Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz entre dos eternidades de oscuridad.

Vladimir Nabokov.

ALEA IACTA EST

Mi sangre corría entre sus dedos. Me miraba fijamente mientras su puñal aún seguía clavado en mi estómago. Todo había salido según lo planeado: nos miramos y no hizo falta palabra alguna para saber que era el «adiós» definitivo.

Me da rabia admitir, a unos segundos de morir, que me he visto obligada a llegar a este extremo… Normalmente, una chica de mi edad se preocuparía más por estar guapa, saber combinar la ropa, pintarse bien las uñas, ser coqueta y gustar a los demás. A mí eso no me preocupaba en absoluto, ya lo tenía todo… hasta que me lo arrancaron de las manos.

Se llamaba Vladimir Vasíliev y solo yo podía llamarle Vova. Recuerdo que me contó que sus abuelos le llamaban así cuando aún no se habían visto obligados a deshacerse de él. Para él era especialmente doloroso recordar aquella época y cuando nos conocimos me imploró que no le preguntara más sobre su pasado, no lo soportaba. Al principio no podía evitar gastar bromas acerca del diminutivo de su nombre, se me hacía raro llamarle así sabiendo que en España adquiere otro significado. Me acostumbré tan rápido a tenerle siempre a mi lado que cuando no podíamos vernos me costaba respirar… Me enamoré de este ruso a pasos agigantados aún sabiendo que este amor no podría durar debido a las circunstancias. Él tendría que irse en un futuro más cercano que lejano y yo me quedaría sola, otra vez.

Los acontecimientos dieron un giro de 180 º cuando una furgoneta negra blindada con los cristales tintados paró a nuestro lado y nos secuestró.

Y aquí estoy… perdiendo sangre y sintiendo el cuerpo cada vez más frío, en una estancia oscura y húmeda en algún lugar de la helada Rusia. ¿Por qué estoy perdiendo sangre? Muy fácil. Al parecer, morir es la única forma de salir de aquí. Vova ha trazado un plan. Mientras nuestros secuestradores creían que estábamos sedados, en realidad hablábamos de las historias de niños secuestrados que le contaban cuando Vova era pequeño. Esas historias encierran muchos detalles que nos pueden venir de perlas para salir de este infierno congelado. El primer detalle es que si te secuestran por ser de una familia importante y adinerada, lo más probable es que tus secuestradores quieran pedir un rescate, por lo que te mantienen con vida para poder conseguirlo. Teniendo esto en cuenta, Vova decidió que lo mejor era hacerles creer que no podrían conseguir ningún rescate si estábamos muertos. Así que, aprovechando la noche y la oscuridad, recurrió a sus antiguas mañas para hacerse con un puñal. Llegado el momento, se clavó a sí mismo el puñal y, manchado con su sangre, me lo puso en las manos.

Siempre he sido débil y quitarme la vida no ha entrado nunca en mis planes. Le pedí que fuera él quien sesgara mi aliento. Lo hizo. Me iré a la tumba recordando cómo me besaba con fuerza mientras me apuñalaba en el estómago.

Ya es por la mañana. No viene nadie a ver qué hacemos. Normalmente, a eso de las diez de la mañana aparece un tío con pasamontañas y forrado del todo diciendo cualquier cosa en ruso que solo Vova puede entender. Hoy no viene nadie. Me estoy quedando sin fuerzas… Apenas puedo respirar. Vova está tumbado a mi lado. Ha perdido mucha más sangre que yo y probablemente ya esté muerto. Oigo pasos, se acerca alguien. Noto cómo intentan abrir la puerta… Trato de girar la cabeza para mirarle una última vez: entre sus labios y los míos se puede saborear cómo nuestra sangre se mezcla en el trozo de suelo que nos separa.

Me quedo inmóvil.

Silencio.

Oscuridad.

Frío.

DICTUM, FACTUM

Siento.

Siento la suavidad de la brisa acariciándome la cara. Puede ser que mis sentidos me engañen después de tantos días sin saber siquiera si iba a volver a ver la luz del sol. Intento con todas mis fuerzas abrir los ojos, pero me cuesta demasiado. Lo sigo intentando, tengo la sensación de que la luz va a cegarme en cuanto abra los ojos… Siento el calor de una mano agarrando con fuerza la mía. Siento cómo alguien respira cerca mí. Eso me da el valor suficiente para abrir los ojos de una vez, pero me cuesta mantenerlos abiertos. Veo una forma borrosa sobre mí, un rostro de cabellos oscuros… Le reconozco. Es Vova.

¿Cómo estamos vivos? La persona que entró por la puerta aquella mañana era Natasha Vasílieva, hermana de Vova y una espía internacional que trabaja, la mayoría de las veces, por su cuenta.

Natasha es de esas hermanas que no hacen más que adorarte, pero de lejos. Jamás he visto una belleza similar. Sin duda es la mujer más hermosa que he tenido el placer de conocer. Vova nunca me había hablado de su hermana.

Estamos en un barco, un acorazado, en medio del océano (vete a saber cuál) y sin un rumbo definido. De repente noto cómo un escalofrío me recorre el nacimiento de la espalda hasta erizar los abuelillos de la nuca… El viento arrecia, y empieza a caer la noche. Vova me coge de la mano y me conduce dentro del barco, hacia uno de los camerinos principales.

Se hace noche cerrada y no puedo evitar abrazarle.

Silencio.

Calor.

Sexo.

Sueño.

VERITAS OMNIA VINCIT

La fuerza del oleaje sacude el acorazado cada vez con más vehemencia y nosotros dormimos abrazados, ajenos al resto del barco, disfrutando del tacto que producen nuestros cuerpos entrelazados.

Oigo su respiración palpitar en mi pecho, su cabeza está apoyada sobre mis senos, sus piernas se cruzan con las mías bajo las mantas, y nuestras mentes se elevan libres. No hay sensación más placentera que aquella que te produce la felicidad plena. Así era estar con él: felicidad plena.

El vaivén despierta a Vova. Siempre ha tenido un sueño muy ligero: necesita dormir totalmente a oscuras para poder conciliar el sueño y, sobre todo, necesita silencio… y en un barco en mitad del océano puede que no se oigan voces, pero se oye el repicar de las olas contra la chapa del barco. Además del ruido que produce el mar, se oye un tintinear de llaves cerca del camerino donde estamos.

Me indica mediante señas con las manos que permanezca en silencio mientras él inspecciona el pasillo… No hay nadie. Sin embargo, las llaves continúan tintineando. Alguien llama a la puerta. Es Natasha.

Siempre ha habido cierta hostilidad entre Vova y su hermana, pero esta mañana se palpa en el ambiente que algo no va nada bien. Los hermanos se miran con inquina, como si de pronto se hubieran convertido en enemigos mortales. Finalmente Natasha se marcha y Vova me cuenta lo que ha venido a decirle: estamos llegando a la costa de Noruega (hemos bordeado Rusia por el norte).

Después de varios minutos en silencio, Vova me confiesa que tiene la sensación de que su hermana está detrás del secuestro, cree que ella es capaz de eso y de mucho más si hay dinero de por medio.

Mientras Vova está de pie frente al espejo del baño del camerino, yo me levanto de la cama y me acerco a él por detrás, desnuda. Le abrazo de la manera más sensual que mis manos pueden llegar a interpretar. Él se gira hacia mí. Me agarra muy fuerte. Me besa. Me vuelve a besar. Noto cómo el calor del momento corre por mis venas revolucionando el ritmo de mi respiración. Estoy excitada. Él está excitado. Le beso como si la vida me fuera en ello, necesitaba que su mente dejara de divagar en ideas conspiratorias y que me poseyera. Necesito poseerle. Siento tal atracción hacia él que soy incapaz de contener mis impulsos: la pasión acompañada de la brusquedad se manifiestan al llegar a la cama tropezándonos con el poco espacio. Hoy soy una fiera que no conoce la civilización, y la cama es mi alijo. Vova es mi experimento. Yo soy su ingrediente secreto.

Hemos hecho el amor, hemos follado, como si hoy fuese nuestro último día juntos.

Nos quedamos dormidos bañados en sudor.

ROSA, ROSAE

El temporal parecía que amainaba cuando pisamos el puerto en la costa de Noruega.

Al desembarcar, Vova y su hermana se miraban de manera cómplice en busca de una razón por la cual el puerto estaba vacío: no había ni un alma en los muelles.

Aquí estamos, en la otra punta del mundo. La herida causada por el apuñalamiento desesperado de hace dos noches me arde, y el aire frío hiela mis napias… Nunca he respirado un aire tan puro, ni tan congelado. Noto pequeñas estalactitas en las pestañas y las distingo perfectamente al levantar la vista.

Vova me lleva de la mano por un camino que conduce al pequeño pueblecito que se ve a lo lejos. La nieve cubre las montañas junto a un disfraz de distintos tonos de verde. Puedo distinguir florecillas blancas a los lados del camino, pequeñas flores silvestres y salvajes.

Un olor a pan recién horneado pasea por mis fosas nasales a la vez que yo paseo con mi chico ruso. Las tripas empiezan a hacerse presentes rugiendo como fieras antes de atrapar a su presa. Le aprieto la mano a Vova en señal de mi hambre voraz, para detenernos.

Tenemos una casita de cuento de hadas delante de nosotros despidiendo por la chimenea un olor especial. Igual es debido a mi estómago hambriento, pero juraría que ese olor me es familiar.

Vova llamó a la puerta con la sana intención de pedir permiso para hacerle una visita al cuarto de baño y comer algo. El cansancio le daba un aspecto amigable, nadie se atrevería a decir que no a esa carita con ojitos de cordero degollado. El hombre que nos abrió la puerta me resultaba conocido, y era extraño porque nunca antes he estado en Noruega (más bien nunca he salido de España). Nos dejó entrar en la casita de ensueño muy amablemente, pudimos asearnos, comer un poco y descansar frente al fuego de la chimenea. El desconocido no dejaba de mirar fijamente a Natasha y ella parecía cada vez más inquieta. Vova y yo nos mirábamos pensando que podría haber algo entre ellos…

Otra vez, ese olor tan particular vuelve a cautivarme y decido seguirlo. Me veo arrastrada hacia un pequeño jardín en la parte trasera de la casa debido al olor de las rosas. Ese olor me resultaba tan familiar porque fue lo último que sentí antes de que nos secuestraran. Uno de los hombres enmascarados olía especialmente diferente al resto y era esta particular fragancia.

El extraño dueño de la casa me sorprendió inspirando el aroma de sus flores, y me sobresalté. Me sentí acorralada. Vova me miró. Al intentar dirigirse a Natasha, ésta estaba apuntándonos con un arma blanca. Todo era una trampa.

Seguimos secuestrados.

NATASHA VASÍLIEVA

Vova siempre ha descrito a su hermana como una persona interesada, pero preciosa. De esto último no había ninguna duda.

En los últimos días he experimentado cómo mi cuerpo, rebelde, se sentía atraído por su elegante y esbelta figura. Nunca me había sentido atraída por las mujeres, y esta era una de esas primeras veces. Seguimos en casa del desconocido de las rosas.

Una noche (llevamos aquí alrededor de tres días), Natasha se me acercó sigilosamente y me puso la mano en la boca para que no gritara. Me obligó a levantarme y me condujo a una de las habitaciones del piso de arriba de la casa. La habitación se veía solamente iluminada por la luz de las velas.

Natasha me empujó hasta la cama y me ató las manos al cabecero, una a cada lado. Me separó las piernas y me ató los tobillos al pie de la cama. Me vendó los ojos con sus bragas. Sentí cómo cogía algo de la mesa, era un utensilio que hacía ruiditos metálicos. De repente noté que me cortaba la ropa: primero la camisa, después el sujetador, y acto seguido los pantalones. Me dejó las bragas puestas. Sentí cómo sus manos, frías, acariciaban mi piel. Se paseaban por mi cuello provocándome escalofríos por todo el cuerpo. Me acariciaba los senos, bordeando su forma. Me pellizcaba los pezones de una manera tan sensual que no pude evitar excitarme hasta el punto de humedecerme. Tenía una mordaza en la boca, no podía hacer nada más que dejarme llevar. Empezó a besarme y a lamer mis pezones… Bajaba por el esternón hasta llegar al nacimiento del bajo vientre. Con sus manos, especialmente frías, rasgó la tela de mis bragas hasta destrozarlas. Siguió paseando su lengua por mi ombligo y yo sentía ese placer previo antes de llegar al orgasmo. Estaba atada, no podía moverme. Pero tampoco quería moverme. Estaba experimentando algo nuevo que quería seguir saboreando. Natasha seguía besándome, me besaba el clítoris y me daba pequeños mordisquitos. De repente dejé de sentir nada. Había parado. Súbitamente, noto que me introduce algo: tiene una consistencia firme pero a la vez es algo blando. Toca fondo en mis paredes vaginales. Cada vez me penetra más fuerte y más rápido, a la vez que Natasha me muerde los pechos.

Sigo atada.

Desde arriba caen sobre mí pequeñas gotas de cera caliente. Siento que la piel me arde, pero es un calor tan sutil y placentero que no me importa seguir sintiéndolo.

Sigo sintiendo que me penetran, pero ahora me veo obligada a arquear la espalda porque está poniendo algo debajo de mí. Estoy atada, y totalmente arqueada. Todo mi cuerpo se va endureciendo. De mi orificio vaginal caen chorros de líquido, mientras siento que Natasha introduce algo esférico en mi ano.

Duele. Pero es un dolor que ansío seguir sintiendo. Noto que me pone pinzas en los pezones. Siento tres tipos de dolores distintos que al mezclarse me llevan lejos.

Estoy perdiendo la consciencia. El placer me está superando. No me quedan fuerzas para seguir aguantando.

Siento.

Deseo.

Me desmayo.

Abro los ojos.

La estancia está a oscuras y no distingo nada, ni siquiera sombras. Noto la presencia de alguien a mi lado. Con mi mano derecha intento palpar y descubrir quién es. Al notar el tacto de mis dedos, se da la vuelta y extiende sus brazos hasta rodearme con ellos y abrazarme. Conozco esos brazos, es Vova.

Quizá mi encuentro fortuito con Natasha solo ha sido producto de mi imaginación. Quizá mi subconsciente ha hecho de las suyas y solo ha sido un sueño más. Quizá.

NUDITAS

Es mi turno para ir al cuarto de baño. Tengo que ducharme, lavarme la cabeza, hacer por ser un poco femenina.

Estoy en ropa interior delante del espejo cuando oigo pasos a través de la puerta. Alguien se ha parado delante de ella. Cojo rápidamente una de las toallas destinadas a mi uso y dejo que quien sea llame.

El picaporte de la puerta está girando lentamente, como si no se quisiera hacer ruido bajo ningún concepto.

Vova apareció en un instante al abrirse la puerta. Estaba tan desnudo o más que yo. Fue verle y sentir todo mi cuerpo convulsionar de deseo. Hacía muchísimo que no nos dábamos una ducha juntos. Poco a poco se va acercando a mí, hasta tocarnos prácticamente con los torsos. Él acerca sus manos al cierre de mi sujetador e intenta desabrocharlo con sutileza. Noto cómo se cae al suelo. Vova va acariciándome la cintura hasta llegar a la parte superior de las bragas. Lentamente, va deslizando sus dedos hasta dejar mi culo totalmente al aire. La desnudez nos embriagaba… Estábamos solo nosotros. Vova y yo, como antaño.

Empezamos a besarnos tan apasionadamente que casi me hace una herida en el labio al morderme.

Me abraza.

Le abrazo.

Reciprocidad.

Abro el grifo y dejo correr el agua hasta conseguir la temperatura perfecta. Nos metemos en la ducha y, empapados, hacemos el amor. Desnudos, mojados, entrelazados… Los diez minutos estaban a punto de expirar. Un estruendo sacudió toda la casa. De repente vimos caer todos los frascos de colonia, y los muebles se tambaleaban sobre sí mismos. Vova creía posible que pudiera ser un terremoto.

Enseguida salimos de la ducha y nos vestimos. Al abrir la puerta del cuarto de baño nos encontramos a Natasha inconsciente bajo los escombros, y al hombre misterioso muerto en el suelo, muy cerca de mi hermosa cuñada.

Los temblores parecían haber cesado. Éramos libres.

PROFUGIO

La tierra temblaba bajo nuestros pies, pero no podía pensar en quedarme esperando a que ésta dejara de moverse. El destino nos había abierto una ventana de escape y no iba a desaprovecharla. Vova, sin embargo, contemplaba a su hermana inconsciente y no podía reprocharle el que soltara de repente una lagrimita.

Algo delante de nosotros nos detuvo en la huida. Era una montaña inmensa situada un poco más allá del pueblo que estábamos dejando atrás. No podíamos seguir hacia delante. Atravesaríamos el bosque nevado. Vova iba marcando el camino delante de mí. La niebla se cernía sobre nosotros impidiéndonos ver absolutamente nada. De pronto Vova se detiene y yo me detengo detrás de él.

Al preguntarle qué ocurría me miró fijamente con un rostro pálido y los ojos ensangrentados. Le cogí de la mano y le llevé conmigo a un claro que se vislumbraba a lo lejos.

Nos sentamos.

Le miré bien, parecía cansado. Hice que apoyara su cabeza en mis muslos para que pudiera dormir y descansar. Yo me quedé despierta y alerta.

El mundo parecía empezar a girar otra vez cuando Vova abrió los ojos.

Mis manos se están quedando sin sensibilidad, apenas puedo sostener el bolígrafo. Han pasado escasamente diez horas desde que estamos a la intemperie. Siento cómo la hipotermia avanza en mi interior. Vova me abraza, no se despega de mí. Él está acostumbrado a este frío invernal y eso me ayuda a luchar.

Los momentos desesperados requieren medidas desesperadas, y pensar en Vova completamente desnudo e imaginarme cómo me penetra, y la fuerza que emplea para ello, me excita y me ayuda a mantener mi cuerpo caliente. El sexo, ahora mismo, me vendría realmente bien: sentir cómo sus manos, grandes, agarran mis senos con vehemencia; sentir cómo sus labios envuelven los míos camuflando pequeños mordiscos en la lengua, ser consciente de lo dura que se le pone la polla cuando le mordisqueo los pezones…

Sí. El sexo sería una bonita forma de combatir el frío y escapar de esta eterna pesadilla de novela negra.

EXCITO, EXCITAS, EXCITARE

Me desperté bajo una superficie blanca, en una cama blandita y caliente, y arropada con el edredón nórdico que me ha salvado la vida.

Por lo visto mi cuerpo no pudo aguantar más el frío y me desmayé. Vova, tras un largo día cargando conmigo, consiguió llevarme al hospital más cercano.

Ahora me llamo Irina Petrova. Vova creyó conveniente no decir nuestros verdaderos nombres por si hay recompensa por nuestras cabezas. Cuando desperté de mi casi muerte por hipotermia, Vova estaba a mi lado, abrazándome: me abrazaba tan fuerte que casi me costaba respirar. Cuando se pone nervioso le cuesta controlar su fuerza. Me susurró algo en ruso al oído, pero no le entendí. Le besé la mano. Le agarré como si fuera mi peluche particular. Vova volvió a estrecharme entre sus brazos. Sentía su torso calentándome la espalda, y sentía cómo su pene se endurecía entre mis nalgas. No cambiaría por nada estos momentos: tengo un novio ruso e insaciable sexualmente. Está hecho a mi medida.

Me pregunto si este tipo de comentarios serán demasiado explícitos para escribirlos en un diario…

Mi excitación provocó que me humedeciera hasta el punto de mojar las sábanas. Me encontraba desnuda prácticamente. Sentí un dolor suave pero fuerte a la vez, en mi interior. El sexo anal nunca había sido santo de mi devoción, pero con Vova toda mi vida sexual cambió de forma radical. Con él me sentía capaz de probarlo todo… y todo lo que probaba me gustaba. Sabe cómo hacerme sentir mujer. Sabe excitarme lo justo y dejarme totalmente satisfecha con muy poco, y sabe darme amor y placer en la misma medida.

Con Vova, el sexo duro es un viaje de ida y vuelta al Paraíso en el que lo experimento todo. Este era un viaje al Paraíso, y ojalá fuera solo de ida. Hoy quería que me poseyera y no me soltara nunca. Quería ser suya. Ya soy suya, pero quería sentirme suya sexualmente.

Filosofando, diría que esta es la forma que tengo de sentirme protegida.

Lo siento.

Lo quiero. Quiero que siga penetrándome, una y otra vez, hasta que no me queden fuerzas.

Orgasmo.

Dulces sueños.

EPÍLOGO

Así acababa el diario de Sofía Méndez.

Él se preguntaba si su historia, tan llena de secretismo, era cierta. Su madre nunca le había hablado de ese gran amor ruso, y nunca conoció a su padre.

Se preguntaba si Vladimir era en realidad esa figura paterna que tanto había deseado conocer y tantas veces había implorado ver en casa por Navidad. Se preguntaba si su hermana gemela se llamaba Irina por haber sido ese el nombre en clave de su madre en su aventura con aquel hombre. Y, sobre todo, se preguntaba si él mismo se llamaba Vladimir en memoria a aquellos sucesos.

Era 24 de diciembre de 2021, y todo estaba predispuesto a la cena de Nochebuena con toda la familia de su madre. Antes de que llegaran todos, bajó hasta la cocina y le enseñó a su madre el diario que había encontrado en el desván. Ella adquirió un pálido semblante al verlo, y se sentó. Pidió a su hijo que se sentara con ella y empezó a contar su historia: todo comenzó siendo una ilusión hace veinte años, una ilusión en la que un joven de origen ruso cautivó su corazón. Con él la vida era peligrosa, siempre estaba en el punto de mira y cada segundo que pasaba podría haber sido el último. Ese fue el motivo por el que Vladimir Vasilièv, muy a su pesar, decidió separarse de su familia. No obstante, dijo una última cosa antes de irse: «volveré a vosotros, sois mi hogar, sois mi Navidad».

Cuando su madre acabó de contar su historia, todo se convirtió en silencio. Hasta que un sonido agudo y breve sacudió la estancia. Había sonado el timbre.

Abrió la puerta.

Lo que ocurrió después ya es otra historia.

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