Guitarra: Valse française, de Mario Castelnuovo-Tedesco, interpretada por Eva Gómez Soldevila.
Voz: Rocío G. Soldevila

Aparece como los primeros rayos
de sol, despejada, con valentía:
aparece con fuerza, cada mañana,
ignorando qué pasará.

Aparece con su fe, constante,
y me relata su día
entre miradas sostenidas;
aparece consigo misma,
entusiasmada y viviendo:
lucha, día tras día,
para ver su felicidad, sin miedo.

Ella aparece segura
delante de mí
al comenzar mis mañanas,
aparece para abrazarme
al ver mis horas de vacío;
ella sigue apareciendo,
por mí, por ti, diciendo:
«estoy aquí».

Ella viene a nosotras:
aparece siempre,
sintiendo el arraigo, impactante,
de los vientos repentinos;
ella aparece incluso si duele:
incluso cuando su cuerpo,
rebelde, dice que no puede.
Ella siempre aparece.

Aparece para ti, para mí,
en silencio y a voces
pregonando cuánto quiere amar:
ella, valiente, reza
y abre sus alas
abrazándote con ellas.

Lo siento.
Soy privilegiada.
Ella aparece todos los días:
mis mañanas son calientes
porque ella ahueca sus alas,
en casa;
mis tardes son divertidas
porque ella me contagia,
risueña, su risa;
mis noches son especiales
porque sé que en sus sueños
vuelve a abrazarme,
valiente, con sus alas.

Lo siento, Poesía.
Mi madre me dio la vida:
necesito que ella sepa,
con certeza,
que ella es la esperanza
que permanece;
necesito que ella sepa,
sin dudarlo,
que ella es la luz, cálida,
que siempre aparece.

Interpretación de Jewel, de Matteo Falloni.
Guitarra: Eva Gómez Soldevila.
Acordeón: Laura Cara Molina.
Voz: Rocío G. Soldevila

Hubo un tiempo en que la distancia,
corta y casi invisible,
nos acercaba al abrir los labios.
En aquella época,
la distancia merodeaba
casi aislada entre los brazos;
en aquella época,
era más sencillo decir «hola»
al tocarnos con los dedos.

La infancia pasó:
los exploradores crecieron,
los brazos ya no aislaban la distancia
(estaban más lejos);
las zonas exploradas,
con tacto y a escondidas,
se convirtieron en zonas restringidas
(el recuerdo las quería para él).

Así, pasaron los años.
La distancia impedía el choque,
intencional y despreocupado,
de aquellos labios;
decir «hola» ya no era posible
con el roce de los dedos…
Así pasó el tiempo:
la distancia nos hizo extraños.

Somos adultos:
el tiempo ha pasado,
los exploradores que corrían
juntos, de la mano, van andando;
los labios que reaccionaban al chocar,
ahora pronuncian el recuerdo
invocando la aparición de aquellos años.

Somos adultos:
la distancia ha vuelto corta,
invisible, acercándonos
abriendo los labios.
Ahora somos adultos
y la distancia vaga, aislada,
encerrada entre los brazos.

Ahora somos adultos
y decir «hola» es más fácil:
ahora puedo rozarte, tocándote,
mientras la mirada de recuerdos,
infantiles, envuelve la suavidad
pasando de labio a labio.