Carta escrita para mí pensando en ellos

Les recomendé navegar por sus cabezas.

Les dije que vaciaran su corazón en un papel en blanco jugando a ser vanguardistas.

Les pedí que buscaran en su interior ese impulso que todos tenemos y que rara vez es escuchado por nuestras manos.

Les aconsejé que abrieran mundos nuevos al pasar las páginas de un libro. Daba igual si era una novela, un poemario, un cuento, un microrrelato o un ensayo… El mundo es infinito. Y nuestra interpretación del mundo se hace más amplia cada vez que exploramos otro mundo, otra página, la ilustración de otra portada.

Cada día me desvivía por motivar esas pequeñas conciencias de futuro, de sueños, de alegría por enfrentarse a la vida; quería, cada día, que experimentaran lo bonito que es hacer lo que a uno le gusta: buscar y encontrar.

Esta noche me he buscado a mí misma y me he encontrado años más tarde con la misma vocación y el mismo empeño por reflejar en sus ojos el amor al arte.

He sido modernista, me he rebelado avanzando en vanguardia, me he creído una poeta que no lleva sombrero y he luchado y sobrevivido a mis pensamientos mientras me paseaba entre las mesas verdes observando la belleza antitética de la caligrafía adolescente.

He sido feliz.

Los últimos días siempre llegan al corazón con un sutil y certero dolor: las despedidas implican decir «adiós» cuando, muchas veces, no te atreves ni a verbalizarlo por miedo a que los vínculos y el amor experimentado durante el proceso pueda desaparecer.

Sin embargo, el aprendizaje pesa más que la pena al mover la mano de izquierda a derecha y en vaivén.

Ya lo dijo Gandalf: «no todas las lágrimas son amargas».

Llorar es sano, purifica el alma y, de algún modo, hace que uno mismo se regenere y pase a través del mar de sus emociones. No es fácil. Pero tampoco es imposible.

Me he quedado con sus sonrisas.

Me he quedado con sus miradas curiosas.

Me he quedado con sus preguntas.

Me he quedado con el misterio encerrado en la acción y efecto de quererlos. Es increíble cómo unos pocos días pueden suponer tanto y tan profundamente.

Me voy.

Ya me he ido.

Aún así, he recogido las florecitas que han dejado para mí después de la siembra. El sol, la lluvia, las palabras y el cariño al pronunciarlas han hecho que las florecitas sean tan bonitas que me es imposible desprenderme de ellas.

Ojalá nunca se marchiten.

Ojalá esas palabras pronunciadas en la penumbra dentro del aula se queden en sus destinatarios hasta que, por fin, consigan lo que se propongan.

Ellos pueden. Sé que pueden. Me lo han demostrado.

Me he ido, pero sigo aquí.

Sigo entre las palabras encadenadas por el aire al hablar.

Sigo adherida al pensamiento de aquellos que todavía no se han podido expresar con libertad.

Sigo batiendo las alas de los cisnes que se siguen preguntando si son capaces de amar porque no saben qué es el amor.

Sigo coloreando de connotaciones positivas los verbos que acompañan cada día al adolescente estudiante porque, sin los colores, la vida parece que se escapa.

Sigo enhebrando el hilo en la aguja o la aguja en el hilo, ¿qué más da? Lo importante es enhebrar y la satisfacción absoluta que se experimenta cuando ves que ya lo has hecho y puedes enfilar los abalorios.

Les dije que la mariposa es un símbolo.

Les dije que los símbolos son maravillosos porque puedes esconderte detrás de ellos, como si fueran una máscara, y solo tú conocer el significado oculto.

Les dije que la poesía es un salvavidas, pero también un arma.

Les dije que el verso clava huellas profundas en la arena al recitarse en voz alta.

Les dije que el silencio es primordial si uno quiere conocerse por dentro.

Les dije muchas cosas.

Una vez, mi profesor de Literatura del siglo XVI recitó unos versos de Antonio Machado versionados: los álamos del amor se convirtieron en sus jóvenes filólogos del alma.

Hoy, yo he querido hacer lo mismo:

«Estudiantes del alma que ayer escuchabais
de esta mujer sus alegres palabras;
estudiantes que seréis mañana palabras
del futuro esperanzado en primavera;
estudiantes del alma cerca del verso
que corre y pasa y desea,
estudiantes de las tierras madrileñas,
¡conmigo vais, mi corazón os lleva!».

La vida da muchas vueltas.

Nuestros caminos volverán a cruzarse.

Hasta entonces (y citando a uno de mis profes) … ¡Salud y más poesía!

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