El diccionario panhispánico de dudas dice que «hórror vacui» es una locución latina que significa literalmente ‘horror al vacío’.

Mientras estaba estudiando 2º de Bachillerato, una de las asignaturas optativas que elegí fue Historia del Arte porque me gusta el arte (en todas sus formas). Las explicaciones de la profesora que impartía esa asignatura no me llegaban con mucha claridad y, por dentro, acababa desilusionándome y decepcionándome al mismo tiempo: era una emoción bipartita. Por un lado, me desilusionaba la poca pasión que percibía en las explicaciones y, por otro lado, me decepcionaba de mí misma porque a lo mejor era yo la que no tenía suficiente base para comprender lo que la profesora explicaba.

Cuando estudiamos la arquitectura y los estilos por los que pasaba, el concepto de «hórror vacui» quedó tatuado en mí con tantos colores que aún duele: aunque en el campo del arte se use este concepto para hacer referencia a la tendencia de llenar todos los espacios de elementos decorativos, acabé dándome cuenta de que yo misma termino llenando todos los espacios vacíos de mi vida con todo tipo de elementos, y muchos de ellos ni siquiera funcionarían como glaseado de un pastel o luces navideñas…

Creo que reconocer y comprender este concepto cuando estaba en clase leyendo el libro de Historia del Arte, encendió la luz de una habitación inexplorada de mí misma.

Por fin entendí que me daba miedo estar sola.

Siempre mantuve mi habitación llena de cosas: libros, estatuitas, fotografías y diplomas, dibujos; todo tipo de cosas decorativas que impidieran que viera huecos libres en las paredes o los muebles. Cuando recibía visitas, algunos se sentían abrumados porque las cosas parecían venirse encima, y otros decían que resultaba acogedor ver vida en las paredes y perderte en ellas… Este segundo punto de vista era con el que más me identificaba.

También entendí que el «hórror vacui» hacía que no dejara de escribir hasta llegar al final de las páginas: no me gustaba ver tanto blanco en el papel cuando quedaba tan poco para terminarlas. Aún me sigue pasando: no me gusta dejar espacios en blanco cuando estoy escribiendo y me pone nerviosa el interlineado cuando escribo en un documento Word.

Es como si el «hórror vacui» dominara gran parte de mi vida pero, en el fondo, es por el miedo: miedo a la simplicidad, miedo a verme sola entre paredes lisas porque estoy acostumbrada al gotelé.

La ilusión se ha convertido en algo difícil de encontrar: una pieza que falta en todos los puzles por inventar.

Yo la tenía: iba y venía con la pieza sujeta. De repente, me vi forzada a abrir mi puño, y la pieza empezó a resbalarse por la palma de mi mano sudorosa. Mis dedos no tuvieron tiempo para reaccionar, no los pude doblar los dedos para impedir que la pieza cayera… Al final, siguió cayendo hasta que la vi desaparecer, lentamente, al tocar el asfalto.

He estado buscándola desde entonces, pero ya han pasado semanas y no puedo encontrarla.

Quizá deba dejar que las palabras la sustituyan: mi puzle parecerá incompleto, pero a veces las palabras pueden rellenar espacios vacíos.

Sí. Dejé que se me cayera al suelo la ilusión: mi idea de un cuadro perfecto, mostrando una vida perfectamente equilibrada y estable… La pieza que faltaba, que completaba la imagen de ese cuadro, no está. Aún así, tengo las palabras. Solo tengo que descubrir aquélla que esté a gusto rellenando mi espacio vacío.

Post scriptum

Quería encontrar una cita literaria que compenetrara de alguna manera con esta pequeña reflexión escrita a mano, sentada en el césped de uno de los recovecos de los Jardines del Buen Retiro, en un cuaderno que llevo siempre en el bolso.

Accidentalmente, y afortunadamente, me topé con este título dentro de la red:

Los espacios vacíos son imprescindibles para todo ejercicio reflexivo

Que tu mayor poder sea poder _______ a diario.