, su forma de ser con los demás. Eso último revoluciona los esquemas de Miocardio.

Desde que volvieron de ese viaje, Miocardio ha estado evitando a toda costa el contacto visual y virtual con Quío masculino… Quizá por respeto a su pareja, o por miedo al futuro. No fue nada fácil para su parte femenina ignorar los impulsos de Miocardio y decelerar las sensaciones que producen la presencia de Quío masculino.

No resulta muy objetivo narrar una historia en la que los propios personajes son emociones, sensaciones, impulsos, y partes escindidas de distintas personalidades. Pero acaba siendo irremediable la necesidad de hacerlo. Esto es exactamente lo que ocurre y el porqué de esta tonta historia sin pies ni cabeza.

Miocardio lleva un tiempo sintiendo que todo se ha acabado, que no hay vuelta de hoja, que la historia que comenzó hace dos años y tres meses de forma mágica, ha llegado a su inevitable final. Lo lleva pensando mucho tiempo. Sin embargo, no es capaz de poner punto y final a esa relación… quizá por el tiempo que ha pasado, por los momentos inolvidables, por los recuerdos de las buenas sensaciones… No lo sabe. Pero no quiere terminar. Miocardio se encuentra en un momento de indecisión, entre la espada (apuntando directamente hacia él) y la pared. No sabe cómo ha llegado hasta ese punto. Tampoco quiere saberlo. Solo sabe que no sabe lo que está sintiendo, no tiene ni la más remota idea de si es amor lo que sigue recorriendo sus impulsos ventriculares (hacia su pareja), o es simplemente cariño (un cariño infinito que jamás va a desaparecer pero que, por desgracia, ha dejado de ser amor). Cree que ha traicionado ese amor que posiblemente ya no sienta… pero, por otro lado, no se puede evitar dejar de sentir… o dejar de estar enamorado. Esas cosas acaban pasando.

Las Hermanas Retóricas siguen taladrando las sinapsis de la parte racional de Miocardio… Él ya no puede más.

Junio, 2019

Hubo un momento. Un momento único. El momento en que se abrieron mis alas por primera vez.

Le pregunté:

— ¿Te puedo querer para siempre?

Me contestó:

— Puedes quererme eternamente.

Desde ese momento, el tapiz y cada poro de mi piel, fuimos inseparables. Hasta que llegó el momento de la despedida.

Mi cuerpo empezaba a sentirse como si los años pasaran demasiado rápido: mis empeines, al estirarse, ya no podían tocar (ni siquiera rozar) la suavidad del tapiz; mis rodillas, que siempre tuvieron el problema de ser hiperlaxas hasta casi partirse hundiéndose hacia dentro, no hacían otra cosa que doblarse para respirar del dolor; mi abdomen, siempre apretado, dejó de esforzarse por mantenerse en forma; mi espalda, mi fiel amiga y compañera desde los dos años, se fue desprendiendo poco a poco de la magia que aportaba a mi cuerpo… Dejó de arquearse a su antojo y empezó a mostrarse perezosa al público, ya no me obedecía. Dolía. Mis brazos, que han sido siempre una prolongación de mí misma, dejaron de ayudarme a conseguir mis objetivos. Mi cuello, muchas veces escondido, empezó a imitar al cisne negro hasta llamar mi atención:

— Se han ido, pero yo sigo aquí. Sal al tapiz. Disfruta. Haz el amor, como siempre. Seguirán aplaudiéndote.

Salí al tapiz, intenté disfrutar, quise hacer el amor, como siempre; aplaudieron. Sin embargo, mis oídos notaban el descenso de los aplausos. Ellos también lo supieron. Ya no era igual. La magia que desprendía al arquearme y saltar y girar en el tapiz, con tanta seguridad, se convirtió en nubarrones de dudas y preguntas como «¿qué viene ahora?», «¿los pasos rítmicos?», «¿el riesgo de la paloma lanzando la pelota?»… Creo que ese fue el principio del fin.

Mi cuerpo se designó a sí mismo en rebeldía, y aunque yo quisiera (por activa y por pasiva y con voces distintas cada vez) ejercitarlo y trabajar, y concentrarme en esforzarme para llegar, al menos, a las diez primeras posiciones… Jamás lo volví a conseguir.
Era una señal. Fue su propia señal. La señal que mi propio cuerpo me enviaba, como un mensaje de SOS, comunicándome su decisión de retirarse de la competición. Yo no quise hacerle caso. Aguanté el
dolor unos años más… Era más llevadero, porque compartía mi carga individual con otros cuerpos; ya no era solo mi cuerpo el que trataba de destacar, un poco, ante el tapiz… éramos cinco cuerpos, coordinados, con el mismo objetivo.
La carga era más ligera, pero mi deseo no disminuyó. Amaba tanto el tapiz que me arriesgué otra vez. Mi cuello, simulando al cisne negro, me lo sugirió. Le hice caso.

— Vuelve. ¿Quién te lo impide? Satisface tu propio deseo. Acaríciale. Vuela. Sigue abriendo tus alas cuando saltes. Experimenta. Ejercita la memoria de tu cuerpo. Recuérdale lo que se siente al ser amante.

Le hice caso. Me entregué por completo al deseo de acariciarle. Abrí mis alas, y volé. Experimenté la satisfacción de no darme por vencida. Le recordé a mi cuerpo lo bonito que es ser fiel a uno mismo, lo bonito que es seguir al corazón, lo bonito que es ser su amante.
Hacer el amor ya no era maltratar mi cuerpo por una medalla más. Hacer el amor se convirtió en un mantra: «Te quiero. Lo siento. Perdóname. Gracias». Me decía estas cuatro frases cada minuto previo a la competición. Hacía el amor, seguía deseando, pero mi cuerpo era lo primero: la medalla dejó de ser importante (mi ego no lo encajó demasiado bien y se enfadó por la decisión que tomó mi valiente corazón).

Fueron años similares al sabor del algodón de azúcar: dulces, se deshicieron poco a poco en mi boca; dejaron mis labios acaramelados, pegajosos, con ganas de más.
Me decía a mí misma, y a mi cuerpo, que aún quedaba algodón en el palo… cuando, en realidad, ya se había acabado.

Mi cuerpo siempre ha sido mío. Poéticamente, solía expresar que el tapiz era mi dueño ya que, según la normativa, mi cuerpo debía tocar cada esquina del tapiz, además de la parte central, durante mi ejercicio; en cada esquina era capaz de sentir un orgasmo emocional al protagonizar mi propia historia de amor: un amor a primer tacto.

— Aún puedes sentir el orgasmo. Aún quedan emociones por conquistar. Aún queda la música: ella siempre te ha acompañado. Aún queda ese minuto de silencio previo que tu cerebro necesita para concentrarte. Aún queda el último baile, la última emoción: la más épica. Aún queda tu repicar de campanas en la Iglesia, y aún allí, a punto de decir «Sí, quiero», el deseo te seguirá.

No podía dejar de escuchar al cisne negro de mi cuello… No podía. Sentía la necesidad de seguir estando ahí. Estaba ahí: ahogada en mi propia necesidad de seguir. En este punto de nuestra relación,
lloraba cada vez más. Ya no era capaz de apreciar la reciprocidad entre mi cuerpo y su amante. Esa reciprocidad, esa armonía que lo mantenía todo en equilibrio, se desvaneció de la noche a la mañana… Sin previo aviso. Sin decir «adiós». Sin el último beso. Sin guardarme el último baile. Sin mostrarme la última emoción. Mi historia de amor nunca será una historia épica: quizá pueda ser una elegía, como las que se cantan al llorar a un ser querido.

Ese fue el final del principio. Mi historia de amor apenas duró unos años… Mi cuerpo, antes rebelándose, ahora se mantenía nostálgico porque no encontraba consuelo en su búsqueda de emociones épicas.

— ¿Quizá ya no me quiere? — me decía a mí misma.

Mi cuerpo y yo nos fuimos acostumbrando a su ausencia… No es que ya no estuviera. Mis responsabilidades no me permitían seguir yendo a su encuentro.

Crack.

Al escuchar ese extraño sonido como si algo se rompiera en mil pedazos, en mi interior, el miedo empezó a controlarme. Mi espalda, que ya dolía, tuvo que hacer frente a una lesión casi permanente…

— Es el fin — me decía a mí misma.

Busqué ayuda. Quería volver. Quería desear. Quería hacer el amor. Experimentar. Volar. Sentir mis orgasmos emocionales en cada esquina. Quería revivir mi historia de amor a primer tacto, otra vez.

Me ayudaron. Me salvaron. Casi volví.

A pocos días de poder sucumbir a mi propio deseo, la pandemia asoló mi mundo. Ya no era posible volver. Todo cerró sus puertas: el gimnasio, los colegios, las bibliotecas, incluso la calle… Muchísimos corazones dejaron de latir a la vez. Miles de vidas se vieron aisladas, solas, vacías… Sin vida.

El deseo seguía ahí, latente. Sin embargo yo no era capaz de verlo. Mi cuerpo dejó de sentir… los orgasmos, tanto físicos como emocionales, se convirtieron en un vago recuerdo en muy poco tiempo.

La primavera, la exaltación de la juventud, la estación de las flores y la lluvia, el momento del erotismo enamorado… tuvo que mantenerse en cuarentena. Distancia de seguridad. Mascarillas e imposibilidad de rozar otros labios que no sean los tuyos propios. Los amantes dejaron de ser amantes físicos para convertirse en amantes virtuales. Algunos se vieron obligados a dejar de llamarse «amantes» porque el propio amor que les unió en un principio desapareció.

Mi cuerpo seguía siendo mío. Estaba aislada. Estaba vacía. No tenía vida (más bien no era consciente de que yo seguía viva y debía luchar por salir del pozo en el que estaba metida). Aunque mi cuerpo seguía siendo mío, dejé de alimentarle de deseo. Dejé de acariciarme. Dejé de darme besos. Dejé de cuidarme. Dejé a mi propio cuerpo encerrado tras la puerta de la soledad.

No sé cómo. Pero el milagro vino a mí. Me salvó. Empecé a darme cuenta de la injusticia que había cometido contra mi cuerpo: le había abandonado. Me había abandonado a mí misma.

Volví a escuchar la voz de mi cuello de cisne negro, el cisne enamorado del deseo, de la pasión, de la aventura, del Romanticismo transformado en Modernismo bajo la pluma de Manuel Machado.

Mi cuerpo volvió a sentir el deseo de probarse a sí mismo. Mi espalda quiso arquearse de nuevo. Mis empeines luchaban solos por tocar otra vez el suelo. Mis brazos, por fin, vuelven a ser una prolongación de mi cuerpo ayudándome a alcanzar mi sueño.


Ya no hay tapiz, quizá ya no sea una historia de amor a primer tacto. Quizá, hoy, sea una historia de amor a secas: una historia de amor en la que mi cuerpo, mi corazón, mi cerebro, se aman a sí mismos y entre ellos.

Es mi historia de amor particular. Una historia que evoluciona con el tiempo, que va añadiendo capítulos a su argumento. Una historia que ya ha empezado a describir otros personajes. Una historia que ya ha empezado a hablar de ti, de mí, de todos; con una voz distinta… una historia transformada en secreto cuyos protagonistas siguen siendo amantes de carne y hueso, sin tapiz, pero con vida propia.


— ¿Habrá más momentos únicos?— me pregunto mientras mi mejilla acaricia el dorso de mis punteras.

El sentimiento que me embriaga ahora, mientras escribo estas últimas líneas, es similar a lo que se siente cuando terminas de leer un libro que te ha encantado y que te ha dejado sin palabras. Si tengo que describirlo, diría que es una sensación de plenitud porque has leído, por fin, el último capítulo (aunque en el fondo no querías llegar al final, porque te encantaba); te sientes enriquecida porque has asimilado todo lo que has leído y, además, lo has disfrutado; y te sientes triste, porque aunque has sido feliz, sigue siendo una despedida.

Una lagrimita se desliza hacia abajo mientras pronuncio:

— Te quiero. Lo siento. Perdóname. Gracias.


Feliz Día de las Escritoras.
Qué mejor manera de conmemorar este día que escribiendo…
Escribo porque muchas mujeres antes que yo escribieron y fueron mi ejemplo.

Rocío G. Soldevila

Podía ver la soledad en plena Naturaleza cada vez que abría los ojos por las mañanas: era capaz de sentir cómo aquel sauce llorón, casi al borde del río, se ahogaba en sus propias lágrimas al saber que nadie le guardaba en sus pensamientos…
Moonlight cada vez estaba más segura de que el ser humano no merecía disfrutar de las maravillas de la Naturaleza: ella misma experimentaba a diario la falta de interés, de tacto, por parte del hombre; pero, sobre todo, era consciente de lo triste que era su vida al tener un dueño tan desconsiderado como el señor Alejandro… Era desconcertante, puesto que su propio nombre significa «hombre protector», «el gran salvador»; Moonlight imaginaba con frecuencia que el señor Alejandro era en realidad el famoso macedonio Alejandro Magno, y que conquistaba, junto a él, grandes ciudades… Ese pensamiento era lo único que la sacaba de su triste existencia como “yegua florero”… Sí… El señor Alejandro solo presumía de ella ante sus amistades, porque, en efecto, Moonlight era una yegua preciosa y digna de admiración… Pero jamás la cuidaba, nunca salía a galopar con ella, ya no le daba sus zanahorias favoritas, ni tampoco la cepillaba… El señor Alejandro se olvidaba por completo de Moonlight cuando no había nadie ante quien presumir…
Cuando apenas era una potrilla, Moonlight fue entregada a la familia Montoya: en aquella época era un apellido importante en la región y formar parte de tal familia era sinónimo de esperanza por prosperar y llegar a ser alguien en el futuro.
Alejandro Montoya tenía entonces dieciséis años, una edad perfecta para enamorarse por primera vez y descubrir, poco a poco, el maravilloso poder del corazón. Cuando Moonlight le vio, desde ese primer momento quedó atrapada en su mirada: esos preciosos ojos color aceituna embaucaban a cualquiera, y ella, sin apenas saber nada del mundo, le entregó su alma…
La pequeña Moonlight era, curiosamente, un regalo para el joven Alejandro, quien la recibió con el corazón y los brazos abiertos. Los primeros días juntos fueron maravillosos: un sueño para cualquier caballo, ser querido, admirado, y cepillado (lo mejor del mundo para Moonlight era que la cepillaran esas largas crines que siempre se le enredaban).
Moonlight fue creciendo hasta convertirse en la deslumbrante yegua que es ahora… y Alejandro salía a cabalgar con ella cada amanecer de cada nuevo día.
Una tarde de otoño, el patriarca de la familia Montoya, el abuelo de Alejandro, fue encontrado sin vida en una zanja a las afueras del rancho… La policía determinó que probablemente habría muerto a causa de algún animal salvaje.
La desesperación y la rabia que sintió Alejandro en aquel momento acabaron por endurecerle el corazón: su abuelo era una persona insustituible en su vida, era quien le había enseñado todo; su abuelo fue el primero que le habló acerca de la magia en la mirada del caballo, y también el único familiar directo, vivo, que tenía (el resto de los miembros de la familia eran parientes lejanos para él). Fue su abuelo quien le enseñó a montar a caballo y quien insistió para que cuidara de Moonlight cuando ésta llegó a sus vidas.
El mismo día que encontraron muerto a su abuelo, Alejandro decidió que la vida había dejado de tener sentido y que sin él, no sería apto para cuidar de su yegua…
Para Moonlight fueron tiempos muy confusos: no entendía por qué el abuelo no iba a verla como siempre hacía, y lo que menos comprendía era que el joven Alejandro ya no cabalgara con ella para ver amanecer… Parecía que el sueño que había empezado a vivir cuando llegó se había terminado y por fin había despertado: su vida era esta, estar sola, sobrevivir sola, relinchar sola, todo sola… ese sería su epitafio.
Mientras su yegua dormía en el establo, Alejandro suspiraba: ya no le quedaban lágrimas, no podía llorar más. Debido a ello, creyó que había dejado de sentir. Así siguió creciendo: pasaron los años, pasaban las estaciones, hasta llegar a ese invierno metafórico al que todo el mundo llega en su momento. El joven Alejandro, que había pasado los primeros dieciséis años de su vida siendo una persona cariñosa, sentimental y generosa, pasó a convertirse en el señor Alejandro Montoya, único heredero del rancho familiar, y una persona completamente distinta: fría, calculadora, sin sentimientos…
El tiempo pasaba para todos, y también para Moonlight: ella llegó a su edad de madurez teniendo la firme convicción de que moriría sin haber recuperado su alma. Ya no recordaba lo que era ser dueña de sí misma… había olvidado hasta cómo galopar… hacía tantísimo tiempo que no salía a la Naturaleza y corría a pleno pulmón… Todos aquellos días procedentes de aquel sueño maravilloso se habían perdido hace mucho tiempo en su memoria. Y, aún así, ella seguía esperando un milagro: a veces imaginaba con mucha nitidez el momento en que Alejandro entrase de nuevo en su cuadra y la sonriese como antaño, mientras la miraba con sus ojos aceituna poseedores de su alma… Sí, a veces lo imaginaba
con tanta fuerza que confundía su particular ficción con la realidad y relinchaba de felicidad sin darse cuenta.
Una noche, Moonlight pareció escuchar un ruido extraño cerca de los establos…
Cuando se quiso dar cuenta de que algo pasaba, aquel hombre desconocido con un parche en el ojo, ya se había abalanzado sobre ella al mismo tiempo que se disponía a herirla con la navaja que sujetaba…
Todo se convirtió en una imagen negra, todo era oscuridad, no podía ver nada… pudo ser capaz de sentir algo: era un dolor agudo, agonizante, que no sabía dónde localizar… Dolía cada vez más y con más fuerza… No pudo evitar relinchar de puro dolor, pura desesperación.
Alejandro volvió a ver a su abuelo en sus sueños: volvió a ver su muerte, volvió a sentir lo que sintió cuando era joven… ese dolor…
De repente, despertó bañado en sudor y sintiendo las palpitaciones del corazón por todo su cuerpo… Al abrir los ojos, una fugaz imagen de Moonlight surgió ante él.
Sin saber cómo, una extraña sensación invadió su espacio: empezó a sentirse inquieto, nervioso; notó cómo un dolor punzante recorrió todo su pecho hasta sentir cómo oprimía su corazón… era un dolor desgarrador.
Mientras Alejandro experimentaba tal sensación, la moribunda Moonlight relinchaba sin descanso con la esperanza de que su alma la oyera…
Alejandro volvió a ver ante sus ojos la fugaz imagen de su yegua, pero esta vez pudo distinguir una mirada llena de sufrimiento, y dolor. Una lágrima brotó de sus secos lagrimales y resbaló por su mejilla haciéndose notar al tacto… Alejandro volvió a llorar.
Esa imagen de Moonlight perseguía su mirada: se hacía presente ante sus ojos constantemente, mientras éstos seguían derramando lágrimas.
¿Por qué volvía a sentir de repente? ¿Por qué veía a Moonlight sufrir tanto cada vez que pestañeaba?
Recordó otra vez la imagen de su abuelo muerto y la frase que pusieron en su lápida: «Aquí yace Eros Montoya, patriarca, amado abuelo y amante de sus caballos. Nunca te olvidaremos: tus enseñanzas nos seguirán hasta que cumplamos con ellas, siguiendo tus pasos».
Mientras recordaba aquel epitafio, las imágenes de su abuelo y de su yegua cada vez se hacían más reales.
En ese momento oyó un relincho desgarrador.
— ¡Moonlight! — susurró en plena oscuridad.
De verdad esperaba que esta vez alguien oyera su relincho, rezaba porque así fuera…
Moonlight volvió a relinchar, una y otra vez, cada relincho más desgarrador que el anterior…
La yegua, ya sin fuerzas, pudo notar el rechinar de la puerta del establo y, acto seguido, el sonido de unas botas corriendo hacia su cuadra… ¿Finalmente su imaginación había podido con la realidad? Alejandro apareció ante ella con semblante fatigado, y desconsolado.
Dio gracias por haber sido escuchada, y todo volvió a tornarse oscuro, una oscuridad dolorosa.
Alejandro no podía creer lo que estaba viendo… Sintió cómo su alma se partía en mil pedazos con aquella imagen…
— Si hubiera… — balbuceaba a lágrima viva — Si hubiera estado aquí… Si hubiera mantenido mi promesa… Si hubiera cuidado de ti como prometí hacerlo… — decía entre suspiros y lágrimas.
Moonlight abrió los ojos: sus miradas volvieron a encontrarse como aquel lejano primer momento. Algo se movió en sus corazones, y en sus ojos, de repente, nació un destello. Moonlight se había reencontrado con su alma, de la que se separó hace muchos años, y volvió a ser su propia dueña.
Alejandro experimentó el nacimiento de un vínculo entre ellos al mirar a su yegua directamente a los ojos: percibió un gran destello en su mirada. En ese momento supo que jamás volverían a separarse.
Moonlight sobrevivió gracias a su inquebrantable fe en que volvería a ver a Alejandro.
Alejandro volvió a conocer los sentimientos gracias a un doloroso recuerdo, que por fin ablandó su corazón.
Ambos aprendieron que la lucha y la superación van de la mano: no puede existir una gran batalla sin dos contrarios que la lleven a cabo… Esa vez fueron la soledad y la fe, para Moonlight; y el dolor ante la pérdida, y la aceptación, para Alejandro.
Todo forma parte de la vida: el dolor, el sufrimiento, la soledad, la ilusión, el recuerdo, la muerte… Todo, incluso lo malo, enriquece la existencia del ser humano.
Alejandro Montoya aceptó que la muerte es parte de la vida y la enriquece con sabiduría: ese momento de aceptación ante la pérdida fue lo que permitió a su corazón volver a sentir, fue lo que procuró la
supervivencia de la preciosa Moonlight, quien a día de hoy sale a cabalgar cada amanecer con Alejandro… con quien a día de hoy comparte su alma: ambos compartieron un pedazo de su alma aquel día, ese es su vínculo. Esa es la magia de la mirada del caballo de la que hablaba el abuelo.
Todo está destinado a ocurrir: sea bueno, o malo, felicidad o tristeza; el hombre debe aprender de ello.
Precisamente, los grandes vínculos surgen de esos grandes momentos que resultan ser reveladores en la vida.

Ilustración dibujada por la autora.

Hoy escribo porque no me queda otro remedio: porque mi mano derecha ansía el tacto del bolígrafo, porque mi perturbada mente necesita su medicina… porque mi corazón, tan lleno de ilusión y esperanza, necesita derramar sus lágrimas en la tinta de este bolígrafo azul.
Hoy escribo porque ha vuelto el silencio, porque las preocupaciones se pasean libremente por las galerías de mi creativo cerebro…
Simplemente, hoy escribo:

«Tristeza y Angustia son dos hermanas mellizas que se pelean constantemente por el protagonismo… cada una quiere su propio papel principal.
Ambas hermanas son emociones que se agarran a los órganos vitales para hacerse notar en el cuerpo, tanto o más que en la mente del ser humano. Suelen sentirse más cómodas en el estómago, la tráquea y el corazón… estos tres espacios tienen una conexión directa a los lagrimales y a sus respectivos ojos: espejos del alma.
Aunque cada una desea su propia habitación, juntas han levantado un muro de mármol muy difícil de escalar: es mucho más sencillo caer. Se llama “Depresión”. A veces se ve a distancia y, con frecuencia, se hace invisible y solo se reconoce cuando ya se ha precipitado en su vacío.
Existen escaleras hechas de suspiros y manos amigas: Esperanza y Fe son primas hermanas que se preocupan por las mellizas; ellas son las manos amigas que se caracterizan por ser constantes.
Tristeza y Angustia no son malas… solo han perdido la fe, han perdido la esperanza… creen que están solas.
Fe y Esperanza son constantes, y han decidido brillar (como brillan las estrellas en la oscuridad), solo por ellas… para que ese muro que han levantado se deshaga poco a poco: ya se ven las grietas.
No están solas».

No estoy sola.

Rocío G. Soldevila

Ahora que se nota la brisa medianamente fresca, ahora que este lugar se ha quedado vacío, sin ruidos, sin bullicio, sin personas… Ahora que todo es silencio, por fin puedo acceder a mis recuerdos.

Era una mañana como otra cualquiera (tal día como el de hoy hace apenas unos años): una mañana de agosto, soleada y muy calurosa… Aquella mañana decidí ir sola al Museo del Romanticismo, en el número 13 de la Calle de San Mateo.

Para quien no lo sepa, soy de Madrid, una ciudad totalmente seca y desierta durante los meses de verano, donde el ocio y el buen ambiente tienen mucha presencia.

Cuando llegué al Museo del Romanticismo (aquella vez era la tercera vez que iba), una sensación desconocida empezó a recorrer mi cuerpo… aquella sensación consiguió erizar el vello de mis brazos nada más atravesar el umbral del edificio, cuya arquitectura (a mi modo de ver, simple y preciosa) me deja a veces sin respiración.

Pagué mi entrada, como cada vez que voy, y empecé mi especial recorrido por las estancias del museo.

Subí las escaleras, muy despacio, recitando en mi interior cada verso de Carolina Coronado, José de Espronceda, Rosalía de Castro, Gustavo Adolfo Bécquer, que hay escritos en las paredes… Subía las escaleras inundándome de su poesía, deseando ser yo misma parte de ella…

Llegando a la primera estancia, mi corazón empezaba a acelerarse: es increíble que aun habiendo visto lo mismo con los mismos ojos, la reacción sea diferente a las últimas veces…

Todo el lujo y la ornamentación de los románticos del siglo XIX empezó a abrirse paso ante mis ojos, al igual que la fragancia a antigüedad se abría paso por mis napias…

Gran parte de mis sentidos estaban concentrados en apreciar cada detalle de aquel maravilloso paréntesis dentro del tiempo.

El Romanticismo, para mí, siempre ha sido como un paréntesis dentro de nuestra literatura… Me explico: terminamos el siglo XVIII con la Ilustración o lo que llamamos «Siglo de las Luces» porque lo que más importaba era el razonamiento lógico (aunque, por supuesto, había mucho más en la cara oculta de esa moneda iluminada), y tras un breve periodo de luchar fervientemente por los sueños y el amor, nos vamos a la segunda mitad del siglo XIX con lo que llamamos «Realismo» y
«Naturalismo» (otro periodo literario en el que se profundiza en la observación, el razonamiento lógico y en contar la realidad tal y como es)… Como digo, este periodo literario que llamamos «Romanticismo» es en realidad un breve paréntesis de locura, deseo, lucha, amor… que separa dos periodos diferentes que no dejan de ser parecidos.

Siempre me gustó descubrir la relación entre disciplinas: la relación entre literatura e historia, por ejemplo; porque todo influye en la obra de un escritor… Este museo es el mejor ejemplo en Madrid que se puede encontrar y en el que se puede observar muy de cerca esa relación tan especial.

En aquel momento, parada en una estancia, paseando con detenimiento mi vista por las paredes, sobre los muebles, bajo las lámparas, alrededor de las esculturas… en aquel momento parecía que todo cobraba vida durante una milésima de segundo… Ante un retrato de la regente María Cristina, parecía que sus ojos me perseguían según me iba moviendo por la estancia…
[Me viene con gracia a la memoria un comentario que hizo mi profesora de Física y Química acerca de los efectos ópticos].
Mirándola de reojo podía percibir su mirada de desaprobación ante mi muy veraniega indumentaria (si tengo en cuenta la etiqueta de la época, no le quito razón).
Seguí haciendo mi recorrido por el museo y me paré en seco justo al llegar a la sala de Literatura y Teatro: cuánto deseé en aquel momento poder sentarme en el escritorio y, valga la redundancia, escribir… cuánto deseé haber podido participar en una de aquellas tertulias sobre las obras dramáticas del momento… «Deseo», esa era la palabra.

Estando allí, de pie, un remolino de emociones quiso envolverme y yo me dejé llevar por ellas. Pude sentir nostalgia, ansia, fervor, pasión, e incluso miedo… pude sentirlo todo.

Cerré los ojos, me concentré en aquello que estaba sintiendo.
Abrí los ojos: mi vista parecía haberse nublado de repente, y hasta que conseguí enfocar y distinguir lo que había delante de mí… pasaron varios minutos.

Cuando abrí los ojos, las personas que había a mi alrededor habían desaparecido… también las empleadas del museo… me di cuenta de que los cartelitos, que podías encontrar al lado de los cuadros, ya no estaban.
Todo era igual, pero algo había cambiado.

De repente, siento cómo algo me roza el brazo… pero en ese momento, allí, no había nadie. Casi al mismo tiempo y súbitamente, empecé a oír una voz: era una voz extraña, casi siniestra, con un matiz ronco en las cuerdas vocales.
Escuché esa extraña voz pasearse por los rincones de la sala, balbuceando cosas sin sentido… Noté cómo se paró en el escritorio, noté el sonido de la pluma dando golpecitos en el tintero, pero mis ojos no vieron nada… La sala de Literatura y Teatro seguía inmóvil, el escritorio seguía intacto y el tintero y su pluma seguían donde han estado siempre y con la apariencia de haber estado sin usar durante más de un siglo.

Volviendo al presente, no puedo explicar qué ocurrió en aquel momento… solo puedo decir que deseé fervientemente poder tocar esa pluma y escribir durante horas sobre ese escritorio… y que aún, si pienso en ello, tengo el recuerdo de haberlo hecho.

Seguramente Freud diría que experimenté lo que él llama «una ensoñación diurna»… Mi psicóloga, que el deseo y mi imaginación hicieron su especial cóctel de sueños estando despierta… Cualquiera que me lea, diría que estoy loca… Si tú, querido lector, opinas lo mismo… te diré lo que me dijo a mí Lewis Carroll cuando leí la historia de Alicia: «las mejores personas lo están».

Así que, sí, te doy la razón: estoy loca, pero mi locura (según fuentes externas a mi persona) hace feliz a mucha gente.

Con esto me despido: ¡feliz no cumpleaños!