Llega un momento en que ciertas preguntas te acechan con la única intención de confundirte.

Es entonces cuando empiezas a cuestionar tu propio pensamiento crítico: ¿cómo es que no supe verlo? ¿De verdad es así?

Todos los principios adquieren esa tonalidad rosa que denominamos «pastel». La suavidad, el tacto, la delicadeza, forman parte del proceso de empezar algo nuevo. Sin embargo, hay principios que se saltan esa parte del proceso y alcanzan en un abrir y cerrar de ojos el tono intenso del rojo. La suavidad es afilada, el tacto es caliente y la delicadeza va descontrolándose a medida que van pasando las horas, desde que comienza ese proceso.

No todos los principios son principios: algunas veces se carece de un comienzo y uno se encuentra «in media res» protagonizando su propia historia.

— Cerré los ojos y, al abrirlos, una sábana de seda roja me tapaba la vista—, así se descubrió a sí misma en el centro de su cama, pensando.

La sorpresa es un recurso imprescindible para pintar de intensidad cualquier momento, y sus ojos reflejaban el titubeo de un matiz sorprendente a través de su mirada. Podía encontrar la incertidumbre en cada esquina de su habitación, y vislumbraba la necesidad de dejarse llevar cada vez que se asomaba por su ventana.

— Es el mismo cielo, es la misma luna, quizá es la misma estrella, pero, ¿dónde está el suelo?— se preguntaba una y otra vez mientras seguía pensando.

El rojo ya no era el mismo que apreció cuando abrió los ojos, la intensidad y la tonalidad del color habían cambiado ligeramente hasta convertirse en un rojo más oscuro. Quizá se podría denominar «rojo sangre».

Miraba su sangre, tan solo una gota, en la punta de su dedo índice. El cuchillo seguía sobre la mesa.

— ¿Quizá debo hacer el corte más profundo?— se preguntaba, pensando en el temblor de su mano y lo nervioso que parecía estar su corazón.

La sangre estaba ahí. Se suponía que ese sería el principio, pero ese comienzo ya se había desarrollado en algo mucho más profundo sin darse cuenta. En pocos segundos habían pasado casi dos años y la tonalidad intensa del rojo seguía intensificándose a diario.

— Sigue siendo una sábana de seda roja. Ahora su intensidad es casi cegadora.

Esas preguntas que pretenden enredar los pensamientos en confusiones, se quedan colapsadas en los pigmentos del color rojo. El pensamiento crítico, la voz de la razón que se cuestiona a sí misma, se queda muda ante la respuesta que ofrece el corazón.

— ¿Qué es lo que ves?

Su percepción sigue siendo la misma. Sus ojos no han dejado de ver la intensidad.

— ¿Qué es lo que sientes?

— Lo siento.

La tinta del bolígrafo rojo sigue fluyendo a pesar de los años. Sigue escribiendo el mismo nombre, la misma canción, el mismo sentimiento, la misma letra. Sigue quedando tinta. Sigue escribiendo.

— Lo siento así.

— ¿Qué sientes?

— Siento.

Decir lo que sentimos, sentir lo que decimos, concordar las palabras con la mente.

Séneca.