Conocerme a mí misma, a la larga, acaba siendo un trabajo cuya recompensa es una escalada escarpada hacia el amor propio.
Cuando estaba parada un poco más abajo de la falda de la montaña, sin previo aviso, quise renunciar a ese amor. Las vistas me abrumaban y la altura no me dejaba respirar sin hiperventilar. Las nubes se agolpaban entre ellas envolviendo la montaña en pura niebla espesa: no podía ver nada. Incluso, era incapaz de ver con nitidez a quienes me acompañaban en mi ruta.
Me quedé ahí. Me quedé en ese punto ciego y me acurruqué conmigo misma convirtiéndome en la niña pequeña que mi cuerpo añoraba. Me quedé ahí y lloré. Lloré sin más. Lloré en paz degradando mi corazón a una escala de grises.
Quedándome ahí, creía que estaba bien. Estaba sola, aunque las personas a mi alrededor me acompañaban. Cuando lloraba, lloraba sola y sin vergüenza: la necesidad de humedecer los ojos a causa del ardor previo a la lágrima no es algo por lo que deba sentirme avergonzada.
Todavía no había empezado a conocerme y algo dentro de mí quiso abrir las pestañas. Las cosquillas que ellas me hacían provocaron un pequeño rubor en un latido al azar de mi corazón aparcado en el asfalto. Mis palpitaciones comenzaron a ser un poco más apresuradas y mis piernas, sin previo aviso, cambiaron su postura. Mi cuerpo se estiró, los huesos crujieron al moverse mis articulaciones: ya no estaba dormida.
Tras despertarme en la parte más inferior de la montaña, alcé la vista: pude alcanzar a ver su pico. Tenía mis pies y fui consciente de que podía moverlos: me moví. Avancé con el pie derecho seguido del izquierdo.
Paré otra vez. Paré y observé las vistas que me esperaban justo delante de mí: mis ojos se humedecieron otra vez, pero ya no por el ardor, sino por el aire fresco que me acarició la piel sin avisarme.
Empecé mi escalada el mismo día que conocí a una persona.
Esa persona ya no está en mi vida: quiso irse.
Todavía estoy escalando la montaña de mi amor propio. Creo que he llegado, más o menos, a la mitad: estoy en lo que mis ínfulas poéticas simbolizarían como «vientre», y estoy mojando mis pies en la poza de agua fría procedente del ombligo.
Ahora me estoy centrando en mí. Me estoy tomando mi tiempo en mantener mis pies húmedos en el interior de mi propia frescura. La estoy sintiendo tan profundamente que, por ahora, no quiero moverme. Todavía no quiero levantarme. Quiero seguir apostada en el vientre de esta montaña, notando los «sube y baja» de la vida que estoy experimentando.
Sigue habiendo personas a mi alrededor y también soy capaz de verlas y sonreír sin sentirme forzada a hacerlo. Mi escala de grises ha recuperado los pigmentos del color. Mi cuerpo se siente ligero y ya no percibo obstáculos en mis articulaciones: mis huesos ya no crujen.
Los sabores han adquirido matices nuevos. El regaliz rojo tiene un sabor más intenso cuando lo saboreo pensando en mí. Por fin, la intensidad de su color rojo va a la par con su sabor. Quiero seguir aquí sentada, mojando mis pies y saboreando mi regaliz rojo.
