Hace dos meses que no escribo: el silencio ha arraigado en mis manos, al igual que el frío arrecia en las grietas de mi cuerpo.

Quizá, los menesteres y las responsabilidades han clavado la señal de Stop en mi suelo y mi cuerpo, tan obediente, ha parado delante de ella. Quizá los sentimientos siguen contradiciéndose aquí dentro y el silencio prefiere acallar el impulso y sosegar la emoción… Quizá.

Como fuere, hace dos meses que no escribo. Otra vez ha llegado la temporada del estío: mis hojas siguen cayendo, movidas a cámara lenta, a causa del viento que me arrastra. Otra vez, el barbecho ha hecho mella en mis tierras, dejándome baldía y con mis sendas muy lejos de estar abiertas.

El silencio, tal vez, esté desarraigándose y las musas se estén apoderando de mis manos: puede ser que el impulso adormilado se esté despertando. Ya se ha ido.

Los versos han vuelto a circular por mi torrente sanguíneo haciéndole llegar oxígeno a este descarriado corazón. Sin embargo, sus latidos siguen siendo lentos, pausados, marcando un ritmo flojo difícil de seguir sin metrónomo.

Esta noche escarchada, los versos han querido volver a acariciarme las manos: las palabras han rozado las yemas de mis dedos igual que tú sobrevolabas aquella pluma sobre la punta de mi nariz. Aquel cosquilleo retorna a veces para recordarme que, sin estar conmigo, aún estás.

Probablemente te hayas convertido en mi paradoja: aún eres mi problema sin resolver y quizá siga quedándome aquí, vestida de verde —navideña y lorquiana— dejando mis mejillas sonrojadas a la intemperie para mirarte a los ojos desde abajo. El cielo sigue estando alto. ¿Cuándo creceré? Desde allí, ¿qué seré? Probablemente sea una luciérnaga —mi vela encendida— queriendo alcanzarte pretendiendo ser brillante.

Aún sigo vestida. Mi cuerpo sigue cubierto de tonalidades verdes, apresurándose hacia ti: el tiempo corre —mi cuerpo también— y el verde sigue aquí.

Sigo queriendo escapar hacia donde la humareda de los abrazos que nos dimos siga latente.

Sigo queriendo ilusionarme con volar bajo el manto verde de la primavera pese a que el invierno me mantiene prisionera arremolinando mis esfuerzos con sus aires gélidos.

A lo mejor es que sigo dormida y el sueño me atrapa al igual que me sigo quedando absorta observando las vacilaciones de una llama.

Hoy escribo porque no me queda otro remedio: porque mi mano derecha ansía el tacto del bolígrafo, porque mi perturbada mente necesita su medicina… porque mi corazón, tan lleno de ilusión y esperanza, necesita derramar sus lágrimas en la tinta de este bolígrafo azul.
Hoy escribo porque ha vuelto el silencio, porque las preocupaciones se pasean libremente por las galerías de mi creativo cerebro…
Simplemente, hoy escribo:

«Tristeza y Angustia son dos hermanas mellizas que se pelean constantemente por el protagonismo… cada una quiere su propio papel principal.
Ambas hermanas son emociones que se agarran a los órganos vitales para hacerse notar en el cuerpo, tanto o más que en la mente del ser humano. Suelen sentirse más cómodas en el estómago, la tráquea y el corazón… estos tres espacios tienen una conexión directa a los lagrimales y a sus respectivos ojos: espejos del alma.
Aunque cada una desea su propia habitación, juntas han levantado un muro de mármol muy difícil de escalar: es mucho más sencillo caer. Se llama “Depresión”. A veces se ve a distancia y, con frecuencia, se hace invisible y solo se reconoce cuando ya se ha precipitado en su vacío.
Existen escaleras hechas de suspiros y manos amigas: Esperanza y Fe son primas hermanas que se preocupan por las mellizas; ellas son las manos amigas que se caracterizan por ser constantes.
Tristeza y Angustia no son malas… solo han perdido la fe, han perdido la esperanza… creen que están solas.
Fe y Esperanza son constantes, y han decidido brillar (como brillan las estrellas en la oscuridad), solo por ellas… para que ese muro que han levantado se deshaga poco a poco: ya se ven las grietas.
No están solas».

No estoy sola.

Rocío G. Soldevila