Sigo cuestionándome si el tiempo tiene cuentas pendientes conmigo. Después de casi dos horas sentada, aquí en Plaza de España, tomando el sol mientras espero… empiezo a pensar que mis malas acciones me están haciendo pagar.

Aún sabiendo que lo más probable es que me vaya a casa sin conocerle, aún así: sigo manteniendo el último resto de esperanza rota que queda dentro de la caja.

Quizá es mi culpa: yo decidí abrirla, yo empecé la primera conversación, empecé a escribir y empecé a ilusionarme. Fui yo.

No sé qué hacer con el tiempo que me queda: la música dejará de sonar pronto y el hambre y la esperanza (todavía) que me carcomen me están haciendo perder la paciencia.

Mi calma se va con los minutos que siguen pasando. El tiempo no para y mi compromiso sigue ausente.

¿Me voy? ¿Espero? ¿Me levanto?

Sigo escribiendo: quizá, si escribo, la llama seguirá encendida y, con ella, la esperanza se reconstruya.

Espero. Escribo. Espero.

El pequeño tintero ha explotado dentro de mi pluma estilográfica: los destellos morados que producía la superficie lisa y brillante de mi pluma se han visto opacos gracias a la tinta desbordada del tintero. La R, grabada con estilo y especial cariño en la superficie de esta pluma, se ha bañado en azul intenso de repente. Las gotas que sobresalen de la pluma van cayendo, poco a poco, hasta llegar al asfalto: se quedan ahí, y se extienden una talla más de su diámetro.

Mi pluma estilográfica, con la que escribo a diario, ha dejado su huella en Plaza de España antes de que mi calma acabara desvaneciéndose del todo. Al menos, gracias a mi cabezonería por esperar algo que jamás llegaría, se ha producido que una pequeña parte de mi rutina se quedara tatuada en el asfalto, justo en frente del Hotel Riu Plaza.

El tiempo seguirá pasando y las gotas de tinta quizá se acaben desvaneciendo y desapareciendo, finalmente, del asfalto; pero la poesía que escribí allí sentada, inspirada por las circunstancias y la calidez que mi piel recibía del sol, quedará latente en mis páginas.

Me quedo con la poesía recién escrita en la desesperanza.

Me quedo con la tinta desbordada cayendo de mi pluma.

Me quedo conmigo: con mi esperanza rota, reconstruyéndose.

Era 24 de marzo del año 2020. Entonces firmaba mis textos con el pseudónimo «Rociriel», mi padrino de bautismo me lo proporcionó. Cuando lo encontró y me lo dio, me gustó al instante el atisbo de ‘fantasía’ que llevaba impregnado en sus letras: me identificaba de alguna manera. Me imaginaba a mí misma con cola de sirena nadando a ras de fondo en alguna piscina, mirando desde abajo la superficie y pensando en el amor frustrado. Cantaba para mí esa melodía. Escribía. Cuando terminaba de escribir, firmaba con mi pseudónimo y guardaba mis textos en mi Arca de las palabras… un arca secreta a la que solo accedía cuando necesitaba recordar.

Ahora recuerdo. Era 24 de marzo. 2020. Pandemia: comúnmente conocida como Coronavirus, o Covid-19. Empezaba la primavera, mi estación: el andén donde se subían mis sonrisas en busca de fragancias. Hace dos años de esa primavera, y sus fragancias las sentía inoloras. El descubrimiento fallido de nuevas fragancias me hacía desdichada, y escribía.

Estamos en Primavera, una estación que según dicen, la sangre altera hasta convertirla en un ardiente río de rosas rojas fluyendo impasible en las venas…
Entonces, ¿por qué me siento como una flor tratando de sobrevivir en pleno invierno? ¿Por qué siento el frío gélido ahogando mis pulmones, cuando el calendario dice claramente que está empezando a brotar el rosal?
Siento que la fugacidad con la que pasa el tiempo acaba con mis energías… Y mi sangre… Mi sangre no es una fuente de energía renovable… Cuando se agote su existencia, el mundo no recordará que mis venas fueron caudalosas rosas rojas.
El mundo, cuando me vaya, no recordará que mi corazón estaba lleno de poesía cuando era feliz, ni recordará que en su niñez deseaba tocar las estrellas para estar con su abuelo fallecido… El mundo seguirá girando como si tal cosa… como si la vida de esta servidora hubiese pasado en balde, con el único fin de nacer, vivir una corta existencia, y morir sin rastro.
Estamos en Primavera y mi sangre es un río manso de glóbulos rojos… El rosal apenas posee ya rosas rojas… Apenas han florecido desde que empezó la estación… y el mundo sigue girando, ajeno a este acontecimiento.
Es Primavera, y mis gotas de rocío se están evaporando… Me estoy extinguiendo a medida que avanza el tiempo, pero aunque el mundo siga girando sin mí, me cercioraré de que todos puedan saber que un día estuve aquí, y me dediqué a escribir.

Es importante conocerse a uno mismo y reconocer que, pese a todo, eres valioso, precioso, y no para el mundo sino para ti mismo. Por lo tanto, soy valiosa, preciosa, y lo que hago no es perder el tiempo, es ocuparlo en dejar una pequeña huella que algún día descubrirá un arqueólogo con alma y corazón.
Yo quise ser arqueóloga porque me interesaba descubrir la historia que hay detrás de cada cosa… Me encantaba pensar en conocer la historia antigua, todos aquellos acontecimientos que ocurrieron hace muchísimo tiempo y que ahora tenemos constancia gracias a los que amaron narrar esas historias… Pero no quise limitarme a fechas y cronología, quise ir más allá… por eso no soy arqueóloga, sino filóloga. Quise reconocer los rasgos y matices de las palabras que narran las historias que envuelven cada objeto del mundo humano. Quise saber las diferencias entre la historia cronológica y la historia narrada con el corazón mediante el alma humana.
Ser filóloga no solo me convierte en una persona culta, me convierte en quien soy. Me da el privilegio de tener la capacidad de poder expresarme por escrito y distinguir ambas caras de mi persona: aquella que se encuentra oculta, bañada por la luna nueva, y aquella que se halla a la vista, iluminada por la luna llena. Creo que el ser humano puede verse dividido, escindido, atrapado… Por eso quise ser filóloga: quería saber cómo lidiar con ello. Ahora lo sé: expresarse, por escrito como ahora, es la mejor manera de combatir esa sensación de desasosiego y desesperanza. Puedes llegar a lo más profundo de ti mismo asumiendo lo que sientes y expresándolo, y así liberarte del miedo y la frustración.

Rociriel.

Ese 24 de marzo me di cuenta de que, pese a las circunstancias, sigo siendo preciosa y, como ser humano precioso, necesito cuidarme a mí misma y seguir cultivándome. La primavera es esa etapa en la que la juventud florece: mis flores son únicas, necesito regarlas antes de que se marchiten. Esa primavera, mis flores no germinaron, no por las circunstancias (una pandemia, un desamor, demasiadas pantallas), sino porque dejé de regarme. Perdí el significado intrínseco de mí misma y me dejé ir.

Esta primavera, dos años después, es un buen momento para recordar que mis sonrisas tienen que subir al tren: hay nuevas fragancias esperándome.

La asociación de la imagen de la primavera con los primeros romances adolescentes es inevitable.