Al despertar cada mañana me encuentro tacto a tacto con una sensación que no me deja abandonar mi cama para empezar a vivir mi día a día otra vez.

Es una sensación caracterizada por ser suave, delicada, y abrumadora en ocasiones.

Mientras mis ojos están cerrados, mi piel entra en contacto con esta sensación embaucadora y sutil. Sigue siendo una sensación cálida, pese a la frescura que impregna mi cuerpo la primera vez.

Me atrevería a decir, sin siquiera pensarlo dos veces, que esta es la sensación que me ayuda a conciliar el sueño cuando mis pensamientos no quieren mantenerse quietos. Quizá es la sensación que me proporciona la tranquilidad mental que me falta durante las horas de sol.

Sigue siendo una sensación efímera que desaparece por las mañanas, al despertar.

Despierto y mis extremidades empiezan a ser conscientes, otra vez, de la comodidad que destila esta sensación noctámbula. Quizá la nocturnidad, que siempre me ha mantenido despierta porque (no sé el motivo) me siento más viva, es la que impulsa mi adicción a esta sensación: llegan las horas de la albada y no quiero que desaparezca.

«No despiertes.
La cama sigue abrigando el calor
y las sábanas limpias siguen intactas.
Por las esquinas de la ventana
llega el amanecer,
con su color de sol de entretiempo
y su forma de esfera.

No despiertes sin pensar fugazmente
que la vida de noche nos ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
acercándose, ruidos de motor
bajo la ventana…
Amanece.

No despiertes».

Despierto y mi sentido de la vista sigue nublado por las legañas que todavía no me he limpiado.

Despierto y mis manos siguen abrazadas a mi cuerpo agarrando con fuerza la levedad de mis sábanas.

Despierto y los silencios empiezan a desvanecerse con las conversaciones que mantienen mis periquitos.

Despierto y me doy cuenta de que el sabor a sueño se ha quedado suspendido en mis papilas gustativas, al tragar por primera vez esta mañana.

Despierto y el olor a café recién hecho se pasea por mis napias haciéndome saber que no puedo demorar más la vuelta a la vida.

Despierto y solo quiero no despertar, porque siento una sensación envolvente que hace que mi cuerpo entero quiera seguir estremeciéndose en el interior de mi cama, hecha de sábanas y un colchón…

Sábanas suaves, delicadas, cálidas, sutiles, que se dedican a mantenerme impactada por el color de su tacto: un color que va a caballo entre la calidez de los días de invierno y el frío de las flores bañadas en rocío al llegar el alba.

Sábanas. Sensación. No quiero despertar. Sábanas.

Mis sábanas.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho el amanecer.

Fragmento de «Albada», Jaime Gil de Biedma.

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