Presentía que el silencio iba consumiendo lo poco que quedaba de su mente.

Las ilusiones que fueron creadas por su imbatible obsesión resultaron realmente dañinas para su autoestima. Poco a poco, iba perdiéndose a sí misma.

Las reuniones sociales ya no satisfacían su ego: ya no se sentía importante.

Se veía a sí misma, rodeada de gente, tan sola… El sonido de las teclas del piano ya no generaba la felicidad que estaba acostumbrada a sentir al tocarlas.

Tantas cosas habían cambiado… Su situación, las emociones, su círculo social; todo parecía extraño y ella misma se consideraba una forastera.

Su casa, tan acogedora y familiar, despertaba sensaciones intrusivas que descolocaban la poca cordura que sostenía su día a día.

Se estaba derrumbando. Se derrumbaba a medida que pasaban los días. Las horas se acababan haciendo infinitas bajo los escombros de su propia ilusión. Sentía que ya no quedaba nada. Solo ruinas (…)

— ¿Qué le habrá pasado para que desarrolle tal estado mental? — se preguntaba mientras leía.

De repente, empezó a sentir curiosidad por el personaje. De alguna manera que no alcanzaba a saber, se sentía íntimamente identificado con las palabras que estaba leyendo. Casi podría decirse que estaba leyéndose a sí mismo.

Sin embargo, la vida de Raisa era totalmente diferente a lo que él podría estar imaginando.

— Ojalá pudiera meterme en las páginas del manuscrito y hablar con ella — se decía.

Ese era un deseo atrevido para un lector nobel.

Hacía muy poco tiempo que había adquirido la pasión por la lectura. Siempre había estado absorbido por la acción devastadora de las pantallas y los videojuegos.

Ahora, las ampollas de sus dedos impedían que pudiera seguir jugando.

Aburrido y sin ganas de nada, quiso rebuscar entre los efectos personales de su abuela mientras ella seguía, todavía, fuera de casa. Entre sus cosas, encontró un cuaderno viejo cuyas páginas, amarillentas, estaban repletas de palabras manuscritas. Jamás había visto una letra más bonita. Su vista quedó prendada de aquellas formas tan armónicas entre palabra y palabra. Se había enamorado de la caligrafía que tanta inquina le había producido en su niñez.

Debido a ese amor recién nacido, buscó la primera página del cuaderno y comenzó su torpe lectura.

Leer era una actividad que nunca había considerado digna para pasar el tiempo. Aún así, ahí estaba él: leyendo.

Quizá lo que leía no resultó interesante al comienzo: eran pensamientos distantes y mal cohesionados. Pero la letra… aquella letra plasmada en esas páginas amarillentas a causa del tiempo que habían pasado encerradas en el baúl, era digna de ser admirada.

No sabía si se trataba de una historia, de un diario, de simples palabras inconexas… pero no podía evitar seguir leyendo.

Me llamo Raisa.

Ahora mismo, estoy escribiendo una historia: la historia de una persona muy cercana a mí. Ella vive a mi lado. Siempre comemos juntas. Andamos juntas. Cocinamos juntas. Lavamos la ropa juntas. Lo hacemos todo juntas.

El desierto no es un lugar para estar sola. Siempre es necesario tener a alguien cerca.

Ella y yo estamos cerca (…)

— ¿Quién es ella? —se preguntaba él, profundizando en su lectura.

Le gustaba no saber nada e ir descubriendo, poco a poco, el entramado de aquella historia. La manera en que estaba escrita, la voz que leía constantemente en su interior, le recordaba a su abuela.

— ¿Sería ella?

Sabía muy poco acerca de su abuela: era una mujer extranjera en este país que se había valido por sí misma durante años hasta encontrar a su abuelo, un hombre que, por lo visto, la quiso más que a nada en este mundo. Se enfrentaron a muchas críticas de la sociedad de entonces cuando decidieron estar juntos y formar una familia. Aparte de esto, no sabía nada más. ¿De dónde era? Nunca quiso hablar de sus raíces. ¿Tenía más familia? Nunca mencionó a nadie más que a su marido. Estaba empezando a tener muchas preguntas que sabía que no iban a tener ninguna respuesta.

— Puede que sea pura ficción, pero dicen que siempre hay algo de realidad. Quizá descubra algo sobre la abuela si sigo leyendo — se dijo a sí mismo al pasar la página del cuaderno.

Tras haber pasado la página, se quedó atónito al ver que resultó ser una página en blanco. No había ningún rastro de la maravillosa caligrafía que le había cautivado. Solo era una página más del cuaderno, lisa, amarillenta, sin palabras, sin nada.

— ¿De verdad? Por una vez que me gustaría seguir leyendo y, ¿no puedo hacerlo? Esto parece una broma.

Cerró el cuaderno y lo dejó caer en el baúl donde lo había encontrado.

***

Tras varios días, no dejaba de pensar en ello: se había obsesionado con Raisa y lo poco que había descubierto. A veces parecía que la veía: después de noches enteras soñando con ella, al abrir los ojos le parecía ver una imagen borrosa de una mujer. Empezó a creer que se podría estar volviendo loco. De repente, se acordó de Don Quijote. ¿Podría estar pasándole como a él? Pero aquel personaje se pasaba la vida leyendo novelas de caballerías mientras que él solo había leído cuatro o cinco páginas de un cuaderno. No podía compararse de ninguna manera. No podía ser.

— Despierta…

— ¡Despierta!

Abrió los ojos, sobresaltado. Miró a su alrededor. Seguía estando solo.

— ¿Abuela? — gritó con la intención de que su voz traspasara las paredes de su habitación.

No hubo respuesta. Su abuela no estaba en casa.

— ¿Quién…? — empezó a preguntarse mientras seguía mirando a su alrededor.

Cerró los ojos. Estaba realmente cansado porque no había podido conciliar el sueño en condiciones desde hace algunas noches. Quiso seguir durmiendo.

Mientras intentaba dormir profundamente, un gemido le hizo consciente de su situación: se sentía excitado. Seguía con los ojos cerrados queriendo dormir, pero no podía evitar sentirse más excitado, al punto de que se escapó otro gemido. El rubor se instalaba en sus mejillas, su cuerpo se endurecía; claramente era él quien gemía, pero no sabía por qué estaba tan excitado.

Concentrándose en conciliar el sueño, sintió una ráfaga de aire fresco acariciando su abdomen: sus pezones se habían endurecido tanto que sintió la necesidad de pellizcárselos para aliviarse.

— ¿Qué…? ¿Qué está pasando?

Otra vez, entreabrió los ojos y le pareció ver a la misma mujer.

Era una visión borrosa que desaparecía al abrir los ojos del todo.

Cuando quiso darse cuenta, descubrió que había tenido un orgasmo y su semen estaba esparcido por su entrepierna.

Se sentía raro. No entendía nada. ¿Había tenido una erección nocturna?

Se limpió, se aseó y fue corriendo al baúl. Sacó el cuaderno de donde lo había dejado caer días atrás y volvió a abrirlo por aquella página.

La sorpresa hizo que dejara caer el cuaderno abierto al suelo.

Aquella página ya no estaba en blanco: la caligrafía, objeto de su deseo, había vuelto más bonita que nunca.

(…) Después de aquel día, quise abandonarlo todo. Ella ya no estaba y yo me sentía vacía. Ella era parte de mí y me la habían arrancado. ¿A dónde se la han llevado? Me invadieron, me la arrancaron del pecho; ya no hay nada.

Ahora estoy en otro país.

No sé cómo he acabado aquí. Solo sé que estuve andando mucho tiempo y casi muero de sed… quizá también estaba enferma… pero no sé quién me cuidó.

Cuando volví en mí y supe con certeza que ella ya no estaba conmigo, quise morir.

Iba a tirarme por un puente cuando unos brazos me rodearon (…)

— ¿Ya no hay más? ¿Cómo continúa? — se preguntaba, ansioso de saber.

Cerró los ojos. Los abrió otra vez. Revisó el cuaderno una vez más: todo había desaparecido.

Raisa, su caligrafía, todo; ya no estaba.