Micro «Jam» de relatos durante la cuarentena, 18 de abril de 2020

Quienes formábamos parte de ello, sabemos que estos relatos (los que escribí yo y también los que escribieron otros) son una manifestación de la lucha interna que se llevaba a cabo en cada uno de nosotros. Llevábamos alrededor de un mes encerrados en casa, saliendo a la calle únicamente para lo imprescindible. Miedo, incertidumbre, frustración… todas estas palabras se enzarzaban en el corazón. Para ponerle remedio, un grupo de amigos aprovechó la tecnología de hoy para reunirse y evadirse de la realidad que estaban viviendo.

Me sentí realmente agradecida cuando este grupo de amigos me invitó a unirme a sus aventuras sobre el papel. Gracias a esas pocas horas, recordé lo que era escribir (llevaba mucho tiempo sin poder hacerlo) y salí del ensimismamiento que conllevan las cuatro paredes de mi habitación.

A continuación podréis leer los relatos con los que me aventuré en esa reunión virtual un día de cuarentena. Son relatos breves, sencillos, de los que solamente destaco el privilegio de haber podido escribirlos porque, a pesar de ser simples, me hicieron sentir… o pude sentir escribiendo.

Erotismo

Este primer relato quería que estuviera clasificado dentro de la temática erótica, lo cual me excitó y encantó a partes iguales. Aparte de tener una temática concreta, tenía que incorporar cierta frase importante (seleccionada por mí. de una lista de diez frases más o menos): «sintiendo una caricia tierna por su espalda».

Vivía sola y gastaba sus energías en recordar… Recordaba, con su álbum sobre su regazo, las manos de su marido acariciándole el pelo. Recordaba la suavidad de las yemas de sus dedos desenredando los nudos de su cabello, y casi sentía el tacto en su piel al recordar cómo solía seguir acariciándole detrás de las orejas hasta llegar al final de su cuello…
En su ensueño, oyó los latidos de su corazón, que aceleraban a medida que recordaba. No era capaz de aminorar el ritmo de su respiración y apenas podía contener el aliento cuando un haz de luz atravesó la trayectoria de su mirada ensimismada. En ese momento, notaba cómo su pecho palpitaba sin remedio, y sintió, de repente, una brisa gélida rozándole el dorso de la mano. Al sentirlo, se congeló su respiración hasta apenas poder soltar un hilo de aliento… Su corazón se entumeció y empezó a notar que una mano lo estrujaba sin piedad, al mismo tiempo que apreció un leve cosquilleo abriéndose paso en sus entrañas… Era un cosquilleo que le resultaba conocido. Se concentró en ese cosquilleo tanto como pudo, y vio, como en una ensoñación diurna, una silueta difusa acercarse hacia ella. Se acercaba lentamente, prolongando la ansiedad y la profundidad del cosquilleo, que bajaba a mayor velocidad hacia su vientre.
No sabía si era ella la que empezaba a volverse loca del dolor de haber perdido a su marido, o si la vista le fallaba y alguien, realmente, se acercaba a ella como bestia que acecha a su presa.
— ¿La locura se hereda? — se preguntaba a sí misma con su voz quebrada por el silencio…
Seguía viendo aquella silueta borrosa, apenas perceptible, acercándose. Sus manos comenzaron a temblar de manera espontánea y, rápidamente, entrelazó los dedos. Quería evitar estar nerviosa, pero le fue incapaz. Seguía notando el frío, como si estuviese sumergida en agua helada… Cada vez era más difícil respirar con normalidad, y el cosquilleo parecía que se hacía más prominente.
Sintió, sin haberse percatado, una firme sensación, reacción al tacto, que paralizó por completo sus sentidos. Parecía estar congelada, inmóvil, ajena…
— Siénteme… — alcanzó a escuchar en un susurro.
Pensó que realmente estaba loca, porque no veía nada. Todo estaba en penumbra, no notaba que hubiese nadie a su alrededor… pero oyó el eco de un susurro.
— Siénteme… — esta vez parecía una voz definida que le susurraba al oído mientras algo, que parecían ser yemas de los dedos, acariciaba levemente su muslo derecho.
Empezó a imaginarse que su marido estaba seduciéndola, y le gustaba. El frío ya no era frío, y esa mano que estrujaba su corazón solo era producto de la angustia al recordar que él ya no estaba.
— No estoy loca — se decía a sí misma, — no está aquí…—.
Sin embargo, pese a saber que era su propia imaginación, seguía sintiendo el tacto de unas yemas de los dedos acariciando su piel sensible. Seguía sintiendo que las manos de su marido planeaban llevarla, una vez más, a aquel lugar.
Sintiendo una caricia tierna por su espalda, recordó que su marido nunca fue capaz de hacerla sentir como se estaba sintiendo. Se sentía excitada, y a la vez la abordaba el miedo.
— ¿Me estás sintiendo…? —.

Diario

Este segundo relato incorpora la frase «ahora los límites de mi mundo se dibujaban» y no recuerdo exactamente en qué temática está clasificado. Tal vez me podáis ayudar al leerlo.

Ayer fue 16 de abril. Mi cumpleaños había sido siempre un día que esperaba con impaciencia. Sin embargo, este año, no esperaba nada. Mis ilusiones se habían desvanecido, como se desvanece el silencio cuando se oye un susurro.
Si hago memoria, puedo recordar que un año me regalaron una pluma estilográfica preciosa, de color violeta, con la letra inicial de mi nombre grabada en ella. Ese año no pude ser más feliz porque me regalaron lo que más deseaba. Esa pluma fue el instrumento con el que activaba, a conciencia, mi vía de escape. Gracias a ella podía escribir cualquier cosa, y me salía una letra preciosa. Empezó a interesarme la caligrafía y me esforzaba por conseguir que mi letra resultase aún más bonita.
Pasaban los años y yo seguía escribiendo: dejaba fluir mis pensamientos sobre el papel hasta que se acababa la tinta y tenía que rellenar la pluma.
Un día, sin previo aviso, esa preciosa pluma que recuerdo con cariño, dejó de escribir… Ya no había más tinta.
Aunque seguía escribiendo con bolígrafos BIC, no olvidé lo que me hacía sentir mi pluma violeta… y la dibujé. Dibujé mi pluma con un lápiz roto que encontré en el fondo de un cajón.
A partir de ese momento, empecé a buscar los límites de mi propia imaginación dibujando con aquel lápiz roto.
Dibujé muchas cosas a lo largo de los días: dibujé paisajes, dibujé rostros irreconocibles, dibujé desnudos (muy elaborados, he de decir), dibujé mis propios orgasmos… Pero era incapaz de dibujar mis recuerdos.
Me decían que el mundo era un lugar peligroso, que atesorar mis recuerdos era una táctica de defensa contra la tristeza… Quise atesorarlos dibujando: iba a titular mi obra Recuerdos a lápiz. Pero no fui capaz.
Yo era la que dibujaba aquello que me rodeaba, pero ahora los límites de mi mundo se dibujaban solos: para mí, ahora sigue siendo el pasado el que rige mis movimientos… Pese a no poder dibujar mis recuerdos, son ellos los que dibujan mi memoria.
Mi mundo se expande al imaginarme dibujando mis recuerdos… ya no hay límites: aquella pluma estilográfica color violeta sigue aquí, pero ya no me impide escribir. Y es que escribir es dibujar, y dibujar es escribir… Si no lo entiendes, no te preocupes, es así.

Fatalidad

El título de este relato responde también, en cierto modo, a la temática en la que estaría clasificado. En este caso, la frase que elegí que estuviera presente es: «después de aquellos meses, solo imaginaba una manera de recuperar el tiempo perdido».

La brújula se detuvo antes de señalar su destino, y para él eso era un mal presagio… El avistamiento de una bandada de buitres justo antes del parón solo era un indicativo de que la situación era drástica desde el comienzo. No supo manejarlo cuando empezó, y ahora no sabe salir del laberinto en el que se ha metido sin darse cuenta.
Todos le señalan, no hay un lugar para él en estas circunstancias, y nadie sabe cuándo acabará la pesadilla… Pero no se va a rendir. Recuperará lo que es suyo e irá donde pueda encontrarla.
Han pasado meses desde entonces, y después de aquellos meses, solo imaginaba una manera de recuperar el tiempo perdido: tenía que encontrar esa maldita brújula. Quizá se quedó extraviada en el siglo XVIII, o se le cayó del bolsillo al atravesar el espacio-tiempo… Debe encontrarla, para encontrarla a ella.
No sabe lo que es la paciencia, y eso solo le conduce a una perdición tras otra. Tendrá que volver al siglo XVIII, a donde empezó todo, y revivir, otra vez, su tragedia personal. Quiso salvarla de su destino, y en vez de eso… acabó llevándose el final de su vida a algún lugar entre la Ilustración y la actualidad.
¿Y si ya ha dejado de existir? ¿Y si él ha contribuido a que, finalmente, acabase cumpliendo su destino? Su promesa le impide perdonarse a sí mismo. Tiene que encontrarla aunque el mismo hecho de hacerlo acabe siendo su fin.
— Si supiera que estoy justo aquí… — se decía a sí misma viéndole sufrir, —si supiera que sigo en el plano existencial… pero, ¿cómo decírselo? No me ve, ni me oye… Necesito demostrarle que sigo aquí. Es mi existencia, pero también es la suya. Tiene que saberlo—.
Estaba sentado en su escritorio repasando una y otra vez los pasos que siguió para sacar a Liria del plano existencial, pero no lograba descubrir en qué momento del proceso falló su plan… Mientras, ella se desvivía por lograr pasar una simple página con la mano, pero sin éxito. Quizá, si se concentraba en su fuerza para provocar una brizna de aire, podría conseguir soplar la esquina de la hoja…
En su ensimismamiento, el agente K revivía una y otra vez la última vez que la vio. En ese momento, pareció sentir una brisa suave acariciándole el rostro, y vio cómo se pasaba la página del cuaderno.
De repente, notó caer sobre él una gota de agua. Al tocarse, se dio cuenta de que no era agua, sino sangre. El corazón empezó a latir de forma agitada, podía sentirla… pero, ¿dónde está? Aún no tenía la respuesta.
Al bajar la vista a su cuaderno vio una palabra escrita en rojo: «existo». Al leerla, empezó a notar algo extraño en su bolsillo. Metió la mano y, al tacto, descubrió que era su brújula, aún parada, lo que estaba notando.
Al sentir una leve sensación de esperanza, un grito desolador encogió su corazón: la palabra escrita en rojo es ahora una gota de sangre esparcida por el papel, y la brújula que había despertado su angustiada alma, es ahora una nube de polvo disipándose en el espacio.
K dejó de ser K al dejar de existir ella… Solo es un agente sin rostro, sin identidad, cuyas lágrimas riegan el espacio-tiempo haciendo florecer los lirios que tanto le gustaban a ella.
Ella dejó de ser una pregunta sin respuesta al darle una última esperanza antes de desaparecer del plano existencial… Ahora es una gota de sangre con forma de K en un rostro sin identidad… Ya no la recuerda, no sabe por qué llora, pero ella está con él. Es su destino.

La micro «jam» de relatos habría terminado aquí, pero disfrutábamos tanto que se decidió improvisar un cuarto y último relato con el que cerrar nuestra aventura por escrito. Además, añadimos una dificultad más: incorporar dos frases, y todos los escritores en ciernes tenían que utilizarlas en sus relatos. Las frases son: «ya no soy la misma» y «escribir es dibujar, y dibujar es escribir».

Improvisado

Lo único que puedo comentar aquí es que las palabras fueron haciéndose amigas mientras yo conducía: realmente estaba conduciendo (iba a recoger a mi madre del trabajo) mientras el relato se escribía solo en mi cabeza.

Paré el coche donde me paraba normalmente para esperar a mamá, y escribí:

Voy conduciendo, y pensando… La carretera es similar a un desierto delimitado por las dunas que van y vienen por el viento… Cuando me acerco a la primera glorieta, veo dos coches de policía parados, con las luces azules y brillantes encendidas… El corazón se me acelera, al igual que el coche sin darme cuenta. Reduzco poco a poco, estoy en segunda… Afortunadamente no hay ningún policía dentro de los coches, ni fuera… Así que, no es necesario detenerme. Respiro. El último policía que me detuvo, casi se lleva mi alma con él al decirme que una chica tan joven como yo no debería salir de noche con la que está cayendo…
Sigo conduciendo. Entre mis canciones, empieza a sonar «Way back into love», y empiezo otra vez a pensar… La imagen nihilista de mi novio se me aparece mentalmente.
Sigo conduciendo…
Llego a la salida 13, y circulo por el tramo de carretera más oscuro de mi trayecto, en curva casi cerrada. Al mirar por el retrovisor frontal, vislumbro un fogonazo a lo lejos, casi como si fuera el flasazo de un relámpago… Pero sin trueno.
Sigo conduciendo, y salgo por el ramal alcanzando la velocidad de 120. Sigue estando todo en penumbra, y las luces cortas no son suficientes para poder ver con nitidez la carretera. Aunque ya no soy la misma que se asustaba cada vez que pasaba por un tramo sin luz, sigo asustándome. El miedo es un enemigo del que sigo sin poder librarme.
Sigo conduciendo, y mis pensamientos dibujan entre ellos la imagen de mi cuadro familiar… Las sonrisas de mis niños me hacen disfrutar de mi viaje en coche… Y de repente, pienso en que no puedo escribir mientras conduzco, es imposible.
Aún así, recordé lo que leí hace un rato en la micro jam de relatos: escribir es dibujar, y dibujar es escribir… Así que, dibujo mentalmente este relato de mi viaje por carretera cuyo destino es recoger a mi madre del trabajo.
Acaba de entrar en el coche, y me mete prisa para llegar a casa.
Creo que… La misión está cumplida, y el relato concluido.
Arranco.
Sigo conduciendo.

Ahora sí. Esa aventura con la escritura concluyó, pero las emociones que se movieron al leer y escuchar nuestros propios relatos siguen latentes incluso un año después.

Las palabras son poderosas.


1 comentario en “Creatividad VS Pandemia

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