Me parezco a mi madre: yo también hablo sola.
Me susurro en voz baja, mientras me consumen las horas.
He tachado el día 26 del calendario. Los domingos suelen escurrirse por las grietas, después de la sobremesa. En mis recuerdos, los domingos siempre han sido días de familia, de carcajadas estridentes y divertidas, sentados alrededor de una mesa; y hoy no es menos, sigue siendo así.
Recuerdo una sobremesa en la que mi abuelo presidía el encuentro: mis primos y yo, la más pequeña, estábamos sentados de manera que se podía distinguir la visión de una escalera sobre nuestras cabezas. Recuerdo a mi tía con una melena larga y castaña oscura. Recuerdo a mi tío muy joven, mirándonos. Éramos pequeños, apenas sabíamos cortar el filete con el cuchillo: todavía tenían que ayudarnos a comer como es debido.
En aquella sobremesa, todos nos reíamos de cada cosa que salía de nuestros labios: cuando somos niños pequeños, tenemos esa gracia que provoca una sonrisa constante. Somos tiernos, cariñosos (algunos, yo no lo era), entrañables y achuchables. Y en este recuerdo en concreto, los tres primos estábamos para comernos, por la dulzura.

Recuerdo a mi abuelo, serio, dejando escapar sin remedio una carcajada que sonó en toda la casa. Fue una carcajada estridente, pero divertida, que nos hizo reír aún más si podíamos. En mi recuerdo no sé de qué va la conversación: no tengo ni idea de si su risa procedía de un comentario que hicimos uno de los pequeños, o de la conversación adulta de los mayores. Solo recuerdo aquella carcajada.
Hoy, durante la sobremesa, he escuchado otra carcajada. Esta vez procedía de mí misma: me estaba riendo, quizá de forma exagerada, por algo que había dicho mi tío, el de la moto; mi carcajada me hizo visualizar a mi abuelo presidiendo la mesa, justo donde estaba sentado mi tío (tienen la misma frente prominente, no es extraño: ambos se parecen), y por un momento me creí que estaba ahí.
Sentí la necesidad de fijar mi mirada en él, de perfilar con mis pupilas el filo de su rostro, de guardar para mí cada detalle, por mínimo que fuera, de su aspecto. Sin embargo, cuanto más fijaba la mirada, más me percataba de que se trataba de mi tío.
El abuelo ya no está. Quizá mi carcajada le trajo de vuelta en una reminiscencia de lo que un día fue una sobremesa de domingo.
He tachado el día 26 del calendario mientras me consumen las horas, al susurrarme en voz baja.
Yo también hablo sola: me parezco a mi madre.
Todo queda en familia.
Existe una flor que se llama «No me olvides». Es una flor pequeña que tiene los pétalos azules y procede de Nueva Zelanda. Todas las flores tienen su historia y su propio lenguaje.
La leyenda que recoge esta pequeña florecita es muy simbólica y por eso me gusta: dicen que cuando Dios creó el mundo y se puso a dar nombre a las flores, esta florecita pasó desapercibida ante sus ojos (a pesar de haberla creado Él mismo) y cuando se percató de su presencia cayó en la cuenta de que todos los nombres ya habían sido dados. Por lo tanto, esta florecita le pidió a Dios:
— No me olvides.
Entonces, Dios le obsequió con el nombre de «Nomeolvides» haciéndole saber que sería azul como el cielo llevando en su centro tonos de amarillo y rojo. Esta pequeña flor acompañaría a los difuntos en su viaje, y a los vivos en el recuerdo.Dicen que la flor «nomeolvides» protege del olvido y, sobre todo, permanece: es un símbolo de lealtad y fidelidad.
Otra de sus leyendas nos hace saber que cuando una pareja estaba paseando a las orillas de un río, la mujer vio un grupo de florecitas pequeñas y azules que llamó su atención. El hombre quiso acercarse más y, al no poder alcanzarlas, se lanzó al agua; cuando tuvo la flor azul entre sus manos, se la obsequió a su amada, pero él no pudo salir del agua y murió ahogado tras decirle a su mujer:
— ¡No me olvides!
Debido, posiblemente, a esa pequeña y dramática historia romántica la flor «Nomeolvides» es considerada símbolo del amor verdadero e intenso.
Una cosa curiosa es que encontramos a esta bella florecita en zonas solitarias, por lo que podemos recurrir a interpretarla como símbolo del amor que acontece en silencio, en la clandestinidad.
Lo que más me gusta del símbolo como recurso literario, es que el propio escritor puede darle un significado y el lector que le interpreta, le puede dar otro muy distinto. Esto siempre me ha encantado.
Hoy tengo una «No me olvides» sobre la mesa.
En mi lucha contra el olvido, te recuerdo.
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