Diario de una melancólica Pierrot

Pierrot.
Dibujo de Federico García Lorca (Buenos Aires, 1934).

Muchas veces intento llorar y no puedo. Mis lagrimales están tan encariñados con sus lágrimas, que no quieren dejarlas ir. A mi corazón le pasa lo mismo que a mis lagrimales: no quiere dejar escapar a las emociones… Los sentimientos se quedan haciendo piña en el músculo, palpitando al unísono.

¿Qué ha pasado? ―me preguntaréis―, y os lo diré: un amigo se ha marchado, y no es el hecho de que se haya marchado lo que me tiene en vilo… Es el arrepentimiento de no haber actuado cuando pude haberlo hecho. Él me insistió en ello. Pasarán tres largos meses antes de que pueda volver a verle, y todas esas cosas que me habría gustado hacer, y no he hecho, se quedarán en el tintero hasta entonces. Me da rabia. Me da mucha rabia ser consciente de mi lentitud, de ser una rezagada, una mujer de efecto retardado. Estoy harta. Se ha ido. Tengo el corazón en un puño, no de tristeza, sino de rabia. Tengo una mano metafórica sujetando el músculo cardíaco, que se dispone a ahogarlo lentamente, solo para castigarlo.

«¿Por qué callé aquel día» y «¿por qué no lloré yo?» son dos versos de Bécquer que se han quedado grabados a fuego lento, y en carne viva. Sin embargo, no escarmiento. Mi corazón decide desplegar sus alas en el último momento, cuando quizá es demasiado tarde.

El mar de sus ojos me ha penetrado tan profundamente el alma que, sin pretenderlo, ha ocasionado una erosión… una cicatriz sangrante que desea convertirse en tatuaje: una cicatriz tatuada e imperecedera como símbolo de esa rabia que se expande.

Pensamos igual, congeniamos, nos gustamos… ¿Cuál es el problema? El tiempo es el problema. El tiempo acaba siendo juez y verdugo de los acontecimientos: todo lo que ha acontecido, todo lo que hemos vivido juntos, será juzgado por el tiempo, a medida que pase (esos tres meses de distancia espacio-temporal); ¿quién sabe qué ocurrirá en tres meses? ¿Quién sabe si dentro de tres meses seguiremos bajo el hechizo del encanto?

De verdad, intento llorar, pero las lágrimas no quieren abandonar las pupilas: prefieren hacerlas brillar. Llorar es un acto de liberación: en el fondo, no quiero liberarme, no me siento merecedora de tal liberación.

En seis actos, pudimos conocernos profundamente y guardar en el archivo memorístico de nuestra cabeza cada momento, cada escena, cada aliento tras cada beso. Ha sido una obra de seis actos. Me siguen pareciendo pocos… Quizá más actos habrían acabado por saturar nuestra base de datos. Quizá el tiempo estaba medido desde un principio para ser tan escaso y dejarme con ganas de más.

Quiero pensar que me encuentro bajo el hechizo del encanto, y que tarde o temprano se me pasará este enmarañado de hilos del pensamiento. ¿Le ocurrirá lo mismo? ¿Seré tan importante para él como para que se haga esta misma pregunta? Es un misterio. Él es un misterio.

Tengo tantas ganas de hablar con él. Tengo tantas ganas de saber. Saber qué pensamientos se dedican a pasear por su cabeza, saber si de verdad está planteándose hacer una araña que anda sola. Saber si alguna vez pensará en contarme cualquier cosa.

No puedo evitar pensar en que puede ocurrir lo mismo que ocurrió con Samuel: se fue diciendo que por supuesto que quería seguir en contacto, hasta que pasados unos meses se volvió distante, hasta perder el contacto por completo. Nuestra amistad se acabó el mismo día que se fue de Madrid. Eso que dicen acerca de que unas experiencias influyen en el proceso de otras, es verdad. Aquella experiencia está influyendo en mi modo de ver el mundo. A pesar de que sus nombres empiezan por S, no tiene por qué ocurrir lo mismo. ¿No?

Sigo intentando llorar, en el fondo necesito liberarme de la culpa que me ahoga. Maldito silencio. Me quito las gafas para intentarlo. Me dijo que le gusta más mi cara sin las gafas. Pues a mí me encantan sus gafas. Está, incluso más atractivo con ellas. Hay tantos gustos como colores en el mundo.

A veces creo que el afán de querer saberlo todo, de querer controlarlo todo, es más bien una desventaja…

Por fin estoy llorando. Necesitaba releer nuestras conversaciones, palpar sus palabras con mis ojos… Darme cuenta de que, aunque haya sido solo un entretenimiento para él, a mí me parece honesto y sincero.

Voy a llorar. Lo necesito. No por tristeza, sino por rabia.

Tal vez, haber abierto mi alma de par en par en el pasado ha sido lo que me ha hecho contener mis pensamientos esta vez. Tal vez por miedo, o por precaución… Llámalo X. El caso es que tenía el temor de que, al final, acabara haciéndome daño.

Como he dicho, el tiempo juzgará y optará, bien por separarnos del todo, o bien por mantener el encanto. Científicamente, el hecho de que el encanto pudiera mantenerse… es poco probable. El poder de las hormonas y las sustancias, según mi hermana.

Hubo una época en la que quise tornar en piedra: ni sentir, ni padecer. No funcionó. Todo lo que no quise sentir, todo lo que no padecí en su momento, me pasó factura después. Fue una factura muy larga, cuyo número de lágrimas se ahogó en ellas. Por eso ahora, siento y padezco, porque es necesario experimentar a través de los sentidos, y padecer los sentimientos. Lo necesitas para madurar, para evolucionar. Necesitas los sentidos, y los sentimientos, para ser tú mismo. Soy de esas personas que prefieren decir lo que sienten, pese a pasarlo mal después.

¿Qué narices estoy haciendo? ¿A quién le importa cómo pienso? En teoría, él me dijo que le interesaba saber qué pienso… Ahora me da miedo hacerle saber mis pensamientos. ¿Y si empiezo a agobiarle? ¿Y si…? Este tipo de preguntas no me gustan nada. Cartas para Julieta me enseñó que cuestionarse la vida de esa forma, es perder el tiempo. Yo no quiero perder el tiempo, quiero aprovecharlo.

Acostumbrada al mensaje instantáneo y a las respuestas rápidas, no tengo la paciencia suficiente como para esperar el tiempo que haga falta, hasta que vuelva a contactar con esta servidora (nunca mejor dicho).

Locuras aparte, estoy más calmada. El hecho de escribir sobre lo que pienso, siento y padezco, me ayuda a liberarme de la vida encorsetada socialmente.

Este amigo se ha cruzado en mi camino, y ha marcado bien su huella. Ni el mar encerrado en sus ojos podría borrarla. ¿Es posible que haya empezado a quererle? Veo un jardín inmenso delante de mí, con colores imposibles y flores que no existen. Eso tiene que significar algo.

Echo de menos pequeños detalles, como que se levante a servirme otra cerveza al darse cuenta de que la mía ya se ha acabado. Siempre acaban echándose de menos las últimas veces que se ha hecho algo: yo echo de menos todas y cada una de las veces que nos hemos encontrado.

Hoy se ha ido, y ya echo de menos nuestros encuentros (por el hecho de que se ha ido). No quiero pensar en el día de mañana…

Mañana será mañana. Las persianas están bajadas, y las ventanas, cerradas. No pretendas ver lo que no puedes ver.

Estoy nerviosa, tengo un pálpito. Va a ocurrir algo (siempre ocurre algo), pero va a ocurrir algo que va a cambiar mi vida. Siempre he sido un poco profeta, mis sueños se cumplen… y mis pálpitos acaban teniendo sentido al paso del tiempo. Otra vez el tiempo…

Quiero escaparme de esta vida, reencarnarme en una mariposilla y poder tocar su nariz en un arrebato de locura. No, no quiero morir. Pero mi imaginación vuela tanto como una mariposa cuando estrena sus alas.

«Cuando un amigo se va, algo se muere en el alma», en mi caso, ese algo no ha muerto, pero está en coma.

He vuelto a leer nuestra conversación, me ha gustado volver a revivir el momento en que nos conocimos, la incertidumbre que me embargaba entonces, y la ilusión de vivir algo nuevo.

Un traguito de vodka azul, con sabor a piruleta y mucho alcohol.

A dormir.

***

Han pasado tres meses desde que se fue. La última vez que tuvimos una conversación más o menos larga fue, quizá, hace mes y medio… ¿El encanto se ha desvanecido? No lo sé. Pero hace muchísimo tiempo desde la última vez que me llamó «pequeña».

El día 25 de junio defendí mi TFM. Cada miembro del Tribunal me hizo saber que le había encantado y que había disfrutado leyéndolo. El Presidente del Tribunal me dijo que, particularmente, le había enamorado una frase concreta: «Otro objetivo sería el conseguir que la poesía fuese esa dama desnuda, accesible, e inspiradora que se pasea por los pasillos de instituto con el fin de mostrarse cercana». También me dijo que al ser él profesor de Biología, le había encantado la metáfora del símbolo como médula espinal, en cuanto al mensaje que transmite la composición poética. Me dieron la enhorabuena y me dijeron que se notaba que soy una persona creativa, que tengo una íntima relación con la poesía y, sobre todo, me dijeron que fuese valiente a la hora de elaborar presentaciones de PowerPoint (un profesor del Máster me dijo que recargaba u ornamentaba mucho las presentaciones, y por eso me decanté por hacer la presentación de la defensa más austera y simple… craso error).

Esto, más que un relato, se ha convertido en una narración diaria con saltos en el tiempo y melancolía. Queda bastante acertado denominarlo como “Diario de una melancólica Pierrot” (no puedo dejar a un lado mis ínfulas literarias).

Se acaba la batería, el calor arrecia, mi mono por patinar se acentúa, pero la pereza sigue latente en este cuerpo… Cuerpo que sigue recordando a mi amigo ausente.

Bon voyage.