Abriendo esta página, abres esta arca donde guardo mis palabras: leyéndome deducirás que son las palabras las que juegan conmigo, bailando con este corazón tímido de escritora, y no al revés.
Les dije que vaciaran su corazón en un papel en blanco jugando a ser vanguardistas.
Les pedí que buscaran en su interior ese impulso que todos tenemos y que rara vez es escuchado por nuestras manos.
Les aconsejé que abrieran mundos nuevos al pasar las páginas de un libro. Daba igual si era una novela, un poemario, un cuento, un microrrelato o un ensayo… El mundo es infinito. Y nuestra interpretación del mundo se hace más amplia cada vez que exploramos otro mundo, otra página, la ilustración de otra portada.
Cada día me desvivía por motivar esas pequeñas conciencias de futuro, de sueños, de alegría por enfrentarse a la vida; quería, cada día, que experimentaran lo bonito que es hacer lo que a uno le gusta: buscar y encontrar.
Esta noche me he buscado a mí misma y me he encontrado años más tarde con la misma vocación y el mismo empeño por reflejar en sus ojos el amor al arte.
He sido modernista, me he rebelado avanzando en vanguardia, me he creído una poeta que no lleva sombrero y he luchado y sobrevivido a mis pensamientos mientras me paseaba entre las mesas verdes observando la belleza antitética de la caligrafía adolescente.
He sido feliz.
Los últimos días siempre llegan al corazón con un sutil y certero dolor: las despedidas implican decir «adiós» cuando, muchas veces, no te atreves ni a verbalizarlo por miedo a que los vínculos y el amor experimentado durante el proceso pueda desaparecer.
Sin embargo, el aprendizaje pesa más que la pena al mover la mano de izquierda a derecha y en vaivén.
Ya lo dijo Gandalf: «no todas las lágrimas son amargas».
Llorar es sano, purifica el alma y, de algún modo, hace que uno mismo se regenere y pase a través del mar de sus emociones. No es fácil. Pero tampoco es imposible.
Me he quedado con sus sonrisas.
Me he quedado con sus miradas curiosas.
Me he quedado con sus preguntas.
Me he quedado con el misterio encerrado en la acción y efecto de quererlos. Es increíble cómo unos pocos días pueden suponer tanto y tan profundamente.
Me voy.
Ya me he ido.
Aún así, he recogido las florecitas que han dejado para mí después de la siembra. El sol, la lluvia, las palabras y el cariño al pronunciarlas han hecho que las florecitas sean tan bonitas que me es imposible desprenderme de ellas.
Ojalá nunca se marchiten.
Ojalá esas palabras pronunciadas en la penumbra dentro del aula se queden en sus destinatarios hasta que, por fin, consigan lo que se propongan.
Ellos pueden. Sé que pueden. Me lo han demostrado.
Me he ido, pero sigo aquí.
Sigo entre las palabras encadenadas por el aire al hablar.
Sigo adherida al pensamiento de aquellos que todavía no se han podido expresar con libertad.
Sigo batiendo las alas de los cisnes que se siguen preguntando si son capaces de amar porque no saben qué es el amor.
Sigo coloreando de connotaciones positivas los verbos que acompañan cada día al adolescente estudiante porque, sin los colores, la vida parece que se escapa.
Sigo enhebrando el hilo en la aguja o la aguja en el hilo, ¿qué más da? Lo importante es enhebrar y la satisfacción absoluta que se experimenta cuando ves que ya lo has hecho y puedes enfilar los abalorios.
Les dije que la mariposa es un símbolo.
Les dije que los símbolos son maravillosos porque puedes esconderte detrás de ellos, como si fueran una máscara, y solo tú conocer el significado oculto.
Les dije que la poesía es un salvavidas, pero también un arma.
Les dije que el verso clava huellas profundas en la arena al recitarse en voz alta.
Les dije que el silencio es primordial si uno quiere conocerse por dentro.
Les dije muchas cosas.
Una vez, mi profesor de Literatura del siglo XVI recitó unos versos de Antonio Machado versionados: los álamos del amor se convirtieron en sus jóvenes filólogos del alma.
Hoy, yo he querido hacer lo mismo:
«Estudiantes del alma que ayer escuchabais de esta mujer sus alegres palabras; estudiantes que seréis mañana palabras del futuro esperanzado en primavera; estudiantes del alma cerca del verso que corre y pasa y desea, estudiantes de las tierras madrileñas, ¡conmigo vais, mi corazón os lleva!».
La vida da muchas vueltas.
Nuestros caminos volverán a cruzarse.
Hasta entonces (y citando a uno de mis profes) … ¡Salud y más poesía!
Fotografía adquirida gracias a Iván Cerdán Bermúdez.
Piano y trompeta: Producciones Arteum, Misty (dúo). Voz: Rocío G. Soldevila.
Me he mirado al espejo: mi pelo mojado mojaba aún más mis hombros, mis ojos pronunciaban callados los gritos latiendo, descompasados, en mi pecho; mis labios se miraban mirándose a través del espejo: esta soy yo.
El espejo, hoy, me ha mirado: mi pelo seguía mojado, mis ojos aún callan, mis labios observan.
Al mirarme en el espejo, atravesando los silencios, me he reconocido: mi voz ha vuelto recogiéndose en mis labios, la nitidez ha regresado revelándose a mis ojos, la calidez ha retornado abrazándose a mi pelo mojado. Esta soy yo: destapo mi pluma creyendo, aún, en la magia de los momentos; escribo palabras, uniéndolas, sin pensar que podrían estar juntas; esta soy yo, parada frente a vosotros, dejando escapar la voz que un día mantuve callada; esta soy yo, temblando, dejando que la poesía (el amor de mi vida) por fin hable.
Violín: Lindsey Stirling interpretando «Between Twilight». Voz: Rocío G. Soldevila.
Quiero recordar lo que es ser yo contigo, porque contigo soy yo. Quiero recordarme estando contigo porque me gusto más contigo. Quizá sea locura intrínseca de literata escribiente, pero contigo yo misma me deseaba. Por eso, quiero recordar lo que es ser yo contigo: contigo he crecido, he sentido que soy distinta mientras me miras: soy más humana, soy más sincera, soy más…
¿Por qué ahora soy menos? ¿Por qué las palabras significan menos? ¿Por qué ayer era yo? ¿Por qué ahora ya no soy?
Quiero recordar contigo aquello que fuimos: sinceros mientras nos reímos.
Quiero recordar contigo lo que dijimos: seríamos simples amigos.
Quiero recordar contigo que soy mejor contigo: me gusta cuando te miro.
Me gusta cuando te miro porque al mirarte me miro yo: contigo soy más yo.
Guitarra:Valse française, de Mario Castelnuovo-Tedesco, interpretada por Eva Gómez Soldevila. Voz: Rocío G. Soldevila
Aparece como los primeros rayos de sol, despejada, con valentía: aparece con fuerza, cada mañana, ignorando qué pasará.
Aparece con su fe, constante, y me relata su día entre miradas sostenidas; aparece consigo misma, entusiasmada y viviendo: lucha, día tras día, para ver su felicidad, sin miedo.
Ella aparece segura delante de mí al comenzar mis mañanas, aparece para abrazarme al ver mis horas de vacío; ella sigue apareciendo, por mí, por ti, diciendo: «estoy aquí».
Ella viene a nosotras: aparece siempre, sintiendo el arraigo, impactante, de los vientos repentinos; ella aparece incluso si duele: incluso cuando su cuerpo, rebelde, dice que no puede. Ella siempre aparece.
Aparece para ti, para mí, en silencio y a voces pregonando cuánto quiere amar: ella, valiente, reza y abre sus alas abrazándote con ellas.
Lo siento. Soy privilegiada. Ella aparece todos los días: mis mañanas son calientes porque ella ahueca sus alas, en casa; mis tardes son divertidas porque ella me contagia, risueña, su risa; mis noches son especiales porque sé que en sus sueños vuelve a abrazarme, valiente, con sus alas.
Lo siento, Poesía. Mi madre me dio la vida: necesito que ella sepa, con certeza, que ella es la esperanza que permanece; necesito que ella sepa, sin dudarlo, que ella es la luz, cálida, que siempre aparece.
— ¿Has oído que las situaciones se describen solas?
— He oído que los momentos importantes se escapan delante de nuestros ojos. Cuando nos damos cuenta, ya no se pueden retroceder los segundos para corregirnos.
— Entonces, ¿por qué quiero retrasar el reloj?
— Quizá sientas ese impulso que sentimos todos de arreglar lo que se ha roto. Se supone que todo debería poder remediarse, como cuando se nos agujerean los pantalones y mamá les pone parches… Pero sabes que los parches no duran, se acaban descosiendo y ves la realidad: el agujero sigue ahí.
— Quiero volver.
— ¿Por qué?
— No lo sé. Es lo que conozco. Lo que he conocido toda nuestra vida. Sería hipócrita si te dijera que lo acepto y me fuera por esa puerta.
— Entonces vuelve. Pero quizá te encuentres con otra decoración: habrá cambiado el color de las cortinas, los azulejos pintados ya no estarán, y los caramelos se habrán agotado. Aún así, ¿quieres volver? Todo será distinto.
— Sé que ya no somos niños. Sé que ese tiempo pasó. Sé que será distinto. Ya no quiero retroceder el tiempo, quiero ver cómo es ahora. Cuando lo vea, podré sentirlo y tal vez pueda pasar la página en la que estoy ahora y seguir leyendo.
— Es un libro, lo que tienes que hacer es seguir leyendo. Tienes que ver qué ocurre al final sin dejar atrás los capítulos tristes. Las situaciones van cambiando. Sabes que no es un libro normal.
— ¿Qué quieres decir?
— Ya lo sabes. Ya me conoces.
— Solo sé que lo has escrito. Las situaciones no se describen solas, decidiste describirlas así. ¿Realmente es como lo cuentas? Leer tus sentimientos sin haber tenido conciencia de ellos siendo yo protagonista, ¿no es un poco cruel? Es como si me estuvieras…
— ¿Qué?
— Condicionando.
— No te pido nada a cambio de leerme. Solo léeme.
— Te estoy leyendo.
— Me estás mirando.
— Al mirarte, leo la expresión de tus ojos. Los ojos no pueden mentir, lo reflejan todo: me reflejan a mí.
— Sigue leyendo.
— No me hace falta. Estás delante de mí ahora. Este libro no va a cambiar lo que estoy sintiendo ahora.
— Y, ¿qué sientes?
— La realidad.
— ¿Ha cambiado?
— Sí, ahora es más real.
— ¿Antes no?
— Antes no era consciente de lo que había cambiado. Necesitaba verlo. Necesitaba ver tus ojos.
— Y, ¿qué ves?
— A mí.
Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama.
Llega un momento en que ciertas preguntas te acechan con la única intención de confundirte.
Es entonces cuando empiezas a cuestionar tu propio pensamiento crítico: ¿cómo es que no supe verlo? ¿De verdad es así?
Todos los principios adquieren esa tonalidad rosa que denominamos «pastel». La suavidad, el tacto, la delicadeza, forman parte del proceso de empezar algo nuevo. Sin embargo, hay principios que se saltan esa parte del proceso y alcanzan en un abrir y cerrar de ojos el tono intenso del rojo. La suavidad es afilada, el tacto es caliente y la delicadeza va descontrolándose a medida que van pasando las horas, desde que comienza ese proceso.
No todos los principios son principios: algunas veces se carece de un comienzo y uno se encuentra «in media res» protagonizando su propia historia.
— Cerré los ojos y, al abrirlos, una sábana de seda roja me tapaba la vista—, así se descubrió a sí misma en el centro de su cama, pensando.
La sorpresa es un recurso imprescindible para pintar de intensidad cualquier momento, y sus ojos reflejaban el titubeo de un matiz sorprendente a través de su mirada. Podía encontrar la incertidumbre en cada esquina de su habitación, y vislumbraba la necesidad de dejarse llevar cada vez que se asomaba por su ventana.
— Es el mismo cielo, es la misma luna, quizá es la misma estrella, pero, ¿dónde está el suelo?— se preguntaba una y otra vez mientras seguía pensando.
El rojo ya no era el mismo que apreció cuando abrió los ojos, la intensidad y la tonalidad del color habían cambiado ligeramente hasta convertirse en un rojo más oscuro. Quizá se podría denominar «rojo sangre».
Miraba su sangre, tan solo una gota, en la punta de su dedo índice. El cuchillo seguía sobre la mesa.
— ¿Quizá debo hacer el corte más profundo?— se preguntaba, pensando en el temblor de su mano y lo nervioso que parecía estar su corazón.
La sangre estaba ahí. Se suponía que ese sería el principio, pero ese comienzo ya se había desarrollado en algo mucho más profundo sin darse cuenta. En pocos segundos habían pasado casi dos años y la tonalidad intensa del rojo seguía intensificándose a diario.
— Sigue siendo una sábana de seda roja. Ahora su intensidad es casi cegadora.
Esas preguntas que pretenden enredar los pensamientos en confusiones, se quedan colapsadas en los pigmentos del color rojo. El pensamiento crítico, la voz de la razón que se cuestiona a sí misma, se queda muda ante la respuesta que ofrece el corazón.
— ¿Qué es lo que ves?
Su percepción sigue siendo la misma. Sus ojos no han dejado de ver la intensidad.
— ¿Qué es lo que sientes?
— Lo siento.
La tinta del bolígrafo rojo sigue fluyendo a pesar de los años. Sigue escribiendo el mismo nombre, la misma canción, el mismo sentimiento, la misma letra. Sigue quedando tinta. Sigue escribiendo.
— Lo siento así.
— ¿Qué sientes?
— Siento.
Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente.
Relación de afecto y solidaridad que existe entre un grupo de personas o pueblos.
Oxford Languages.
Esta mañana empiezo a escribir porque las palabras me inundan la mente, porque si no plasmo estas palabras en algún sitio, colapsaría.
Esta vez no es el relato de una ficción. Tampoco es la vivencia imaginaria de ninguna fantasía. Esta vez es la narración de un recuerdo: un recuerdo precioso que, aun habiendo pasado demasiado tiempo, sigue muy vivo en mi memoria.
¿Recordáis las Jornadas Mundiales de la Juventud organizadas por el Papa? Jóvenes de todo el mundo son invitados por el mismo Papa con el motivo de revivir el espíritu de la juventud. Con esta premisa, cada dos o tres años se hace un gran encuentro internacional en alguna ciudad de algún país.
Hace algunos años, en 2011, se celebró en Madrid. Entonces yo era demasiado joven para apreciar el significado de algo tan grande, pese a que fui voluntaria para ayudar y aún guardo las camisetas.
Después de la capital española, en 2013 la JMJ se celebró en Río de Janeiro, Brasil. Recuerdo que los testimonios de algunos de mis conocidos que pudieron ir a ese encuentro me conmovieron.
En 2016, la Jornada Mundial de la Juventud se celebró en Cracovia, Polonia. Aquí empieza.
Durante ese verano de 2016, yo tenía 21 años. Mi madre había estado ahorrando alrededor de dos años para pagarse el viaje a Polonia y poder vivir en carne y hueso ese gran encuentro internacional. Pero, llegado el momento, mi madre decidió que fuésemos mi hermana y yo. Recuerdo que estaba emocionada: deseaba ver Polonia con mis propios ojos y admirar su cultura. No podía esperar.
Si no recuerdo mal, salimos desde el aeropuerto de Barajas, en Madrid, hacia Viena, Austria; haciendo escala en Múnich, Alemania. Nos quedamos una noche en Viena, vimos todo su esplendor, me enamoré de su arquitectura y, sobre todo, fui feliz. En ese momento estaba rodeada de personas que me importan y a quienes realmente aprecio: no podía ser más feliz.
Desde Viena, viajamos en autobús hasta Polonia. Quizá algunas personas no aprecien los viajes en autobús, pero a mí siempre me han gustado y aquel viaje en particular provocó un torrente de emociones en mi corazón que guardo hasta el día de hoy.
No estoy tratando de redactar un cuaderno de viajes, por lo que no voy a explayarme narrando todo el proceso hasta llegar, por fin, a la ciudad de Cracovia.
La hospitalidad de los polacos y el verdor fresco de sus praderas inundaron mi horizonte hasta que llegó la noche de la Vigilia: una noche, la última, en la que todos los jóvenes llegados de países de todo el mundo dormíamos juntos, al aire libre, dejando atrás miedos, inseguridades, prejuicios… Esa última noche, en el Campo de la Misericordia, todos los que estábamos allí olvidamos, quizá, por un momento de dónde éramos y nos preocupamos más por querernos, por demostrar que el amor, en todas sus formas, es más fuerte que las miradas malintencionadas.
Vigilia
El cielo está casi despejado, las nubes, las pocas nubes, han alcanzado ese color violeta que el sol les deja… El horizonte, ese horizonte que miramos, se ha teñido de una nueva esperanza; nos regala, a todos, otra canción con otros acordes… El sol ya se ha escondido, ya nos ha dicho «hasta mañana»; la luz y el día prestan atención a esta noche mientras miles de corazones están alerta y se encogen… «Soñare», soñar, esta noche, bajo el cielo desnudo, soñaremos, viviremos.
Bajo ese cielo, en Polonia, las palabras venían a mí y yo las plasmaba en mi cuaderno con un bolígrafo de corazones.
Bajo ese cielo, en la ciudad de Cracovia y entre tanto amor, me acordaba de las personas que ya no estaban conmigo. Me acordaba de él, y de lo bonito que habría sido ver la diferencia de nuestras manos (la suya arrugada por el paso de los años y toda la experiencia vivida, y la mía lisa y pequeña, sin cicatrices) sobre ese campo.
Te espero aquí
Te espero aquí sentada, escondida entre banderas, acurrucada bajo un cielo grisáceo (como tus ojos la última vez que los vi); te espero aquí, cantando a la brisa que me acompaña bajo este cielo, escribiendo palabras y más palabras: ésas que mi corazón encierra, ésas que mis labios no saben expresar. Te espero aquí sentada, mirando a mi alrededor con los ojos perdidos, perdidos en un rostro que no veo; te espero esperanzada, llena de extraña locura, de emociones tristes, porque quiero encontrarte y mis ojos, llorosos, no te ven.
Sí…
Las palabras llegaban a mí y yo las escribía.
Pero, sin duda, el mejor momento llegó cuando el cielo se oscureció del todo. Las velas iluminaron, sin ayuda de luces artificiales, la extensión del Campo de la Misericordia. Fuimos capaces de mirarnos a los ojos a través de las sombras que las pequeñas llamas dibujaban en nuestros rostros. Era una vista preciosa que todavía hoy me emociona recordar.
Nos paseábamos de un lado a otro, riéndonos, sonriendo, observando y cantando a nuestro alrededor. Era maravilloso escuchar las mismas canciones en otros idiomas: el mismo significado atravesando de extremo a extremo distintos corazones.
Aquella última noche, llevábamos con nosotros nuestra bandera roja, amarilla y roja, que trajimos desde España. Caminábamos juntos, llevando esa bandera. Mientras tanto, un grupo de jóvenes procedentes Brasil portando su bandera nos prenguntaron si nos podíamos hacer una foto con ellos e intercambiar nuestras banderas. Lamentablemente no tengo esa fotografía inmortalizando ese momento, pero la hicimos con nuestra mejor sonrisa y mostrando ese sentimiento de hermandad juntando nuestras banderas y, después, intercambiándolas. Nos quedamos con su bandera brasileña, y ellos se fueron con nuestra bandera española.
Seguimos caminando felices y contentas por haber experimentado un momento tan bonito como ese: jóvenes de distinta edad, de distinto país, cantando la misma canción en diferente idioma, intercambiando banderas y sonrisas. Llevábamos la bandera de Brasil con nosotras, arropándonos con ella, y mirando hacia todo lo que nos rodeaba: todo lo que nos rodeaba eran escenas parecidas a esta que acabo de describir, escenas en las que todos hablaban y se reían con todos, sin ser teatro.
Otro grupo de jóvenes se cruzó en nuestro camino y una de nosotras les preguntó si podíamos intercambiar las banderas: queríamos que ellos también experimentaran lo que acabábamos de vivir nosotras, y esa felicidad tan tangible que nos inundaba. Ese grupo de jóvenes era de la misma Polonia: nos dieron su bandera blanca y roja y se alejaron sonriendo llevando consigo a Brasil. Otros rostros con su risa, otro idioma con sus lenguas, otra bandera con sus colores, y otra fotografía con el mismo sentimiento de unión y comunidad. Quizá no fue por ese orden. Han pasado muchos años y a veces los recuerdos se adornan con la imaginación. Pero recuerdo con claridad que también tuvimos en nuestras manos la bandera azul y amarilla de Ucrania. Recuerdo que vimos a un voluntario vestido de uniforme y chaleco amarillo fluorescente, y nos quisimos hacer una foto con él enseñando la bandera ucraniana.
Recuerdo que el sentimiento que experimenté en esos momentos pudo más que todos los malos pensamientos que pudiera acarrear entonces desde España… Recuerdo que fue un verano turbulento, y que esa noche de vigilia, abrazada por distintas banderas, arropada por distintas lenguas e idiomas diferentes cantando la misma melodía… hizo que mis preocupaciones desaparecieran.
Me sentí querida, noté en cada poro de mi piel que mi presencia era deseada, me sentí humana, viva, unida al mundo y lo más importante es que experimenté cómo el mundo me daba la mano. Es una sensación, una vivencia, que me ha fortalecido y que, por supuesto, deseo que todos puedan experimentar.
La narración de este recuerdo, la descripción de aquellos momentos, es una alusión al amor, a ese sentimiento de comunidad, de unidad ante todo.
Pese a que cada ser humano, cada país, cada continente, tiene sus propios valores, su propio idioma, sus propias lenguas que dan forma a su propia manera de pensar y actuar… pese a todo ello, el amor hace de todos nosotros una miscelánea única.
Hablando de una forma más poética: en nuestras diferencias reside el lazo que nos une y que nos hace ser parte del mundo. Pero ese lazo está tejido con sueños, con esperanza, con el deseo de un futuro, con la ilusión de un presente en el que nos damos la mano en paz. Si tiramos de las hebras de este lazo, el tejido se deshace: los sueños no se cumplen, se dejan de soñar; la esperanza se queda hueca en el fondo de la caja mientras el futuro permanece aislado en el miedo, y esa ilusión de un presente en el que nos damos la mano como símbolo de paz… el presente deja de ser el «ahora» que queremos vivir.
El lazo se está deshaciendo, y ahora en vez de vivir, sobrevivimos.
¿Por qué no seguimos cantando la misma canción en todos los idiomas? ¿Por qué no vamos caminando sujetando nuestras banderas y las intercambiamos con una sonrisa demostrando que todos somos importantes? ¿Por qué no…?
Hoy, estas preguntas se hacen retóricas al escribirlas. Las banderas que intercambiamos aquella noche parece que se han quedado olvidadas en la emoción envolvente de aquel encuentro.
Ahora… Ahora. ¿Qué está pasando ahora?
Quiero darle mi mano al mundo, quiero reírme con Brasil mientras cantamos con Polonia y bailamos con Ucrania. Quiero que el mundo me dé la mano, y que nos cojamos con fuerza: esa fuerza intangible que mantiene las hebras de nuestro lazo todavía en el lazo.
Recuerdo que aquella noche había tantas estrellas como personas en el Campo de la Misericordia. Cada estrella podría equivaler perfectamente al deseo de cada persona allí presente.
Creo que todos pedimos el mismo deseo: «deseo que cesen las guerras, que todos los que estamos aquí podamos llevar la paz a donde no la hay».
Hay demasiados lugares en este mundo donde no hay paz… Es triste, y es real. Hay países que han estado en guerra toda mi vida: son guerras tan largas que se hacen costumbre y se quedan en el olvido… No se pueden olvidar. Cada vez que estalla un conflicto, cada vez que el fuego y la metralla convierten el conflicto en otra guerra… todos sufrimos. Es triste, da miedo, y es la realidad.
Los libros de historia me enseñaron que no me gusta la guerra: las causas me hacían llorar por dentro mientras las estudiaba, y las consecuencias eran demasiadas para recordarlas todas. Suspendía mis exámenes de historia y no porque no me gustase estudiar: no entendía lo que estaba estudiando. Y creo que incluso ahora seguiría sin entender las causas que conducen al inicio de una guerra.
Hoy quiero revivir, a través del recuerdo, ese intercambio de banderas para volver a sentir que, pese a todo, le doy la mano al mundo: que no voy a olvidar el sentimiento que me encogió el corazón aquella noche.
Mi corazón y mis oraciones están con todos los que sufren bajo un cielo del que llueven misiles sobre el suelo atrincherado. Mis pensamientos están con los que sufrís el impacto de las balas, con los que lloráis al ver vuestras casas en ruinas.
Ojalá pudiera brindaros un abrazo con las palabras, o acariciar el cabello de vuestros niños para aliviarles el miedo, el pánico, que estarán sintiendo ahora. Ojalá.