Abriendo esta página, abres esta arca donde guardo mis palabras: leyéndome deducirás que son las palabras las que juegan conmigo, bailando con este corazón tímido de escritora, y no al revés.
Interpretación de Jewel, de Matteo Falloni. Guitarra: Eva Gómez Soldevila. Acordeón: Laura Cara Molina. Voz: Rocío G. Soldevila
Hubo un tiempo en que la distancia, corta y casi invisible, nos acercaba al abrir los labios. En aquella época, la distancia merodeaba casi aislada entre los brazos; en aquella época, era más sencillo decir «hola» al tocarnos con los dedos.
La infancia pasó: los exploradores crecieron, los brazos ya no aislaban la distancia (estaban más lejos); las zonas exploradas, con tacto y a escondidas, se convirtieron en zonas restringidas (el recuerdo las quería para él).
Así, pasaron los años. La distancia impedía el choque, intencional y despreocupado, de aquellos labios; decir «hola» ya no era posible con el roce de los dedos… Así pasó el tiempo: la distancia nos hizo extraños.
Somos adultos: el tiempo ha pasado, los exploradores que corrían juntos, de la mano, van andando; los labios que reaccionaban al chocar, ahora pronuncian el recuerdo invocando la aparición de aquellos años.
Somos adultos: la distancia ha vuelto corta, invisible, acercándonos abriendo los labios. Ahora somos adultos y la distancia vaga, aislada, encerrada entre los brazos.
Ahora somos adultos y decir «hola» es más fácil: ahora puedo rozarte, tocándote, mientras la mirada de recuerdos, infantiles, envuelve la suavidad pasando de labio a labio.
Pierrot. Dibujo de Federico García Lorca (Buenos Aires, 1934).
Muchas veces intento llorar y no puedo. Mis lagrimales están tan encariñados con sus lágrimas, que no quieren dejarlas ir. A mi corazón le pasa lo mismo que a mis lagrimales: no quiere dejar escapar a las emociones… Los sentimientos se quedan haciendo piña en el músculo, palpitando al unísono.
¿Qué ha pasado? ―me preguntaréis―, y os lo diré: un amigo se ha marchado, y no es el hecho de que se haya marchado lo que me tiene en vilo… Es el arrepentimiento de no haber actuado cuando pude haberlo hecho. Él me insistió en ello. Pasarán tres largos meses antes de que pueda volver a verle, y todas esas cosas que me habría gustado hacer, y no he hecho, se quedarán en el tintero hasta entonces. Me da rabia. Me da mucha rabia ser consciente de mi lentitud, de ser una rezagada, una mujer de efecto retardado. Estoy harta. Se ha ido. Tengo el corazón en un puño, no de tristeza, sino de rabia. Tengo una mano metafórica sujetando el músculo cardíaco, que se dispone a ahogarlo lentamente, solo para castigarlo.
«¿Por qué callé aquel día» y «¿por qué no lloré yo?» son dos versos de Bécquer que se han quedado grabados a fuego lento, y en carne viva. Sin embargo, no escarmiento. Mi corazón decide desplegar sus alas en el último momento, cuando quizá es demasiado tarde.
El mar de sus ojos me ha penetrado tan profundamente el alma que, sin pretenderlo, ha ocasionado una erosión… una cicatriz sangrante que desea convertirse en tatuaje: una cicatriz tatuada e imperecedera como símbolo de esa rabia que se expande.
Pensamos igual, congeniamos, nos gustamos… ¿Cuál es el problema? El tiempo es el problema. El tiempo acaba siendo juez y verdugo de los acontecimientos: todo lo que ha acontecido, todo lo que hemos vivido juntos, será juzgado por el tiempo, a medida que pase (esos tres meses de distancia espacio-temporal); ¿quién sabe qué ocurrirá en tres meses? ¿Quién sabe si dentro de tres meses seguiremos bajo el hechizo del encanto?
De verdad, intento llorar, pero las lágrimas no quieren abandonar las pupilas: prefieren hacerlas brillar. Llorar es un acto de liberación: en el fondo, no quiero liberarme, no me siento merecedora de tal liberación.
En seis actos, pudimos conocernos profundamente y guardar en el archivo memorístico de nuestra cabeza cada momento, cada escena, cada aliento tras cada beso. Ha sido una obra de seis actos. Me siguen pareciendo pocos… Quizá más actos habrían acabado por saturar nuestra base de datos. Quizá el tiempo estaba medido desde un principio para ser tan escaso y dejarme con ganas de más.
Quiero pensar que me encuentro bajo el hechizo del encanto, y que tarde o temprano se me pasará este enmarañado de hilos del pensamiento. ¿Le ocurrirá lo mismo? ¿Seré tan importante para él como para que se haga esta misma pregunta? Es un misterio. Él es un misterio.
Tengo tantas ganas de hablar con él. Tengo tantas ganas de saber. Saber qué pensamientos se dedican a pasear por su cabeza, saber si de verdad está planteándose hacer una araña que anda sola. Saber si alguna vez pensará en contarme cualquier cosa.
No puedo evitar pensar en que puede ocurrir lo mismo que ocurrió con Samuel: se fue diciendo que por supuesto que quería seguir en contacto, hasta que pasados unos meses se volvió distante, hasta perder el contacto por completo. Nuestra amistad se acabó el mismo día que se fue de Madrid. Eso que dicen acerca de que unas experiencias influyen en el proceso de otras, es verdad. Aquella experiencia está influyendo en mi modo de ver el mundo. A pesar de que sus nombres empiezan por S, no tiene por qué ocurrir lo mismo. ¿No?
Sigo intentando llorar, en el fondo necesito liberarme de la culpa que me ahoga. Maldito silencio. Me quito las gafas para intentarlo. Me dijo que le gusta más mi cara sin las gafas. Pues a mí me encantan sus gafas. Está, incluso más atractivo con ellas. Hay tantos gustos como colores en el mundo.
A veces creo que el afán de querer saberlo todo, de querer controlarlo todo, es más bien una desventaja…
Por fin estoy llorando. Necesitaba releer nuestras conversaciones, palpar sus palabras con mis ojos… Darme cuenta de que, aunque haya sido solo un entretenimiento para él, a mí me parece honesto y sincero.
Voy a llorar. Lo necesito. No por tristeza, sino por rabia.
Tal vez, haber abierto mi alma de par en par en el pasado ha sido lo que me ha hecho contener mis pensamientos esta vez. Tal vez por miedo, o por precaución… Llámalo X. El caso es que tenía el temor de que, al final, acabara haciéndome daño.
Como he dicho, el tiempo juzgará y optará, bien por separarnos del todo, o bien por mantener el encanto. Científicamente, el hecho de que el encanto pudiera mantenerse… es poco probable. El poder de las hormonas y las sustancias, según mi hermana.
Hubo una época en la que quise tornar en piedra: ni sentir, ni padecer. No funcionó. Todo lo que no quise sentir, todo lo que no padecí en su momento, me pasó factura después. Fue una factura muy larga, cuyo número de lágrimas se ahogó en ellas. Por eso ahora, siento y padezco, porque es necesario experimentar a través de los sentidos, y padecer los sentimientos. Lo necesitas para madurar, para evolucionar. Necesitas los sentidos, y los sentimientos, para ser tú mismo. Soy de esas personas que prefieren decir lo que sienten, pese a pasarlo mal después.
¿Qué narices estoy haciendo? ¿A quién le importa cómo pienso? En teoría, él me dijo que le interesaba saber qué pienso… Ahora me da miedo hacerle saber mis pensamientos. ¿Y si empiezo a agobiarle? ¿Y si…? Este tipo de preguntas no me gustan nada. Cartas para Julieta me enseñó que cuestionarse la vida de esa forma, es perder el tiempo. Yo no quiero perder el tiempo, quiero aprovecharlo.
Acostumbrada al mensaje instantáneo y a las respuestas rápidas, no tengo la paciencia suficiente como para esperar el tiempo que haga falta, hasta que vuelva a contactar con esta servidora (nunca mejor dicho).
Locuras aparte, estoy más calmada. El hecho de escribir sobre lo que pienso, siento y padezco, me ayuda a liberarme de la vida encorsetada socialmente.
Este amigo se ha cruzado en mi camino, y ha marcado bien su huella. Ni el mar encerrado en sus ojos podría borrarla. ¿Es posible que haya empezado a quererle? Veo un jardín inmenso delante de mí, con colores imposibles y flores que no existen. Eso tiene que significar algo.
Echo de menos pequeños detalles, como que se levante a servirme otra cerveza al darse cuenta de que la mía ya se ha acabado. Siempre acaban echándose de menos las últimas veces que se ha hecho algo: yo echo de menos todas y cada una de las veces que nos hemos encontrado.
Hoy se ha ido, y ya echo de menos nuestros encuentros (por el hecho de que se ha ido). No quiero pensar en el día de mañana…
Mañana será mañana. Las persianas están bajadas, y las ventanas, cerradas. No pretendas ver lo que no puedes ver.
Estoy nerviosa, tengo un pálpito. Va a ocurrir algo (siempre ocurre algo), pero va a ocurrir algo que va a cambiar mi vida. Siempre he sido un poco profeta, mis sueños se cumplen… y mis pálpitos acaban teniendo sentido al paso del tiempo. Otra vez el tiempo…
Quiero escaparme de esta vida, reencarnarme en una mariposilla y poder tocar su nariz en un arrebato de locura. No, no quiero morir. Pero mi imaginación vuela tanto como una mariposa cuando estrena sus alas.
«Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma», en mi caso, ese algo no ha muerto, pero está en coma.
He vuelto a leer nuestra conversación, me ha gustado volver a revivir el momento en que nos conocimos, la incertidumbre que me embargaba entonces, y la ilusión de vivir algo nuevo.
Un traguito de vodka azul, con sabor a piruleta y mucho alcohol.
A dormir.
***
Han pasado tres meses desde que se fue. La última vez que tuvimos una conversación más o menos larga fue, quizá, hace mes y medio… ¿El encanto se ha desvanecido? No lo sé. Pero hace muchísimo tiempo desde la última vez que me llamó «pequeña».
El día 25 de junio defendí mi TFM. Cada miembro del Tribunal me hizo saber que le había encantado y que había disfrutado leyéndolo. El Presidente del Tribunal me dijo que, particularmente, le había enamorado una frase concreta: «Otro objetivo sería el conseguir que la poesía fuese esa dama desnuda, accesible, e inspiradora que se pasea por los pasillos de instituto con el fin de mostrarse cercana». También me dijo que al ser él profesor de Biología, le había encantado la metáfora del símbolo como médula espinal, en cuanto al mensaje que transmite la composición poética. Me dieron la enhorabuena y me dijeron que se notaba que soy una persona creativa, que tengo una íntima relación con la poesía y, sobre todo, me dijeron que fuese valiente a la hora de elaborar presentaciones de PowerPoint (un profesor del Máster me dijo que recargaba u ornamentaba mucho las presentaciones, y por eso me decanté por hacer la presentación de la defensa más austera y simple… craso error).
Esto, más que un relato, se ha convertido en una narración diaria con saltos en el tiempo y melancolía. Queda bastante acertado denominarlo como “Diario de una melancólica Pierrot” (no puedo dejar a un lado mis ínfulas literarias).
Se acaba la batería, el calor arrecia, mi mono por patinar se acentúa, pero la pereza sigue latente en este cuerpo… Cuerpo que sigue recordando a mi amigo ausente.
A veces nos hacemos daño sin saberlo: cuando lo descubrimos, la herida ya es profunda. ¿Podrá sanar?
Quizá el Tempus fugit de la literatura me responda a esa pregunta y, con suerte, Carpe diem me dirá qué hacer.
Todo el mundo tiene heridas que adornan y mortifican su cuerpo. Cada uno de los seres humanos que habitamos esta Tierra tiene sus propias cicatrices, quizá todavía abiertas.
Algunas personas prefieren maquillarlas para que no se vean y sonríen a diario, delante del espejo. Otras personas buscan la marca de sus cicatrices hasta encontrarla y no dejan de mirarla: es atractiva, ya que lo vivido gracias a ella ha supuesto un clímax en la vida. En cambio, hay personas que se ahogan y son incapaces de respirar profundamente con el simple roce de la yema de los dedos sobre la superficie áspera de la cicatriz.
¿En qué grupo me encuentro? A veces, me quedo mirando el espejo, observando el brillo lacrimógeno de mis pupilas. En ocasiones, me veo intentando encontrar el punto exacto en el que estaba mi deseo frustrado. Y, últimamente, con frecuencia y sin darme cuenta, mis manos tiemblan al rozar ciertas partes de mi cuerpo.
No tengo cicatrices. Al menos, no tengo cicatrices visibles, importantes, que me causaran dolor físico. Solo tengo una pequeña marca con forma de sonrisa, si la miras en horizontal, en el dedo meñique de mi mano izquierda (me extirparon un tumor benigno de células gigantes). Y… si miro el gemelo de mi pierna derecha, puedo deducir la forma de un delfín sombreado, resultado de una quemadura muy leve tras acariciar con la piel el tubo de escape de una moto. Pero ya está, no tengo cicatrices. Por fuera, no me han hecho daño, no me he caído, no me he dado golpes con nada.
Mis cicatrices son internas: no se ven. Solo las siento yo, de vez en cuando, al llover repentinamente o al tocar el acorde Sol pulsando las cuerdas de la guitarra de mi madre. Aunque, mirando en perspectiva, solo las siento ciertos días del año: cuando algo o alguien provoca mi desequilibrio emocional, cuando miro fijamente la fotografía que adorna la cabecera de mi cama.
Intento que mi cicatriz interna no me haga perder los estribos. Intento que mis ganas de querer algo demasiado no me convierta en obsesiva. Intento muchas cosas, y todas al mismo tiempo y evitando colapsos y colisiones sentimentales…
No. No funciona.
Mi cicatriz está ahí, la siento, y me dice cada día que necesito aguantar.
Así que…
Érase una vez, una cicatriz que quería que la mirasen: quería dejar de ser un obstáculo para la felicidad, pero no la miraban.
¿Cómo sigue?
Escríbeme. Quizá podamos descubrir si al final alguien se atreve a mirar a la cicatriz y decirle con una sonrisa: estoy aquí, te miro, por fin te entiendo.
El diccionario panhispánico de dudas dice que «hórror vacui» es una locución latina que significa literalmente ‘horror al vacío’.
Mientras estaba estudiando 2º de Bachillerato, una de las asignaturas optativas que elegí fue Historia del Arte porque me gusta el arte (en todas sus formas). Las explicaciones de la profesora que impartía esa asignatura no me llegaban con mucha claridad y, por dentro, acababa desilusionándome y decepcionándome al mismo tiempo: era una emoción bipartita. Por un lado, me desilusionaba la poca pasión que percibía en las explicaciones y, por otro lado, me decepcionaba de mí misma porque a lo mejor era yo la que no tenía suficiente base para comprender lo que la profesora explicaba.
Cuando estudiamos la arquitectura y los estilos por los que pasaba, el concepto de «hórror vacui» quedó tatuado en mí con tantos colores que aún duele: aunque en el campo del arte se use este concepto para hacer referencia a la tendencia de llenar todos los espacios de elementos decorativos, acabé dándome cuenta de que yo misma termino llenando todos los espacios vacíos de mi vida con todo tipo de elementos, y muchos de ellos ni siquiera funcionarían como glaseado de un pastel o luces navideñas…
Creo que reconocer y comprender este concepto cuando estaba en clase leyendo el libro de Historia del Arte, encendió la luz de una habitación inexplorada de mí misma.
Por fin entendí que me daba miedo estar sola.
Siempre mantuve mi habitación llena de cosas: libros, estatuitas, fotografías y diplomas, dibujos; todo tipo de cosas decorativas que impidieran que viera huecos libres en las paredes o los muebles. Cuando recibía visitas, algunos se sentían abrumados porque las cosas parecían venirse encima, y otros decían que resultaba acogedor ver vida en las paredes y perderte en ellas… Este segundo punto de vista era con el que más me identificaba.
También entendí que el «hórror vacui» hacía que no dejara de escribir hasta llegar al final de las páginas: no me gustaba ver tanto blanco en el papel cuando quedaba tan poco para terminarlas. Aún me sigue pasando: no me gusta dejar espacios en blanco cuando estoy escribiendo y me pone nerviosa el interlineado cuando escribo en un documento Word.
Es como si el «hórror vacui» dominara gran parte de mi vida pero, en el fondo, es por el miedo: miedo a la simplicidad, miedo a verme sola entre paredes lisas porque estoy acostumbrada al gotelé.
Al fin despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas (…).
«El monte de las Ánimas», Gustavo Adolfo Bécquer.
Me gusta la idea, quiero dejar que el silencio hable y me cuente qué estás haciendo. Ojalá me diga todas las cosas que tus labios callan mientras me miras tras las palabras de la pantalla. Me gusta la idea.
Ya hemos recorrido demasiado para rendirnos, los frenos deben estar desgastados y puede que les falte aire a las ruedas, pero la pasión sigue ahí, ¿verdad?
No abriré los ojos el día de mañana para descubrir en silencio que ya no leeré tus palabras en mi pantalla. No me desharé del orgullo para que el silencio me haga partícipe de tu ausencia. No quiero.
Es natural: los sentimientos nacen, se desarrollan, y finalmente concluyen o simplemente desaparecen; algunos sentimientos dejan su huella, ya sea en el asfalto o en el corazón que los atesoraba. Es natural que sentimientos como el amor eclosionen de repente y tal y como eclosionaron, de repente, se extingan. Sin embargo, he conocido amores inextinguibles que, aún con el transcurso veloz del tiempo y las arrugas, siguen siendo apasionados. ¿Puede mi corazón optar a un amor así?
En este momento exacto, a las 3:12 de la madrugada, sin poder conciliar el sueño y tumbada y rodeada de mis peluches, me atrevo a cuestionarme si mi primera persona del singular, «yo», es digna de amor: un amor perdurable a pesar de las circunstancias y la mala suerte. ¿Mis pensamientos son exagerados? Puede que me esté precipitando al pensar tales cosas. Puede que simplemente esté pasando una época de estío emocional que terminará con la llegada del invierno y las lluvias frías. Puede que el calor que he estado sintiendo estos últimos años solo sea un calor imaginario, ilusorio, como los embarazos psicológicos: quizá la mala pasada de mi cerebro descendió al corazón y ahí empezó. ¿Quién sabe? Tal vez sí fue real, tal vez no lo inventé todo. Nadie puede estar seguro de la veracidad del sentimiento, la verosimilitud del amor.
Me gusta la idea de despertarme por la mañana escuchando el sonido de las palabras tras mi pantalla, aunque en sí no expresen lo que mi corazón espera.
Me gusta la idea de despertarme y que el silencio hable. Ojalá me diga todo lo que este amor me ha dado… así no creeré que he perdido.
Quiero encontrarle la sonrisa a una estrella. Quiero desnudarla de su luz y mirarla. Quiero que sonría mientras la miro. — Estrella, déjame.
Los verbos son una forma curiosa de expresar el deseo: tiempo presente, modo indicativo, voz activa. Ahora.
Pese a mi dejadez (pasiva) por la gramática del español, la fascinación por la semántica que conlleva me ha calado.
No soy ninguna experta, ni siquiera me acerco al verdadero conocimiento del verbo; pero me llama y me cautiva el silencio con el que se hace notar mientras leo, o mientras pienso mentalmente qué quiero: la forma en la que las características gramaticales de ese verbo entran en los recovecos más escondidos de este corazón latiendo letras.
Y pienso otra vez: quiero mirar hacia arriba y descubrir la sonrisa de esa estrella. Aún estoy a medio camino de conseguir mirarla al desnudar su luz. Estoy a medio camino de sentir su sonrisa mientras la miro.
Pienso en cuántas cosas quiero, pienso en el verbo que utilizo para expresarlo; el deseo le ha cogido la mano al verbo sin darse cuenta: ahora los asocio constantemente. Cualquier cosa que mi corazón desee, el verbo la expresa: escoge una de sus muchas formas, y materializa mi deseo en una palabra.
Me siento orgullosa, hoy, de entenderme; y me siento afortunada de escoger la filología para ayudarme a hacerlo.
La ilusión se ha convertido en algo difícil de encontrar: una pieza que falta en todos los puzles por inventar.
Yo la tenía: iba y venía con la pieza sujeta. De repente, me vi forzada a abrir mi puño, y la pieza empezó a resbalarse por la palma de mi mano sudorosa. Mis dedos no tuvieron tiempo para reaccionar, no los pude doblar los dedos para impedir que la pieza cayera… Al final, siguió cayendo hasta que la vi desaparecer, lentamente, al tocar el asfalto.
He estado buscándola desde entonces, pero ya han pasado semanas y no puedo encontrarla.
Quizá deba dejar que las palabras la sustituyan: mi puzle parecerá incompleto, pero a veces las palabras pueden rellenar espacios vacíos.
Sí. Dejé que se me cayera al suelo la ilusión: mi idea de un cuadro perfecto, mostrando una vida perfectamente equilibrada y estable… La pieza que faltaba, que completaba la imagen de ese cuadro, no está. Aún así, tengo las palabras. Solo tengo que descubrir aquélla que esté a gusto rellenando mi espacio vacío.
Post scriptum
Quería encontrar una cita literaria que compenetrara de alguna manera con esta pequeña reflexión escrita a mano, sentada en el césped de uno de los recovecos de los Jardines del Buen Retiro, en un cuaderno que llevo siempre en el bolso.
Accidentalmente, y afortunadamente, me topé con este título dentro de la red:
Es una noche en la que el calor asciende a medida que voy pulsando las teclas en este viejo portátil. En el exterior, quizá aún se pueda notar, inspirando profundamente, el olor a petricor. Mientras llovía, mi niña interior nostálgica rebuscaba en los cajones viejos cuadernos repletos de notas, de versos que todavía no conforman lo que llamamos poemas.
Al rebuscar en uno de los cajones, mi mano finalmente palpa un cuaderno que acabó viajando conmigo a Polonia. Al abrirlo, volví a leer la dedicatoria que escribió el único geólogo que conozco (o conocía) y del que ya no sé nada. Es curioso cómo, al haber pasado tanto tiempo desde esta dedicatoria, mis labios son capaces de esbozar, todavía, una sonrisa sincera. Era 2016, durante los primeros días de un amor fugaz, pero prolongado cronológicamente. Al regalarme este cuaderno, me pidió que escribiera: quería que lo llevara conmigo a cualquier destino al que me dirigiera.
Abriendo el cuaderno al azar, ha aparecido en mis manos un papel doblado por la mitad y en el que se puede leer:
De parte de una joven filóloga que quiere ser poeta.
Al desdoblar el papel, sigo leyendo el título de un poema estructurado en siete estrofas. Debió ser un regalo que quise hacer y que jamás llegó a su destinatario: una anécdota más en el baúl de las frustraciones.
A veces me gusta releer poemas escritos hace varios años, y me gusta porque puedo ver mi propia evolución (no solo en mi manera de escribir, sino en la manera de procesar mis emociones y al final, canalizarlas).
Muchos poetas recurren al mundo de lo onírico o a los sueños para escribir sus versos. Aunque estos versos no se escribieran empleando conscientemente este recurso propio del Surrealismo poético, es curioso cómo interpreto (en aquel entonces) mis propios sueños:
Te sueño
Pecando de soñadora ando cabizbaja y llorosa removiendo con los pies la tierra, con la vista en vela mirando hacia Triana…
Ando callada bajo la luna blanca, ando por tus calles en sueños, y sueño que me das la mano con un roce y yo pretendo con un gesto darte un beso.
En mis sueños tenemos toda una vida para querernos, todas las noches nos reconocemos hasta que llega la luz del día y me despierta.
En mis sueños quizá nos peleamos, pero con fervorosa pasión perdonas mis ansias con amor.
En mis sueños las emociones se desatan arrastrándonos al miedo, a la pena, la alegría, la euforia y el dolor…
En mis sueños mi corazón salta y saltan también las manos, enredándose entre ellas…
En mis sueños nuestras riñas acaban con un te quiero y nuestros cuerpos inocentes, desnudos, se entregan a abrazos eternos.
A veces, mis viejos poemas son como fragmentos de espejo: un espejo que no sé qué forma tiene y que cada fragmento va recomponiendo. Pasarán años, y más años, hasta que pueda descubrir qué forma tiene mi espejo; pero el descubrimiento, el proceso hasta descubrirme, merece ser avistado por el tiempo.
Esta noche, mi niña interior nostálgica ha sonreído al toparse con este poema manuscrito, ya encontrado.
Durante un par de días he estado mirando hacia arriba. He visto que, lentamente, el cielo se abría.
¿Cómo se abre el cielo? Las nubes enfadadas se rinden y dejan desvanecer su rabia: la más espesa. la que ennegrece las nubes, se acaba diluyendo hasta que las propias nubes se convierten en blancos velos… Entonces, se abre el cielo: la belleza azul, observando desde arriba mira hacia abajo y permanece atenta a mis movimientos. Su azul inmóvil, estático y permanente se ve ornamentado por una luz potente y caliente. Es una luz que hoy brilla, incluso, con más intensidad que ayer y cuyos destellos cambian paulatinamente el color de mi piel.
Sigo mirando hacia arriba: el cielo está completamente abierto, es totalmente diáfano; rara vez se oye a los pájaros surcar el desierto azul… Sin embargo, puedo apreciar la suave brisa que provocan los pequeños aleteos de las mariposas. Esas pequeñas alas, simétricas, se acaban perdiendo en mis parpadeos.
El cielo se tatúa de vez en cuando con tinta que desaparece: uno o dos aviones juegan a ser pintores cuyos pinceles arrastran restos de témpera blanca. Todavía puedo vislumbrar su estela: quieren dejar su huella.
Levanta la vista, mira hacia arriba, búscale los ojos al cielo: ¿de qué color son?
Mis ojos de niña siguen mirando hacia arriba buscando sus ojos, pero la luz brillante me hace cerrarlos. Cuando los vuelvo a abrir, el cielo es aún más claro, aún más brillante. El cielo ha aprendido a brillar. ¿Ese brillo que desprende es el reflejo que irradian sus ojos? ¿Los he encontrado? ¿Los ves?
Desde aquí abajo, los ojos del cielo acaban de hacerse invisibles: ya no sé dónde están. ¿Me siguen observando?
El cielo y su belleza azul diáfana me cubren por completo. Es posible que si me concentro pueda sentir cómo me abraza al estirar los brazos y abrir sus manos: manos y brazos que mezclan los vientos.
Soy afortunada.
Las palabras me dejan hacer uso de ellas a mi antojo y puedo hacer fotografías con la escritura.
— Julio, he cumplido la primera misión que me has encomendado: hacer una fotografía del cielo. ¿Puedes verlo? Creo que he sabido capturarlo. También puedo enseñarte sus disfraces: utiliza al sol para maquillarse, o es el sol quien le pinta los labios al cielo…
Esta noche me han dado la noticia que esperaba desde hace ya tiempo… Aunque ya la esperaba, no ha dejado de ser la noticia más triste que iban a darme… Mi abuela Marta, la madre de mi padre, esa mujer abnegada que cuidó de mí los tres primeros años de mi vida, ha muerto.
Esta noche, al recibir la noticia, me he sentido impactada: como si un cuerpo extraño, y potente, chocase contra mi alma directo y a un ritmo lento… Las lágrimas han empezado a brotar de mis ojos tan despacio, que me he sentido culpable de no saber reaccionar a su debido tiempo.
El hecho de saber que una persona cercana a ti, que te ha cuidado y ha velado por ti cuanto ha podido, no va a volver a abrir los ojos… impresiona. Las emociones se confunden en mi corazón, dificultando así su descodificación en la entramada logística de la lingüística que se almacena en el cerebro… Siento tristeza, porque sé que no voy a volver a verla, porque sé que la próxima vez que la vea será convertida en cenizas dentro de una urna… Siento nostalgia, porque recuerdo cada vez más los mejores momentos que he vivido con ella, y también los peores… Siento rabia, porque no he sido la nieta que ella hubiese querido… No he tenido la relación que me hubiese gustado tener… Rabia porque justo cuando he querido disfrutar de ella… No he podido. Rabia porque no es justo que una persona que ha tenido memoria, de repente ya no la conserve. Rabia porque al final de su vida, ya no me recordaba… Y yo no podía hacer nada para que ella recuperase la memoria, o la movilidad del lado izquierdo de su cuerpo… Lo siento todo, y a la vez siento el vacío de un espacio deshabitado en el corazón.
Mi abuela ha muerto y la esperanza de poder abrazarla otra vez ha desaparecido. Siempre me decía: «iré a verla el fin de semana». Ya no habrá más fines de semana…
Para mí, ir a ver a mi abuela a la residencia era provocar que una espada se clavara en mi percepción de la vida: veía los rostros enfermizos y ancianos que habitaban allí, la locura encerrada en sus pupilas, la tremenda tristeza que anidaba en sus corazones… Se palpaba en el aire la angustia de una vida sin vivir, una vida en soledad… Alguna vez, en Navidad, se podía apreciar el atisbo de las pequeñas ilusiones en los adornos de las habitaciones, o en los árboles navideños que decoraban las grandes estancias donde pasaban horas enteras sin apenas moverse… En el caso de mi abuela, en sillones acolchados, negros, con arneses para que no se cayera debido a la rigidez del lado izquierdo de su cuerpo.
Ya no está. Se ha ido. Ya no va a sufrir más la desesperación que sentiría al no reconocer a las personas que más la querían, ya no va a sufrir más el ingresar en el hospital por neumonía… ni sufrirá las consecuencias de estar enferma y no saber que lo está. Me duele. Me duele el alma, pero a la vez mi corazón se reconforta al saber que no volverá a estar sola: estará con su hermano, con su madre, su marido… y en un futuro, conmigo. Podré volver a verla cruzando la Laguna Estigia o celebrando el Día de Muertos colgando una foto suya en mi pared. Podré volver a verla rezando por ella cada noche antes de dormir, o cerrando los ojos y visualizándola a mi lado.
Los vivos estamos para recordar a los muertos, para dejar constancia de lo que hicieron, lo que consiguieron en vida… En el caso de mi abuela, darme miedo hasta los dieciséis años. Mi abuela era una mujer difícil: era depresiva, tenía sus manías, y en un momento, durante una llamada telefónica, me dijo que mi madre era una mala madre. Ese día lloré tanto que me quedé sin lágrimas. Tenía diez años. Desde ese día no quise saber nada de ella. Luego mi padre desapareció del mapa durante años… Al volver, volví a verla. Empezaba a estar senil… Por orgullo, y por miedo, perdí la oportunidad de conocer a mi abuela. De eso me arrepiento.
¿Se puede echar de menos a una persona que realmente no has llegado a conocer? ¿Puedo llorar? Me siento hipócrita… Siento que lloro por una persona a la que apenas conocía… Una persona a la que siempre he querido conocer, pero que me ha dado miedo ver. Me siento culpable.
Esta noche he mirado hacia arriba, he alzado la vista hacia las estrellas del cielo de Villanúa… y me ha parecido verla. Cuando era pequeña me decía que las estrellas eran en realidad las almas de nuestros difuntos, que brillaban quietas, inmóviles, velando por nosotros, por nuestros sueños… Ya no sé si eso puede ser verdad. Pero me ha parecido verla esta noche. Y cerrando los ojos, la veo saludándome.
Recuerdo verla comer fruta sin parar cuando iba a visitarla a su casa de la calle Jaime III. Recuerdo el patio de suelo verde con macetas y plantas, y la pelota de tenis con la que jugábamos mi hermana y yo cada vez que íbamos. Recuerdo, también, la habitación en la que dormí una vez y a la que no quise volver después de esa noche. Empiezo a recuperar la memoria que ella perdió hace ya mucho tiempo… Recuerdo mi dieciocho cumpleaños: llevaba flequillo, y fui al bar que habían alquilado mis tíos… mi abuela Marta estaba allí, sentada y con una tarta delante. Me dijeron que también era su cumpleaños, y yo ni siquiera lo sabía. Me sentí afortunada de poder celebrarlo juntas.
Tengo tan pocos recuerdos con ella, que me duele… Me duele y me entristece no tener más recuerdos… No es justo. Ojalá hubiera podido crear más recuerdos en los que ella me reconociese y se acordase de mi nombre… Ojalá. Sin embargo, esta noche me voy a dormir con un único deseo: que por fin pueda descansar en paz, sin dolor, con sus recuerdos, y que cuide de mí ahora como me cuidó hace años.
Requiescat in pace, Marta.
Lo que pensamos de la muerte solo tiene importancia por lo que la muerte nos hace pensar de la vida.
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