El miedo sigue siendo un gigante de piedra cuando se instala, como si fuera una pieza de adorno, en mi habitación; sus ojos siguen perpetrando la dirección de mi mirada y el peso de su cuerpo continúa haciéndose notar sobre mi colchón.

Sigue conmigo, no se ha ido. ¿Sigue guardándome lealtad?

No sabría describir la sensación que me aborda cuando pienso en él. Quizá se encuentre sobre la cuerda floja, entre los extremos del sentimiento del amor y del sentimiento del odio.

Es una palabra de cinco letras que siempre me acompaña: nunca me deja sola. Pero, no puedo evitar sentirme sola.

Ella impide que otras palabras quieran acercarse a mí. Las sinalefas se truncan cuando ella, con su peso, se balancea en ellas. A veces pienso que no es justo. Quiero seguir conociendo y ella acaba rompiendo mi fuerza de voluntad.

Mi caligrafía todavía se mantiene en el término medio entre el pesimismo y el optimismo. ¿Cuándo me hará perderlo? Últimamente, me preocupa esa pregunta.

Los interrogantes siempre han formado parte de nosotros. Sin embargo, hasta hace muy poco no me consternaban a tan gran escala.

Mi obsesión por la temporalidad está creciendo y la palabra de cinco letras aumenta, ella sola, el tamaño de su fuente. ¿Cómo lo hace? Nunca me ha pedido permiso. Nunca he querido que ella me acompañase. ¿Por qué se queda a mi lado? ¿Qué tengo de especial para que sea tan perseverante?

Sigo sin saberlo.

Quizá sea porque yo también soy una palabra de cinco letras. Tal vez.

«Cielo», «falda», «nieve», «reloj»; palabras de cinco letras que aparecen de vez en cuando queriendo despejar la x. A veces olvido que las matemáticas nunca fueron conmigo: siempre me dejaban a mitad de camino antes de llegar al resultado. Ya fuera correcto o no el resultado que yo creyera, me abandonaba sin mirar atrás.

Cuando se trata de curar el corazón, ¿cuál es el resultado más acertado? Esa palabra de cinco letras no me deja verlo. Las sombras desenfocadas siguen acechándome al volver sola a casa. Y, por la noche, sigo sintiendo la angustia de que me siga haciendo coincidir sus pisadas con las mías.

El poder que ejerce sobre mí esa simple palabra es demasiado. Sin embargo, quiero rebelarme.

Poco a poco, lo estoy consiguiendo; pero, persiste.

Es fuerte. Pero, quizá, en algún momento —durante la batalla— yo lo sea más.

Quizá, en algún momento, por fin acabe: quizá pueda darle a la tecla de «borrar» y esas cinco letras que me atormentan desaparezcan y ya no vuelvan.

Conocerme a mí misma, a la larga, acaba siendo un trabajo cuya recompensa es una escalada escarpada hacia el amor propio.

Cuando estaba parada un poco más abajo de la falda de la montaña, sin previo aviso, quise renunciar a ese amor. Las vistas me abrumaban y la altura no me dejaba respirar sin hiperventilar. Las nubes se agolpaban entre ellas envolviendo la montaña en pura niebla espesa: no podía ver nada. Incluso, era incapaz de ver con nitidez a quienes me acompañaban en mi ruta.

Me quedé ahí. Me quedé en ese punto ciego y me acurruqué conmigo misma convirtiéndome en la niña pequeña que mi cuerpo añoraba. Me quedé ahí y lloré. Lloré sin más. Lloré en paz degradando mi corazón a una escala de grises.

Quedándome ahí, creía que estaba bien. Estaba sola, aunque las personas a mi alrededor me acompañaban. Cuando lloraba, lloraba sola y sin vergüenza: la necesidad de humedecer los ojos a causa del ardor previo a la lágrima no es algo por lo que deba sentirme avergonzada.

Todavía no había empezado a conocerme y algo dentro de mí quiso abrir las pestañas. Las cosquillas que ellas me hacían provocaron un pequeño rubor en un latido al azar de mi corazón aparcado en el asfalto. Mis palpitaciones comenzaron a ser un poco más apresuradas y mis piernas, sin previo aviso, cambiaron su postura. Mi cuerpo se estiró, los huesos crujieron al moverse mis articulaciones: ya no estaba dormida.

Tras despertarme en la parte más inferior de la montaña, alcé la vista: pude alcanzar a ver su pico. Tenía mis pies y fui consciente de que podía moverlos: me moví. Avancé con el pie derecho seguido del izquierdo.

Paré otra vez. Paré y observé las vistas que me esperaban justo delante de mí: mis ojos se humedecieron otra vez, pero ya no por el ardor, sino por el aire fresco que me acarició la piel sin avisarme.

Empecé mi escalada el mismo día que conocí a una persona.

Esa persona ya no está en mi vida: quiso irse.

Todavía estoy escalando la montaña de mi amor propio. Creo que he llegado, más o menos, a la mitad: estoy en lo que mis ínfulas poéticas simbolizarían como «vientre», y estoy mojando mis pies en la poza de agua fría procedente del ombligo.

Ahora me estoy centrando en mí. Me estoy tomando mi tiempo en mantener mis pies húmedos en el interior de mi propia frescura. La estoy sintiendo tan profundamente que, por ahora, no quiero moverme. Todavía no quiero levantarme. Quiero seguir apostada en el vientre de esta montaña, notando los «sube y baja» de la vida que estoy experimentando.

Sigue habiendo personas a mi alrededor y también soy capaz de verlas y sonreír sin sentirme forzada a hacerlo. Mi escala de grises ha recuperado los pigmentos del color. Mi cuerpo se siente ligero y ya no percibo obstáculos en mis articulaciones: mis huesos ya no crujen.

Los sabores han adquirido matices nuevos. El regaliz rojo tiene un sabor más intenso cuando lo saboreo pensando en mí. Por fin, la intensidad de su color rojo va a la par con su sabor. Quiero seguir aquí sentada, mojando mis pies y saboreando mi regaliz rojo.