Feliz Día de las Escritoras.
Qué mejor manera de conmemorar este día que escribiendo…
Escribo porque muchas mujeres antes que yo escribieron y fueron mi ejemplo.

Rocío G. Soldevila

Podía ver la soledad en plena Naturaleza cada vez que abría los ojos por las mañanas: era capaz de sentir cómo aquel sauce llorón, casi al borde del río, se ahogaba en sus propias lágrimas al saber que nadie le guardaba en sus pensamientos…
Moonlight cada vez estaba más segura de que el ser humano no merecía disfrutar de las maravillas de la Naturaleza: ella misma experimentaba a diario la falta de interés, de tacto, por parte del hombre; pero, sobre todo, era consciente de lo triste que era su vida al tener un dueño tan desconsiderado como el señor Alejandro… Era desconcertante, puesto que su propio nombre significa «hombre protector», «el gran salvador»; Moonlight imaginaba con frecuencia que el señor Alejandro era en realidad el famoso macedonio Alejandro Magno, y que conquistaba, junto a él, grandes ciudades… Ese pensamiento era lo único que la sacaba de su triste existencia como “yegua florero”… Sí… El señor Alejandro solo presumía de ella ante sus amistades, porque, en efecto, Moonlight era una yegua preciosa y digna de admiración… Pero jamás la cuidaba, nunca salía a galopar con ella, ya no le daba sus zanahorias favoritas, ni tampoco la cepillaba… El señor Alejandro se olvidaba por completo de Moonlight cuando no había nadie ante quien presumir…
Cuando apenas era una potrilla, Moonlight fue entregada a la familia Montoya: en aquella época era un apellido importante en la región y formar parte de tal familia era sinónimo de esperanza por prosperar y llegar a ser alguien en el futuro.
Alejandro Montoya tenía entonces dieciséis años, una edad perfecta para enamorarse por primera vez y descubrir, poco a poco, el maravilloso poder del corazón. Cuando Moonlight le vio, desde ese primer momento quedó atrapada en su mirada: esos preciosos ojos color aceituna embaucaban a cualquiera, y ella, sin apenas saber nada del mundo, le entregó su alma…
La pequeña Moonlight era, curiosamente, un regalo para el joven Alejandro, quien la recibió con el corazón y los brazos abiertos. Los primeros días juntos fueron maravillosos: un sueño para cualquier caballo, ser querido, admirado, y cepillado (lo mejor del mundo para Moonlight era que la cepillaran esas largas crines que siempre se le enredaban).
Moonlight fue creciendo hasta convertirse en la deslumbrante yegua que es ahora… y Alejandro salía a cabalgar con ella cada amanecer de cada nuevo día.
Una tarde de otoño, el patriarca de la familia Montoya, el abuelo de Alejandro, fue encontrado sin vida en una zanja a las afueras del rancho… La policía determinó que probablemente habría muerto a causa de algún animal salvaje.
La desesperación y la rabia que sintió Alejandro en aquel momento acabaron por endurecerle el corazón: su abuelo era una persona insustituible en su vida, era quien le había enseñado todo; su abuelo fue el primero que le habló acerca de la magia en la mirada del caballo, y también el único familiar directo, vivo, que tenía (el resto de los miembros de la familia eran parientes lejanos para él). Fue su abuelo quien le enseñó a montar a caballo y quien insistió para que cuidara de Moonlight cuando ésta llegó a sus vidas.
El mismo día que encontraron muerto a su abuelo, Alejandro decidió que la vida había dejado de tener sentido y que sin él, no sería apto para cuidar de su yegua…
Para Moonlight fueron tiempos muy confusos: no entendía por qué el abuelo no iba a verla como siempre hacía, y lo que menos comprendía era que el joven Alejandro ya no cabalgara con ella para ver amanecer… Parecía que el sueño que había empezado a vivir cuando llegó se había terminado y por fin había despertado: su vida era esta, estar sola, sobrevivir sola, relinchar sola, todo sola… ese sería su epitafio.
Mientras su yegua dormía en el establo, Alejandro suspiraba: ya no le quedaban lágrimas, no podía llorar más. Debido a ello, creyó que había dejado de sentir. Así siguió creciendo: pasaron los años, pasaban las estaciones, hasta llegar a ese invierno metafórico al que todo el mundo llega en su momento. El joven Alejandro, que había pasado los primeros dieciséis años de su vida siendo una persona cariñosa, sentimental y generosa, pasó a convertirse en el señor Alejandro Montoya, único heredero del rancho familiar, y una persona completamente distinta: fría, calculadora, sin sentimientos…
El tiempo pasaba para todos, y también para Moonlight: ella llegó a su edad de madurez teniendo la firme convicción de que moriría sin haber recuperado su alma. Ya no recordaba lo que era ser dueña de sí misma… había olvidado hasta cómo galopar… hacía tantísimo tiempo que no salía a la Naturaleza y corría a pleno pulmón… Todos aquellos días procedentes de aquel sueño maravilloso se habían perdido hace mucho tiempo en su memoria. Y, aún así, ella seguía esperando un milagro: a veces imaginaba con mucha nitidez el momento en que Alejandro entrase de nuevo en su cuadra y la sonriese como antaño, mientras la miraba con sus ojos aceituna poseedores de su alma… Sí, a veces lo imaginaba
con tanta fuerza que confundía su particular ficción con la realidad y relinchaba de felicidad sin darse cuenta.
Una noche, Moonlight pareció escuchar un ruido extraño cerca de los establos…
Cuando se quiso dar cuenta de que algo pasaba, aquel hombre desconocido con un parche en el ojo, ya se había abalanzado sobre ella al mismo tiempo que se disponía a herirla con la navaja que sujetaba…
Todo se convirtió en una imagen negra, todo era oscuridad, no podía ver nada… pudo ser capaz de sentir algo: era un dolor agudo, agonizante, que no sabía dónde localizar… Dolía cada vez más y con más fuerza… No pudo evitar relinchar de puro dolor, pura desesperación.
Alejandro volvió a ver a su abuelo en sus sueños: volvió a ver su muerte, volvió a sentir lo que sintió cuando era joven… ese dolor…
De repente, despertó bañado en sudor y sintiendo las palpitaciones del corazón por todo su cuerpo… Al abrir los ojos, una fugaz imagen de Moonlight surgió ante él.
Sin saber cómo, una extraña sensación invadió su espacio: empezó a sentirse inquieto, nervioso; notó cómo un dolor punzante recorrió todo su pecho hasta sentir cómo oprimía su corazón… era un dolor desgarrador.
Mientras Alejandro experimentaba tal sensación, la moribunda Moonlight relinchaba sin descanso con la esperanza de que su alma la oyera…
Alejandro volvió a ver ante sus ojos la fugaz imagen de su yegua, pero esta vez pudo distinguir una mirada llena de sufrimiento, y dolor. Una lágrima brotó de sus secos lagrimales y resbaló por su mejilla haciéndose notar al tacto… Alejandro volvió a llorar.
Esa imagen de Moonlight perseguía su mirada: se hacía presente ante sus ojos constantemente, mientras éstos seguían derramando lágrimas.
¿Por qué volvía a sentir de repente? ¿Por qué veía a Moonlight sufrir tanto cada vez que pestañeaba?
Recordó otra vez la imagen de su abuelo muerto y la frase que pusieron en su lápida: «Aquí yace Eros Montoya, patriarca, amado abuelo y amante de sus caballos. Nunca te olvidaremos: tus enseñanzas nos seguirán hasta que cumplamos con ellas, siguiendo tus pasos».
Mientras recordaba aquel epitafio, las imágenes de su abuelo y de su yegua cada vez se hacían más reales.
En ese momento oyó un relincho desgarrador.
— ¡Moonlight! — susurró en plena oscuridad.
De verdad esperaba que esta vez alguien oyera su relincho, rezaba porque así fuera…
Moonlight volvió a relinchar, una y otra vez, cada relincho más desgarrador que el anterior…
La yegua, ya sin fuerzas, pudo notar el rechinar de la puerta del establo y, acto seguido, el sonido de unas botas corriendo hacia su cuadra… ¿Finalmente su imaginación había podido con la realidad? Alejandro apareció ante ella con semblante fatigado, y desconsolado.
Dio gracias por haber sido escuchada, y todo volvió a tornarse oscuro, una oscuridad dolorosa.
Alejandro no podía creer lo que estaba viendo… Sintió cómo su alma se partía en mil pedazos con aquella imagen…
— Si hubiera… — balbuceaba a lágrima viva — Si hubiera estado aquí… Si hubiera mantenido mi promesa… Si hubiera cuidado de ti como prometí hacerlo… — decía entre suspiros y lágrimas.
Moonlight abrió los ojos: sus miradas volvieron a encontrarse como aquel lejano primer momento. Algo se movió en sus corazones, y en sus ojos, de repente, nació un destello. Moonlight se había reencontrado con su alma, de la que se separó hace muchos años, y volvió a ser su propia dueña.
Alejandro experimentó el nacimiento de un vínculo entre ellos al mirar a su yegua directamente a los ojos: percibió un gran destello en su mirada. En ese momento supo que jamás volverían a separarse.
Moonlight sobrevivió gracias a su inquebrantable fe en que volvería a ver a Alejandro.
Alejandro volvió a conocer los sentimientos gracias a un doloroso recuerdo, que por fin ablandó su corazón.
Ambos aprendieron que la lucha y la superación van de la mano: no puede existir una gran batalla sin dos contrarios que la lleven a cabo… Esa vez fueron la soledad y la fe, para Moonlight; y el dolor ante la pérdida, y la aceptación, para Alejandro.
Todo forma parte de la vida: el dolor, el sufrimiento, la soledad, la ilusión, el recuerdo, la muerte… Todo, incluso lo malo, enriquece la existencia del ser humano.
Alejandro Montoya aceptó que la muerte es parte de la vida y la enriquece con sabiduría: ese momento de aceptación ante la pérdida fue lo que permitió a su corazón volver a sentir, fue lo que procuró la
supervivencia de la preciosa Moonlight, quien a día de hoy sale a cabalgar cada amanecer con Alejandro… con quien a día de hoy comparte su alma: ambos compartieron un pedazo de su alma aquel día, ese es su vínculo. Esa es la magia de la mirada del caballo de la que hablaba el abuelo.
Todo está destinado a ocurrir: sea bueno, o malo, felicidad o tristeza; el hombre debe aprender de ello.
Precisamente, los grandes vínculos surgen de esos grandes momentos que resultan ser reveladores en la vida.

Ilustración dibujada por la autora.

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