
Él.
Enero, 2017.
Era un escandaloso día de invierno. Las gotas de agua que lagrimeaban las nubes del cielo rompían estrepitosas contra el cristal de su ventana. Él suspiraba al verlas caer y recordaba aquel baile bajo la lluvia el día que la conoció. Ella era un bucle de complicaciones pero, aún así, su corazón decidió amarla desde la primera noche en que sus manos se rozaron y sintió esa chispa que el mundo describe con el nombre de ese sentimiento tan complejo pero, a la vez, tan simple: amor.

Ella.
Mayo, 2015.
Ya está. Todo había terminado. Sus ojos resplandecían al verse cubiertos de pequeñas lágrimas, y su rostro palidecía a medida que caían. Él se había ido. No pudo despedirse, y ya no volvería. En su interior notaba cómo la ira y la tristeza se mezclaban dando lugar a una emoción nueva que jamás había sentido. Lloraba y gritaba al cielo su nombre, le reprochaba el habérselo llevado tan pronto. Arrugaba viejas páginas escritas de su puño y letra, eran cartas que él le escribió… las rompió todas. Se dijo a sí misma que no volvería a enamorarse. No quería volver a sentir cómo es experimentar la felicidad si él no estaba para experimentarla con ella. Decidió construir un muro alrededor de su corazón para no volver a sentir. Todo había terminado para ella.

Él.
Julio, 2016.
Leía viejos poemas de poetas malditos mientras sentía la corteza del árbol sobre el que estaba apoyado clavándose en su espalda. Estaba absorto en aquellos versos, y fantaseaba con sentirse como su autor que, habiendo perdido en el amor, escribió: «Tendremos lechos llenos de ligeros olores, / divanes tan hondos como tumbas, / y en los estantes flores insólitas, / abiertas para nosotros bajo cielos más bellos. // Empleando a porfía sus últimos ardores, / nuestros corazones serán dos grandes antorchas, / que reflejarán sus dobles luces / en estos espejos gemelos que son nuestros dos espíritus. // Una tarde hecha de rosa y de místico azul, / intercambiaremos un único relámpago, / como un largo suspiro colmado de adioses; // y más tarde un Ángel, entreabriendo las puertas, / vendrá a reanimar, fiel y gozoso, / los espejos turbios y las llamas muertas». “La muerte de los amantes” era un trágico título que le parecía atractivo para aquel poema. En aquel momento sintió simpatía por el malditísimo Baudelaire. Él seguía leyendo y profundizaba cada verso cuando una ráfaga de aire provocó que un escalofrío recorriera su nuca. Levantó la vista del poemario y su mundo empezó a girar en torno a ella. Estaba a unos pocos metros de él y no podía saber con certeza si ella le había visto pero, para él, ella tenía en su poder el motor de su existencia. Los latidos de su corazón se aceleraban a medida que ella se acercaba paseando.
Paseaba sola, con los brazos cruzados sobre el pecho y cabizbaja. Era una imagen coloreada de amarillo pálido cuyos más profundos pensamientos divagaban en el cosmos. Al fin levantó la cabeza buscando algo, o a alguien. Él deseaba con todas sus fuerzas que ella le mirara.

Ella.
Julio, 2016.
Paseaba por el parque mirando al suelo. Pensaba en cuántas veces había soñado con que aquel día no hubiera sucedido. Ahora estarían paseando juntos, de la mano, como hacían siempre a esas horas. Pensaba cuán lejos encontraba aquellos días. Ya había pasado más de un año pero acostumbrarse a estar sin él era un proceso que no aceptaba. Seguía paseando e imaginando que él estaba a su lado, hablando con ella y contándole sus extrañas ensoñaciones diurnas, e imaginaba que ella misma bromeaba diciéndole que el venerado Freud no aprobaría dichas ensoñaciones. Ella levantó la cabeza y quiso buscarle a su lado. No vio nada. Creyó que estaba enloqueciendo, que tantas pastillas estaban pasándole factura. Su psiquiatra seguía insistiendo en que tomara la medicación, pero ella deseaba dejarlo. Una ráfaga de aire provocó que se abrazara aún más con sus brazos, y alzó la mirada al frente. Le pareció verle. Entrecerró los ojos y forzó la vista con el objetivo de reconocerle, pero no era él. Ese hombre leía un libro apoyado en un árbol. Él jamás se sentaba en el césped a leer, no aguantaba que se le ensuciaran los pantalones. Sin embargo, se parecían.

Él.
Julio, 2016.
Sus ojos colisionaron con la trayectoria de su mirada. Por fin, ella se había percatado de que él no le quitaba los ojos de encima. Desnudaba cada centímetro de su esbelta figura con su truculenta imaginación: había encontrado lo que había buscado fervientemente durante años, la había encontrado a ella. Su piel era un remanso de paz aterciopelada con el color claro de las arenas mediterráneas. Volvió a sentir cómo esa sensación que tanto echaba de menos se apoderaba de su mente. Los engranajes de su cerebro comenzaron a maquinar el cómo interceptarla y así garantizar el éxito de su misión.

Ella.
Enero, 2017.
Llovía a mares y era incapaz de no pensar en todo lo ocurrido. ¿Cómo había podido confiar en él? ¿Cómo había dejado que ese… ser… entrara en su vida? Su mirada inofensiva caló en sus entrañas el día en que coincidió con él en aquel parque. No soportaba la idea de recordar lo que sintió entonces: un hormigueo extraño en las manos, palpitaciones intermitentes en las sienes y el deseo irrefrenable de acercarse aún sintiendo miedo hacia lo desconocido. Oh, sí, él era lo desconocido, sin duda. Su rostro inspiraba confianza, su mirada era penetrante, como el deseo que sentía ella de tocarle. Sí, aquella sensación era una completa desconocida para ella, y no tenía ni idea hasta qué punto.

Él.
Julio, 2016.
Debía acercarse más ella, tenía que insinuarse, cautivarla, enamorarla… su vida dependía de ello. La atracción era insufriblemente intensa, y sus ojos… sus ojos le encerraron. Quería sentir cómo su sangre, llena de deliciosos glóbulos rojos, teñirían su cuerpo. Lo deseaba. Era preciso contener un poco más sus intenciones, era de vital importancia no adelantarse. El fracaso no era una opción. Esperaría.

Ella.
Julio, 2016
Quiso seguir andando, ignorando el incesante deseo sexual que atormentaba a su cuerpo desde que sus miradas se cruzaron hace unos segundos. Casi se sentía obligada, subyugada, a acercarse al autor de tal herejía. No podía. No debía. Estaba convencida que el satisfacer ese deseo era caer en la tentación que lamentaría el resto de su vida. Sería infiel a sus sentimientos, y a ella misma. Sin embargo, no podía renunciar a la oportunidad de acariciar su piel, o rozar con la yema de los dedos el dorso de su mano. Poco a poco fue acercándose, y notaba cómo sus hormonas revolucionaban sus sentidos, agudizándolos. Era adrenalina. El corazón latía con fuerza y cada vez más rápido. Por fin llegó a él. Mantuvo su mirada, le desnudaba. Era lo que ansiaba, verle desnudo, acariciarle, devorarle. Se sentía impura al ser propietaria de tales deseos improcedentes.

Él.
Julio, 2016.
Por fin la tenía delante. Su plan había surtido efecto, ella no había podido resistirse al deseo. Ese deseo que nos ciega y por el cual acaba llegando la desgracia. Tenía a su muñeca, tal y como esperaba, delante de él, mirándole. Él la observada y se percató de que se estaba relamiendo el labio, prueba concluyente de que lo que ella sentía era su libido por las nubes. Lo había conseguido.

Ella.
Julio, 2016.
Él se levantó y se puso delante. Sus labios casi rozaban los suyos y ella deseaba moverse y aferrarse a ese momento. Sentía cómo él la acercaba más y más, hasta ser prácticamente una fusión de sensaciones encontradas. Se sentía viva. Había despertado. Él cogió su mano y se la puso en el pecho: su corazón latía vivaz. Ella cogió su mano e hizo lo mismo. Dos corazones latiendo al unísono, y cada vez con más fuerza y más sentido. Notó cómo su pene casi penetraba en ella, aumentando la intensidad de sus deseos, y quería más.

Él.
Julio, 2016.
Quería estrangularla, convertirla en uno más de sus trofeos, pero antes era imperativo seguir el ritual. La condujo hacia El Lugar, ella no le soltaba y él no quería arriesgarse a que se arrepintiera de seguirle. Cuando llegaron cerró la puerta con llave, y todo estaba a oscuras. La empujó hacia la pared de enfrente. Empezó a embestirla con fuerza, y a ella le gustaba. No gritaba. No lloraba. Era perfecta. Penetró su cuerpo una y otra vez por todos sus orificios. Estaba siguiendo el ritual, y todo iba según tenía previsto.

Ella.
Enero, 2017.
Después de la primera noche con él no fue capaz de abandonarle. Él intentó acabar con su vida para sobrevivir, pero no pudo. Se echó atrás en el último momento. Ella estaba desfallecida, y él estaba pálido y frío como la muerte. Entonces no lo comprendía, pero incluso ahora, después de meses sin verle entiende su forma de ser: matar le mantiene con vida, y el ver la sangre correr le excita, por eso realizar el acto sexual es imprescindible en su ritual. Aquella noche hubo una diferencia con todas las demás, y la diferencia era ella. A pesar de sus ardides, ella no podía permitir que muriera. Se cortó las venas y se acostó sobre su pecho poniendo sus muñecas en sus labios.

Él.
Julio, 2016.
Todavía estaba consciente pero ya sin fuerzas cuando ella quiso sacrificar su vida por mantenerle con vida. Saboreó su sangre y sintió menguar los latidos de su corazón. Seguían siendo dos corazones latiendo al unísono. Sus vidas se apagaban, y comenzó a llover. La lluvia caía estrepitosa sobre la tierra en El Lugar sin techo. Él rozó sus manos siendo consciente de que es la primera vez que la toca sinceramente. Empezó a sentirse con la fuerza suficiente para levantarse y levantarla a ella. Ambos estaban de pie, en el centro de la estancia, mirando hacia arriba y viendo caer gotas de agua idénticas. Se miraron y comenzaron a bailar.

Ella.
Enero, 2017.
Entonces no lo sabía, pero estaba claro que su psicopatía le controlaba. Sin embargo, había algo en su forma de tocarla que la hacía querer estar con él. Se retroalimentaban el uno al otro. Una vez fusionada la sangre, nada podría romper el vínculo que se había forjado. Ella, después de tanto tiempo, puede saber ahora en el presente lo que él está pensando, sintiendo y maquinando. Aquella noche fue el escenario de una ciencia llamada «alquimia», y su alquimista fue el deseo.

Él.
Julio, 2016.
Nunca había experimentado aquella emoción que le embargaba, y nunca, bajo ningún concepto, había estrechado lazos bailando con ninguna de sus víctimas. Nunca había sentido nada parecido a lo que estaba sintiendo: no sabía lo que era querer a nadie, y mucho menos amar. Sin embargo, ahí estaba, bailando sin saber bailar y mirándola fijamente después de haber follado como bellacos y casi morir. No había sido capaz de continuar con el ritual. Estaba perdido. Su mente divagaba en planes de futuro y su cerebro había dejado de maquinar monstruosidades. Por un momento podría decirse que esta historia trata, simplemente, de un chico normal que conoce a una chica normal y que se enamora de ella después de una noche salvaje de sexo desenfrenado y normal. La palabra clave era «normal».

Ella.
Julio, 2016.
Se sentía colapsada. Hasta hace unas horas estaba convencida de que el mundo había terminado para ella, de que no había nada que el caprichoso destino quisiera regalarle. Y ahí estaba, experimentando emociones con un completo desconocido. Sintiéndose impulsada a cortarse las venas para que él viviera. No era un vampiro, los vampiros no existen. Era un ser humano, un amante excepcional, un hombre que por su comportamiento jamás ha sabido tratar a una mujer con delicadeza. El sexo había sido brutal por definición, la había embestido una y otra vez hasta casi dejarla inconsciente. Y justo en el momento en que ella desfallecía, él cogió un cuchillo ceremonial. Ella no podía reaccionar ni siquiera moviéndose, no podía soltar gemido alguno, estaba exhausta… Él alzó el cuchillo sobre ella mientras aún seguía penetrándola. Se disponía a asesinarla cuando, de repente, paró. No pudo hacerlo. Ella notó un destello en su mirada, una lágrima resbalando por su mejilla. Tiró el cuchillo, y se dejó caer. Su rostro tornó pálido y de pronto sus constantes vitales menguaron. Empezó a estar frío al tacto. Acariciarle era como palpar el mármol blanco de Carrara. Le oyó balbucear… Balbuceaba palabras inconexas, sinsentidos… Intentaba decir «sangre» una y otra vez. Ella cogió el cuchillo, se cortó las venas y puso su muñeca en sus labios, muy quieta. No era un vampiro, pero necesitaba la sangre. Él cobró la consciencia, la saboreó y apartó su muñeca. La ayudó a levantarse. Empezaron a bailar.

Él.
En el presente.
Seguía sintiendo lo mismo que experimentó aquella noche, la misma emoción inundaba su ser. Pero había una diferencia: no necesitaba matar, no deseaba matar, y no ansiaba saborear la sangre para seguir viviendo. Ya tenía su sangre dentro de sí. Están conectados. Ahora se siente como Baudelaire. Siente que la ama. Por primera vez en su vida siente el deseo y la necesidad de cuidar a una persona. Algo en su cerebro se lo había impedido siempre. Él se consideraba el recipiente y ella, con su fragancia y el sabor de su piel, era el ingrediente que faltaba en su interior. Aquella noche, el deseo hizo su papel y los mezcló: hizo del continente el contenido, ya no había límites entre él y ella. Los dos, hoy, son uno. Alquimia.
Él. Ella.

Ahora.
Cada uno vive su vida por separado, ella con sus complicaciones y él con su psicopatía casi desaparecida. Ambos se sirvieron para seguir adelante, para pasar página. Sin embargo, nunca se olvidarán porque en lo más profundo de sí mismos está la esencia del otro: ese deseo que les impulsó a unirse aquella noche. Nunca dejarán de sentir ese amor que les envolvió, ni la locura que les acaeció entonces. Él aprendió a amar, y ella entendió que la muerte solo es una parte más de la vida, una parte que tarde o temprano hay que experimentar y que hasta entonces hay que aprovechar cada brizna de amor que el caprichoso destino te da.
Con él experimentó un amor diferente, un amor apasionado y loco por el que se derrama sangre si es preciso.
Con ella vivió de verdad.