Es una noche en la que el calor asciende a medida que voy pulsando las teclas en este viejo portátil. En el exterior, quizá aún se pueda notar, inspirando profundamente, el olor a petricor. Mientras llovía, mi niña interior nostálgica rebuscaba en los cajones viejos cuadernos repletos de notas, de versos que todavía no conforman lo que llamamos poemas.

Al rebuscar en uno de los cajones, mi mano finalmente palpa un cuaderno que acabó viajando conmigo a Polonia. Al abrirlo, volví a leer la dedicatoria que escribió el único geólogo que conozco (o conocía) y del que ya no sé nada. Es curioso cómo, al haber pasado tanto tiempo desde esta dedicatoria, mis labios son capaces de esbozar, todavía, una sonrisa sincera. Era 2016, durante los primeros días de un amor fugaz, pero prolongado cronológicamente. Al regalarme este cuaderno, me pidió que escribiera: quería que lo llevara conmigo a cualquier destino al que me dirigiera.

Abriendo el cuaderno al azar, ha aparecido en mis manos un papel doblado por la mitad y en el que se puede leer:

De parte de una joven filóloga que quiere ser poeta.

Al desdoblar el papel, sigo leyendo el título de un poema estructurado en siete estrofas. Debió ser un regalo que quise hacer y que jamás llegó a su destinatario: una anécdota más en el baúl de las frustraciones.

A veces me gusta releer poemas escritos hace varios años, y me gusta porque puedo ver mi propia evolución (no solo en mi manera de escribir, sino en la manera de procesar mis emociones y al final, canalizarlas).

Muchos poetas recurren al mundo de lo onírico o a los sueños para escribir sus versos. Aunque estos versos no se escribieran empleando conscientemente este recurso propio del Surrealismo poético, es curioso cómo interpreto (en aquel entonces) mis propios sueños:

Te sueño

Pecando de soñadora
ando cabizbaja y llorosa
removiendo con los pies la tierra,
con la vista en vela
mirando hacia Triana…

Ando callada bajo la luna blanca,
ando por tus calles en sueños,
y sueño que me das la mano con un roce
y yo pretendo con un gesto darte un beso.

En mis sueños
tenemos toda una vida para querernos,
todas las noches nos reconocemos
hasta que llega la luz del día
y me despierta.

En mis sueños
quizá nos peleamos,
pero con fervorosa pasión
perdonas mis ansias con amor.

En mis sueños
las emociones se desatan
arrastrándonos al miedo,
a la pena, la alegría,
la euforia y el dolor…

En mis sueños
mi corazón salta
y saltan también las manos,
enredándose entre ellas…

En mis sueños
nuestras riñas acaban con un te quiero
y nuestros cuerpos
inocentes, desnudos,
se entregan a abrazos eternos.

A veces, mis viejos poemas son como fragmentos de espejo: un espejo que no sé qué forma tiene y que cada fragmento va recomponiendo. Pasarán años, y más años, hasta que pueda descubrir qué forma tiene mi espejo; pero el descubrimiento, el proceso hasta descubrirme, merece ser avistado por el tiempo.

Esta noche, mi niña interior nostálgica ha sonreído al toparse con este poema manuscrito, ya encontrado.

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