Ahora que se nota la brisa medianamente fresca, ahora que este lugar se ha quedado vacío, sin ruidos, sin bullicio, sin personas… Ahora que todo es silencio, por fin puedo acceder a mis recuerdos.
Era una mañana como otra cualquiera (tal día como el de hoy hace apenas unos años): una mañana de agosto, soleada y muy calurosa… Aquella mañana decidí ir sola al Museo del Romanticismo, en el número 13 de la Calle de San Mateo.
Para quien no lo sepa, soy de Madrid, una ciudad totalmente seca y desierta durante los meses de verano, donde el ocio y el buen ambiente tienen mucha presencia.
Cuando llegué al Museo del Romanticismo (aquella vez era la tercera vez que iba), una sensación desconocida empezó a recorrer mi cuerpo… aquella sensación consiguió erizar el vello de mis brazos nada más atravesar el umbral del edificio, cuya arquitectura (a mi modo de ver, simple y preciosa) me deja a veces sin respiración.
Pagué mi entrada, como cada vez que voy, y empecé mi especial recorrido por las estancias del museo.
Subí las escaleras, muy despacio, recitando en mi interior cada verso de Carolina Coronado, José de Espronceda, Rosalía de Castro, Gustavo Adolfo Bécquer, que hay escritos en las paredes… Subía las escaleras inundándome de su poesía, deseando ser yo misma parte de ella…
Llegando a la primera estancia, mi corazón empezaba a acelerarse: es increíble que aun habiendo visto lo mismo con los mismos ojos, la reacción sea diferente a las últimas veces…
Todo el lujo y la ornamentación de los románticos del siglo XIX empezó a abrirse paso ante mis ojos, al igual que la fragancia a antigüedad se abría paso por mis napias…
Gran parte de mis sentidos estaban concentrados en apreciar cada detalle de aquel maravilloso paréntesis dentro del tiempo.
El Romanticismo, para mí, siempre ha sido como un paréntesis dentro de nuestra literatura… Me explico: terminamos el siglo XVIII con la Ilustración o lo que llamamos «Siglo de las Luces» porque lo que más importaba era el razonamiento lógico (aunque, por supuesto, había mucho más en la cara oculta de esa moneda iluminada), y tras un breve periodo de luchar fervientemente por los sueños y el amor, nos vamos a la segunda mitad del siglo XIX con lo que llamamos «Realismo» y
«Naturalismo» (otro periodo literario en el que se profundiza en la observación, el razonamiento lógico y en contar la realidad tal y como es)… Como digo, este periodo literario que llamamos «Romanticismo» es en realidad un breve paréntesis de locura, deseo, lucha, amor… que separa dos periodos diferentes que no dejan de ser parecidos.
Siempre me gustó descubrir la relación entre disciplinas: la relación entre literatura e historia, por ejemplo; porque todo influye en la obra de un escritor… Este museo es el mejor ejemplo en Madrid que se puede encontrar y en el que se puede observar muy de cerca esa relación tan especial.
En aquel momento, parada en una estancia, paseando con detenimiento mi vista por las paredes, sobre los muebles, bajo las lámparas, alrededor de las esculturas… en aquel momento parecía que todo cobraba vida durante una milésima de segundo… Ante un retrato de la regente María Cristina, parecía que sus ojos me perseguían según me iba moviendo por la estancia…
[Me viene con gracia a la memoria un comentario que hizo mi profesora de Física y Química acerca de los efectos ópticos].
Mirándola de reojo podía percibir su mirada de desaprobación ante mi muy veraniega indumentaria (si tengo en cuenta la etiqueta de la época, no le quito razón).
Seguí haciendo mi recorrido por el museo y me paré en seco justo al llegar a la sala de Literatura y Teatro: cuánto deseé en aquel momento poder sentarme en el escritorio y, valga la redundancia, escribir… cuánto deseé haber podido participar en una de aquellas tertulias sobre las obras dramáticas del momento… «Deseo», esa era la palabra.
Estando allí, de pie, un remolino de emociones quiso envolverme y yo me dejé llevar por ellas. Pude sentir nostalgia, ansia, fervor, pasión, e incluso miedo… pude sentirlo todo.
Cerré los ojos, me concentré en aquello que estaba sintiendo.
Abrí los ojos: mi vista parecía haberse nublado de repente, y hasta que conseguí enfocar y distinguir lo que había delante de mí… pasaron varios minutos.
Cuando abrí los ojos, las personas que había a mi alrededor habían desaparecido… también las empleadas del museo… me di cuenta de que los cartelitos, que podías encontrar al lado de los cuadros, ya no estaban.
Todo era igual, pero algo había cambiado.
De repente, siento cómo algo me roza el brazo… pero en ese momento, allí, no había nadie. Casi al mismo tiempo y súbitamente, empecé a oír una voz: era una voz extraña, casi siniestra, con un matiz ronco en las cuerdas vocales.
Escuché esa extraña voz pasearse por los rincones de la sala, balbuceando cosas sin sentido… Noté cómo se paró en el escritorio, noté el sonido de la pluma dando golpecitos en el tintero, pero mis ojos no vieron nada… La sala de Literatura y Teatro seguía inmóvil, el escritorio seguía intacto y el tintero y su pluma seguían donde han estado siempre y con la apariencia de haber estado sin usar durante más de un siglo.
Volviendo al presente, no puedo explicar qué ocurrió en aquel momento… solo puedo decir que deseé fervientemente poder tocar esa pluma y escribir durante horas sobre ese escritorio… y que aún, si pienso en ello, tengo el recuerdo de haberlo hecho.
Seguramente Freud diría que experimenté lo que él llama «una ensoñación diurna»… Mi psicóloga, que el deseo y mi imaginación hicieron su especial cóctel de sueños estando despierta… Cualquiera que me lea, diría que estoy loca… Si tú, querido lector, opinas lo mismo… te diré lo que me dijo a mí Lewis Carroll cuando leí la historia de Alicia: «las mejores personas lo están».
Así que, sí, te doy la razón: estoy loca, pero mi locura (según fuentes externas a mi persona) hace feliz a mucha gente.
Con esto me despido: ¡feliz no cumpleaños!