— ¿Has oído que las situaciones se describen solas?

— He oído que los momentos importantes se escapan delante de nuestros ojos. Cuando nos damos cuenta, ya no se pueden retroceder los segundos para corregirnos.

— Entonces, ¿por qué quiero retrasar el reloj?

— Quizá sientas ese impulso que sentimos todos de arreglar lo que se ha roto. Se supone que todo debería poder remediarse, como cuando se nos agujerean los pantalones y mamá les pone parches… Pero sabes que los parches no duran, se acaban descosiendo y ves la realidad: el agujero sigue ahí.

— Quiero volver.

— ¿Por qué?

— No lo sé. Es lo que conozco. Lo que he conocido toda nuestra vida. Sería hipócrita si te dijera que lo acepto y me fuera por esa puerta.

— Entonces vuelve. Pero quizá te encuentres con otra decoración: habrá cambiado el color de las cortinas, los azulejos pintados ya no estarán, y los caramelos se habrán agotado. Aún así, ¿quieres volver? Todo será distinto.

— Sé que ya no somos niños. Sé que ese tiempo pasó. Sé que será distinto. Ya no quiero retroceder el tiempo, quiero ver cómo es ahora. Cuando lo vea, podré sentirlo y tal vez pueda pasar la página en la que estoy ahora y seguir leyendo.

— Es un libro, lo que tienes que hacer es seguir leyendo. Tienes que ver qué ocurre al final sin dejar atrás los capítulos tristes. Las situaciones van cambiando. Sabes que no es un libro normal.

— ¿Qué quieres decir?

— Ya lo sabes. Ya me conoces.

— Solo sé que lo has escrito. Las situaciones no se describen solas, decidiste describirlas así. ¿Realmente es como lo cuentas? Leer tus sentimientos sin haber tenido conciencia de ellos siendo yo protagonista, ¿no es un poco cruel? Es como si me estuvieras…

— ¿Qué?

— Condicionando.

— No te pido nada a cambio de leerme. Solo léeme.

— Te estoy leyendo.

— Me estás mirando.

— Al mirarte, leo la expresión de tus ojos. Los ojos no pueden mentir, lo reflejan todo: me reflejan a mí.

— Sigue leyendo.

— No me hace falta. Estás delante de mí ahora. Este libro no va a cambiar lo que estoy sintiendo ahora.

— Y, ¿qué sientes?

— La realidad.

— ¿Ha cambiado?

— Sí, ahora es más real.

— ¿Antes no?

— Antes no era consciente de lo que había cambiado. Necesitaba verlo. Necesitaba ver tus ojos.

— Y, ¿qué ves?

— A mí.

Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama.

San Agustín.

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