Abriendo esta página, abres esta arca donde guardo mis palabras: leyéndome deducirás que son las palabras las que juegan conmigo, bailando con este corazón tímido de escritora, y no al revés.
En una página marcada con una cita de Paul Géraldy, una pequeña estudiante universitaria del grado de Español: lengua y literatura (Filología hispánica para los verdaderos amantes) escribió una vez:
«Reflejo»
Hace tiempo que no te miro y escondo la ilusión entre los brazos, veía en ti el futuro de un sueño más allá de mi ambición de poseerlo… Me miraba en ti, me sonreía: de verdad creía que podía ser real. Perfilaba siluetas en el vaho de tu cristal mientras soñaba despierta con fantasmas. Dejé de mirarte, dejé de buscar, dejé abandonado el deseo de continuar. Eras la manifestación corpórea de mis dudas, la sensación del miedo palpable… Hace tiempo que no te miro e ignoro que soy mi propio testigo: veo mi verdad, espejo, tras tu cristal.
Era una página marcada por una circunstancia en un pequeño cuaderno para escribir grandes emociones.
Esta noche he querido mirarme al espejo, y a través de sus páginas me he encontrado.
Quizá estaba perdida.
El más difícil no es el primer beso sino el último.
Te conocí un 7 de marzo encandilada por un misterio, ¿quién me iba a decir que sería tan difícil despegarme de ti?
Me encuentro acorralada, atrapada por placer, en nuestra amistad espontánea y misteriosa…
¿Quién me iba a decir que mi epicentro (mi «yo» más atormentado) perdería el equilibrio, al saber que te irías?
Marzo, hoy te vas y te llevas contigo el mar… Marzo, te vas y te llevas mis versos (libres, prosaicos) allá donde Europa, bendita caprichosa, reclama tus aventuras…
Vuelve, Marzo, vuelve… que Europa, inmóvil, espere: necesito saborearte otra vez, necesito sentirte, sentirte al cerrar mis ojos…
No quiero recordar y darme cuenta de mi soledad… No quiero despertar y ver que la vida es cruel: me regala tiempo, y se lo queda… me regala un amigo, y se lo lleva…
No, no quiero.
Escribiré hasta que vuelvas, hasta que el mar (escondido en tus ojos) vuelva a mirarme… Escribiré hasta que mi muñeca, ágil y rebelde, duela.
Porque así es la vida: si la vives, duele; si no vives, duele más; así es vivir en soledad.
Añadiré un verbo nuevo a mi lista de palabras inventadas: «dialectar», sintaxis sexual. También te la llevarás.
Pero yo me quedaré, y me quedaré con los momentos (tesoros sumergidos) compartidos entre fluidos. Me quedaré, sabiendo que regresarás deseando: deseando dialectar, deseando transmitirme (sin omitir detalles) tu vida en la caprichosa Europa…
«Bitácora», así la llaman: ella guardará tus días, ella me los traerá.
Y seguiré escribiendo…
Y seguirás viéndome cuando pienses en marzo, cuando descubras otros cuerpos, cuando te lean en voz alta, cuando te escriban poesía o veas a mujeres más altas…
Verás a tu pequeña, tu pequeña flor de primavera, siempre deseosa, siempre dispuesta, siempre emocionada…
Verás a tu pequeña, pequeña niña de ascendencia valenciana esperándote en la costa, al amanecer.
Me conociste un 7 de marzo, ahogada en el silencio rompiendo las reglas…
Durante toda mi vida me has enseñado a gestionar mis emociones. Me decías que cuando me sintiera abatida, escribiera. Me decías que esos destellos fugaces que pasan ante nuestros ojos y nos cambian el humor y la perspectiva, pasan porque tienen que dejar su estela en el corazón. Me decías que el corazón es un órgano que debe aprender a aceptar los acontecimientos que lo alteran: cuando los latidos del corazón se aceleran, cuando el ritmo del corazón cambia la entonación de la respiración… cuando ocurre, necesita adaptarse y para ello, debe aceptar que está experimentando ciertos estímulos.
Sin embargo, cuando el corazón vive en constante cambio y el mismo estímulo altera el ritmo cardíaco y la entonación al respirar se hace más entrecortada… ¿Qué se hace?
Me has enseñado a diferenciar la ilusión del sueño. Me costaba encontrar la distinción entre soñar con los ojos cerrados e imaginar, estando despierta, mis propias escenas. Me enseñaste a encontrar la matriz que hace que ambas acciones tomen caminos distintos, pero también el momento en el que se encuentran y parecen fusionarse.
«Que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son». Segismundo lo sabía bien. Me lo enseñaste. Pero… sigo confundiendo los pequeños detalles con estímulos que provocan que mis ritmos cambien. Sigo asociando las mismas imágenes a emociones dispares. ¿Por qué?
Profesora, ¿qué hago ahora?
— Escribe. Escribe para entenderte. Si escribes y no te entiendes, sigue escribiendo. Te lo digo en estilo directo: escribe.
Relación de afecto y solidaridad que existe entre un grupo de personas o pueblos.
Oxford Languages.
Esta mañana empiezo a escribir porque las palabras me inundan la mente, porque si no plasmo estas palabras en algún sitio, colapsaría.
Esta vez no es el relato de una ficción. Tampoco es la vivencia imaginaria de ninguna fantasía. Esta vez es la narración de un recuerdo: un recuerdo precioso que, aun habiendo pasado demasiado tiempo, sigue muy vivo en mi memoria.
¿Recordáis las Jornadas Mundiales de la Juventud organizadas por el Papa? Jóvenes de todo el mundo son invitados por el mismo Papa con el motivo de revivir el espíritu de la juventud. Con esta premisa, cada dos o tres años se hace un gran encuentro internacional en alguna ciudad de algún país.
Hace algunos años, en 2011, se celebró en Madrid. Entonces yo era demasiado joven para apreciar el significado de algo tan grande, pese a que fui voluntaria para ayudar y aún guardo las camisetas.
Después de la capital española, en 2013 la JMJ se celebró en Río de Janeiro, Brasil. Recuerdo que los testimonios de algunos de mis conocidos que pudieron ir a ese encuentro me conmovieron.
En 2016, la Jornada Mundial de la Juventud se celebró en Cracovia, Polonia. Aquí empieza.
Durante ese verano de 2016, yo tenía 21 años. Mi madre había estado ahorrando alrededor de dos años para pagarse el viaje a Polonia y poder vivir en carne y hueso ese gran encuentro internacional. Pero, llegado el momento, mi madre decidió que fuésemos mi hermana y yo. Recuerdo que estaba emocionada: deseaba ver Polonia con mis propios ojos y admirar su cultura. No podía esperar.
Si no recuerdo mal, salimos desde el aeropuerto de Barajas, en Madrid, hacia Viena, Austria; haciendo escala en Múnich, Alemania. Nos quedamos una noche en Viena, vimos todo su esplendor, me enamoré de su arquitectura y, sobre todo, fui feliz. En ese momento estaba rodeada de personas que me importan y a quienes realmente aprecio: no podía ser más feliz.
Desde Viena, viajamos en autobús hasta Polonia. Quizá algunas personas no aprecien los viajes en autobús, pero a mí siempre me han gustado y aquel viaje en particular provocó un torrente de emociones en mi corazón que guardo hasta el día de hoy.
No estoy tratando de redactar un cuaderno de viajes, por lo que no voy a explayarme narrando todo el proceso hasta llegar, por fin, a la ciudad de Cracovia.
La hospitalidad de los polacos y el verdor fresco de sus praderas inundaron mi horizonte hasta que llegó la noche de la Vigilia: una noche, la última, en la que todos los jóvenes llegados de países de todo el mundo dormíamos juntos, al aire libre, dejando atrás miedos, inseguridades, prejuicios… Esa última noche, en el Campo de la Misericordia, todos los que estábamos allí olvidamos, quizá, por un momento de dónde éramos y nos preocupamos más por querernos, por demostrar que el amor, en todas sus formas, es más fuerte que las miradas malintencionadas.
Vigilia
El cielo está casi despejado, las nubes, las pocas nubes, han alcanzado ese color violeta que el sol les deja… El horizonte, ese horizonte que miramos, se ha teñido de una nueva esperanza; nos regala, a todos, otra canción con otros acordes… El sol ya se ha escondido, ya nos ha dicho «hasta mañana»; la luz y el día prestan atención a esta noche mientras miles de corazones están alerta y se encogen… «Soñare», soñar, esta noche, bajo el cielo desnudo, soñaremos, viviremos.
Bajo ese cielo, en Polonia, las palabras venían a mí y yo las plasmaba en mi cuaderno con un bolígrafo de corazones.
Bajo ese cielo, en la ciudad de Cracovia y entre tanto amor, me acordaba de las personas que ya no estaban conmigo. Me acordaba de él, y de lo bonito que habría sido ver la diferencia de nuestras manos (la suya arrugada por el paso de los años y toda la experiencia vivida, y la mía lisa y pequeña, sin cicatrices) sobre ese campo.
Te espero aquí
Te espero aquí sentada, escondida entre banderas, acurrucada bajo un cielo grisáceo (como tus ojos la última vez que los vi); te espero aquí, cantando a la brisa que me acompaña bajo este cielo, escribiendo palabras y más palabras: ésas que mi corazón encierra, ésas que mis labios no saben expresar. Te espero aquí sentada, mirando a mi alrededor con los ojos perdidos, perdidos en un rostro que no veo; te espero esperanzada, llena de extraña locura, de emociones tristes, porque quiero encontrarte y mis ojos, llorosos, no te ven.
Sí…
Las palabras llegaban a mí y yo las escribía.
Pero, sin duda, el mejor momento llegó cuando el cielo se oscureció del todo. Las velas iluminaron, sin ayuda de luces artificiales, la extensión del Campo de la Misericordia. Fuimos capaces de mirarnos a los ojos a través de las sombras que las pequeñas llamas dibujaban en nuestros rostros. Era una vista preciosa que todavía hoy me emociona recordar.
Nos paseábamos de un lado a otro, riéndonos, sonriendo, observando y cantando a nuestro alrededor. Era maravilloso escuchar las mismas canciones en otros idiomas: el mismo significado atravesando de extremo a extremo distintos corazones.
Aquella última noche, llevábamos con nosotros nuestra bandera roja, amarilla y roja, que trajimos desde España. Caminábamos juntos, llevando esa bandera. Mientras tanto, un grupo de jóvenes procedentes Brasil portando su bandera nos prenguntaron si nos podíamos hacer una foto con ellos e intercambiar nuestras banderas. Lamentablemente no tengo esa fotografía inmortalizando ese momento, pero la hicimos con nuestra mejor sonrisa y mostrando ese sentimiento de hermandad juntando nuestras banderas y, después, intercambiándolas. Nos quedamos con su bandera brasileña, y ellos se fueron con nuestra bandera española.
Seguimos caminando felices y contentas por haber experimentado un momento tan bonito como ese: jóvenes de distinta edad, de distinto país, cantando la misma canción en diferente idioma, intercambiando banderas y sonrisas. Llevábamos la bandera de Brasil con nosotras, arropándonos con ella, y mirando hacia todo lo que nos rodeaba: todo lo que nos rodeaba eran escenas parecidas a esta que acabo de describir, escenas en las que todos hablaban y se reían con todos, sin ser teatro.
Otro grupo de jóvenes se cruzó en nuestro camino y una de nosotras les preguntó si podíamos intercambiar las banderas: queríamos que ellos también experimentaran lo que acabábamos de vivir nosotras, y esa felicidad tan tangible que nos inundaba. Ese grupo de jóvenes era de la misma Polonia: nos dieron su bandera blanca y roja y se alejaron sonriendo llevando consigo a Brasil. Otros rostros con su risa, otro idioma con sus lenguas, otra bandera con sus colores, y otra fotografía con el mismo sentimiento de unión y comunidad. Quizá no fue por ese orden. Han pasado muchos años y a veces los recuerdos se adornan con la imaginación. Pero recuerdo con claridad que también tuvimos en nuestras manos la bandera azul y amarilla de Ucrania. Recuerdo que vimos a un voluntario vestido de uniforme y chaleco amarillo fluorescente, y nos quisimos hacer una foto con él enseñando la bandera ucraniana.
Recuerdo que el sentimiento que experimenté en esos momentos pudo más que todos los malos pensamientos que pudiera acarrear entonces desde España… Recuerdo que fue un verano turbulento, y que esa noche de vigilia, abrazada por distintas banderas, arropada por distintas lenguas e idiomas diferentes cantando la misma melodía… hizo que mis preocupaciones desaparecieran.
Me sentí querida, noté en cada poro de mi piel que mi presencia era deseada, me sentí humana, viva, unida al mundo y lo más importante es que experimenté cómo el mundo me daba la mano. Es una sensación, una vivencia, que me ha fortalecido y que, por supuesto, deseo que todos puedan experimentar.
La narración de este recuerdo, la descripción de aquellos momentos, es una alusión al amor, a ese sentimiento de comunidad, de unidad ante todo.
Pese a que cada ser humano, cada país, cada continente, tiene sus propios valores, su propio idioma, sus propias lenguas que dan forma a su propia manera de pensar y actuar… pese a todo ello, el amor hace de todos nosotros una miscelánea única.
Hablando de una forma más poética: en nuestras diferencias reside el lazo que nos une y que nos hace ser parte del mundo. Pero ese lazo está tejido con sueños, con esperanza, con el deseo de un futuro, con la ilusión de un presente en el que nos damos la mano en paz. Si tiramos de las hebras de este lazo, el tejido se deshace: los sueños no se cumplen, se dejan de soñar; la esperanza se queda hueca en el fondo de la caja mientras el futuro permanece aislado en el miedo, y esa ilusión de un presente en el que nos damos la mano como símbolo de paz… el presente deja de ser el «ahora» que queremos vivir.
El lazo se está deshaciendo, y ahora en vez de vivir, sobrevivimos.
¿Por qué no seguimos cantando la misma canción en todos los idiomas? ¿Por qué no vamos caminando sujetando nuestras banderas y las intercambiamos con una sonrisa demostrando que todos somos importantes? ¿Por qué no…?
Hoy, estas preguntas se hacen retóricas al escribirlas. Las banderas que intercambiamos aquella noche parece que se han quedado olvidadas en la emoción envolvente de aquel encuentro.
Ahora… Ahora. ¿Qué está pasando ahora?
Quiero darle mi mano al mundo, quiero reírme con Brasil mientras cantamos con Polonia y bailamos con Ucrania. Quiero que el mundo me dé la mano, y que nos cojamos con fuerza: esa fuerza intangible que mantiene las hebras de nuestro lazo todavía en el lazo.
Recuerdo que aquella noche había tantas estrellas como personas en el Campo de la Misericordia. Cada estrella podría equivaler perfectamente al deseo de cada persona allí presente.
Creo que todos pedimos el mismo deseo: «deseo que cesen las guerras, que todos los que estamos aquí podamos llevar la paz a donde no la hay».
Hay demasiados lugares en este mundo donde no hay paz… Es triste, y es real. Hay países que han estado en guerra toda mi vida: son guerras tan largas que se hacen costumbre y se quedan en el olvido… No se pueden olvidar. Cada vez que estalla un conflicto, cada vez que el fuego y la metralla convierten el conflicto en otra guerra… todos sufrimos. Es triste, da miedo, y es la realidad.
Los libros de historia me enseñaron que no me gusta la guerra: las causas me hacían llorar por dentro mientras las estudiaba, y las consecuencias eran demasiadas para recordarlas todas. Suspendía mis exámenes de historia y no porque no me gustase estudiar: no entendía lo que estaba estudiando. Y creo que incluso ahora seguiría sin entender las causas que conducen al inicio de una guerra.
Hoy quiero revivir, a través del recuerdo, ese intercambio de banderas para volver a sentir que, pese a todo, le doy la mano al mundo: que no voy a olvidar el sentimiento que me encogió el corazón aquella noche.
Mi corazón y mis oraciones están con todos los que sufren bajo un cielo del que llueven misiles sobre el suelo atrincherado. Mis pensamientos están con los que sufrís el impacto de las balas, con los que lloráis al ver vuestras casas en ruinas.
Ojalá pudiera brindaros un abrazo con las palabras, o acariciar el cabello de vuestros niños para aliviarles el miedo, el pánico, que estarán sintiendo ahora. Ojalá.