Durante toda mi vida me has enseñado a gestionar mis emociones. Me decías que cuando me sintiera abatida, escribiera. Me decías que esos destellos fugaces que pasan ante nuestros ojos y nos cambian el humor y la perspectiva, pasan porque tienen que dejar su estela en el corazón. Me decías que el corazón es un órgano que debe aprender a aceptar los acontecimientos que lo alteran: cuando los latidos del corazón se aceleran, cuando el ritmo del corazón cambia la entonación de la respiración… cuando ocurre, necesita adaptarse y para ello, debe aceptar que está experimentando ciertos estímulos.

Sin embargo, cuando el corazón vive en constante cambio y el mismo estímulo altera el ritmo cardíaco y la entonación al respirar se hace más entrecortada… ¿Qué se hace?

Me has enseñado a diferenciar la ilusión del sueño. Me costaba encontrar la distinción entre soñar con los ojos cerrados e imaginar, estando despierta, mis propias escenas. Me enseñaste a encontrar la matriz que hace que ambas acciones tomen caminos distintos, pero también el momento en el que se encuentran y parecen fusionarse.

«Que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son». Segismundo lo sabía bien. Me lo enseñaste. Pero… sigo confundiendo los pequeños detalles con estímulos que provocan que mis ritmos cambien. Sigo asociando las mismas imágenes a emociones dispares. ¿Por qué?

Profesora, ¿qué hago ahora?

— Escribe. Escribe para entenderte. Si escribes y no te entiendes, sigue escribiendo. Te lo digo en estilo directo: escribe.

26 de marzo, 2022.
Madrid.

Mis emociones se están descontrolando.