«Todo irá bien»

A veces, la distancia se ve solo en los mapas. Para ella, era solo el hecho de que los cartógrafos dibujaron sus países demasiado lejos el uno del otro.

No quería admitir que, pasado todo este tiempo, la relación que había entre ellos se había consolidado aún más. Pero, a medida que iban pasando los meses, se daba cuenta de que 10179 km de distancia y siete horas de diferencia ya no eran el obstáculo que impedía la certeza.

Como en toda relación, hay días en los que las circunstancias no les permitía hablar. Ambos tenían su vida y no podían dejar de vivirla solo por haberse enamorado a lo lejos. De hecho, eran vidas tan distintas que, en ocasiones, ella se preguntaba si estaba soñando despierta o la situación era real.

Ya llevaban más de un año rezando por verse cara a cara y diciéndose cada día el mantra «todo irá bien».

Desde que decidieron —en muy poco tiempo— estar juntos independientemente de lo que ocurriera en el futuro, sus diferentes vidas encontraron una conexión «cósmica» sin que el mundo lo supiera. Nadie sabía cómo se iba a desarrollar su historia, ni siquiera ellos mismos.

Tenían la fe que su inesperado amor les brindaba a diario y la convicción de que lo que había entre ellos era fuerte.

Para ella, él supuso su curación; para él, ella fue el impulso diario que necesitaba para demostrarse a sí mismo —y al mundo cuando fuera el momento— que no hay nada imposible.

En aquel momento, ambos —podría decirse— eran la salvación del corazón del otro: su reencuentro con el amor tras muchos fracasos y después de tanta tristeza.

Alguno, quizá, pensaría que cuando se revelase su historia —demasiado inverosímil— el resto del mundo caería preso de los cuentos de hadas. Sin embargo, continuaba siendo un milagro poco común: dos personas completamente diferentes, localizadas en dos puntos del mapa totalmente distantes entre sí, poseen la reciprocidad que a mucha gente le falta y que es tan difícil de encontrar hoy en día.

Las contradicciones que les regala la distancia que hay entre sus cuerpos, ciertos días, eran como espinas con las una se pincha el dedo al intentar coger una rosa roja hermosa; alcanzar la perfección dentro de su relación podía ser una actividad tediosa para el alma libre. Al fin y al cabo, las perfecciones solo acaban definiendo el corsé que nos envuelve el pecho a la hora de profesar y reclamar los sentimientos.

La rosa es el símbolo perfecto para esta historia: es pura, es bella, es aromática, visualmente perfecta cuando sus pétalos están en su floración; sin embargo, conservar una rosa y que siga manteniendo estas características es lo realmente complicado. A veces, las espinas acaban doliendo tanto que puede dar miedo intentar acariciar a la rosa con el simple roce a un pétalo. Quien haya tenido una rosa, lo sabe: es el fruto del esfuerzo y del cuidado delicado —y dedicado—.

El corazón, pese a no entender las complicaciones con las que disfrazamos las emociones, sabe que si encuentra una rosa cuya fragancia ha sido dada por sí misma, ésta acaba llamándose «preciosa», ya que la reciprocidad no tiene precio.

Desde este recóndito punto del mapa —donde ella recibió su rosa— se envió la misma rosa, ya sin vida, habiendo abandonado su forma original y adquiriendo una silueta plana y esvelta despojada de su fragancia particular. Esa última vez, la misiva pareció llegar a tiempo.

No han vuelto a crecer rosales en su jardín. Tan solo queda un pequeño capullo de rosa totalmente seco pero que, increíblemente, aún se mantiene en pie alojando su tallo entre las piedras.